A las tres en punto entré en el despacho de Adrian Vale.
No era como Ethan.
No sonreía para agradar ni utilizaba palabras bonitas para ocultar sus intenciones. Se levantó detrás de un escritorio oscuro, me señaló la silla frente a él y colocó una carpeta entre nosotros.
—Sabía que algún día vendrías.
—Entonces también sabes por qué estoy aquí.
Adrian abrió la carpeta.
—Maya Collins.
Sentí que el nombre todavía podía hacerme daño.
—Es la esposa legal de Ethan.
—Desde hace siete años.
Apreté los dedos contra el bolso.
—¿Por qué?
Adrian me observó durante unos segundos.
—Porque casarse contigo legalmente habría sido un problema para él.
Deslizó un documento hacia mí.
Era una copia de un antiguo acuerdo familiar.
Mi abuela había invertido años atrás en varias compañías vinculadas a los Reed. Existían cláusulas que yo nunca había visto.
Una de ellas establecía que, si contraía matrimonio legal, cualquier cónyuge tendría que declarar intereses empresariales y financieros vinculados a determinados activos familiares.
Ethan sabía que un matrimonio real conmigo habría expuesto cuentas y operaciones que su familia llevaba años intentando mantener lejos de mi abuela.
—Entonces nuestra boda…
—Fue una ceremonia —respondió Adrian—. Nada más.
Sentí náuseas.
—Había un oficiante. Firmamos documentos.
—Firmaste documentos.
Adrian hizo énfasis en la palabra.
—Pero nunca se registró una licencia matrimonial válida.
Todo había sido diseñado para parecer real.
Las fotografías.
Los invitados.
Los votos.
Mi vestido.
Mis lágrimas.
Hasta mi felicidad había formado parte del escenario.
—¿Y Maya?
Adrian respiró lentamente.
—Con ella necesitaba exactamente lo contrario.
—¿Por qué?
—Porque Maya podía darle algo que tú no.
Mi cuerpo se tensó.
Pensé inmediatamente en su embarazo.
Adrian negó con la cabeza.
—No hablo del bebé.
Sacó otro documento.
—Hablo de una conexión legal con determinados bienes de los Collins.
Entonces entendí que aquella historia era mucho más grande que una infidelidad.
Mi teléfono vibró.
Era Ethan.
“¿Dónde estás? Llegué temprano.”
Guardé el teléfono.
—Hay algo más —dije—. La medicina que me daba.
Por primera vez, Adrian perdió la calma.
—¿Qué medicina?
Le mostré el mensaje anónimo.
Leyó la frase dos veces.
Después levantó la mirada.
—Clara, ¿todavía conservas algo?
Pensé durante unos segundos.
Entonces recordé una caja guardada en el fondo del armario.
Ethan compraba los frascos personalmente.
Siempre decía que eran suplementos preparados especialmente para mí.
—Quizá.
—No tomes nada más.
Su tono fue tan serio que sentí frío.
—¿Crees que Ethan sabía por qué nunca quedaba embarazada?
—No voy a afirmarlo sin pruebas.
Cerró la carpeta.
—Pero creo que deberías descubrirlo.
Esa misma tarde entregué uno de los frascos antiguos a un laboratorio independiente a través de mi abogado.
Después regresé a casa.
Ethan estaba esperándome.
Había velas sobre la mesa.
Champaña.
Flores blancas.
Y aquella caja de terciopelo con el collar de diamantes.
Se acercó sonriendo.
—Feliz aniversario.
Me besó la frente.
El mismo beso que horas antes había dado a Maya.
Tuve que contenerme para no apartarme.
—Tengo una sorpresa —dijo.
—Yo también.
Sus ojos brillaron.
—¿Ah, sí?
—Pero tú primero.
Abrió la caja.
El collar resplandeció bajo las luces.
—Siete años —susurró mientras lo colocaba alrededor de mi cuello—. Y todavía elegiría casarme contigo otra vez.
Casi me reí.
—¿De verdad?
—Mil veces.
Lo miré a través del espejo.
—Qué curioso.
Sus manos se detuvieron durante una fracción de segundo.

—¿Qué cosa?
