PARTE 2: LA PUERTA DE CROW IRON WORKS.

—¿Tú eres la mecánica?

La voz al otro lado de la línea era grave, seca y claramente desconfiada.

Miré la tarjeta que llevaba varios días guardada junto a la caja registradora del taller donde trabajaba por las mañanas.

—Depende de quién pregunte.

Hubo un silencio.

—¿Conociste a un hombre llamado Walter Crow hace unos días?

Así que aquel era su nombre.

—Si habla del motociclista al que seis cobardes dejaron de rodillas en un estacionamiento, sí.

La voz soltó una breve exhalación.

—Ven mañana a las siete. Crow Iron Works. La dirección está detrás de la tarjeta.

—¿Para qué?

—Walter dijo que sabías escuchar motores.

—Sé repararlos.

—Eso está por verse.

La llamada terminó.

Me quedé mirando el teléfono.

Debí haber tirado aquella tarjeta.

Tenía suficiente con mis dos empleos, las facturas atrasadas y los medicamentos de mi abuela.

Pero al día siguiente, a las seis cincuenta y cinco, estaba frente a un enorme portón negro.

Sobre él había un cuervo de hierro con las alas abiertas.

CROW IRON WORKS.

El lugar no parecía un taller común.

Había motocicletas clásicas alineadas detrás de una cerca, un almacén enorme y hombres con chalecos oscuros entrando y saliendo.

Pensé seriamente en marcharme.

Entonces recordé a mi abuelo.

Siempre decía que las oportunidades importantes rara vez parecían oportunidades cuando llegaban.

Entré.

Un hombre enorme, de barba gris, apareció desde el taller.

—¿La mecánica?

—Si vuelve a llamarme así con ese tono, voy a cobrarle por hora.

Por primera vez sonrió.

—Me llamo Briggs.

Me condujo hasta una motocicleta parcialmente desmontada.

—Walter dijo que encontrarías el problema.

—¿Dónde está él?

La sonrisa desapareció.

—Primero la motocicleta.

Aquello no me gustó.

Pero me agaché.

Revisé las líneas.

Las conexiones.

El carburador.

Después intenté arrancarla.

El motor respondió con un sonido irregular.

Briggs cruzó los brazos.

—¿Entonces?

—El carburador no es el problema.

—Walter dijo que sí.

—Walter estaba equivocado.

Tres hombres que trabajaban cerca dejaron de hablar.

Briggs levantó una ceja.

—Eso no suele decirlo nadie aquí.

—Entonces aquí necesitan mejores mecánicos.

Retiré una cubierta y señalé una conexión casi invisible.

—La alimentación está fallando. Alguien cambió esta pieza recientemente y la instaló mal.

Briggs dejó de sonreír.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Uno de los hombres se acercó.

—Esa moto fue revisada ayer.

—Pues quien la revisó hizo un trabajo horrible.

El hombre dio otro paso.

Briggs levantó una mano.

—Déjala terminar.

Trabajé durante veinte minutos.

Cuando presioné el arranque nuevamente, el motor rugió con una fuerza limpia y profunda.

Nadie dijo nada.

Apagué la motocicleta.

—Ahí tienen.

Briggs observó la máquina.

Después me miró las manos cubiertas de grasa.

—Walter tenía razón.

—¿Sobre qué?

Una puerta se abrió detrás de nosotros.

—Sobre ti.

Reconocí aquella voz.

Walter Crow apareció caminando lentamente.

Todavía tenía un moretón en la mejilla, pero ya no parecía el hombre indefenso del estacionamiento.

Allí todos se apartaban para dejarlo pasar.

No era simplemente un cliente de Crow Iron Works. Era el dueño.

—Me alegra que llamaras —dijo.

—Casi no lo hago.

—Lo sé.

—¿Cómo podría saberlo?

Walter sonrió.

—Porque las personas orgullosas siempre tardan en aceptar ayuda.

Aquello me molestó.

