PARTE 2: LA NOVIA QUE ÉL NUNCA ESPERÓ.

Mi padre no intentó convencerme de cambiar de opinión.

Solo preguntó:

—¿Estás segura?

Miré la puerta detrás de la cual Adrian y sus amigos seguían riéndose de mí.

—Completamente.

—Entonces vuelve a casa, Isabella.

—Todavía no.

Hubo un silencio.

—¿Por qué?

Me sequé una lágrima antes de que pudiera caer.

—Porque Adrian quiere una boda perfecta para Camille.

Apreté el teléfono.

—Y pienso dársela.

Durante los siguientes días fingí exactamente lo que Adrian esperaba ver.

Seguí tomando las pastillas que me entregaban, aunque en realidad las escondía.

Permití que aquel médico continuara hablando de recuerdos que nunca habían sido míos.

Sonreí cuando Adrian me mostraba fotografías de lugares donde jamás había estado.

Incluso fingí emocionarme cuando mencionó nuestra boda.

Cuanto más dócil parecía, más descuidado se volvía.

Hasta que una noche dejó su teléfono sobre la mesa mientras se duchaba.

La pantalla se iluminó.

CAMILLE.

No necesitaba abrir el mensaje.

La vista previa bastó.

“¿De verdad podré usar su vestido?”

Sentí una punzada en el pecho.

Entonces llegó otro.

“Quiero entrar por la misma puerta que ella soñó desde niña.”

Y finalmente:

“Aunque legalmente sea su boda, ese día quiero sentir que tú te casas conmigo.”

Tomé una fotografía de la pantalla.

Después dejé el teléfono exactamente donde estaba.

Cuando Adrian regresó, me encontró contemplando mi vestido de novia.

—¿Te gusta? —preguntó.

Acaricié lentamente el encaje francés.

—Es perfecto.

Él me abrazó por detrás.

Mi cuerpo quiso apartarse.

Lo obligué a permanecer inmóvil.

—Camille estaría preciosa con algo así —comenté de repente.

Sus brazos se tensaron.

—¿Camille?

Me giré fingiendo confusión.

—¿He dicho Camille?

Adrian me estudió durante unos segundos.

Luego sonrió.

—Debes estar cansada.

Besó mi frente.

—Descansa.

Aquella noche comprendí algo.

Adrian ya no estaba seguro de cuánto recordaba.

Y el miedo comenzaba a instalarse detrás de su sonrisa.

Dos días antes de la ceremonia, mi padre llegó desde Francia.

No vino a verme.

Eso habría despertado sospechas.

En cambio, sus abogados se reunieron discretamente con los administradores del lugar.

La propiedad donde Adrian planeaba celebrar aquella fantasía no pertenecía a los Blackwell.

Pertenecía a mi familia.

También las obras de arte.

Las instalaciones.

La colección de vinos reservada para la recepción.

Y buena parte de los contratos firmados para aquella boda habían sido pagados desde un fideicomiso creado a mi nombre.

Adrian había confundido durante años mi silencio con dependencia.

Nunca comprendió que gran parte del mundo en el que presumía ser rey existía porque mi familia le había permitido entrar.

La mañana de la boda desperté antes del amanecer.

Adrian ya no estaba.

Sobre la almohada había una nota.

“Nos vemos en el altar.”

Me reí.

Por primera vez en meses, aquella risa fue auténtica.

Porque sabía perfectamente dónde estaba.

Con Camille.

Horas después llegué al lugar de la ceremonia.

Todo parecía sacado de uno de mis sueños infantiles.

Miles de rosas blancas cubrían los jardines.

Un cuarteto tocaba junto al lago.

Los invitados más importantes de San Francisco llenaban las primeras filas.

Pero algo llamó inmediatamente mi atención.

Nadie sabía dónde estaba la novia.

Porque oficialmente…

la novia era yo.

Entré por una puerta lateral acompañada únicamente por mi padre.

—Todavía puedes marcharte —dijo.

Negué.

—He huido suficiente.

A través de una ventana vimos movimiento cerca del jardín privado.

Entonces apareció Camille.

Llevaba mi vestido.

Mi vestido.

El que mi madre había encargado en París antes de morir.

Sentí que me faltaba el aire.

Mi padre dio un paso adelante, furioso.

Lo detuve.

—Todavía no.

Camille caminó hacia Adrian.

Él la esperaba junto al pequeño altar secundario que habían preparado lejos de los invitados.

Creían que nadie los veía.

Adrian tomó sus manos.

—Hoy debería haber sido nuestro desde el principio.

Camille sonrió emocionada.

—¿Y Isabella?

—Después de hoy ya no importa.

