PARTE 2: EL HOMBRE QUE ME SALVÓ REVELÓ POR QUÉ TODOS QUERÍAN QUE MURIERA.

La mano del desconocido no soltó mi muñeca hasta que mis pies volvieron a tocar el suelo.

—¿Quién es usted? —pregunté.

El hombre cerró la ventana y corrió las cortinas.

—Ethan Cole.

Ese nombre me resultaba vagamente familiar.

Antes de que pudiera recordarlo, sacó una carpeta del interior de su abrigo.

—Su padre me contrató hace ocho meses para investigar el accidente.

Lo miré fijamente.

—¿Mi padre?

Ethan negó lentamente.

—No el hombre que está celebrando esa boda abajo.

Sentí un escalofrío.

—No entiendo.

—Lo hará.

Dejó la carpeta frente a mí.

Dentro había fotografías del vehículo destruido, informes mecánicos y transferencias bancarias.

Una página estaba marcada en rojo.

Los frenos habían sido manipulados.

Mi respiración se volvió irregular.

—El accidente…

—No fue un accidente.

Recordé aquella noche.

La lluvia.

Celeste gritando.

Adrian intentando controlar el volante.

Y yo inclinándome desde el asiento trasero para apartarlo justo antes del impacto.

Había despertado creyendo que había sacrificado seis meses de mi vida para salvarlos.

Ahora Ethan me estaba diciendo que alguien había provocado todo.

—¿Quién?

Él sostuvo mi mirada.

—Eso es lo que todavía debemos demostrar.

Señaló otra hoja.

Había una transferencia realizada dos días antes del accidente a nombre de una empresa que no reconocía.

—Esta compañía pagó al mecánico que revisó el coche.

—¿Quién es el dueño?

Ethan hizo una pausa.

—Una sociedad controlada por su hermano Noah.

Sentí náuseas.

—No.

—Ava…

—Noah puede odiarme ahora, pero no intentaría matarme.

—Entonces quizá debería preguntarse por qué su familia hizo todo lo posible para mantenerla inconsciente.

Levanté la cabeza.

Ethan abrió otra sección de la carpeta.

Informes médicos.

Fechas.

Firmas.

Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.

—Durante los últimos dos meses, los médicos recomendaron reducir determinados sedantes para evaluar su respuesta neurológica.

Pasó el dedo sobre varias páginas.

—Su familia se negó tres veces.

—¿Estás diciendo que podrían haberme despertado antes?

—Estoy diciendo que alguien no quería averiguarlo.

La habitación pareció inclinarse.

Entonces comprendí algo.

—Mi médico dijo que me quedan tres días.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Quién se lo dijo?

Le di el nombre.

Su expresión cambió.

Sacó inmediatamente el teléfono.

—Necesito que otro especialista la examine.

—¿Para qué? Ya está decidido.

—No.

Su voz fue firme.

—A partir de ahora no vuelva a creer nada que le diga esa familia sin comprobarlo. Ni siquiera cuánto tiempo le queda de vida.

Aquellas palabras encendieron algo dentro de mí.

No esperanza.

Todavía no.

Rabia.

Abajo comenzó a sonar música.

La boda.

Ethan miró hacia la puerta.

—Tengo un coche esperando en la salida de servicio.

—Hay guardias.

—Trabajan para Adrian. No para mí.

Me extendió la mano.

Esta vez la acepté.


Veinte minutos después estaba en otro hospital.

Me hicieron análisis, escáneres y pruebas que parecieron durar horas.

Ethan permaneció fuera.

Finalmente entró una doctora de cabello gris.

Se sentó frente a mí.

—Señorita Hayes, tengo que preguntarle algo. ¿Quién le dijo que solo viviría tres días?

—Mi médico.

La doctora respiró lentamente.

—No puedo prometerle una recuperación completa. Su estado sigue siendo delicado.

Mi corazón se detuvo.

Entonces continuó:

—Pero no existe ninguna evidencia médica que indique que vaya a morir dentro de tres días.

La miré sin poder hablar.

—¿Qué?

—Necesitará tratamiento y rehabilitación. Hay riesgos. Pero esa sentencia de tres días no aparece sustentada en sus resultados actuales.

Sentí que todo mi cuerpo comenzaba a temblar.

Yo había subido a aquella ventana porque creía que ya estaba muriendo.

Porque todos me habían abandonado.

Porque alguien me había hecho creer que no existía un mañana.

Ethan entró cuando la doctora salió.

