PARTE 2: EL SECRETO DE LA CANCIÓN

—¿Conoce a mi abuela?

Rodrigo no respondió.

Se levantó tan rápido que la manta cayó al suelo.

La señora Herrera seguía inmóvil en la puerta.

—Señor Carter… —murmuró.

—No.

Una sola palabra bastó para silenciarla.

Rodrigo me miró fijamente.

—¿Carmen Salgado vive?

La pregunta me desconcertó.

—Sí.

Algo parecido al alivio cruzó su rostro, pero desapareció enseguida.

—¿Dónde?

Di un paso atrás.

—¿Por qué quiere saberlo?

Pareció darse cuenta de que estaba interrogando a una empleada que llevaba tres días trabajando para él.

Se pasó una mano por el rostro.

—Tienes razón.

Recogí la manta.

—Creo que debería irme.

—Elena.

Me detuve.

—Esa canción solo la conocían tres personas.

Miré la caja de música.

—Mi abuela me la cantó toda la vida.

—¿Alguna vez te dijo quién se la enseñó?

—No.

Rodrigo cerró los ojos.

—Mi esposa.

Sentí un escalofrío.

—¿Su esposa conocía a Carmen?

Esta vez fue la señora Herrera quien respondió.

—Mucho más de lo que imaginas.

Rodrigo la fulminó con la mirada.

—Basta.

Pero ya era demasiado tarde.

—¿Qué significa eso?

Ninguno contestó.

Entonces comprendí que si me quedaba allí, terminaría atrapada en un secreto que no me pertenecía.

—Buenas noches, señor Carter.

Caminé hacia la puerta.

—Mañana no trabajas.

Me giré.

Pensé que me había despedido.

—¿Hice algo malo?

—No.

Rodrigo tomó su teléfono.

—Mañana iremos a ver a tu abuela.

Solté una risa incrédula.

—Usted no irá a ninguna parte conmigo.

Por primera vez, pareció sorprendido de que alguien le dijera que no.

—Señorita Salgado…

—Mi abuela está enferma. No voy a llevar a un desconocido multimillonario a su casa porque reconoce una canción.

Sus ojos se endurecieron.

—Entonces pregúntale por Isabel Carter.

El nombre cayó entre nosotros.

—Pregúntale si conocía a Isabel. Si dice que no, nunca volveré a mencionar esto.


Aquella noche apenas dormí.

Cuando llegué a casa, Carmen estaba despierta viendo televisión.

—¿Cómo te fue?

Dejé el bolso.

—Bien.

Me senté frente a ella.

—Abuela, ¿quién era Isabel Carter?

El control remoto cayó de su mano.

No hubo confusión.

No hubo necesidad de explicarle.

Mi abuela conocía aquel nombre.

—¿Quién te habló de ella?

—Rodrigo Carter.

Carmen se puso pálida.

—Renuncia.

—¿Qué?

—Mañana mismo.

Intentó levantarse, pero tuvo que apoyarse en el sofá.

Me acerqué.

—Tranquila.

—Prométeme que no regresarás a esa casa.

—¿Por qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque ya perdimos suficiente.

Aquella frase me dejó inmóvil.

—¿Qué perdimos?

Carmen negó con la cabeza.

—No puedo.

—Abuela, Rodrigo reconoció tu canción. Su ama de llaves casi se desmaya cuando escuchó tu nombre. ¿Qué estás ocultándome?

Carmen me agarró la mano.

—Hay verdades que llegan demasiado tarde para arreglar nada.

—Entonces deja que yo decida eso.

Durante varios segundos solo escuché el zumbido de su máquina de oxígeno.

Finalmente susurró:

—Yo trabajé para los Carter.

—¿Cuándo?

—Hace años.

—¿Con Isabel?

Asintió.

—Cuando Isabel quedó embarazada, me contrataron para ayudarla. Después nació su hija…

Su voz se quebró.

