Parte 2: NUNCA DEJÓ DE QUERERME

Durante varios segundos no pude decir nada.

Ethan seguía sujetándome la mano.

Ya no parecía enfadado.

Parecía asustado.

Y aquello era mucho peor.

—Ethan… —murmuré—. Yo nunca dije que no te quisiera.

Sus dedos se tensaron.

—Terminaste conmigo.

—Tenía diecisiete años.

—Yo también.

—Dije que debíamos concentrarnos en terminar la escuela.

—Dijiste que debíamos terminar.

Parpadeé.

Entonces comprendí.

—¿Eso fue lo único que escuchaste?

Su expresión se endureció.

—¿Había algo más?

Me quedé mirándolo, incrédula.

—Ethan, después dije: “Cuando entremos a la universidad podemos volver a intentarlo”.

El color desapareció lentamente de su rostro.

—No.

—Sí.

—Nunca dijiste eso.

—Porque te fuiste.

Su mandíbula se quedó inmóvil.

Recordé aquella tarde.

Yo temblando detrás del gimnasio.

Ethan mirándome como si acabara de golpearlo.

Y antes de que pudiera terminar de explicar, había dado media vuelta.

Durante semanas intenté acercarme.

Él no respondía llamadas.

No abría mis mensajes.

Finalmente recibí uno.

“No vuelvas a buscarme.”

Había obedecido.

—Pensé que me odiabas —dije.

Ethan soltó mi mano.

Se pasó ambas manos por el cabello.

—Dios.

Caminó unos pasos.

Volvió.

—¿Quieres decirme que desperdiciamos trece años porque me fui antes de escucharte terminar una frase?

No pude evitarlo.

Me reí.

Él me miró horrorizado.

—¿Te parece gracioso?

—Un poco.

—Olivia, llevo trece años sufriendo.

—Yo también.

Eso lo silenció.

—¿Tú?

—¿Por qué crees que nunca tuve una relación seria?

Su mirada cambió.

—Pensé que eras exigente.

—Lo soy.

—Pensé que nadie te gustaba.

—Nadie eras tú.

Ethan se quedó completamente quieto.

Por primera vez desde que apareció frente a mi oficina, no tenía ninguna respuesta arrogante.

Solo me miraba.

—Di eso otra vez.

Sentí calor en el rostro.

—No.

—Olivia.

—No.

Se acercó.

—Dijiste que nadie era yo.

—Te escuché perfectamente.

Una sonrisa comenzó a aparecer en su rostro.

—Entonces no cancelaremos la boda.

—No tan rápido.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

Respiré profundamente.

—Nuestros abuelos no van a decidir por nosotros.

—Estoy de acuerdo.

—Y tampoco pienso casarme contigo simplemente porque nuestras familias lo consideran conveniente.

—También estoy de acuerdo.

Entrecerré los ojos.

—¿Entonces?

Ethan sacó el teléfono.

Marcó un número.

—Abuelo.

Una pausa.

—Cancela el acuerdo matrimonial.

Mi corazón dio un vuelco.

Del otro lado debieron gritar algo porque Ethan apartó el teléfono.

—No me importa.

Volvió a mirarme.

—Si Olivia se casa conmigo, será porque me eligió.

Colgó.

Yo lo observé.

—Acabas de cancelar nuestra boda.

—No.

Guardó el teléfono.

—Cancelé la boda de ellos.

Se acercó un poco más.

—Ahora voy a intentar conseguir la mía.


Ethan comenzó a cortejarme al día siguiente.

Y utilizo la palabra “cortejar” porque él insistía en llamarlo así.

La primera mañana apareció frente a mi oficina con la misma bebida que me compraba cuando teníamos quince años.

—Sin demasiado hielo —dijo.

La acepté.

—Todavía te acuerdas.

—Olivia, recuerdo hasta qué bolígrafo utilizabas para matemáticas.

—Eso es inquietante.

—Romántico.

—Inquietante.

Al segundo día me llevó a cenar.

Al tercero, apareció con flores.

Al cuarto, nada.

Le envié un mensaje.

“¿Hoy no hay intento desesperado de conquistarme?”

Respondió inmediatamente.

“Estoy intentando parecer menos necesitado.”

Sonreí.

“Está funcionando demasiado.”

Quince minutos después había flores en recepción.

Ethan nunca había sabido hacer las cosas a medias.