—Ahora tenemos una pregunta más importante —dijo.

—¿Cuál?

Sus ojos se endurecieron.

—¿Por qué necesitaban que usted creyera que iba a morir?


La respuesta comenzó a aparecer esa misma noche.

Mientras Adrian y Celeste celebraban su recepción, Ethan consiguió una copia de ciertos documentos preparados durante mi coma.

Había un poder legal.

Una modificación patrimonial.

Y un fideicomiso creado por mi verdadero abuelo materno antes de morir.

Yo no sabía nada de aquello.

—Su abuelo dejó una participación enorme de su empresa a su madre —explicó Ethan—, pero estableció una condición.

—¿Cuál?

—Cuando usted cumpliera veinticinco años, una parte pasaría directamente a su nombre.

Miré la cifra.

Tuve que leerla dos veces.

—Esto no puede ser mío.

—Sí lo es.

—Entonces ¿por qué nunca me lo dijeron?

Ethan me miró.

Ya conocía la respuesta.

Yo también.

Porque mientras estuviera inconsciente, alguien podía administrar mis derechos.

Y si moría…

Busqué rápidamente la cláusula siguiente.

Mis dedos se congelaron.

En caso de mi muerte sin descendencia, aquella participación regresaría al patrimonio familiar administrado por Noah y mis padres.

Cerré los ojos.

Por fin entendía.

Mi familia no estaba molesta porque hubiera despertado el día de la boda.

Estaban aterrorizados porque había despertado antes de morir.

Mi teléfono vibró.

Era Adrian.

Había más de treinta llamadas perdidas.

Luego llegó un mensaje.

“¿Dónde estás?”

Otro.

“Ava, contéstame.”

Y finalmente:

“El médico dice que saliste del hospital. Necesitamos hablar antes de que hagas algo de lo que puedas arrepentirte.”

Se lo mostré a Ethan.

—Ya saben que desaparecí.

—Entonces tenemos poco tiempo.

—¿Para qué?

Ethan cerró la carpeta.

—Para averiguar quién ordenó manipular los frenos antes de que destruyan la última prueba.

Pero en ese momento sonó su teléfono.

Contestó.

No dijo nada durante varios segundos.

Su expresión se volvió completamente fría.

—¿Cuándo?

Escuchó.

—Entendido.

Colgó.

—¿Qué pasó?

Ethan me miró.

—El mecánico que recibió el dinero acaba de intentar abandonar la ciudad.

—¿Lo encontraron?

—Sí.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—Entonces puede decirnos quién le pagó.

Ethan tardó demasiado en responder.

—Ya habló.

Me puse de pie.

—¿Quién fue?

Sacó su teléfono y abrió una grabación.

La voz de un hombre desconocido llenó la habitación.

“Yo solo debía tocar los frenos. Me dijeron que la señorita Hayes viajaría sola.”

Me quedé helada.

Yo no debía estar con Adrian y Celeste aquella noche.

Ellos habían utilizado mi coche sin avisarme.

Yo había subido en el último momento.

La grabación continuó.

“Cuando supe que iban tres personas, quise cancelar. Pero me dijeron que ya era demasiado tarde.”

—¿Quién? —susurré.

Ethan adelantó unos segundos.

El mecánico respiró con dificultad.

“Fue alguien de la familia Hayes.”

Apreté los puños.

Entonces pronunció el nombre.

Y sentí que el mundo volvía a detenerse.

No era Noah.

No era mi madre.

No era mi padre.

Era Celeste.

Miré a Ethan, incapaz de respirar.

—Eso significa…

Él terminó la frase por mí.

—Que su hermana manipuló un coche pensando que usted estaría sola dentro.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje de Celeste.

Una fotografía.

Ella todavía llevaba su vestido de novia.

Adrian estaba detrás, hablando con alguien.

Debajo había una sola frase:

“Ava, sé que estás con Ethan. No confíes en él. Pregúntale quién era el verdadero objetivo del accidente.”

Levanté lentamente la mirada.

Ethan ya no parecía tranquilo.

Por primera vez desde que lo conocí, vi miedo en sus ojos.

—Ethan…

Retrocedió un paso.

—Ava, hay algo que todavía no le he contado.

—¿Qué?

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó tres veces la puerta de la habitación.

Ethan palideció.

Luego apagó las luces.

Desde el pasillo llegó una voz que conocía demasiado bien.

Era Adrian.

—Ava, abre la puerta. Ya sé quién intentó matarte.

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