Parte 2: LA VERDAD QUE ÉL NO DEBÍA DESCUBRIR

Durante varios segundos no pude responder.

Ethan seguía frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y aquella presencia que cinco años no habían conseguido borrar de mi memoria.

—No hay nada que descubrir —dije finalmente.

Él soltó una risa breve.

—Entonces mírame a los ojos y repítelo.

Mis dedos se cerraron alrededor del bastón.

—Sabes perfectamente que no puedo hacer eso.

El silencio cambió.

Ethan retrocedió de inmediato.

—Olivia…

—No uses mi ceguera para ganar una discusión.

Entré en mi apartamento y cerré la puerta.

Creí que aquello bastaría.

Me equivocaba.

Durante la semana siguiente, Ethan se convirtió en una presencia imposible de ignorar.

Cada mañana escuchaba su puerta abrirse casi al mismo tiempo que la mía.

Si bajaba al vestíbulo, él aparecía.

Si regresaba con bolsas, casualmente estaba entrando.

Y cuando una noche el ascensor se averió, descubrí que alguien había colocado una pequeña luz de emergencia y una barandilla nueva junto a las escaleras.

—La administración finalmente hizo algo útil —comentó Claire.

No respondí.

Sabía quién había pagado aquello.

Lo que Ethan no sabía era que cada gesto suyo hacía más difícil mantener enterrado el pasado.

Dos días después recibí una llamada inesperada.

—¿Señorita Bennett? Hablo del Instituto Harrington.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Había solicitado una evaluación allí meses atrás.

—Se ha liberado una plaza para usted. El especialista quiere revisar nuevamente su caso.

Me senté.

—¿Por qué?

La mujer dudó.

—Un patrocinador anónimo cubrió los estudios necesarios.

Cerré los ojos por costumbre.

—Cancele la cita.

—Señorita Bennett, existe la posibilidad de que puedan ayudarla.

Aquellas palabras me atravesaron.

Posibilidad.

Durante años había aprendido a odiar esa palabra.

—¿Quién pagó?

—Es confidencial.

Colgué.

Crucé el pasillo y golpeé la puerta de Ethan.

Se abrió casi inmediatamente.

—¿Qué hiciste?

—Buenos días para ti también.

—Harrington.

El silencio respondió por él.

Levanté el bastón y golpeé suavemente su pecho con la punta.

—No vuelvas a intervenir en mi vida.

Ethan sujetó el bastón.

—Si existe una posibilidad de que recuperes la vista, ¿esperas que simplemente ignore eso?

—Sí.

—No puedo.

—No tienes derecho.

Su respiración se volvió pesada.

—Tú tampoco tenías derecho a desaparecer.

Aquello dolió.

—No sabes nada.

—Precisamente.

Su voz se quebró por primera vez.

—Desperté una mañana y tu apartamento estaba vacío. Tu teléfono desconectado. Dejaste la universidad. Claire se negó a decirme dónde estabas.

Se acercó un paso.

—Durante meses pensé que habías conocido a otra persona.

Tragué saliva.

—Eso habría sido más sencillo.

Ethan soltó mi bastón.

—Entonces dime qué ocurrió.

No pude.

Porque decirle la verdad significaba regresar a aquella noche.

A la lluvia.

A los faros.

Al hospital.

Y, sobre todo, a la conversación que había escuchado horas antes del accidente.

—Vete —susurré.

—Olivia…

—¡Vete!

La puerta de Claire se abrió al final del pasillo.

—¿Todo bien?

—Perfectamente —respondí.

Ethan permaneció inmóvil.

Entonces Claire dijo algo que hizo que mi sangre se congelara.

—Olivia, llamó el doctor Harris otra vez. Dice que necesita hablar contigo sobre los documentos del accidente.

Ethan dejó de respirar.

Claire comprendió demasiado tarde.

—¿Qué accidente? —preguntó él.

Nadie respondió.

Cerré la puerta.