—Nada.
Sonreí.
Durante la cena me habló del futuro.
De viajes.
De renovar la casa.
Incluso mencionó que podíamos intentar otro tratamiento de fertilidad.
—Tal vez este sea nuestro año —dijo.
Sentí una rabia tan intensa que tuve que dejar la copa.
—Tal vez.
Entonces su teléfono se iluminó sobre la mesa.
Un mensaje.
No pude leer todo.
Solo tres palabras.
“El bebé está…”
Ethan tomó inmediatamente el teléfono.
—Trabajo.
—Claro.
Aquella noche esperé hasta que se durmió.
A las dos de la madrugada entré en su despacho.
Durante siete años jamás había revisado sus cosas.
Esa confianza ahora me parecía casi absurda.
Abrí cajones.
Nada.
Archivadores.
Nada.
Hasta que encontré una pequeña llave escondida detrás de una fotografía nuestra.
La llave abrió el último cajón del escritorio.
Dentro había documentos relacionados con Maya.
Pagos médicos.
Un contrato de apartamento.
Seguros.
Y varias transferencias mensuales.
Pero debajo encontré algo peor.
Una póliza de seguro de vida a mi nombre.
Ethan figuraba como beneficiario.
La cantidad asegurada era enorme.
Y había sido modificada apenas tres meses antes.
Sentí que las piernas me fallaban.
Fotografié cada página.
Entonces escuché un ruido detrás de mí.
Me giré.
Ethan estaba parado en la puerta.
—Clara.
No parecía dormido.
—¿Qué haces aquí?
Sostuve la póliza.
—Podría preguntarte lo mismo sobre muchas cosas.
Sus ojos bajaron hasta el documento.
Y entendió.
—Déjame explicarte.
—Empieza por Maya.
El silencio respondió antes que él.
—Sé que estás casado con ella.
Su rostro perdió el color.
—Clara…
—También sé que está embarazada.
Dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí.
—No me toques.
Se detuvo.
Durante unos segundos dejó de ser el esposo cariñoso que había interpretado durante siete años.
Vi algo diferente.
Algo frío.
Calculador.
—¿Quién te lo dijo?
Aquella pregunta terminó de destruir cualquier duda.
No preguntó si era verdad.
Preguntó quién había hablado.
—Eso ya no importa.
—Importa muchísimo.
—Para ti, quizá.
Le mostré mi teléfono.
—Tengo copias de todo.
Su expresión cambió.
—No sabes en qué te estás metiendo.
—Sé que nunca fuiste mi esposo.
Entonces dije algo que él todavía ignoraba.
—Y también sé que heredé todo el patrimonio de mi abuela.
Ethan se quedó completamente quieto.
Aquello sí lo sorprendió.
—¿Cuánto?
Sonreí con tristeza.
—Ahí estás.
—Clara, escucha…
—Mil doscientos millones.
Su rostro se transformó.
Y en ese instante comprendí que Adrian tenía razón.
Ethan no estaba preocupado por perderme. Estaba calculando cuánto acababa de perder.
Mi teléfono vibró.
Era mi abogado.
Habían llegado los resultados preliminares del laboratorio.
Abrí el mensaje.
Leí la primera línea.
Después la segunda.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
El compuesto que Ethan me había dado durante años no coincidía con los suplementos que él decía haber comprado para ayudarme a quedar embarazada.
Levanté lentamente los ojos.
—¿Qué me estuviste dando?
Ethan miró mi teléfono.
Luego me miró a mí.
No respondió.
Entonces sonó el timbre de la casa.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Ethan palideció.
—No abras.
Aquellas palabras me hicieron caminar inmediatamente hacia la puerta.
—Clara, te estoy diciendo que no abras.
Giré el picaporte.
Al otro lado estaba Maya.
Lloraba.
Tenía una mano sobre su vientre y sostenía con la otra un sobre lleno de documentos.
Pero lo verdaderamente aterrador fue su primera frase.
—Clara, tienes que salir de esta casa ahora mismo. Ethan sabe quién te envió los mensajes. Y si descubre que yo también tengo las pruebas de lo que te hizo durante estos siete años, ninguna de las dos estará segura.