A la mañana siguiente, Gabriel apareció en mi apartamento con su uniforme de gala.
—Ana, tenemos que hablar.
—Habla.
Pareció desconcertado por mi tranquilidad.
—Lo de Clara fue un error. Estaba sola durante la misión, yo también estaba bajo mucha presión y las cosas se confundieron.
—Entiendo.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
Gabriel apretó la mandíbula.
—Que te importara.
Casi sonreí.
Después de traicionarme con mi propia hermana, todavía necesitaba mis lágrimas para comprobar que lo amaba.
Se acercó y quiso tomarme la mano.
Retrocedí.
—Mañana nos casamos —dijo—. No permitas que algo sin importancia destruya siete años.
Algo sin importancia.
Recordé los anillos.
La propuesta.
Las manos entrelazadas.
La forma en que me llamó “compañera” para proteger a Clara.
—No te preocupes, Gabriel. Mañana tendrás tu boda.
Sus hombros se relajaron.
No comprendió lo que realmente quería decir.
Aquella noche empaqué lo último.
A las seis de la mañana siguiente entregué las llaves del apartamento y envié una sola carta al comandante que había aprobado mi traslado.
A las diez comenzó la ceremonia.
Gabriel esperaba frente al altar.
Había generales, oficiales, familiares y amigos.
Todo estaba exactamente como lo habíamos planeado.
Excepto por un detalle.
La novia ya no era yo.
Cuando Clara llegó, llevaba un vestido sencillo.
—¿Dónde está Ana?
El organizador la miró confundido.
—Señorita Monroe, usted figura como novia.
Clara palideció.
—¿Qué?
Gabriel tomó una invitación.
Leyó el nombre.
Gabriel Rivers y Clara Monroe.
—¿Quién hizo esto?
—La coronel Monroe personalmente.
Gabriel sacó inmediatamente el teléfono.
Me llamó.
Una vez.
Cinco.
Doce.
Yo estaba sentada junto a la ventana de un avión esperando el despegue.
Finalmente contesté.
—Ana, ¿qué demonios significa esto?
—Significa que no tienes que elegir.
—¿Dónde estás?
—Me voy.
Su respiración cambió.
—Vuelve inmediatamente.
—No.
Fue la primera vez que le dije esa palabra con absoluta calma.
—Ana, lo de Clara no significó nada.
Miré la pista detrás de la ventanilla.
—Entonces peor todavía.
—¿Qué?
—Destruiste siete años por algo que, según tú, ni siquiera significaba nada.
Guardó silencio.
Luego habló más bajo.
—No amo a Clara.
A pocos metros de él, mi hermana probablemente podía escucharlo.
—Eso ya no es asunto mío.
—Ana…
—Felicidades por la boda, general Rivers.
Colgué.
Apagué el teléfono.
Y desaparecí durante siete años.
Mi traslado terminó convirtiéndose en una carrera internacional.
Entrenamiento, operaciones conjuntas, misiones de coordinación.
Aprendí nuevos idiomas.
Ascendí.
Construí una vida donde nadie me conocía como la prometida de Gabriel Rivers ni como la hermana mayor de Clara.
Era simplemente la coronel Ana Monroe.
Nunca pregunté qué había ocurrido aquel día.
Hasta mi regreso.
Siete años después, entré en aquella sala de mando y lo encontré sentado al otro extremo de la mesa.
Gabriel me reconoció inmediatamente.
Su mano se quedó inmóvil sobre el expediente.
Yo simplemente saludé.
—General Rivers.
Sus ojos se oscurecieron.
—Coronel Monroe.
La reunión duró dos horas.
No apartó la mirada de mí.
Cuando terminó, salí al pasillo.
Escuché sus pasos detrás.
—Ana.
Continué caminando.
Gabriel me alcanzó.
—¿Eso es todo?
Me giré.
—¿Perdón?
—Siete años.
—Sí. Ha pasado bastante tiempo.
Su rostro se endureció.
—Desapareciste el día de nuestra boda.
—Nuestra boda dejó de existir cuando le propusiste matrimonio a mi hermana.

—¡Te dije que aquello no era real!
—Para mí sí lo fue.
Gabriel quedó en silencio.
Entonces dijo algo que no esperaba.
—No me casé con Clara.
—Ya lo sé.
—¿Quién te lo dijo?
—Lo escuché esta mañana.
Por primera vez vi verdadero dolor en su expresión.
—¿Y no significa nada para ti?
Negué lentamente.
—No.
Gabriel soltó una risa amarga.
—Esperé siete años.
—Yo no te lo pedí.
Aquello lo golpeó.