Pero aquella noche supe que todo había cambiado.

A las dos de la madrugada escuché pasos en el pasillo.

Luego silencio.

A la mañana siguiente, Ethan no estaba.

Tampoco apareció durante dos días.

Por primera vez desde que se había mudado frente a mí, deseé escuchar su puerta.

Al tercer día llamaron a la mía.

Pensé que sería él.

Era Claire.

Entró sin hablar y cerró detrás de sí.

—Tenemos un problema.

—¿Qué hizo?

—Contrató a un investigador.

Sentí un escalofrío.

—No.

—Ya encontró el hospital.

Me levanté demasiado rápido.

—Claire, esos registros estaban protegidos.

—Los médicos, sí. Pero no todo.

Su voz bajó.

—Encontró la noticia del accidente.

Me quedé inmóvil.

Cinco años atrás, un vehículo había perdido el control en una carretera a las afueras de Boston.

La prensa lo había tratado como un accidente cualquiera.

Nunca publicaron mi nombre completo.

Pero Ethan tenía dinero, contactos y una obsesión que yo había subestimado.

—¿Qué sabe?

—Todavía no lo sé.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Tres veces.

No necesitaba preguntar quién era.

Claire me sujetó la mano.

—No abras.

Pero ya era demasiado tarde.

—Olivia —dijo Ethan desde el pasillo—. Necesitamos hablar.

Había algo diferente en su voz.

No era rabia.

Era devastación.

Abrí.

Él entró sin acercarse.

Escuché papeles entre sus manos.

—Encontré el informe policial.

Mi garganta se cerró.

—No debiste buscarlo.

—Dice que estabas en ese automóvil la noche que desapareciste.

Silencio.

—Dice que permaneciste hospitalizada durante semanas.

No contesté.

—Y encontré otra cosa.

Claire palideció.

Yo lo supe inmediatamente.

El documento que durante cinco años había rezado para que jamás llegara a sus manos.

—Ethan…

—Había una declaración de un testigo.

Su voz temblaba.

—Dijo que antes del accidente estabas huyendo de alguien.

El mundo pareció inclinarse.

—Eso es mentira.

—También dijo que repetías un nombre cuando llegaron los paramédicos.

Apreté los puños.

Ethan dio un paso hacia mí.

—Mi nombre.

Sentí lágrimas calientes detrás de mis gafas.

—No entiendes.

—Entonces haz que entienda.

—No puedo.

—¿Por qué?

Me quedé en silencio.

Ethan dejó los papeles sobre la mesa.

—Porque hay algo más, ¿verdad?

Claire intentó intervenir.

—Ethan, deberías marcharte.

—No.

Su voz volvió a endurecerse.

—Cinco años creyendo que ella simplemente dejó de amarme. Cinco años preguntándome qué hice mal.

Se volvió hacia mí.

—Y ahora descubro que la noche que desapareció casi murió mientras intentaba llegar hasta mí.

Mi respiración se detuvo.

Aquello no estaba en el informe.

—¿Quién te dijo eso?

Ethan no respondió inmediatamente.

Entonces comprendí que no había venido solo con documentos.

—Ayer encontré al hombre que conducía el otro vehículo.

Mis piernas perdieron fuerza.

Claire me sostuvo.

—Olivia, ¿qué pasa?

Yo apenas podía escucharla.

Porque aquel conductor había desaparecido después del accidente.

Y era la única persona que conocía toda la verdad.

—¿Qué te dijo? —pregunté.

Ethan permaneció en silencio unos segundos.

Después habló.

—Dijo que el accidente no fue un accidente.

El bastón cayó de mi mano.

—Y dijo algo más.

Su voz estaba tan cerca ahora que podía sentirla en el pecho.

—Dijo que aquella noche alguien pagó para que tu automóvil nunca llegara hasta mí.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse bajo mis gafas.

Ethan tomó aire.

—Olivia…

—¿Quién intentó impedir que vinieras a buscarme aquella noche?

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