—Sofía.

La niña de la fotografía.

—¿Tú cuidaste a Sofía?

Carmen empezó a llorar.

—La quería como si fuera mi nieta.

Entonces comprendí por qué conocía la canción.

Pero aquello no explicaba su terror.

—¿Qué pasó la noche del accidente?

Mi abuela retiró la mano.

—No preguntes eso.

—Rodrigo cree que su esposa y su hija murieron.

Carmen me miró.

Y algo en su expresión hizo que se me helara la sangre.

—¿Cree?

Se dio cuenta de su error demasiado tarde.

—Abuela.

—Elena, basta.

—¿Por qué dijiste “cree”?

Carmen cerró los ojos.

—Porque yo estuve allí esa noche.


A la mañana siguiente regresé a la mansión.

Rodrigo me esperaba en el vestíbulo.

—¿Le preguntaste?

—Sí.

—¿Conocía a Isabel?

—Trabajó para ustedes.

Rodrigo no pareció sorprendido.

—Lo sé.

Lo miré fijamente.

—Entonces ayer me mintió.

—Necesitaba saber cuánto te había contado Carmen.

—¿Por qué?

Rodrigo miró hacia el segundo piso.

—Porque tu abuela fue la última persona que vio con vida a mi hija.

El aire pareció desaparecer.

—Ella dijo que estuvo allí la noche del accidente.

Rodrigo giró bruscamente.

—¿Qué más dijo?

—Nada.

Algo cambió en su rostro.

—Ven conmigo.

Subió las escaleras.

—¿Adónde?

No respondió.

Llegamos al final del pasillo.

A la habitación cerrada.

La señora Herrera apareció detrás de nosotros.

—Señor Carter, no.

Rodrigo sacó una llave.

Le temblaba la mano.

—Tres años —dijo—. No he entrado en tres años.

La cerradura cedió.

Dentro había un dormitorio infantil detenido en el tiempo.

Muñecas.

Libros.

Un vestido amarillo colgado detrás de la puerta.

Rodrigo avanzó hasta una cómoda y abrió el último cajón.

Sacó una fotografía.

Me la entregó.

En ella aparecía Isabel sosteniendo a Sofía.

Junto a ellas estaba mi abuela.

Pero había una cuarta persona.

Una muchacha de unos diecinueve años.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Tenía mi cabello.

Mis ojos.

Mi rostro.

—¿Quién es? —pregunté.

Rodrigo no respondió.

Giré la fotografía.

Había una fecha escrita.

Era de veintidós años atrás.

Debajo, una frase:

“Carmen y sus dos niñas.”

—Yo soy hija única —susurré.

Rodrigo abrió otro cajón.

Dentro había un sobre amarillento.

Mi nombre estaba escrito en el frente.

ELENA SALGADO.

—Encontré esto después del funeral —dijo Rodrigo—. Nunca entendí por qué mi esposa guardaba una carta para ti.

—¿La abrió?

—No.

Rompí el sello.

Dentro había una hoja y una pequeña llave.

Solo alcancé a leer las primeras palabras.

“Elena: si algún día estás leyendo esto, significa que Carmen no pudo seguir protegiéndote de lo que ocurrió en esta casa…”

Entonces escuchamos un ruido detrás.

La señora Herrera estaba mirando hacia la puerta.

No estaba sola.

Mi abuela Carmen permanecía en el pasillo, apoyada en su bastón.

Había llegado sin avisarme.

Miró la carta entre mis manos.

Y comenzó a llorar.

—Abuela…

Carmen negó lentamente.

—Esa carta no era para que la encontraras así.

Rodrigo dio un paso hacia ella.

—¿Qué ocurrió aquella noche?

Carmen levantó la mirada.

—La pregunta no es qué ocurrió.

Su voz tembló.

—La pregunta es por qué todos aceptaron que Sofía había muerto… cuando nunca encontraron su cuerpo.

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