Parte 2: LA FIRMA QUE ADRIÁN NUNCA DEBIÓ PONER

Leí el mensaje de Natalia tres veces.

«Porque lo que firmó Adrián… es mucho peor para él.»

La llamé desde el taxi.

—¿Qué significa eso?

—Primero dime que estás camino al hospital.

—Sí.

—Entonces escucha y no hagas absolutamente nada hasta que te revise un médico. Después hablamos.

—Natalia.

Suspiró.

—El documento que preparé para ti no era solo un reconocimiento de deuda.

Miré por la ventanilla.

—¿Entonces?

—Era un acuerdo de liquidación entre cónyuges. Adrián reconoció por escrito que la casa es exclusivamente tuya porque fue adquirida antes del matrimonio. También reconoció que las cantidades entregadas a Teresa y Mateo procedían de tu patrimonio personal, no del patrimonio común.

Sentí que algo encajaba.

—¿Y eso qué cambia?

—Todo. Porque además aceptó que, en caso de divorcio definitivo, cualquier deuda documentada de su familia contigo podría reclamarse inmediatamente.

Me quedé en silencio.

Natalia añadió:

—Y puso su huella.

Por primera vez desde que había firmado el divorcio, sonreí.

Pero la sonrisa desapareció cuando otra contracción me obligó a cerrar los ojos.

En urgencias confirmaron que Lily estaba bien, pero el estrés había provocado contracciones prematuras.

—Necesita reposo —me dijo la doctora—. Nada de discusiones.

Casi me reí.

Mi teléfono tenía veintisiete llamadas perdidas.

Adrián.

Teresa.

Mateo.

Incluso Camila.

Después llegó un mensaje de Mateo:

«Última oportunidad. Firma antes de las cuatro o la familia de Camila cancela la boda.»

Se lo reenvié a Natalia.

Su respuesta llegó inmediatamente.

«Perfecto. Que sigan escribiendo.»

A las once, Natalia apareció en mi habitación con dos carpetas.

—Tengo una buena noticia y una noticia divertida.

—Empieza por la buena.

Dejó la primera carpeta sobre mis piernas.

—Los sesenta y tres pagarés son reclamables.

Abrí los ojos.

—¿Todos?

—Todos los que he revisado hasta ahora.

—¿Cuánto?

Natalia giró hacia mí una hoja.

La cifra hizo que dejara de respirar durante un segundo.

Durante años nunca había sumado realmente lo que les prestaba.

Un coche.

Luego otro.

Capital para el restaurante de Mateo que quebró.

La reforma de la casa de Teresa.

Vacaciones.

Una inversión.

Los gastos de compromiso de Camila.

Pequeñas cantidades que se habían convertido en una fortuna.

—¿Ellos saben cuánto deben?

—No creo.

—¿Y la noticia divertida?

Natalia sacó el segundo documento.

—Adrián acaba de intentar registrar una escritura de donación de tu casa.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Con una copia del borrador que tú nunca firmaste.

Sentí frío.

—Eso no puede registrarse.

—No. Pero alguien lo presentó.

—¿Adrián?

Natalia me sostuvo la mirada.

—Tenemos que demostrarlo.

Entonces mi teléfono sonó.

Teresa.

Natalia levantó un dedo.

—Contesta.

Puse el altavoz.

—¿Sí?

La voz de mi exsuegra llegó cargada de falsa dulzura.

—Laura, hija, todos estamos nerviosos. No merece la pena destruir una familia por una casa.

—Pensé que yo ya no pertenecía a la familia.

Silencio.

Después cambió el tono.

—Mateo necesita esa vivienda.

—Entonces que la compre.

—¡Es su boda!

—No es mi boda.

Teresa respiró con fuerza.

—Después de todo lo que hicimos por ti…

Miré los pagarés.

—Tiene razón. Hablemos de todo lo que hicimos unos por otros.

Natalia sonrió.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Teresa.

—Nada. Disfrute de la boda.

Colgué.

Aquella misma tarde Natalia inició las reclamaciones.

No les avisamos personalmente.

Dejamos que los documentos oficiales lo hicieran por nosotras.

La primera notificación llegó a Teresa al día siguiente.

Me llamó dieciséis veces.

La segunda llegó a Mateo mientras estaba reunido con la familia de Camila organizando la boda.

A la tercera llamada contesté.

Mateo estaba gritando.

—¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?!

—Una deuda.

—¡Somos familia!

—Éramos.

—¡Me estás cobrando dinero de hace años!

—Sí.

—¡Tú dijiste que no había prisa!

—Y no la hubo.

Miré la fecha del pagaré.

—Hasta ahora.

Escuché a Camila preguntar detrás de él:

—¿Cuánto debes?

Mateo bajó inmediatamente la voz.

—Laura, podemos arreglar esto.

—Claro. Paga.

Colgué.

Veinte minutos después llamó Adrián.

Esta vez su voz ya no tenía aquella arrogancia.

—Retira las reclamaciones.

—No.

—Mi madre está llorando.

—Yo también lloré cuando me agarraste del brazo durante mi embarazo. No pareció preocuparte demasiado.

—Laura…

—Y desbloquea la cuenta común.

—Podemos hablar.

—No tenemos nada que hablar.

Entonces soltó la frase equivocada.

—Si hundes a mi familia, te quitaré al bebé.

Natalia, sentada a mi lado, levantó lentamente la mirada.

Yo tenía la grabadora activada.

—Repítelo, Adrián.

Silencio.

Colgó.

Natalia extendió la mano.

—Dame ese audio.

Las cosas empezaron a desmoronarse para ellos mucho más rápido de lo que esperaba.

La familia de Camila descubrió las deudas.

La boda quedó suspendida.

Teresa intentó vender apresuradamente un pequeño apartamento que tenía a su nombre.

