Los dos hombres miraron mi teléfono.
—¿Quién habló? —preguntó uno.
Yo también seguía mirando la pantalla.
Diez años.
Diez años esperando volver a escuchar aquella voz.
Entonces apareció otra línea:
“Tiempo restante: 23:59:42.”
Sonreí.
—Nadie que ustedes puedan detener.
El hombre más alto avanzó hacia mí.
—Dame el teléfono.
Antes de que pudiera acercarse, golpearon la puerta.
—¡Señorita Emily!
Era la jefa de seguridad de la mansión.
Los dos hombres se quedaron inmóviles.
Yo había activado silenciosamente la alarma desde el teléfono antes de llamar al sistema.
—Parece que Hailey olvidó algo —dije—. Esta sigue siendo legalmente mi habitación.
Abrí la puerta.
Seguridad encontró a los dos hombres dentro.
No necesité inventar nada.
Pedí que los sacaran y que conservaran las grabaciones del pasillo.
Uno de ellos comenzó a protestar.
—¡Hailey nos mandó!
Perfecto.
No dije una palabra.
Abajo, la fiesta continuaba.
Música.
Champaña.
Risas.
Veintitrés horas.
Eso era todo lo que me quedaba en aquel mundo.
No iba a desperdiciarlas peleando.
Iba a cerrar cuentas.
Primero llamé al abogado que Clara y yo habíamos contratado meses atrás.
Porque nuestra partida no había comenzado aquella noche.
Habíamos preparado una salida mucho antes.
Clara había comprendido primero que nos equivocamos quedándonos.
—Emily —me había dicho semanas atrás—, si alguna vez regresamos, no quiero dejarles ni una moneda de todo lo que construimos aquí.
Y habíamos construido mucho.
La familia Bennett creía que su fortuna provenía únicamente de sus empresas tradicionales.
No era cierto.
Durante años, yo había usado conocimientos de nuestro mundo anterior para identificar inversiones y oportunidades que nadie allí veía.
Clara había hecho lo mismo.
Silenciosamente.
Sin pedir reconocimiento.
Varias de las compañías más rentables del grupo dependían de patentes, acciones y sociedades controladas por nosotras.
Daniel nunca se molestó en preguntar.
Adrian tampoco.
Mientras nosotras los amábamos, dejamos que disfrutaran los beneficios.
Ahora Clara estaba muerta.
Y yo tenía menos de un día.
—Ejecute todo —le dije al abogado.
—¿Está segura?
Miré la cuenta regresiva.
22:51:03.
—Completamente.
Vendimos lo que podía venderse.
Retiramos autorizaciones.
Cancelamos poderes.
Transferimos nuestras participaciones conforme a las instrucciones que Clara había dejado preparadas.
Nada ilegal.
Nada oculto.
Simplemente dejamos de sostener a personas que llevaban años creyendo que todo les pertenecía.
Después fui al despacho de Adrian.
Sobre su escritorio encontré una fotografía.
Él y Hailey.
Había sido tomada aquel mismo día.
En la parte posterior, ella había escrito:
“Gracias por elegirme siempre.”
Me quedé mirándola.
Después me quité el anillo.
Lo dejé encima.
Junto a los documentos de divorcio.
Cuando bajé, la fiesta seguía.
Hailey estaba cortando el pastel.
Daniel sostenía el plato.
Adrian servía champaña.
Mi madre me vio primero.
—Emily, ¿por qué tienes esa cara?
—Porque vengo a despedirme.
Daniel soltó una carcajada.
—¿Otra actuación?
—No.
Saqué mi teléfono.
—Clara murió.
Esta vez no llevaba un certificado que pudiera romper.
Abrí el registro digital del hospital.
Daniel vio el nombre.
La hora.
La identificación médica.
Su sonrisa desapareció.
—Eso…
Deslizó el dedo por la pantalla.
—No.
—Te llamé.
—No.
—Te supliqué que fueras.
—Emily, basta.
—Apagaste el teléfono.
Su copa cayó.
Adrian me arrebató el móvil.
Revisó el expediente.
Luego buscó mi llamada de aquella tarde en su propio teléfono.
Su rostro cambió.
La encontró.
Después otra.
Y otra.
—Tú también estabas disponible —dije.
Adrian levantó lentamente los ojos.
—¿Qué cirugía necesitaba?
Se lo expliqué.
Y entonces entendió.
Él habría podido hacerla.
Daniel también.
Ninguno fue.
Porque Hailey cumplía años.
Daniel comenzó a caminar hacia la puerta.
—¿Dónde está Clara?
—Ya cumplí su última voluntad.
Se detuvo.
—¿Qué significa eso?
—Que nunca volverás a verla.
Daniel se derrumbó en una silla.
Hailey se acercó.
—Daniel, ella está intentando hacerte sentir culpable.
Él se apartó de ella.
Por primera vez.
—Cállate.
Hailey quedó paralizada.
Adrian me miraba.
—Emily… ¿por qué dijiste que venías a despedirte?
Sonreí.