—El día de la boda fui al aeropuerto —dijo—. Llegué tarde. Tu avión ya había despegado.
No respondí.
—Solicité tu ubicación a través del mando.
—Lo sé.
Sus ojos se abrieron.
—¿Lo sabías?
—Rechacé personalmente las solicitudes de contacto.
Gabriel quedó completamente inmóvil.
No había sido el destino quien nos había mantenido separados durante siete años. Había sido yo.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba saber quién era sin ti.
—¿Y ya lo descubriste?
Lo miré directamente.
—Sí.
Pasé junto a él.
Pero Gabriel habló otra vez.
—Clara tampoco me perdonó.
Me detuve.
—¿Perdonarte?
—Aquella mañana descubrió que yo seguía planeando casarme contigo.
Giré lentamente.
Gabriel continuó:
—Cuando vio su nombre en la invitación entendió lo que habías hecho. Me preguntó si aceptaría casarme con ella.
—¿Y?
—Le dije que no.
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
—Entonces ambos obtuvieron su respuesta.
—Ana, escucha…
—No necesito escuchar nada.
—Pero necesitas saber una cosa.
Sacó una carpeta de su portafolio.
La reconocí.
Era documentación clasificada relacionada con la maniobra conjunta que había provocado mi regreso.
Gabriel la abrió.
En la última página estaba mi nombre.
Debajo, su firma.
—¿Qué significa esto?
—Yo solicité que fueras asignada a esta operación.
Lo miré.
—¿Usaste tu rango para traerme aquí?
—Necesitaba verte.
Sentí rabia por primera vez.
—No tenías derecho.
—Lo sé.
—Entonces cancela la solicitud.
—No puedo.
—¿Por qué?
Gabriel guardó silencio.
Después deslizó otro documento hacia mí.
Era una orden de despliegue.
Mi unidad y la suya trabajarían juntas durante los siguientes seis meses.
Él sería el comandante general de la operación.
—Esto no cambia nada —dije.
—No espero que cambie nada.
Pero su mirada decía lo contrario.
Esa noche recibí una llamada.
Era Clara.
No hablábamos desde hacía siete años.
Estuve a punto de rechazarla.
Finalmente contesté.
—¿Qué quieres?
Mi hermana tardó varios segundos en responder.
—Necesito verte.
—No.
—Ana, se trata de Gabriel.
—Entonces todavía menos.
—No entiendes.
Suspiré.
—Clara, aquello terminó hace siete años.
Su voz tembló.
—Para ti quizá.
Me disponía a colgar cuando pronunció algo que me dejó inmóvil.
—Gabriel nunca fue mi novio.
Sentí frío.
—Vi las fotografías.
—Lo sé.
—Vi los anillos.
—También lo sé.
—Entonces no vuelvas a mentirme.
Clara empezó a llorar.
—Yo estaba enamorada de él. Eso sí era verdad. Pero Gabriel nunca me prometió una relación.
—Te propuso matrimonio.
—No.
Silencio.
—¿Qué dijiste?
—Ese anillo no me lo dio Gabriel.
Mi mano se tensó alrededor del teléfono.
De repente recordé aquella publicación.
“Ayer fue su cumpleaños y me propuso matrimonio.”
—Clara…
—Mentí.
—¿Por qué?
No respondió inmediatamente.
Cuando finalmente habló, su voz apenas era un susurro.
—Porque quería separarlos.
Cerré los ojos.
—¿Y las fotos abrazados? ¿Las manos? ¿Su habitación?
—Eso ocurrió. Pero no como tú creíste.
—Gabriel confirmó que había pasado algo entre ustedes.
—Porque yo le hice creer que contar la verdad podía destruir tu carrera.
Mi corazón dio un golpe violento.
—¿Qué tiene que ver mi carrera con esto?
Clara respiró profundamente.
—Ana, necesito enseñarte algo. Algo que Gabriel tampoco conoce.
—¿Qué?
—Un expediente de hace siete años.
Miré hacia la puerta de mi alojamiento.
Alguien acababa de tocar.
—¿Qué expediente?
Clara respondió:
—El verdadero motivo por el que Gabriel estaba en aquella misión.
Los golpes volvieron a sonar.
Abrí.
Gabriel estaba al otro lado.
Pero no llevaba uniforme.
Tenía el rostro completamente pálido y sostenía un sobre viejo entre las manos.
En el frente estaba escrito mi nombre.
—Ana —dijo—, acabo de encontrar algo en los archivos de aquella misión.
Mi respiración se detuvo.
Clara seguía conectada al teléfono.
Gabriel levantó el sobre.
—Y creo que tu hermana nos mintió a los dos durante siete años.