Algo dentro de mí terminó de morir.

Pero, sorprendentemente, no dolió.

Quizá porque lo que murió fue la última esperanza que todavía conservaba.

Mi padre me miró.

—¿Ahora?

Negué.

—Quiero que termine.

Adrian colocó un anillo en el dedo de Camille.

Entonces ambos caminaron hacia la ceremonia principal.

Los invitados comenzaron a murmurar cuando vieron aparecer a otra mujer vestida de novia.

Adrian levantó una mano.

—Sé que esto puede parecer extraño…

No pudo terminar.

Las enormes pantallas instaladas detrás del altar se encendieron.

Primero apareció una fotografía.

Adrian besando a Camille.

Después otra.

Camille usando una de las joyas que él me había regalado supuestamente durante mi recuperación.

Luego aparecieron mensajes.

Fechas.

Reservas.

Viajes.

Y finalmente…

los registros médicos de los tratamientos utilizados para manipular mis recuerdos.

El jardín quedó completamente en silencio.

Adrian se volvió hacia la cabina técnica.

—¡Apaguen eso!

Nadie obedeció.

Entonces mi voz sonó por los altavoces.

—¿Por qué apagarlo?

Cientos de personas se giraron.

Salí lentamente al jardín.

No llevaba vestido de novia.

Llevaba un sencillo traje blanco.

Mi padre caminaba a mi lado.

Adrian parecía haber visto un fantasma.

—Isabella…

Camille retrocedió.

Yo continué avanzando hasta detenerme frente a ellos.

Miré mi vestido sobre el cuerpo de Camille.

—Te queda bonito.

Ella palideció.

—Yo…

—Puedes quedártelo.

Adrian reaccionó finalmente.

—Isabella, puedo explicarlo.

Sonreí.

—¿También vas a explicarme que nunca perdí la memoria?

Su rostro cambió.

Los murmullos explotaron alrededor.

—¿O prefieres explicar primero por qué pagaste a un médico para sedarme?

—No sabes lo que estás diciendo.

—Lo sé perfectamente.

Saqué mi teléfono.

—Y también lo saben mis abogados.

Adrian miró hacia mi padre.

Por primera vez entendió la magnitud del desastre.

Intentó acercarse.

—Isabella, escúchame.

Retrocedí.

—No vuelvas a tocarme.

Mi padre se interpuso inmediatamente.

Adrian apretó los puños.

—¿Qué quieres?

Aquella pregunta me hizo sonreír.

Había esperado escucharla durante meses.

—Nada tuyo.

Miré alrededor.

—Solo vine a recuperar lo mío.

En ese momento, varios empleados comenzaron a retirar discretamente los logotipos de Blackwell de la recepción.

Adrian los observó confundido.

—¿Qué están haciendo?

Mi padre respondió:

—Ejecutando la rescisión de los contratos.

El rostro de Adrian se endureció.

—¿Qué contratos?

—Todos.

Mi padre sostuvo su mirada.

—A partir de hoy, tu empresa pierde el acceso a los fondos, propiedades y garantías financieras vinculadas a Isabella.

Adrian palideció.

Camille lo miró.

—¿Qué significa eso?

Yo respondí:

—Que el hombre por quien aceptaste convertirme en una broma pública nunca fue tan poderoso como te hizo creer.

Entonces llegaron dos hombres trajeados acompañados por el abogado de mi padre.

Adrian comenzó a comprender.

—Isabella…

Por primera vez, su voz tembló.

—No puedes hacerme esto.

Lo miré fijamente.

—Tú me enseñaste algo importante, Adrian.

Hice una pausa.

—Los recuerdos pueden falsificarse.

Miré a Camille con mi vestido, después las flores, el altar y finalmente al hombre al que había amado durante tantos años.

—Pero las consecuencias no.

Me di la vuelta.

Pensé que aquello había terminado.

Hasta que Camille gritó detrás de mí:

—¡Espera!

Me detuve.

Cuando me giré, ya no miraba a Adrian.

Me miraba a mí.

Tenía lágrimas en los ojos.

—Hay algo que no sabes.

Adrian cambió de expresión inmediatamente.

—Camille, cállate.

Ella retrocedió.

—No.

—He dicho que te calles.

Camille se quitó lentamente el anillo que Adrian acababa de ponerle.

Después me miró directamente.

—La noche del arma no ocurrió como él te contó.

El jardín entero quedó en silencio.

Adrian avanzó hacia ella.

—¡Camille!

Pero ella gritó antes de que pudiera detenerla:

—¡ISABELLA, ADRIAN SABÍA QUE IBAS A ENCONTRARNOS AQUELLA NOCHE!

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