Pero algo cambió entre nosotros.

Ya no éramos adolescentes.

Yo ya no era la chica que aceptaba todo para evitar conflictos.

Y Ethan ya no podía esconderse detrás de su mal carácter.

Una noche, durante la cena, le pregunté:

—¿Por qué nunca me mirabas en los eventos?

Dejó los cubiertos.

—Porque hice una apuesta conmigo mismo.

—¿Qué apuesta?

—Que si podía pasar una noche entera sin mirarte, eventualmente dejaría de quererte.

—¿Funcionó?

—Mírame.

Me reí.

—Claramente no.

—Una vez pasaste frente a mí con un vestido azul en una gala.

—¿Y?

—Me encerré veinte minutos en el baño.

—¿Por qué?

Ethan tomó agua.

—Porque llevaba siete años diciéndoles a todos que ya no me importabas y estaba a punto de arruinar mi reputación llorando como un idiota.

Lo miré sorprendida.

—¿Lloraste?

—No.

—Ethan.

—Tal vez un poco.

Mi sonrisa desapareció lentamente.

—Yo también lloré esa noche.

Él dejó el vaso.

—¿Por qué?

—Porque ni siquiera me miraste.

Ahí comprendimos la tragedia de aquellos años.

Yo interpretaba su distancia como odio.

Él interpretaba mi silencio como indiferencia.

Cada uno había usado el dolor del otro como prueba de una mentira.


Todo habría sido sencillo desde allí.

Pero Daniel Morgan apareció.

Fue en una cena benéfica.

Yo estaba hablando con una colega cuando Daniel se acercó.

—Olivia.

—Hola.

Me entregó una copa.

—Llevo días intentando localizarte.

Antes de que pudiera responder, sentí una presencia detrás de mí.

Ethan.

—Morgan.

Daniel sonrió.

—Carter.

Los dos se miraron como si fueran a resolver una guerra territorial.

Suspiré.

—No empiecen.

Daniel ignoró a Ethan.

—Olivia, necesito hablar contigo a solas.

Ethan se cruzó de brazos.

—No.

Lo miré.

—No eres mi guardaespaldas.

—Podría serlo.

—Ethan.

—Bien.

Se alejó exactamente tres pasos.

Daniel esperó.

—Más lejos.

Ethan dio dos pasos adicionales.

—Estoy escuchando.

Daniel negó con la cabeza.

—¿De verdad quieres casarte con ese hombre?

—No hemos hablado todavía de matrimonio.

—Pero estás saliendo con él.

—Sí.

Daniel guardó silencio.

—Entonces debería decirte algo.

Su expresión me inquietó.

—¿Qué?

—La idea del matrimonio entre ustedes no salió de sus abuelos.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

Daniel sacó el teléfono.

Me mostró un correo.

Era una comunicación enviada semanas atrás desde Carter Holdings al despacho de mi abuelo.

La propuesta inicial había sido solicitada por alguien de la familia Carter.

Pero el nombre al pie no era el abuelo de Ethan.

Era Ethan.

Lo miré a la distancia.

Estaba observándonos.

—¿Él inició todo esto?

—Eso parece.

Sentí una punzada de furia.

Así que Ethan había mentido.

Me acerqué a él.

—¿Fuiste tú?

Vio mi rostro y supo inmediatamente de qué hablaba.

—Olivia…

—¿Tú propusiste el matrimonio?

Silencio.

—Sí.

Me reí sin humor.

—Entonces toda aquella escena frente a mi oficina…

—No sabía que mi abuelo iba a anunciarlo así.

—Pero tú lo comenzaste.

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Ethan se pasó una mano por el rostro.

—Porque sabía que si iba directamente a preguntarte, dirías que no.

—Así que manipulaste a nuestras familias.

—Intenté crear una oportunidad.

—Eso se llama manipulación.

Su rostro se tensó.

—Lo sé.

—¿Cuánto tiempo llevabas planeándolo?

—Tres meses.

Sentí que algo dentro de mí se cerraba.

—Necesito irme.

—Olivia.

—No me sigas.

Y por primera vez, Ethan obedeció.


Pasamos una semana sin hablar.

Después llegó una caja a mi oficina.

Dentro estaba el colgante de diamante rosa que Ethan me había regalado cuando teníamos quince años.

Yo se lo había devuelto después de nuestra ruptura.

