PARTE 2: EL PRECIO DE DIEZ BOFETADAS.

Las puertas del ascensor se cerraron detrás de mí.

Solo entonces permití que mis manos temblaran.

No por miedo.

Por rabia.

Mi rostro ardía y cada latido hacía que el dolor regresara con más fuerza, pero nada dolía tanto como recordar la expresión indiferente de Adrian mientras ordenaba que me golpearan.

Durante tres años había confundido mi paciencia con debilidad.

Aquella noche descubriría su error.

Mi teléfono vibró antes de llegar al vestíbulo.

—Señorita Monroe —dijo Whitman—. La primera fase está completada.

—Continúe.

—Blake Group está perdiendo liquidez rápidamente. Sus bancos exigen garantías adicionales y dos fondos ya están retirando posiciones.

Miré mi reflejo en las puertas metálicas.

Casi no reconocí a la mujer que aparecía allí.

—¿Y la segunda fase?

Whitman guardó silencio unos segundos.

—Necesito su autorización personal.

—La tiene.

—Entendido.

Colgué.

Cuando salí del edificio, varios empleados corrían hacia la entrada mientras hablaban por teléfono.

Las noticias ya se estaban extendiendo.

Subí al automóvil negro que me esperaba.

El conductor abrió la puerta trasera y palideció al verme.

—Señorita Monroe, ¿qué le ocurrió?

—Nada que no pueda arreglarse.

—¿Quiere que la lleve a un médico?

—Primero a Monroe Tower.

Sus ojos se abrieron.

Hacía tres años que no pronunciaba aquel nombre.

Monroe Tower era el lugar que había abandonado el día que decidí convertirme en Isabella Blake.

Mientras el automóvil avanzaba por Manhattan, mi teléfono se llenó de llamadas.

Adrian.

Diecisiete llamadas perdidas.

Después llegó un mensaje.

“Vuelve inmediatamente.”

Sonreí.

Ni siquiera había escrito “por favor”.

Seguía creyendo que podía darme órdenes.

Entonces apareció otro mensaje.

“Detén lo que sea que hayas hecho y podremos hablar.”

El tercero llegó menos de un minuto después.

“Isabella, contesta.”

No respondí.

A las once y veinte llegamos frente a una torre de cristal oscuro.

Whitman me esperaba en la entrada junto con seis miembros del consejo de Monroe Capital.

Cuando me vio, su expresión se endureció.

—¿Fue Adrian?

Asentí.

—Entonces supongo que el Plan B sigue adelante.

—Hasta el final.

Entramos.

En el piso cincuenta y ocho, las pantallas mostraban el derrumbe de Blake Group.

Los números cambiaban cada segundo.

Whitman dejó una carpeta frente a mí.

—Hay algo que Adrian nunca supo.

—¿Qué cosa?

—Su padre utilizó acciones de Blake Group como garantía cuando necesitó capital para salvar la empresa hace siete años.

Recordaba perfectamente aquella crisis.

Fue entonces cuando mi abuelo decidió ayudar a los Blake.

Pero puso una condición.

Monroe Capital tendría derecho preferente sobre las acciones si Blake Group incumplía determinadas obligaciones financieras.

—¿Cuánto controlamos? —pregunté.

Whitman sonrió ligeramente.

—Si ejecutamos las garantías esta noche, suficiente para convocar una votación extraordinaria del consejo.

Lo miré.

—Hágalo.

—Isabella, eso podría costarle a Adrian la dirección general.

—Ese es el objetivo.

A medianoche, el teléfono volvió a sonar.

Esta vez contesté.

—¿Qué hiciste? —gritó Adrian.

No respondí.

—¡Contéstame!

—Estoy escuchando.

Su respiración era agitada.

—Los bancos están retirándose. Los accionistas están entrando en pánico. Tenemos una reunión de emergencia en veinte minutos.

—Entonces deberías prepararte.

—¿Quién demonios eres?

Aquella pregunta me hizo sonreír.

Después de tres años de matrimonio, finalmente quería saberlo.

—Soy la mujer a la que ordenaste abofetear esta noche.

—No juegues conmigo.

—Tú empezaste el juego.

Escuché movimiento detrás de él.

