PARTE 2: EL MÉDICO MIRÓ AL BEBÉ Y COMPRENDIÓ POR QUÉ LOGAN HABÍA DESAPARECIDO.

—Doctor Sterling, ¿ocurre algo?

La enfermera tuvo que repetir la pregunta.

Richard seguía mirando al recién nacido.

No era el cabello oscuro.

Tampoco la forma de la nariz.

Era una pequeña marca rojiza, justo debajo de la clavícula izquierda.

Richard había visto aquella misma marca dos veces en su vida.

La primera, en su propio hijo recién nacido.

La segunda, veintinueve años después, cuando Logan sufrió un accidente y Richard tuvo que atenderlo personalmente.

El médico levantó lentamente los ojos hacia Clara.

—¿Cómo se llama el padre?

Clara vaciló.

—Logan.

Richard dejó de respirar.

—¿Logan qué?

—Logan Sterling.

La enfermera observó al médico, desconcertada.

Richard tuvo que apoyarse en la barandilla de la cama.

—Logan Sterling es mi hijo.

Clara sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué?

Richard miró nuevamente al bebé.

—Soy Richard Sterling. El padre de Logan.

Durante siete meses, Clara había imaginado muchas veces encontrarse con la familia del hombre que la abandonó.

Nunca imaginó hacerlo así.

Agotada después del parto.

Con su hijo recién nacido entre los brazos.

Y mucho menos que el abuelo del niño sería el médico que acababa de ayudar a traerlo al mundo.

Richard se acercó.

—¿Logan sabe que estaba embarazada?

La pregunta le dolió.

—Sí.

Clara acarició la mejilla del bebé.

—Se lo dije cuando tenía dos meses.

Richard palideció.

—¿Y se marchó?

—Esa misma noche.

El médico cerró los ojos.

Algo no encajaba.

—Eso no tiene sentido.

Clara soltó una risa amarga.

—Para mí tampoco lo tuvo.

—No entiende. Logan puede ser muchas cosas, pero abandonar a un hijo…

Se interrumpió.

Clara lo miró con frialdad.

—Pues lo hizo.

Richard permaneció en silencio.

Entonces preguntó:

—¿Cuándo fue la última vez que habló con él?

—Hace siete meses.

—¿Nunca volvió a llamarla?

—Nunca.

Richard sacó el teléfono.

Marcó un número.

Una vez.

Dos.

Tres.

Nada.

Entonces hizo algo que Clara no esperaba.

Llamó a su esposa.

—Margaret, necesito que me digas la verdad.

Hubo una pausa.

—¿Sobre qué?

Richard miró a Clara.

—Sobre Logan.

El silencio al otro lado fue demasiado largo.

Y Richard lo entendió inmediatamente.

—Tú sabías algo.

—Richard…

—¿Dónde está nuestro hijo?

Clara levantó la cabeza.

La voz de Margaret comenzó a temblar.

—No puedo hablar de esto por teléfono.

—Acabo de ayudar a nacer a tu nieto.

Silencio.

Después se escuchó un pequeño jadeo.

—¿Qué dijiste?

—Clara Miller acaba de dar a luz.

Esta vez Margaret no respondió.

Richard apretó el teléfono.

—¿Sabías que estaba embarazada?

La llamada terminó.

Margaret había colgado.

Richard quedó inmóvil.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Qué está pasando?

—No lo sé.

Pero por primera vez, Richard parecía realmente asustado.


Margaret Sterling llegó cuarenta minutos después.

Entró en la habitación con el rostro desencajado.

En cuanto vio a Clara, se detuvo.

Luego miró al bebé.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Dios mío…

Richard cerró la puerta.

—Habla.

Margaret negó con la cabeza.

—No aquí.

—Aquí mismo.

Clara abrazó instintivamente a su hijo.

—Tengo derecho a saberlo.

Margaret la miró.

Y entonces comenzó a llorar.

—Logan no te abandonó porque no quisiera al bebé.

Clara sintió que su pecho se cerraba.

—Yo lo vi marcharse.

—Porque yo se lo pedí.

Richard dio un paso hacia su esposa.

—¿Qué hiciste?

Margaret se cubrió la boca.

—Cuando Logan me contó que Clara estaba embarazada, descubrí quién era ella.

Clara frunció el ceño.

—¿Quién soy?

Margaret la observó como si aquella pregunta llevara décadas persiguiéndola.