—No vine a pedir ayuda.

—Perfecto. Porque yo vine a ofrecerte trabajo.

Briggs colocó sobre una mesa una carpeta.

La abrí.

El salario era casi el doble de lo que ganaba combinando mis dos empleos.

Lo miré dos veces.

—Esto tiene que ser un error.

—No lo es —respondió Walter.

—¿Por qué yo?

Walter señaló mis manos.

—Porque cuando seis hombres pudieron hacerte mirar hacia otro lado, no lo hiciste.

Negué con la cabeza.

—Eso no me convierte en buena empleada.

—No.

Señaló la motocicleta que acababa de reparar.

—Eso sí.

Cerré la carpeta.

—Necesito pensarlo.

Walter asintió.

—Hazlo.

Ya estaba caminando hacia la salida cuando añadió.

—Y dile a Eleanor que Walter Crow todavía recuerda su pastel de manzana.

Me detuve.

Sentí un escalofrío.

Eleanor era mi abuela.

Me giré lentamente.

—¿Cómo sabe el nombre de mi abuela?

Walter no respondió.

Briggs bajó la mirada.

De pronto comprendí que aquella oferta de trabajo no había comenzado en el estacionamiento.

—¿Quién es usted? —pregunté.

Walter caminó hacia una oficina.

—Pregúntale a Eleanor.

Esa noche llegué a casa antes de lo habitual.

Mi abuela estaba sentada frente al televisor.

Dejé la tarjeta sobre la mesa.

En cuanto vio el cuervo negro, su rostro cambió.

—¿Dónde conseguiste esto?

—Conocí a Walter Crow.

La taza que sostenía tembló entre sus manos.

—¿Walter está vivo?

Aquella pregunta me dejó helada.

—¿Lo conoces?

Ella cerró los ojos.

—Hace mucho tiempo.

—Él te recuerda.

Mi abuela se levantó.

—No vuelvas allí.

—Me ofreció trabajo.

—No.

—Abuela, pagan casi el doble.

—¡He dicho que no!

Nunca la había escuchado gritarme.

—¿Qué está pasando?

Ella respiró profundamente.

—Tu abuelo trabajó con Walter.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Mi abuelo había muerto cuando yo tenía dieciséis años.

Él fue quien me enseñó a reparar motores.

Quien me enseñó que abandonar a alguien indefenso era una elección.

Pero jamás había mencionado Crow Iron Works.

—¿Qué hacían juntos?

Mi abuela no respondió.

Fue hasta su habitación.

Regresó llevando una pequeña caja de madera que nunca había visto.

La abrió.

Dentro había fotografías antiguas.

Tomé la primera.

Mi abuelo aparecía mucho más joven junto a Walter y otros hombres frente al mismo portón negro.

Pero fue la siguiente fotografía la que me dejó sin aire.

Mostraba una motocicleta idéntica a la que había reparado esa mañana.

En el tanque había dos nombres pintados a mano.

WALTER CROW.

Y debajo.

DANIEL REYES.

El nombre de mi abuelo.

—Él nunca me contó nada de esto.

—Porque prometió protegerte.

—¿Protegerme de qué?

Mi abuela comenzó a llorar.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Tres golpes.

Lentos.

Firmes.

Ella palideció.

—No abras.

Volvieron a golpear.

Me acerqué a la ventana y aparté apenas la cortina.

Había una motocicleta negra estacionada frente a nuestra casa.

Pero no pertenecía a Walter.

Reconocí al hombre junto a ella.

Era el mismo que había dirigido a los seis hombres del estacionamiento.

Entonces levantó algo para que pudiera verlo a través del cristal.

Una fotografía vieja.

Mi abuelo.

Walter.

Y mi madre, a quien yo apenas recordaba.

En la parte posterior había una frase escrita con tinta roja.

“PREGÚNTALE A TU ABUELA QUIÉN DEBIÓ MORIR AQUELLA NOCHE.”

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