Luego la voz de Melissa.

—Adrian, los abogados llegaron.

Él cubrió el teléfono, pero pude escucharla.

—¿Ella realmente puede hacer esto?

—¡Cállate!

Melissa guardó silencio.

Adrian volvió conmigo.

—Isabella, dime cuánto quieres.

—¿Perdón?

—Dinero. Propiedades. El apartamento de Fifth Avenue. Lo que quieras.

Cerré los ojos.

Tres años.

Tres años esperando que aquel hombre me mirara como esposa.

Y ahora que su imperio se derrumbaba, finalmente me ofrecía todo.

—Quiero una sola cosa.

Su voz cambió.

—Dime.

—El divorcio.

Silencio.

—Isabella…

—Mis abogados te enviarán los documentos por la mañana.

Colgué.

A las doce y cuarenta, Whitman entró en la sala.

—Se ejecutaron las garantías.

—¿Resultado?

Colocó una hoja frente a mí.

—El consejo acaba de suspender a Adrian como director general mientras investiga sus decisiones financieras.

Sentí una calma extraña.

Pero Whitman todavía no había terminado.

—También descubrimos transferencias sospechosas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué transferencias?

—Durante los últimos dieciocho meses, Adrian movió varios millones de dólares desde cuentas corporativas hacia una empresa llamada MG Consulting.

MG.

Melissa Grant.

—¿Cuánto?

Whitman deslizó otra página.

La cifra me sorprendió incluso a mí.

—¿El consejo lo sabe?

—Lo sabrá en cinco minutos.

En ese instante mi teléfono vibró.

Era Melissa.

Contesté.

—Isabella, necesito hablar contigo.

Su voz ya no era dulce.

Estaba aterrada.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Sí tenemos.

—Entonces habla.

Respiró profundamente.

—Adrian me dijo que esas transferencias estaban autorizadas.

—¿Qué transferencias?

Silencio.

—Por favor. Puedo explicarlo.

—Explícaselo a los auditores.

Iba a colgar cuando pronunció algo inesperado.

—Adrian planeaba divorciarse de ti desde hace meses.

Mi mano quedó inmóvil.

—Continúa.

—Pensaba quedarse con Blake Group y casarse conmigo. Pero había algo que le preocupaba.

—¿Qué?

—Tu apellido.

Sentí un escalofrío.

—Encontró documentos sobre los Monroe. Descubrió quién eras realmente.

Eso no tenía sentido.

Si Adrian lo sabía, ¿por qué había actuado aquella noche como si yo no tuviera ningún poder?

—¿Cuándo?

—Hace seis meses.

Me puse de pie.

—Entonces sabía quién era yo.

—Sí.

—¿Y aun así ordenó que me golpearan?

Melissa comenzó a llorar.

—Porque creía que ya había encontrado una forma de quitarte el control de Monroe Capital.

La puerta de la sala se abrió.

Whitman entró apresuradamente.

Nunca lo había visto tan pálido.

—Señorita Monroe, tenemos un problema.

Tapé el teléfono.

—¿Qué ocurre?

Colocó un documento sobre la mesa.

Era una autorización corporativa.

Tenía mi nombre.

Mi firma.

Y estaba fechada tres meses atrás.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé.

Whitman señaló la última página.

El documento transfería temporalmente mis derechos de voto sobre una parte crucial del patrimonio familiar.

—¿A quién? —pregunté.

Whitman no respondió.

Simplemente giró la página hacia mí.

Leí el nombre del beneficiario.

ADRIAN BLAKE.

En ese mismo instante todas las pantallas de la sala se apagaron.

Un segundo después volvieron a encenderse.

La cotización de Blake Group había dejado de caer.

Whitman miró los números.

—No puede ser.

—¿Qué?

Su rostro perdió el color.

—Alguien acaba de inyectar miles de millones en Blake Group.

Mi teléfono vibró.

Adrian.

Esta vez no llamó.

Envió una fotografía.

Estaba nuevamente sentado en su oficina.

Sonriendo.

Debajo había escrito una sola frase.

“AHORA YA SABES POR QUÉ NUNCA TUVE MIEDO DE TI, ISABELLA.”

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