Gabriel fue el primero en reaccionar.
—Estás mintiendo.
Julia seguía mirando las flores esparcidas por el suelo.
Diana, en cambio, miró directamente a la mujer del traje gris.
—Esos análisis no son válidos sin autorización hospitalaria.
La mujer abrió la carpeta.
—Soy la doctora Elena Vargas, perito independiente designada para preservar las muestras. Y sí son válidos.
Gabriel se acercó a mi camilla.
—Nadia, mírame.
No lo hice.
Otra contracción me atravesó y tuve que agarrarme a la barandilla.
El notario médico intervino.
—La paciente necesita atención inmediata. Cualquier declaración posterior tendrá que esperar.
—Quiero otro equipo quirúrgico —dije.
Diana dio un paso.
—Yo soy la jefa de Obstetricia.
—Precisamente por eso no vas a tocarme.
Uno de los agentes se colocó junto a ella.
—Doctora Shu, necesitamos que entregue su identificación y acceso administrativo mientras verificamos las modificaciones de los consentimientos.
Diana palideció.
—¡No pueden tratarme como una delincuente por un asunto familiar!
La miré.
—Modificar autorizaciones médicas no es un asunto familiar.
Gabriel golpeó la pared.
—¡Basta!
Todos se volvieron hacia él.
—Primero nace el bebé. Después resolveremos quién hizo qué.
Solté una risa breve.
—Todavía crees que puedes dar órdenes.
—¡Es mi hijo!
—¿Estás seguro?
Aquello lo destruyó.
Giró hacia Julia.
—Dime que Nadia está mintiendo.
Julia levantó lentamente la cabeza.
—Gabriel…
—Dímelo.
—Yo entregué mi material genético.
—Eso no te pregunté.
Se acercó.
—¿El embrión era mío?
Julia empezó a llorar.
La madre de Gabriel intervino:
—No la presiones. Está enferma.
—¡Mamá, cállate!
Nunca lo había oído hablarle así.
Julia retrocedió.
—Hubo complicaciones en el laboratorio.
Diana cerró los ojos.
Y lo entendí.
Diana también conocía aquella parte.
—¿Qué complicaciones? —preguntó Gabriel.
Julia miró hacia mi camilla.
—Nadia está a punto de dar a luz.
—¿QUIÉN ES EL PADRE?
El grito resonó por toda la unidad.
Una enfermera se llevó a varios familiares.
La doctora Vargas abrió otra carpeta.
—La muestra fetal obtenida durante el análisis prenatal fue comparada con muestras de referencia conservadas legalmente.
Gabriel se volvió hacia ella.
—¿Y?
—No existe compatibilidad genética de paternidad con usted.
Su rostro quedó vacío.
—Repítalo.
—Usted no es el padre biológico.
Gabriel miró a Julia como si acabara de desaparecer el suelo.
—Me dijiste que era nuestro hijo.
—Lo iba a ser.
—¿Qué significa “iba a ser”?
Julia comenzó a sollozar.
Yo cerré los ojos.
Ya no quería escuchar.
Solo quería que mi bebé naciera con seguridad.
Porque había una verdad que ninguno de ellos comprendía todavía.
Durante nueve meses, aquel bebé había crecido dentro de mí. Y fuera cual fuera su origen, no permitiría que su nacimiento se convirtiera en otra batalla de adultos.
Un nuevo cirujano llegó.
Revisó mi expediente.
—Señora Li, necesitamos proceder.
Asentí.
Gabriel intentó seguir la camilla.
—Voy contigo.
—No.
—Nadia…
—Tú elegiste dónde querías estar hace meses.
Las puertas del quirófano se cerraron delante de él.
Cuando desperté, había silencio.
La enfermera se acercó.
—Todo salió bien.
Sentí lágrimas antes de poder detenerlas.
—¿El bebé?
—Está bien.
Me permitieron verlo poco después.
Pequeño.
Dormido.
Ajeno a las mentiras que habían rodeado su existencia.
No pregunté de quién eran sus genes.
Lo primero que pregunté fue:
—¿Está sano?
—Sí.
Entonces lloré.
Horas después, mi abogado entró.
—Tenemos resultados preliminares.
—Dímelos.
Se sentó.
—La investigación encontró dos registros diferentes para el procedimiento de transferencia.
Uno oficial.
Otro eliminado del sistema.
—Diana —susurré.
—Su usuario administrativo realizó cambios, pero alguien más autorizó el acceso original.
—¿Julia?
Negó.
Me entregó una copia.
Leí el nombre.
Gabriel Gu.
Cerré los ojos.
—Entonces confesó la verdad.