—Tu madre se llamaba Eleanor Miller.

Clara se quedó helada.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque la conocíamos.

Richard perdió el color.

—Margaret…

Ella abrió su bolso y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecían Richard, Margaret y una joven de cabello castaño.

Clara reconoció inmediatamente a su madre.

—Esto fue hace veintiocho años —dijo Margaret—. Antes de que tú nacieras.

Richard tomó la fotografía.

—¿Qué tiene esto que ver con Logan?

Margaret respiró profundamente.

—Todo.

Entonces confesó algo todavía más extraño.

Cuando Logan le contó el embarazo, Margaret había entrado en pánico.

Había convencido a su hijo de que existía un secreto familiar capaz de destruir a ambas familias si él permanecía junto a Clara.

—¿Qué secreto? —preguntó Richard.

Margaret no respondió.

Clara sintió que el miedo comenzaba a reemplazar al cansancio.

—¿Qué le dijo a Logan?

Margaret bajó la mirada.

—Le dije que antes de continuar contigo tenía que averiguar la verdad sobre su nacimiento.

Richard retrocedió.

—¿Su nacimiento?

Margaret comenzó a temblar.

—Logan descubrió que ciertos documentos habían sido modificados.

—¿Qué documentos?

—Los del hospital.

Richard parecía incapaz de comprender.

—Yo estaba allí cuando nació.

—Sí. Pero nunca viste el expediente original.

Clara observó a ambos.

Aquello ya no parecía una simple historia sobre un hombre que había huido.

Había algo mucho más antiguo detrás.

—Entonces, ¿dónde está Logan? —preguntó.

Margaret cerró los ojos.

—Fue a buscar respuestas.

—¿Durante siete meses?

—Al principio pensé que regresaría en unos días.

—¿Y después?

Margaret no contestó.

Richard se acercó.

—Margaret.

Ella abrió lentamente el bolso otra vez.

Sacó un sobre arrugado.

—Esto llegó hace seis meses.

Richard lo tomó.

Dentro había una sola hoja escrita a mano.

Reconoció inmediatamente la letra de Logan.

Clara sintió que las piernas le temblaban.

—¿Qué dice?

Richard comenzó a leer.

Su expresión cambió línea tras línea.

Hasta que finalmente levantó los ojos hacia su esposa.

—¿Por qué escondiste esto?

Margaret lloraba.

—Porque tenía miedo.

Clara ya no pudo soportarlo.

—¡Dígame qué escribió!

Richard miró el papel.

Después a Clara.

—Logan descubrió que alguien pagó para cambiar información de su expediente cuando nació.

Clara apretó al bebé contra su pecho.

—¿Qué información?

Richard siguió leyendo.

Entonces se detuvo.

Había una última frase.

Una frase que hizo que sus manos comenzaran a temblar otra vez.

Margaret intentó quitarle la carta.

—Richard, no.

Pero él retrocedió.

—Clara necesita saberlo.

—¡Todavía no sabemos si es verdad!

—Entonces lo averiguaremos.

Richard miró al recién nacido.

Luego volvió a mirar aquella pequeña marca bajo su clavícula.

Y algo en su expresión cambió.

—Necesitamos hacer una prueba genética.

Clara sintió un vacío en el estómago.

—¿Por qué?

Richard tardó varios segundos en responder.

—Porque Logan escribió que el nombre de Eleanor Miller aparece en su expediente de nacimiento.

Clara dejó de respirar.

Eleanor.

Su madre.

—Eso es imposible.

—Eso mismo escribió Logan.

Clara negó lentamente.

—Mi madre nunca tuvo otro hijo.

Margaret comenzó a llorar todavía más fuerte.

Richard giró hacia ella.

—¿Qué sabes?

Margaret no respondió.

—¡Dímelo!

Entonces el teléfono de Clara vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

Los tres lo miraron.

Clara contestó con la mano temblorosa.

—¿Hola?

Durante varios segundos solo escuchó respiración.

Después llegó una voz masculina.

Débil.

Pero imposible de olvidar.

—Claire… soy Logan.

El corazón de Clara se detuvo.

—¿Dónde estás?

Richard se acercó inmediatamente.

Pero Logan habló antes de que ella pudiera decir nada más.

—No dejes que mi madre toque al bebé.

Clara levantó lentamente los ojos hacia Margaret.

Y entonces la llamada se cortó.

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