PARTE 2: CUANDO ME LLEVÉ OCHO PROYECTOS NACIONALES, TODA LA UNIVERSIDAD ENTRÓ EN PÁNICO.

El director Vuong siguió hablando durante varios minutos.

Cuotas.

Equilibrio.

Procedimientos.

Paciencia.

Futuro.

Las mismas palabras que había escuchado durante diez años.

Cuando finalmente terminó, levanté la mirada.

—Director Vuong, no estoy aquí para discutir la evaluación.

Él frunció el ceño.

—Entonces retira primero la renuncia. Podemos hablar de tu título el próximo año.

Negué lentamente.

—No habrá próximo año.

Su expresión cambió.

—Hua Tinh, no seas impulsivo.

—No lo soy.

Señalé el sobre.

Nunca he estado tan seguro de una decisión.

Por primera vez, dejó de sonreír.

—¿Ya encontraste otra universidad?

—Todavía no he aceptado ninguna oferta.

Aquello pareció tranquilizarlo.

Se reclinó en la silla.

—Entonces descansa unos días. Cuando te calmes, comprenderás que marcharte no te beneficia.

Lo miré sin responder.

Él todavía creía que yo necesitaba a la universidad más de lo que la universidad me necesitaba a mí.

Me levanté.

—Espero que aprueben pronto mi renuncia.

—Hua Tinh.

Me detuve junto a la puerta.

Su voz se volvió más fría.

—Debes recordar que muchos de tus proyectos se consiguieron utilizando la plataforma de esta universidad.

Entendí inmediatamente la amenaza.

Sonreí.

—Precisamente por eso debería revisar cuidadosamente los contratos.

Salí.


A las nueve y veinte regresé al laboratorio.

Mis estudiantes ya habían recibido la noticia.

Ly Triet fue el primero en acercarse.

—Profesor Hua, ¿es verdad?

Nadie estaba trabajando.

Más de veinte personas me observaban.

—Sí.

Una estudiante tenía los ojos rojos.

—¿Por la evaluación de ayer?

—No solamente.

Miré aquel laboratorio que había construido prácticamente desde cero.

—Simplemente llegó el momento de irme.

Ly Triet apretó los puños.

—Entonces nosotros iremos con usted.

—No.

Mi respuesta fue inmediata.

—Vuestro futuro no puede convertirse en un arma para defenderme.

Pero algo que dije después hizo que todos levantaran la cabeza.

Sin embargo, cualquiera que quiera continuar trabajando conmigo podrá solicitarlo cuando determine mi próximo destino.

El silencio duró dos segundos.

Después Ly Triet dijo:

—Entonces esperaré.

—Yo también.

—Yo también.

Una voz tras otra llenó el laboratorio.

No respondí.

Porque sabía perfectamente lo que aquello significaba.

Si realmente se marchaba la mayor parte del equipo, el departamento perdería mucho más que a un profesor asociado.


A las diez y siete recibí la primera llamada.

Universidad de Ciencia y Tecnología de Donghai.

—Profesor Hua, acabamos de enterarnos de que quizá esté considerando un cambio profesional.

No pregunté cómo lo sabían.

El mundo académico era pequeño.

—Estamos interesados en ofrecerle una plaza de profesor titular y la dirección independiente de un nuevo centro de investigación.

Cuarenta minutos después llamó la Universidad Nacional de Jingzhou.

Al mediodía llegó una tercera invitación.

Las tres instituciones estaban entre las mejores del país.

Y ninguna me pidió participar en una evaluación de título.

Las tres ofrecían directamente una cátedra.

Pero el verdadero problema para mi universidad apareció aquella tarde.

El responsable administrativo de investigación llamó a mi oficina.

—Profesor Hua, necesitamos su firma para el desembolso de la segunda fase del Proyecto Nacional 417.

—Ya presenté mi renuncia.

—Eso no afecta al proyecto.

—Sí afecta.

Abrí el contrato electrónico.

—El investigador principal soy yo.

Hubo silencio.

—Pero la institución responsable es nuestra universidad.

—Lea la cláusula diecisiete.

Escuché papeles moviéndose.

Después, nada.

La cláusula establecía que, si el investigador principal cambiaba de institución, podía solicitar ante el organismo financiador la transferencia del proyecto, del presupuesto restante y del equipo investigador, sujeto a aprobación.

Y aquello no afectaba solo a un proyecto.

Eran ocho.

Ocho proyectos nacionales.

Más de cincuenta millones de yuanes.

El hombre tragó saliva.

—Profesor Hua… ¿está pensando transferirlos?

