PARTE 2: LA CASA QUE ÉL CREÍA SUYA

Santiago dejó la carpeta sobre la mesa.

Diego intentó recuperar la sonrisa.

—¿Hablar de mí? Qué coincidencia.

—No exactamente —respondió Santiago—. Venía a hablar de la propiedad que acabas de comprar.

Valeria frunció el ceño.

—¿Nuestra casa de Lomas?

Camila levantó lentamente la mirada.

Diego se apresuró a intervenir.

—Supongo que será algún detalle del proyecto. Nada importante.

Santiago no respondió de inmediato.

Abrió la carpeta.

—¿Les dijiste quién diseñó la remodelación?

Valeria miró a Diego.

—Me dijiste que contrataste a uno de los estudios más exclusivos de México.

—Y es verdad.

—Entonces díselo —murmuró Santiago.

El silencio se volvió incómodo.

Camila tomó su taza de café.

Ya había entendido.

Valeria todavía no.

—¿Decirme qué?

Santiago deslizó varios planos sobre la mesa.

En la esquina inferior aparecía el mismo nombre que Valeria acababa de ver:

CAMILA ORTEGA — DIRECTORA CREATIVA.

Valeria abrió los ojos.

—No.

Camila reconoció inmediatamente los planos.

La residencia Salazar-Montes.

Durante meses, su equipo había trabajado con un cliente que había pedido absoluta discreción. Camila supervisaba tantos proyectos que nunca había relacionado aquel apellido con Diego.

Hasta ese momento.

—¿Tú diseñaste nuestra mansión? —preguntó Valeria.

—Mi estudio la diseñó —respondió Camila.

Valeria giró hacia Diego.

—Me dijiste que tú habías elegido todo.

Camila casi sonrió.

Recordaba las instrucciones del cliente.

“Quiero algo elegante.”

“Quiero que todos se impresionen.”

“Quiero que parezca una casa que nadie más pueda tener.”

Y ahora Diego estaba parado frente a la mujer a la que había venido a presumirle precisamente aquello que ella había creado para él.

—Bueno —dijo Diego—, yo pagué por el servicio. Eso es lo importante.

—Todavía no —respondió Santiago.

La expresión de Diego cambió.

Camila dejó la taza.

—¿Qué significa eso?

Santiago sacó otro documento.

—El último pago venció hace doce días.

—Eso es asunto de administración —dijo Diego.

—Son tres millones ochocientos mil pesos.

Valeria perdió el color.

—¿Cuánto?

—Diego solicitó modificaciones estructurales, mobiliario importado y varias piezas hechas especialmente para la propiedad. El estudio adelantó pagos para cumplir la fecha de entrega.

Camila miró fijamente a su exmarido.

—¿Por qué no me informaron?

—Porque el cliente prometió liquidar esta mañana.

Santiago miró a Diego.

—No lo hizo.

Valeria soltó la invitación dorada sobre la mesa.

—Diego, dijiste que la casa estaba completamente pagada.

—La casa sí.

—¿Y todo esto?

—Valeria, no hagas un drama.

Aquella frase hizo que Camila sintiera algo extraño.

Siete años atrás, Diego utilizaba exactamente las mismas palabras con ella.

Cuando cuestionaba sus gastos.

Cuando desaparecía durante horas.

Cuando Camila decía que quería volver a trabajar.

“No hagas un drama.”

Durante años creyó que ella era demasiado sensible.

Ahora veía el mecanismo desde afuera.

—Santiago —dijo Camila—, mañana revisamos esto en la oficina.

—Perfecto.

Diego soltó aire, aparentemente aliviado.

Entonces Santiago añadió:

—Aunque hay otro problema.

Diego volvió a tensarse.

—¿Cuál?

—El banco llamó esta tarde.

Esta vez Diego no pudo ocultarlo.

—¿Qué banco? —preguntó Valeria.

—Santiago —advirtió Diego.

—El financiamiento de la residencia está siendo revisado.

Valeria se levantó.

—¿Financiamiento?

—Siéntate.

—¡Me dijiste que compraste esa casa de contado!

—¡He dicho que te sientes!

El grito retumbó por el patio.

