PARTE 2: LA VERDAD SOBRE MI PADRE

Abrí la carpeta.

Esperaba contratos.

Tal vez pagarés con la firma de mi padre, números imposibles de pagar o algún documento que demostrara que Daniel Hart había entregado legalmente hasta el último pedazo de nuestra vida.

Lo primero que encontré fue una fotografía.

Mi padre saliendo de un casino privado.

Lo segundo fue una transferencia bancaria.

Lo tercero hizo que levantara la vista hacia Nico.

—¿Qué significa esto?

—Sigue leyendo.

Había registros de llamadas, fotografías, nombres y fechas.

Y luego apareció una imagen de mi madre.

Mi madre, que llevaba ocho años muerta.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—¿Por qué tienes una fotografía de ella?

Nico apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Porque la deuda de tu padre no comenzó con las apuestas.

—No entiendo.

—Daniel tomó dinero de personas que trabajan para mí. Pero alguien se aseguró de que pudiera seguir pidiendo incluso cuando ya no tenía cómo devolverlo.

Pasé otra página.

Aparecía el nombre de una empresa que no conocía.

Lakefront Holdings.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Todo.

Nico señaló una serie de movimientos.

—Tu padre no perdió únicamente el dinero de tus estudios.

—También perdió nuestra casa.

—No.

Lo miré.

—¿Qué?

—La casa de tu madre nunca le perteneció.

Sentí un escalofrío.

Nico sacó otro documento.

Era un fideicomiso.

Mi nombre aparecía como beneficiaria.

—Tu madre dejó esa propiedad para ti. Daniel falsificó documentos para utilizarla como garantía.

Tuve que sentarme.

Durante meses había odiado a mi padre por perder nuestra casa.

Ahora descubría que ni siquiera había tenido derecho a tocarla.

—Entonces denúncialo.

—Eso sería sencillo.

—¿Y qué quieres de mí?

Nico sostuvo mi mirada.

—Mantenerte viva.

Solté una risa nerviosa.

—Claro.

—No estoy bromeando.

Su voz había perdido cualquier rastro de diversión.

—Tu padre no te ofreció para pagarme.

Empujó una fotografía hacia mí.

Daniel aparecía hablando con un hombre junto a un automóvil negro.

—Te ofreció porque alguien estaba preguntando por ti.

Se me helaron las manos.

—¿Quién?

—Todavía no lo sé.

—¿Y decidiste traerme aquí?

—Decidí que mientras todos creyeran que estabas bajo mi control, nadie intentaría acercarse.

Me levanté.

—¿Quieres que agradezca que me secuestraste para protegerme?

—Quiero que entiendas por qué estás aquí.

—Pues explícame por qué mi madre aparece en tus archivos.

Por primera vez, Nico dudó.

Aquello me asustó más que cualquier amenaza.

—Conocí a tu madre.

—¿Cómo?

—Hace muchos años me ayudó cuando nadie más quiso hacerlo.

—¿En qué?

Nico miró hacia la ventana.

—Eso pertenece a una historia que todavía no puedo contarte.

—Qué conveniente.

Cerré la carpeta.

—Me voy.

—No.

—No soy tu prisionera.

—No.

—Entonces abre las puertas.

Nico presionó un botón del escritorio.

Un instante después apareció un guardia.

—Marco, prepara un auto.

Lo miré sorprendida.

—¿Me dejas ir?

—Siempre pudiste hacerlo.

Aquello me detuvo.

Nico añadió:

—Pero antes quiero mostrarte algo.


Me llevó a una sala de seguridad en el sótano.

Había decenas de cámaras.

Nico señaló una grabación.

Era de aquella misma mañana.

Un hombre esperaba frente a la escuela de enfermería donde yo había estudiado.

Otra cámara lo mostraba cerca de nuestro antiguo vecindario.

—Lleva cuatro días preguntando por Elena Hart —dijo Nico.

—Salgado.

—¿Qué?

—Uso el apellido de mi madre.

Algo extraño cruzó su rostro.

—Entonces tu madre consiguió al menos eso.

Antes de que pudiera preguntarle qué significaba, una niña entró corriendo.

—¡Papá!

Nico cambió completamente.

La dureza desapareció de su rostro.

La pequeña tendría seis años.

Cabello oscuro, enormes ojos grises.

—Lucía, te dije que no bajaras aquí.

—La señora Rosa dijo que estabas ocupado.

Entonces me vio.

—¿Quién eres?

—Elena.

Lucía sonrió.

—Yo soy Lucía.

—Ya lo imaginaba.

—Mañana es mi cumpleaños.

Nico suspiró.

—Lucía…

—¿Puedes venir?

Miré al hombre más temido de Chicago.

Parecía incapaz de negarle nada.

—Si sigo aquí —respondí.

Lucía tomó mi mano.

—Entonces quédate.

No sabía entonces que aquella niña cambiaría mi vida.


Seis meses después seguía en la finca.

No como prisionera.

Trabajaba coordinando parte del personal médico de la familia y había retomado mis estudios.

Lucía se había convertido en mi sombra.

Y Nico…

Nico continuaba siendo un misterio.

Nunca cruzó un límite conmigo.

Nunca volvió a hablar de la deuda como si yo formara parte de ella.

Pero tampoco dejó de investigar quién buscaba a mi familia.

Hasta la noche del cumpleaños.

La casa estaba llena.

Empresarios.

Políticos.

Familiares.

Hombres que sonreían demasiado y llevaban seguridad privada.

Lucía apareció con un vestido blanco y una corona diminuta.

Corrió hacia el pastel.

Todos comenzaron a cantar.

Yo estaba a pocos metros.

Entonces vi algo.

En el segundo piso, detrás de la barandilla, un hombre levantó el brazo.

Vi el brillo metálico.

No pensé.

—¡Lucía!

El primer disparo destrozó las velas.

Los invitados gritaron.

Me lancé sobre ella.

Después llegaron más detonaciones.

Sentí un golpe abrasador y caí sobre el mármol, protegiendo a Lucía mientras los hombres de Nico respondían y evacuaban el salón.

—Elena.

La voz de Nico atravesó el caos.

Lucía lloraba debajo de mí.

—Estoy bien —logró decir.

Eso era suficiente.

Nico cayó de rodillas a nuestro lado.

—Mírame.

Intenté hacerlo.

Pero detrás de él vi algo.

El atacante había sido reducido.

Le habían arrancado la máscara.

Reconocí su rostro.

Era el hombre de las grabaciones que llevaba meses buscándome.

—Nico…

Él siguió mi mirada.

Su expresión cambió.

—Sáquenlo vivo.

Dos hombres levantaron al atacante.

Pero aquel hombre comenzó a reír.

—Llegaste tarde, Vitali.

Nico se puso de pie.

—¿Quién te envió?

El atacante escupió sangre sobre el mármol.

—Pregúntale a Daniel Hart.

Mi corazón se detuvo.

—Mi padre…

El hombre me miró directamente.

—Tu padre no apostó ese dinero, Elena.

Nico se quedó inmóvil.

—Cállate.

—¿Todavía no se lo dijiste?

El atacante sonrió.

—Dile por qué su madre murió realmente.

Miré a Nico.

Y por primera vez desde que lo conocía, vi miedo en sus ojos.

—¿De qué está hablando?

Nico no respondió.

El hombre soltó una última carcajada.

—Pregúntale quién estaba conduciendo el automóvil aquella noche.

Sentí que todo el salón desaparecía a mi alrededor.

—Nico…

Él cerró los ojos.

Y entonces comprendí lo imposible.

Nico Vitali no solo había conocido a mi madre.

Había estado con ella la noche en que murió.

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