—Solo una parte.
Mi abogado señaló otra línea.
—El código del embrión implantado no coincide con el código que Julia había almacenado en la clínica.
Lo miré.
—¿Entonces tampoco es de ella?
—Eso parece.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿De quién es?
—Estamos esperando la comparación definitiva.
La respuesta llegó esa misma tarde.
Gabriel estaba fuera de mi habitación acompañado por un agente.
Julia permanecía en otra planta mientras tomaban declaración.
Diana había sido apartada temporalmente de sus funciones.
La doctora Vargas entró con un sobre.
—Tenemos la identificación genética.
Me incorporé lentamente.
—¿Quiénes son los padres biológicos?
La doctora me miró.
—La madre genética es usted.
No entendí.
—Eso es imposible.
—No.
Abrió el informe.
—El embrión que le implantaron era suyo.
Sentí que el mundo se detuvo.
—¿Mío?
—Sí.
Mi garganta se cerró.
—¿Y el padre?
La puerta se abrió.
Gabriel había escuchado.
—Dígame.
La doctora lo miró.
—Usted no.
Gabriel apoyó una mano contra la pared.
Julia apareció escoltada al fondo del pasillo.
Cuando escuchó aquello, comenzó a negar con la cabeza.
—No puede ser.
Entonces recordé algo.
Un detalle de meses atrás.
En la séptima semana, cuando recibí el primer resultado, no denuncié inmediatamente porque había pedido una segunda comparación.
No con Gabriel.
Con una muestra que mi padre había dejado protegida junto con mis documentos médicos.
Mi abogado puso una segunda carpeta sobre la cama.
—Nadia, encontramos por qué tu padre había establecido aquellas tres autorizaciones.
Miré la fotografía que acompañaba el expediente.
Un hombre.
Un nombre.

Una fecha de conservación de material genético anterior a mi matrimonio.
Y finalmente entendí por qué mi padre había sido tan obsesivo con proteger mis documentos.
—No…
Gabriel entró.
—¿Quién es?
Cerré la carpeta.
—Alguien que no tiene nada que ver contigo.
Su expresión se quebró.
—¿Me engañaste?
Lo miré incrédula.
—¿Después de todo esto vas a preguntarme eso?
—¡Estás dando a luz a un hijo de otro hombre!
—No.
Mi voz salió firme.
—Di a luz a mi hijo mientras tú intentabas robarlo para entregárselo a tu amante.
Gabriel quedó callado.
Mi abogado dejó los documentos de divorcio junto a él.
—Además, señor Gu, hay otro problema.
—¿Cuál?
—La manipulación de los consentimientos activó una cláusula del fideicomiso matrimonial de Nadia.
Diana levantó la cabeza.
—¿Qué cláusula?
Mi abogado sonrió sin humor.
—La que ninguno de ustedes leyó antes de falsificar su firma.
Gabriel miró los documentos.
Y su rostro cambió.
Porque las empresas que él había administrado durante cuatro años, los restaurantes que creía controlar y hasta las participaciones que esperaba recibir mediante nuestro matrimonio estaban sujetas a esa cláusula.
En el instante en que intentó disponer fraudulentamente de mis derechos médicos y patrimoniales, perdió toda autoridad fiduciaria sobre ellos.
—Nadia…
—Se acabó.
Tomé los papeles del divorcio.
Firmé.
Diana comenzó a llorar.
Julia no decía nada.
La madre de Gabriel seguía repitiendo que aquello destruiría a la familia.
Miré hacia la cuna transparente.
Mi bebé dormía.
—No.
Le acaricié suavemente la mano.
—La familia que ustedes imaginaban ya estaba destruida.
Después miré a Gabriel.
—Yo solo dejé de permitirles utilizarme para sostenerla.
Él observó al bebé una última vez.
—¿Algún día me dirás quién es el padre?
Miré la carpeta cerrada.
—Cuando esa verdad le pertenezca a mi hijo y no a tu orgullo.
Gabriel salió acompañado por los agentes.
Yo pensé que todo había terminado.
Hasta que la doctora Vargas volvió a mirar el informe genético.
Frunció el ceño.
—Señora Li…
—¿Qué ocurre?
Acercó el documento.
—Hay algo más.
Señaló el número de identificación del embrión.
—Este código aparece en otro procedimiento realizado por el hospital.
Sentí un escalofrío.
—¿De quién?
La doctora levantó los ojos.
—De Julia.
Miré hacia el pasillo.
Y comprendí que todavía faltaba una última verdad:
si yo había recibido mi propio embrión…
¿qué embrión habían implantado realmente en Julia?