Parte 2: EL HOMBRE DEL PAÑUELO

Sentí que la pregunta de don Arturo me helaba la sangre.

—¿Usted lo conoce?

El anciano no respondió inmediatamente.

Miró hacia Esteban.

Después hacia Mercedes.

Y comprendí algo inquietante.

Ellos también sabían de quién hablaba.

Esteban fue el primero en reaccionar.

—Papá está medicado. No sabe lo que dice.

Don Arturo golpeó la mesa con la palma.

—¡Estoy enfermo, no loco!

Mateo apareció en la puerta, asustado.

—Mamá…

Me levanté inmediatamente.

—Todo está bien, mi amor.

—Llévenselo —ordenó Mercedes a una empleada.

—Nadie se lleva a mi hijo.

Mi voz salió tan firme que incluso Esteban se detuvo.

Tomé a Mateo de la mano.

Luego guardé el testamento de Adrián dentro de mi bolso.

Esteban señaló la carpeta.

—Todavía falta tu firma.

—Entonces seguirá faltando.

Su mandíbula se endureció.

—Lucía, no compliques esto.

—¿Esto?

Levanté los documentos.

—¿La cesión irrevocable que intentaste presentar como un simple acuerdo de administración?

Mercedes palideció.

—Lo estás malinterpretando.

—Entonces llamaré a un abogado para que me lo explique.

Aquello produjo un silencio diferente.

Miedo.

Don Arturo sonrió débilmente.

—Eso es precisamente lo que debes hacer.

Esteban lo fulminó con la mirada.

—¿Después de todo lo que hicimos para protegerte vas a traicionarnos?

—Ustedes no me protegieron.

Don Arturo respiró con dificultad.

—Me convirtieron en cómplice.

Mercedes comenzó a llorar.

Pero recordé el mensaje:

No confíe en nadie dentro de la casa. Ni siquiera en quien llore.

—¿Quién era el hombre del autobús? —pregunté.

Don Arturo me miró.

—Se llama Gabriel Mendoza.

Esteban cerró los ojos.

—Papá…

—Fue abogado de Adrián.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—Yo nunca conocí a ningún abogado llamado Gabriel.

—Porque trabajaba para él en secreto.

Don Arturo señaló el sobre amarillo.

—Gabriel preparó ese testamento.

Miré el documento entre mis manos.

—¿Por qué tuvo que advertirme de esa manera?

Don Arturo tardó en responder.

—Porque hace dos años intentaron comprar su silencio.

—¿Quiénes?

El anciano miró directamente a Esteban.

Mi cuñado soltó una carcajada.

—Esto es ridículo.

—Adrián descubrió movimientos de dinero dentro de las empresas familiares —continuó don Arturo—. Cuentas que no cuadraban. Propiedades vendidas dos veces. Dividendos desaparecidos.

Recordé la conversación en la capilla.

“Llevamos dos años ocultando lo de las cuentas.”

Sentí náuseas.

—¿Cuánto?

Don Arturo cerró los ojos.

—Más de lo que imaginas.

Esteban se levantó.

—Se acabó esta conversación.

Fue hacia la puerta.

Pero antes de salir se volvió hacia mí.

—Si eres inteligente, firmas y vuelves a Ciudad de México con tu hijo.

—¿Eso es una amenaza?

Sonrió.

—Es un consejo familiar.

Se marchó.

Yo miré a don Arturo.

—Quiero toda la verdad.

El anciano señaló el testamento.

—Adrián poseía el treinta y dos por ciento del grupo Rivas.

Casi dejé caer el sobre.

Yo sabía que mi esposo tenía acciones.

Nunca imaginé tantas.

—Cuando murió —continuó—, esas acciones pasaron a Mateo. Pero tú conservas el control hasta que cumpla dieciocho años.

Entonces entendí.

No querían simplemente administrar una herencia.

Querían que yo entregara el poder de voto sobre casi un tercio de la empresa.

—¿Y las cuentas?

Don Arturo bajó la voz.

—Si tú controlas las acciones, puedes exigir una auditoría.

Mercedes dejó de llorar.

La miré.

—Eso es lo que temen.

No respondió.

No hacía falta.

Saqué mi teléfono.

Sin señal.

Intenté nuevamente.