—Porque también me voy.
—¿Adónde?
Miré el reloj.
18:07:11.
—A casa.
Mi madre frunció el ceño.
—Esta es tu casa.
—Nunca lo fue.
Entonces Hailey comenzó a reír.
—¿Ves? Siempre fue rara. Ella y Clara. Siempre hablando como si vinieran de otro planeta.
La miré.
—Tú nunca entendiste lo afortunada que eras.
—¿Afortunada?
—Tenías una familia que te adoraba aunque no compartieras su sangre.
Mis padres se tensaron.
—Y aun así necesitabas destruir a cualquiera que pudiera quitarte un poco de atención.
La sonrisa de Hailey desapareció.

—No sé de qué hablas.
—Tus primos ya hablaron con seguridad.
Silencio.
—Dijeron que tú los enviaste a mi habitación.
Mi padre dejó la copa.
—¿Qué?
—Están las grabaciones del pasillo.
Hailey palideció.
—Están mintiendo.
—Entonces explícalo tú.
Mi padre exigió que llamaran a seguridad.
La fiesta terminó en minutos.
Pero yo ya no tenía interés.
Subí por última vez.
Preparé una pequeña mochila.
Una fotografía de Clara.
Una carta de mi madre biológica.
Nada más.
Adrian entró sin tocar.
Tenía mi anillo en la mano.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que parece.
—No puedes divorciarte de mí por una llamada perdida.
Lo miré.
—No me divorcio por una llamada.
—Entonces ¿por qué?
—Porque durante años me enseñaste quién ocupaba el primer lugar y yo seguí fingiendo que algún día cambiarías.
—Hailey es familia.
—Yo era tu esposa.
No supo responder.
Su teléfono sonó.
No contestó.
Era Hailey.
Por primera vez la ignoró.
Demasiado tarde.
—Emily, podemos arreglarlo.
—Clara murió esperando a dos hombres que podían salvarla.
Mi voz se quebró por primera vez.
—No existe arreglo para eso.
Adrian bajó la cabeza.
—¿Y nosotros?
Miré la cuenta regresiva.
03:12:48.
—Nosotros terminamos mucho antes de que yo lo aceptara.
Salí de la mansión.
No regresé.
Fui al lugar donde había esparcido las cenizas de Clara.
El mar estaba tranquilo.
Me senté frente al agua con su fotografía.
—Mentiste —murmuré.
En la imagen, Clara sonreía.
—Dijiste que tú me mantendrías cuando regresara.
Reí entre lágrimas.
—Pero parece que yo también tendré diez mil millones.
La pantalla cambió.
00:01:00.
Me tumbé sobre la arena.
Pensé en Daniel.
En Adrian.
En mis padres.
Incluso en Hailey.
Durante diez años creí que regresar significaría perderlo todo.
Ahora entendía que estaba dejando atrás exactamente aquello que me había impedido ser libre.
Diez segundos.
Cerré los ojos.
—Clara, espero que hayas guardado algo de dinero para mí.
La cuenta llegó a cero.
Y todo desapareció.
Cuando volví a abrir los ojos, escuché bocinas.
Gente.
Una ciudad que reconocí inmediatamente.
Mi ciudad.
Mi mundo.
Me incorporé.
Tenía el mismo rostro que recordaba antes de transmigrar.
Mis manos temblaban.
Entonces escuché una voz detrás.
—Te tardaste muchísimo.
Me giré.
Clara estaba allí.
Viva.
Perfectamente viva.
Con gafas de sol enormes, un café en una mano y las llaves de un automóvil en la otra.
La miré.
Ella me miró.
Y ambas empezamos a llorar.
Corrí hacia ella.
Nos abrazamos.
—¡Dijiste que estabas muerta!
—Allí sí.
—¡Pensé que quizá no llegarías!
—Te dije que el sistema me traería.
Después se apartó.
—Por cierto, ya recibí mis diez mil millones.
La miré.
—Yo también.
Clara sonrió.
—Excelente.
—¿Qué hacemos ahora?
Se puso las gafas.
—Lo que debimos hacer desde el principio.
—¿Qué?
Abrió la puerta del automóvil.
—Vivir para nosotras.
Subí riendo.
Y mientras nos alejábamos, mi teléfono mostró una última notificación del sistema:
“Conexión con el mundo anterior finalizada permanentemente.”
No pregunté qué ocurrió con Daniel.
Ni con Adrian.
Ni con los Bennett.
Durante diez años ellos habían decidido quién merecía su amor.
Aquella vez nos tocaba decidir a nosotras.
Clara había tenido razón.
Su muerte no había sido el final.
Había sido la salida.
Y cuando volví a encontrarla viva, riéndose a mi lado como antes de que todo comenzara, entendí por qué sus últimas palabras me habían hecho reír incluso mientras mi corazón se rompía.
Porque mientras todos los demás creían que Clara había muerto abandonada en una mesa de operaciones, ella conocía un secreto que ellos jamás comprenderían:
no estaba perdiendo la vida.
Estaba regresando a ella.