Camila observó a Diego en silencio.

El hombre elegante que había llegado para exhibir su éxito comenzaba a desmoronarse.

Valeria tomó su bolso.

—Explícame qué está pasando.

Diego se pasó una mano por el cabello.

—Es una operación financiera normal.

Santiago negó con la cabeza.

—No cuando utilizas activos empresariales como garantía sin autorización del resto de los socios.

Diego lo fulminó con la mirada.

—No sabes de qué hablas.

—Sé bastante.

Camila intervino.

—¿Qué empresa?

Nadie respondió.

Y aquella ausencia de respuesta le produjo un escalofrío.

—Diego.

Él evitó sus ojos.

Santiago abrió otra sección de la carpeta.

—Salazar Desarrollo Urbano.

Camila quedó inmóvil.

Conocía aquella empresa.

La había ayudado a nacer.

Cuando estaba casada con Diego, había diseñado su primera identidad, preparado presentaciones para inversionistas y trabajado noches enteras sin cobrar un peso.

Después del divorcio renunció a reclamar casi todo con tal de terminar rápido.

Pero había algo que nunca vendió.

Una pequeña participación accionaria que su abogado le aconsejó conservar.

—¿Cuánto pusiste como garantía? —preguntó Camila.

Diego guardó silencio.

—¿Cuánto?

—No es asunto tuyo.

Santiago la miró.

—Sí lo es.

Diego cerró los ojos.

Camila sintió que el ambiente cambiaba.

—¿Por qué?

Santiago sacó una última hoja.

—Porque algunas operaciones requerían autorización de accionistas.

Camila tomó el documento.

Leyó una línea.

Después otra.

Hasta encontrar una firma.

Su firma.

Excepto que ella jamás había firmado aquello.

El corazón comenzó a golpearle el pecho.

—¿Qué es esto?

Diego se levantó.

—Camila, podemos hablarlo.

—¿Qué es esto?

Valeria se acercó para mirar.

—¿Esa es tu firma?

Camila levantó los ojos.

—Se parece.

Dejó el documento sobre la mesa.

—Pero no es mía.

El silencio fue absoluto.

Diego tomó su saco.

—Nos vamos.

—Yo no voy contigo —dijo Valeria.

—No empieces.

—¿Falsificaste su firma?

Diego no respondió.

Y esa fue respuesta suficiente.

Entonces Camila comprendió que aquella visita jamás había sido una simple provocación.

La mansión.

Las deudas.

La empresa.

Su firma.

Todo estaba conectado.

—Santiago —dijo—, mañana quiero una auditoría completa.

Diego se detuvo.

—No puedes hacer eso.

Camila lo miró.

Por primera vez en siete años, vio miedo auténtico en sus ojos.

—¿Por qué no?

Diego permaneció callado.

Santiago recogió lentamente los papeles.

—Porque si revisamos todas las operaciones, quizá encontremos algo peor.

Camila frunció el ceño.

—¿Peor que falsificar mi firma?

Santiago sacó entonces un sobre que había mantenido separado.

—Esto llegó hoy al despacho.

Se lo entregó.

En el frente aparecía su nombre completo.

Camila abrió el sobre.

Dentro había una copia de una escritura notarial.

Leyó la dirección.

Y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Era la dirección de la casa donde estaban parados.

Su casa.

La casa de su abuela.

Camila levantó la vista hacia Diego.

Él ya no parecía arrogante.

Parecía atrapado.

—¿Qué hiciste?

Diego retrocedió.

Santiago señaló una fecha en el documento.

—Hace seis meses alguien intentó registrar esta propiedad como garantía de una deuda empresarial.

Camila sintió que se le helaban las manos.

—Eso es imposible.

—Debería serlo.

—Esta casa está únicamente a mi nombre.

Santiago asintió.

—Exactamente.

Camila volvió a mirar el documento.

Al final de la página aparecía otra vez aquella firma falsa.

Pero esta vez había algo más.

Una segunda firma.

La de un testigo.

Camila reconoció el nombre inmediatamente.

Y aquello fue mucho peor.

Porque pertenecía a la única persona de su propia familia que tenía acceso a todos los documentos originales de la casa.

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