—Estoy estudiando mis opciones.

Colgué.

Veinte minutos después comenzó el pánico.

Primero llamó el decano.

Después el departamento de investigación.

Después Recursos Humanos.

No contesté.

A las cuatro de la tarde, Chu Chi Vien apareció personalmente.

Entró sin llamar.

—Hua Tinh, ¿qué pretendes?

Levanté la mirada.

—¿Perdón?

—¿Quieres llevarte los proyectos?

Parecía mucho más alterado que durante mi evaluación.

—Los proyectos no pertenecen a Chu Chi Vien. ¿Por qué estás tan nervioso?

Su rostro se endureció.

—No olvides quién te proporcionó el laboratorio.

Me reí.

—¿Quieres que repasemos quién consiguió el dinero para construirlo?

Se quedó callado.

—Hua Tinh, no hagas algo de lo que puedas arrepentirte.

Cerré lentamente el documento que estaba leyendo.

—Profesor Chu, durante diez años ustedes me dijeron que todavía me faltaba un poco.

Me levanté.

—Ahora tendrán la oportunidad de descubrir cuánto les faltará a ustedes cuando yo no esté.

Su rostro se volvió ceniciento.


A la mañana siguiente, la noticia explotó.

Las tres universidades hicieron públicas sus invitaciones casi simultáneamente.

Una ofrecía una cátedra.

Otra, la dirección de un instituto.

La tercera prometía construir un laboratorio alrededor de mi equipo y financiar nuevas líneas de investigación.

Mi teléfono recibió cientos de mensajes.

Pero a las ocho y media ocurrió algo mucho más grave.

La Agencia Nacional de Investigación envió una notificación oficial solicitando confirmar si los ocho proyectos continuarían en mi universidad o serían transferidos junto conmigo.

A las nueve, el director Vuong convocó una reunión de emergencia.

A las nueve y diez me llamó.

No contesté.

A las nueve y doce volvió a llamar.

A las nueve y quince, otra vez.

Finalmente respondí.

Su voz ya no tenía aquella tranquilidad paternalista.

—Hua Tinh, vuelve. Podemos discutir cualquier cosa.

Miré por la ventana.

—¿Discutir qué?

—Tu título.

Sonreí.

—Ayer todavía tenía que esperar otra oportunidad.

—La situación ha cambiado.

—No.

Mi voz permaneció tranquila.

—La situación siempre fue esta. Lo único que cambió es que ahora ustedes también pueden verla.

Colgué.

Pensé que aquello sería todo.

Me equivocaba.

A las diez recibí un mensaje de Ly Triet.

“Profesor, debería venir al departamento.”

Debajo había una fotografía.

Más de una docena de estudiantes estaban frente a la oficina administrativa.

En sus manos llevaban solicitudes.

Solicitudes para cambiar de supervisor.

Sentí un peso en el pecho.

Antes de poder responder, llegó otra llamada.

Era el director Vuong.

Esta vez contesté.

—¿Qué ocurre?

Durante varios segundos no habló.

Cuando finalmente lo hizo, su voz parecía haber envejecido diez años.

—Hua Tinh… diecisiete investigadores de tu equipo han presentado solicitudes para marcharse contigo.

Guardé silencio.

Pero él todavía no había terminado.

—Y acaba de llegar una inspección del organismo nacional de financiación.

Me incorporé lentamente.

—¿Una inspección?

—Sí.

Su respiración era pesada.

—Quieren revisar cómo se utilizaron durante los últimos cinco años los fondos de tus proyectos.

Fruncí el ceño.

Yo conocía cada yuan gastado por mi equipo.

No había nada que temer.

Entonces el director dijo algo que hizo desaparecer mi tranquilidad.

—También están revisando el proyecto con el que Chu Chi Vien consiguió su ascenso el año pasado.

Mis dedos se quedaron inmóviles sobre el escritorio.

Aquella solución técnica.

La solución que mi equipo había descartado hacía años.

—¿Por qué?

Al otro lado hubo un silencio extraño.

Finalmente, Vuong respondió:

—Porque alguien encontró en los archivos internos un informe original firmado por ti tres años antes de que Chu Chi Vien presentara ese trabajo como suyo.

Me puse de pie.

Y entonces comprendí que mi renuncia acababa de abrir una puerta mucho más peligrosa de lo que cualquiera había imaginado.

Porque si aquel documento era auténtico, mi título de profesor ya no era el verdadero problema.

Alguien había utilizado durante años mi trabajo para construir carreras ajenas.

Y esta vez, los investigadores nacionales ya estaban dentro de la universidad.

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