Nada.

—El wifi tampoco funciona —dijo Mercedes.

Demasiado rápido.

Me puse de pie.

—Mateo, recoge tu mochila.

Esteban apareció nuevamente en la puerta.

Ya no sonreía.

—¿Adónde vas?

—A casa.

—El camino está bloqueado.

—Qué conveniente.

—Hubo un deslave durante la noche.

Miré por la ventana.

El cielo estaba despejado.

—Entonces llamaré a la policía.

Levanté el teléfono.

Esteban miró la pantalla sin señal.

—Cuando puedas.

Ahí comprendí por qué Gabriel me había advertido antes de llegar.

No estaba atrapada en una reunión familiar.

Estaba aislada.

Don Arturo se incorporó.

—Déjala marcharse.

—No puedes seguir protegiéndola —respondió Esteban.

—¡Esta es mi casa!

Esteban lo miró con una frialdad que me hizo estremecer.

—Ya no.

Mercedes susurró:

—Esteban, basta.

Él sacó unos documentos.

—Papá me cedió la propiedad hace seis meses.

Don Arturo quedó inmóvil.

—Yo nunca firmé eso.

Esteban sonrió.

—Tu firma dice otra cosa.

El rostro del anciano se derrumbó.

Entonces comprendí hasta dónde llegaba aquello.

Si habían falsificado documentos de su propio padre, ¿qué habían hecho con los de Adrián?

Tomé la mano de Mateo.

—Vamos.

Esteban bloqueó la puerta.

—Primero firmas.

Mateo se pegó a mí.

—Tío, déjanos pasar.

Esteban ni siquiera lo miró.

Y entonces escuchamos un motor.

Todos nos volvimos hacia las ventanas.

Un automóvil gris acababa de detenerse frente a la hacienda.

El hombre que bajó llevaba la misma chamarra del autobús.

Gabriel Mendoza.

Pero esta vez no estaba solo.

Dos vehículos aparecieron detrás.

Esteban perdió el color.

Gabriel caminó hacia la entrada cargando un maletín.

Cuando cruzó la puerta, me miró.

—Le dije que no firmara.

—¿Quién es usted realmente?

Sacó una identificación.

—El abogado de Adrián.

Después colocó el maletín sobre la mesa.

—Y el albacea suplente de su patrimonio.

Esteban retrocedió.

Gabriel abrió el maletín.

Dentro había varias carpetas y una memoria externa.

—Adrián sabía que algo podía pasarle.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Qué está diciendo?

Gabriel me miró fijamente.

—Que su accidente quizá no fue un accidente.

Mercedes soltó un gemido.

Esteban corrió hacia la puerta.

Uno de los hombres que había llegado con Gabriel se interpuso.

—Tranquilo —dijo Gabriel—. Nadie está arrestando a nadie.

Luego sacó una carpeta roja.

—Todavía.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Qué contiene eso?

—La auditoría privada que Adrián encargó antes de morir.

Abrió la primera página.

Había nombres.

Fechas.

Transferencias.

Millones.

Y una anotación escrita de puño y letra por mi esposo:

“Si me ocurre algo, entregárselo únicamente a Lucía.”

Me tapé la boca.

Gabriel pasó varias hojas.

—Adrián descubrió quién estaba desviando dinero.

—¿Esteban?

Gabriel no respondió.

Miró hacia Mercedes.

Después hacia don Arturo.

Finalmente sacó una fotografía.

Era de una gasolinera.

Mostraba el automóvil de Adrián la noche de su muerte.

Junto al vehículo había otra persona.

Reconocí la ropa.

Reconocí el perfil.

Pero mi mente se negó a aceptar el rostro.

—No…

Mateo apretó mi mano.

Gabriel puso la fotografía delante de mí.

—Esta persona fue la última que estuvo con Adrián antes de que entrara a la autopista.

Levanté los ojos lentamente.

Mercedes estaba llorando.

Esteban parecía a punto de desmayarse.

Y don Arturo había cerrado los ojos.

Entonces Gabriel pronunció las palabras que terminaron de romper todo lo que yo creía saber sobre aquella familia:

—Lucía, antes de ver quién aparece en esta foto, necesita saber algo. La llamada que recibió la noche del accidente no la hizo Adrián.

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