PARTE 2: LOS SIETE AÑOS QUE ETHAN ESPERÓ

—Entonces no te cases conmigo.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Si estás convencido de que voy a abandonarte otra vez, rechaza el acuerdo.

Sus dedos soltaron lentamente mi mano.

—Eso quieres, ¿verdad?

—Quiero saber qué quieres tú.

Por primera vez, Ethan Carter no tuvo una respuesta arrogante preparada.

Apartó la mirada.

—Te quise a los quince. Te quise a los diecisiete. Y fui lo bastante idiota para seguir queriéndote después de que me dejaras.

Sentí un golpe en el pecho.

—Ethan, yo nunca quise dejarte definitivamente.

Se rio con amargura.

—Dijiste que debíamos terminar.

—Dije que debíamos concentrarnos en terminar la escuela y después volver a intentarlo.

Su rostro cambió.

—No dijiste eso.

—No me dejaste terminar.

Silencio.

—Te levantaste, tiraste la bebida que tenías y te fuiste.

Ethan parpadeó.

Parecía estar reconstruyendo siete años de resentimiento en tiempo real.

—¿Ibas a volver conmigo?

—Sí.

—¿Después de entrar en la universidad?

—Sí.

Se pasó ambas manos por el rostro.

—Soy un imbécil.

No pude evitarlo.

Me reí.

Ethan me señaló.

—No te rías. He sufrido siete años por media frase.

—Porque jamás escuchas.

—¡Tenía diecisiete años!

—Ahora tienes treinta y sigues interrumpiéndome.

Abrió la boca.

La cerró.

—Eso ha sido cruel.

—Pero cierto.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Ethan empezó a reír.

Yo también.

Por primera vez en años, la distancia entre nosotros desapareció durante unos segundos.

Hasta que pregunté:

—¿Por qué nunca me buscaste?

Su sonrisa murió.

—Lo hice.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Tu primer año de universidad fui a verte.

Sentí que el corazón daba un vuelco.

—Nunca viniste.

—Llegué hasta tu residencia.

Metió la mano en el bolsillo y sacó el teléfono.

Buscó una fotografía antigua.

En ella aparecía una pequeña caja rosa.

Reconocí inmediatamente el colgante de diamante.

—Pensaba devolvértelo y preguntarte si podíamos empezar de nuevo.

—¿Qué pasó?

Ethan me miró.

—Daniel Morgan abrió la puerta de tu habitación.

Me quedé boquiabierta.

—Daniel era compañero de habitación de mi primo. Había ido a recoger unos apuntes.

Ethan cerró los ojos.

—Claro.

—¿Pensaste que era mi novio?

—Estaba descalzo.

—¡Porque había derramado café sobre sus zapatos!

Ethan apoyó la frente contra el techo del coche.

—Esto empeora cada minuto.


Aquella misma noche hablamos con nuestros abuelos.

Esperaban una discusión.

En cambio, Ethan dijo:

—Aceptaremos una condición.

Su abuelo arqueó una ceja.

—¿Cuál?

Ethan me miró.

—No habrá boda todavía.

Todos protestaron.

Él levantó la mano.

—Si Olivia se casa conmigo, será porque me eligió. No porque vosotros firmasteis un acuerdo tomando whisky después de cenar.

Mi abuelo me miró.

—¿Estás de acuerdo?

—Sí.

Por primera vez en toda aquella historia, la decisión realmente era nuestra.

Tendríamos seis meses.

Sin compromiso oficial.

Sin fecha.

Solo nosotros.


Descubrí rápidamente que Ethan adulto seguía siendo desesperante.

Mandaba café a mi oficina sin preguntar.

Se quejaba de que trabajaba demasiado.

Odiaba a Daniel con una intensidad completamente irracional.

Pero también había cambiado.

Ahora preguntaba antes de decidir.

Escuchaba hasta que terminaba de hablar.

Y cuando discutíamos, no desaparecía.

Una noche encontré algo inesperado en su apartamento.

Una caja.

Dentro estaban todas las cosas que le había regalado cuando éramos adolescentes.

Una entrada de cine.

Una fotografía escolar.

Una pulsera barata.

Incluso una nota que decía:

“Deja de copiar mis deberes. —Olivia.”

Me giré.

Ethan estaba en la puerta.

—No digas nada.

—¿Guardaste esto trece años?

—Estaba ocupado para tirarlo.

Levanté una ceja.

—Claro.

Encontré otra cosa.

Una fotografía mía de graduación.

Detrás había una fecha escrita cada año.

—¿Qué significa esto?

Ethan se quedó callado.

Finalmente respondió:

—Cada año me decía que sería el último que seguiría esperando.

Había siete fechas.

La última pertenecía al año anterior.

Dejé la fotografía.

Ya no tenía ganas de bromear.

—Ethan…

—No quiero que te cases conmigo porque te dé pena.

—No me das pena.

—Bien.

—Me desesperas.

—Eso suena más saludable.

Sonreí.


Seis meses después nuestros abuelos organizaron otra cena.

Esta vez nadie mencionó el matrimonio.

Al terminar, Ethan me llevó al jardín donde habíamos jugado cuando éramos niños.

Sacó una caja.

—Antes de abrirla —dijo—, quiero dejar algo claro.

—Te escucho.

—Si dices que no, sobreviviré.

—¿Seguro?

—Probablemente.

Me reí.

Entonces abrió la caja.

Dentro no estaba el enorme diamante que esperaba de alguien como Ethan.

Era aquel pequeño diamante rosa que me había regalado a los quince años, ahora colocado en un anillo sencillo.

Me cubrí la boca.

—Lo recuperaste.

—Nunca lo perdí.

Se arrodilló.

Esta vez no había familias negociando.

Ni acuerdos empresariales.

Ni adolescentes demasiado orgullosos para terminar una conversación.

Solo nosotros.

—Olivia Hayes, llevo media vida entendiendo mal una ruptura que aparentemente ni siquiera ocurrió correctamente.

Me reí entre lágrimas.

—Así que esta vez voy a hacer algo revolucionario.

—¿Qué?

—Escucharte hasta el final.

Extendió el anillo.

—¿Quieres casarte conmigo?

Lo hice esperar unos segundos.

Sus ojos se abrieron.

—Olivia.

—Dijiste que escucharías hasta el final.

Cerró la boca inmediatamente.

Sonreí.

—Sí, Ethan. Quiero casarme contigo.

Se levantó tan rápido que casi dejó caer el anillo.


Nos casamos cuatro meses después.

Daniel asistió.

Ethan pasó toda la recepción vigilándolo.

—Ya soy tu marido —le susurré—. Puedes dejar de mirar a Daniel.

—Estoy disfrutando de mi victoria.

—Nunca hubo competición.

—Déjame tener esto.

Negué con la cabeza.

Al final de la noche, mientras todos bailaban, Ethan me tomó la mano.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que nuestras familias tenían razón.

—Jamás se lo digas.

—Moriré antes.

Sonreí.

Durante años pensé que Ethan me ignoraba porque había dejado de quererme.

Él pensaba que yo lo había abandonado porque nunca lo había querido lo suficiente.

Los dos habíamos construido siete años de distancia sobre una conversación que ninguno terminó.

Y quizá esa fue la verdadera razón por la que nuestro matrimonio funcionó.

No porque nuestros abuelos nos eligieran.

Ni porque estuviéramos destinados desde adolescentes.

Sino porque, cuando finalmente tuvimos una segunda oportunidad, aprendimos algo que a los diecisiete ninguno sabía hacer:

quedarnos el tiempo suficiente para escuchar la frase completa.

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