PARTE 2: SE ACABÓ EL PATROCINIO

Doña Elvira tardó tres segundos en reaccionar.

—¿Cómo dices?

—Que devuelvan lo que intentaron comprar y váyanse a casa.

—¡Mariana! No puedes cancelar una tarjeta así nada más. Gerardo nos autorizó.

Solté una risa corta.

—Gerardo no puede autorizar dinero que no es suyo.

Colgué.

Apenas habían pasado veinte minutos cuando Arturo, mi abogado, me devolvió la llamada.

—Ya revisé lo urgente. La casa pertenece al holding. Los vehículos también. Gerardo tiene facultades administrativas limitadas, pero no propiedad. Mañana podemos revocar el resto de sus accesos corporativos formalmente.

—Hazlo.

—¿Estás segura?

Miré las capturas de Ximena registrada en el sistema de mi propia casa.

—Completamente.

Esa noche llegué a Las Lomas antes que ellos.

No empaqué mis cosas.

Empaqué las de Gerardo.

Dos maletas quedaron junto a la entrada.

A las nueve y doce, alguien intentó abrir la puerta.

El código falló.

Después sonó el timbre.

En la cámara aparecieron Gerardo, Doña Elvira y Ximena.

Los tres.

Gerardo golpeó la puerta.

—¡Mariana! ¡Abre!

Abrí desde dentro, pero no me aparté.

Su cara estaba roja.

—¿Qué demonios estás haciendo?

—Protegiendo mi casa.

Doña Elvira intentó entrar.

Bloqueé el paso.

—Usted ya no tiene acceso.

—¡Soy la madre de tu marido!

—Y ella es su amante.

Miré a Ximena.

Por primera vez, bajó los ojos.

Gerardo apretó los dientes.

—Ximena vino porque mamá necesitaba ayuda.

Saqué el teléfono.

Le mostré la fotografía de ambas en la boutique.

Después las compras.

Los hoteles.

La ubicación de aquella tarde.

Finalmente, el registro digital que demostraba que Ximena había entrado varias veces a mi casa.

Gerardo dejó de hablar.

—¿Quieres explicarme cuál de esas cosas también era una reunión con inversionistas?

—Mariana, podemos hablarlo adentro.

—No.

Señalé las maletas.

—Tus cosas están ahí.

Entonces ocurrió algo maravilloso.

Doña Elvira dejó de fingir.

—¡Después de todo lo que Gerardo hizo por ti! Antes de conocerlo eras una cualquiera trabajando día y noche.

La miré sorprendida.

—Precisamente.

Sonreí.

—Trabajaba día y noche antes de conocerlo. Por eso todo esto existía antes de que ustedes llegaran.

Su expresión cambió.

Gerardo dio un paso hacia mí.

—Estamos casados. No puedes simplemente echarme.

—Por eso Arturo te enviará mañana la documentación correspondiente. Lo que sí puedo hacer esta noche es retirar tus accesos a bienes corporativos y dejar claro que Ximena y tu madre no tienen autorización para entrar.

Ximena miró a Gerardo.

—Me dijiste que esta casa también era tuya.

Silencio.

—Gerardo.

Él evitó sus ojos.

Y entonces ella empezó a entender.

—¿El coche tampoco es tuyo?

Nada.

—¿La tarjeta?

Doña Elvira intervino:

—¡No empieces tú también!

Pero Ximena ya estaba mirando a Gerardo de una manera distinta.

El hombre poderoso que le había prometido una vida de lujo estaba parado en una banqueta junto a dos maletas.

Y casi todo lo que había utilizado para impresionarla pertenecía a su esposa.

Gerardo volvió hacia mí.

—¿Vas a destruir nuestro matrimonio por dinero?

Aquello sí me hizo reír.

—No, Gerardo.

Levanté el teléfono.

—El dinero solo me permitió descubrir cuánto costaba tu traición.

Cerré la puerta.

Del otro lado comenzaron los golpes.

No respondí.

A la mañana siguiente empezó la verdadera limpieza.

Accesos revocados.

Tarjetas corporativas bloqueadas.

Vehículos recuperados mediante los procedimientos correspondientes.

Contraseñas modificadas.

Auditoría interna.

Y después llegó el informe que terminó de hundirlo.

Gerardo no solo había utilizado recursos de la empresa para mantener a Ximena.

Había cargado viajes, restaurantes y otros gastos personales como supuestas reuniones comerciales.

Arturo dejó la carpeta frente a mí.

—Tenemos que revisar esto seriamente.

—Revísalo todo.

Gerardo me llamó desde otro número.

Contesté una sola vez.

—Mariana, necesito hablar contigo.

—Habla.

—Mamá está destrozada.

—Que Ximena la consuele.

—Esto no es gracioso.

—No pretendía serlo.

Guardó silencio.

Después cambió de estrategia.

—Cometí un error.

—No.

—¿Qué?

—Un error ocurre una vez. Tú necesitaste hoteles, mentiras, accesos a mi casa y meses de cargos para construir esto.

—Puedo dejar a Ximena.

Ahí entendí que todavía no comprendía nada.

—Gerardo, yo no estoy compitiendo con Ximena.

—Entonces dame una oportunidad.

—Ya tuviste años.

Colgué.

Tres semanas después, Doña Elvira apareció nuevamente en la entrada del residencial.

Seguridad me llamó.

—Dice que necesita hablar con usted.

Acepté bajar.

La encontré sin su habitual arrogancia.

—Mariana, tenemos que pensar como familia.

Qué palabra tan curiosa.

Familia.

Cuando necesitaban mi dinero, yo era familia.

Cuando paseaban a la amante de mi esposo con mi tarjeta, aparentemente no.

—Gerardo está pasando por una situación terrible —dijo—. Ximena se fue.

No pude evitar sorprenderme.

—¿Se fue?

—Cuando comprendió que Gerardo no tenía el dinero que creía…

No terminó.

No hacía falta.

—Quiero pedirte que reconsideres el divorcio.

—No.

—Los matrimonios atraviesan crisis.

—Una crisis es perder un empleo. Esto fue una elección sostenida.

Elvira apretó los labios.

—¿Vas a tirar tantos años?

—No los estoy tirando.

La miré directamente.

—Estoy evitando tirar los siguientes.

Me di la vuelta.

—Mariana.

Me detuve.

—¿Y nosotros qué vamos a hacer?

Aquella pregunta resumía nuestra relación mejor que cualquier otra.

No preguntó cómo estaba yo.

Preguntó qué harían ellos sin lo que yo proporcionaba.

—Lo mismo que hacía yo antes de conocerlos.

La miré por última vez.

—Trabajar.

Meses después firmé el divorcio.

Cuando salí del despacho de Arturo, abrí la aplicación del banco.

Durante años había revisado movimientos buscando gastos de Gerardo, favores para Elvira o cosas que no recordaba haber autorizado.

Aquella mañana solo había una compra personal.

Una lámpara para mi nuevo departamento.

Ridículamente cara.

Me encantaba.

La compré.

Y sonreí.

No porque hubiera recuperado una tarjeta Black.

Ni una casa.

Ni una empresa.

Sino porque finalmente había recuperado algo mucho más difícil de reemplazar:

el derecho a decidir quién entraba en mi vida.

Y esta vez, cuando cerré la puerta detrás de mí, no dejé ningún código de acceso.

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