Había creído que lo había vendido.

Debajo había una nota.

“Lo conservé trece años.

También conservé cosas que debería haber soltado: orgullo, resentimiento y miedo.

Lo que hice con nuestras familias estuvo mal.

No intentaré justificarlo.

El acuerdo sigue cancelado.

No volveré a presionarte.

Si me eliges, iré.

Si no, esta vez sabré escuchar la respuesta completa.”

Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.

No lo llamé.

Todavía no.

Porque quería asegurarme de que mi decisión fuera realmente mía.

Tres semanas después, mi abuelo me invitó a cenar.

—Ethan rechazó formalmente cualquier acuerdo empresarial vinculado al matrimonio —me informó.

Lo miré.

—¿En serio?

—Dijo que si ambas familias querían hacer negocios, debían hacerlo sin usar a sus nietos.

Eso sonaba exactamente a él.

—Tu abuela está furiosa —añadió mi abuelo.

—¿Y tú?

Él sonrió.

—Orgulloso.

Aquella misma noche fui a buscar a Ethan.

Estaba en su casa.

Abrió la puerta.

Y durante unos segundos simplemente me miró.

—Hola.

—Hola.

—¿Entrarás?

—Todavía no.

Pareció nervioso.

Era extraño ver nervioso a Ethan Carter.

Saqué el colgante rosa del bolso.

—Tengo una pregunta.

—Dime.

—¿Todavía quieres casarte conmigo?

Su respuesta fue inmediata.

—Sí.

—Mala respuesta.

Parpadeó.

—¿Qué?

—Debías pensarla.

—La he pensado durante trece años.

—Ethan.

—Bien.

Cerró los ojos.

Respiró.

Los abrió.

—Sí.

Sonreí.

—Mejor.

Su rostro cambió lentamente.

—¿Eso significa…?

—Significa que podemos intentarlo.

—¿Intentarlo?

—Una relación normal.

Parecía ofendido.

—Ya tuvimos una relación normal.

—Teníamos diecisiete años.

—Era excelente.

—Terminó por una frase incompleta.

—Detalles.

Me reí.

Ethan dio un paso hacia mí.

Esta vez no me tocó.

Esperó.

Fui yo quien tomó su mano.

—Y esta vez —dije— escucharás hasta que termine de hablar.

—Prometido.


Nos casamos nueve meses después.

Sin contratos empresariales.

Sin acuerdos entre familias.

Sin anuncios preparados.

Ethan me pidió matrimonio en el aula de nuestra antigua escuela.

Había conseguido permiso para entrar después del horario.

En mi antiguo escritorio dejó una pequeña caja.

Dentro había un anillo con un diamante rosa.

Lo miré.

—No puedo aceptarlo.

Ethan palideció.

—Olivia.

Me reí.

—Es demasiado costoso.

Me miró durante dos segundos.

Entonces comprendió.

La misma conversación de cuando teníamos quince años.

—Lo vi —dijo—. Me gustó.

—Entonces quédatelo.

—Es rosa.

—Sí.

—A ti te gusta el rosa.

—Sí.

—Entonces es tuyo.

Esta vez lo acepté.

Nuestros abuelos asistieron a la boda.

Daniel también.

Ethan tardó semanas en aceptar que lo invitara.

Durante la recepción, Daniel levantó su copa hacia él.

Ethan respondió con la expresión de un hombre que estaba haciendo un esfuerzo enorme por comportarse civilizadamente.

Me acerqué.

—¿Sigues celoso?

—No.

—Mientes fatal.

—Estoy casado contigo. Ya gané.

—No soy un premio.

—Correcto.

Me tomó la mano.

—Eres la mujer que me eligió.

Eso sí me gustó.

Años atrás había pensado que Ethan me ignoraba porque me odiaba.

Él había pensado que yo lo abandoné porque nunca lo amé.

Los dos habíamos estado equivocados.

No recuperamos aquellos trece años.

Tampoco intentamos hacerlo.

Porque algunas historias no necesitan regresar al punto donde se rompieron.

Necesitan empezar de nuevo desde un lugar mejor.

Y cada vez que Ethan empezaba una discusión demasiado rápido, yo simplemente levantaba un dedo.

—Todavía no he terminado.

Él cerraba la boca inmediatamente.

Después sonreía.

—Estoy escuchando.

Y esta vez sí lo hacía.

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