Mateo transfirió dinero entre cuentas.

Cada movimiento dejaba un rastro.

Pero había algo que seguía preocupando a Natalia.

La falsa escritura.

—Alguien está intentando convertir un conflicto familiar en otra cosa —me dijo.

Dos días después obtuvimos una copia de los documentos presentados.

Había una firma en la última página.

Mi firma.

Perfectamente imitada.

Me quedé mirándola.

—Yo jamás firmé esto.

—Lo sé.

—Entonces alguien la falsificó.

Natalia señaló una segunda firma.

—Mira quién aparece como testigo.

Sentí que el estómago se me hundía.

Teresa Salazar.

Y debajo había otra.

Adrián Salazar.

Mi propio marido había certificado que me había visto firmar un documento que yo nunca había tocado.

—¿Esto es suficiente?

Natalia cerró la carpeta.

—Para que deje de ser simplemente una pelea por una casa, sí.

Aquella noche Adrián apareció en el hospital.

No sé cómo consiguió averiguar mi habitación.

Abrió la puerta llevando flores.

—Laura.

Pulsé inmediatamente el botón para llamar a enfermería.

—Fuera.

—Solo quiero hablar.

Parecía distinto.

Ojeras.

Camisa arrugada.

Nada de sonrisa.

—Cometimos errores.

—Tú cometiste delitos.

Su mandíbula se tensó.

—Natalia te está llenando la cabeza.

—¿También falsificó ella mi firma?

Adrián palideció.

Eso fue suficiente.

—Así que lo sabías.

—Laura, escucha…

—Fuera.

—Mi madre solo quería ayudar a Mateo.

—Falsificando documentos.

—¡La casa estaba destinada a quedarse dentro de la familia!

Lo miré fijamente.

—Era mi casa.

Entonces Adrián bajó la voz.

—Podemos destruir esos papeles. Retiras las demandas. Yo arreglo las cuentas. Nos volvemos a casar después de que nazca la niña.

Me quedé mirándolo.

Realmente creía que podía volver.

—¿Y qué recibo yo?

Pareció relajarse.

Creyó que estaba negociando.

—Seguridad.

—Ya tengo seguridad.

—No sabes cuánto cuesta criar sola a un hijo.

—Tengo más dinero del que tú crees.

Su expresión cambió.

Solo ligeramente.

Pero lo vi.

—¿Cuánto?

Sonreí.

—Ahí está el Adrián que conozco.

La puerta se abrió.

Natalia entró acompañada de dos personas.

Una era el administrador del hospital.

El otro hombre llevaba una carpeta oficial.

Adrián retrocedió.

—¿Quién es usted?

El hombre dijo su nombre y le entregó un documento.

Adrián leyó la primera página.

Su rostro se volvió blanco.

Después me miró.

—¿Qué has hecho?

—Nada que tú no firmaras primero.

—¡Esto no puede ser válido!

Natalia cruzó los brazos.

—Su firma, su huella, dos testigos y certificación documental. Podemos discutirlo delante de un juez.

Adrián pasó las páginas frenéticamente.

Entonces llegó a la última.

Y se quedó inmóvil.

Yo todavía no sabía qué había visto.

—Natalia —pregunté—, ¿qué ocurre?

Ella no respondió inmediatamente.

Se acercó y tomó el documento de las manos de Adrián.

—Hay algo que no te expliqué aquella mañana.

—¿Qué?

Miró a Adrián.

—Cuando tu exmarido firmó sin leer, no solo reconoció tus bienes y las deudas de su familia.

Pasó a la última cláusula.

—También declaró bajo su propia firma que nunca había realizado aportaciones económicas para adquirir tu vivienda.

—Eso ya lo sabía.

—Sí. Pero el banco acaba de enviarme los registros que pedimos.

Sacó otro expediente.

Adrián dio un paso hacia ella.

—No.

Natalia abrió la carpeta.

—Durante cuatro años, Adrián estuvo retirando dinero de vuestra cuenta común y enviándolo a una sociedad que tú nunca habías visto.

Sentí que el corazón empezaba a latirme con violencia.

—¿Cuánto dinero?

Natalia me miró.

—Mucho.

—¿De quién es la empresa?

Adrián se lanzó hacia la carpeta.

El administrador se interpuso.

Los papeles cayeron al suelo.

Uno quedó junto a mi cama.

Me incliné.

Leí el nombre de la sociedad.

Después vi quién figuraba como beneficiaria.

No era Teresa.

No era Mateo.

Tampoco Camila.

Era una mujer que conocía perfectamente.

Una mujer que había entrado en mi casa durante años.

Que había asistido a mi boda.

Que incluso había organizado mi baby shower.

Levanté lentamente la mirada hacia Adrián.

—¿Natalia?

Mi amiga no contestó.

Tenía los ojos clavados en otro documento que acababa de recoger del suelo.

Su rostro había perdido todo el color.

—Laura…

—¿Qué?

Me entregó la hoja.

Era un extracto bancario.

Había transferencias mensuales.

Decenas.

Y junto a ellas aparecía siempre la misma referencia.

«MANUTENCIÓN.»

Sentí que Lily se movía dentro de mí.

—Natalia… ¿manutención de quién?

Ella tragó saliva.

Luego señaló una fecha.

La primera transferencia se había realizado seis años antes de que Adrián y yo nos divorciáramos.

Y entonces comprendí algo todavía peor.

Adrián y yo solo llevábamos cinco años casados.

Lo miré.

—¿Tienes otro hijo?

Adrián no respondió.

Pero alguien lo hizo desde la puerta.

—Sí.

Una mujer estaba allí, sujetando de la mano a un niño de unos siete años.

Y cuando el pequeño levantó la cara, tenía exactamente los mismos ojos que mi marido.

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