PARTE 2: LA MUJER QUE SE HACÍA PASAR POR MÍ ESCONDÍA EL SECRETO QUE PODÍA DESTRUIR A MI MARIDO.

No me moví.

Treinta segundos después, escuché pasos rápidos en el pasillo.

Nathan apareció en la puerta.

Todavía llevaba la bata quirúrgica y el cabello ligeramente desordenado bajo el gorro. Pero lo que más me llamó la atención fue su rostro.

Mi esposo siempre había sido extraordinariamente sereno.

Aquella tarde estaba pálido.

—¿Qué haces aquí?

Levanté la bolsa de Delaney’s.

—Traerte el almuerzo.

Después coloqué su corbata azul sobre el escritorio.

—Y esto.

Sus ojos fueron inmediatamente hacia el cajón abierto.

Vi exactamente el momento en que comprendió que yo había visto el espacio vacío.

—Claire…

—Una mujer llamada Vanessa estuvo aquí.

Nathan cerró la puerta.

—¿Quién te dijo eso?

No preguntó quién era Vanessa.

Preguntó quién me lo había dicho.

Y aquella diferencia me confirmó que la conocía.

—La recepcionista creyó que era tu esposa.

Su mandíbula se tensó.

—Fue un error.

—Tenía tu placa.

Silencio.

—La misma que me dijiste que habías perdido hace tres días.

Nathan pasó una mano por su rostro.

—Necesito que confíes en mí.

Casi me reí.

—Entonces explícame quién es Vanessa.

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.

Era Marjorie.

—Doctor Pierce, tenemos un problema.

Nathan se giró.

—¿Qué ocurrió?

Marjorie me vio y calló.

—Puedes hablar delante de Claire.

Ella tragó saliva.

—El archivo Monroe desapareció.

Nathan se quedó inmóvil.

—¿Quién entró?

—Seguridad está revisando las cámaras.

—Haz que bloqueen todas las salidas.

Marjorie salió apresuradamente.

Lo miré.

—Nathan, ¿qué contiene ese archivo?

—Información confidencial.

—Una mujer acaba de hacerse pasar por mí para robarlo.

—Precisamente por eso no puedo involucrarte.

Tomé mi bolso.

—Ya estoy involucrada.

Cuando llegué a la puerta, Nathan me sujetó suavemente del brazo.

—Claire, espera.

Me giré.

—¿Vanessa es tu amante?

Su mano cayó.

—No.

—¿Has tenido una relación con ella?

—No.

La respuesta fue demasiado rápida para parecer preparada.

Le creí.

Pero entonces pregunté:

—¿Quién es?

Nathan bajó la voz.

—La hermana de Lauren Monroe.

El nombre del archivo.

L. Monroe.

—¿Quién es Lauren?

Nathan miró hacia la puerta antes de responder.

—Una paciente que murió aquí hace ocho meses.

Sentí frío.

—¿Durante una cirugía tuya?

—Sí.


Veinte minutos después estábamos en la oficina de seguridad.

Las cámaras mostraron a Vanessa entrando a las 12:47.

Alta.

Rubia.

Abrigo crema.

Tal como Emily había dicho.

A las 12:52 utilizó la placa de Nathan para acceder al ascensor administrativo.

A las 12:58 apareció frente a su oficina.

Pero entonces ocurrió algo extraño.

La puerta estaba cerrada.

Vanessa no intentó forzarla.

Simplemente introdujo un código.

La puerta se abrió.

Miré a Nathan.

—¿Cómo conocía tu código?

Él no respondió.

En la grabación, Vanessa salió seis minutos después llevando una carpeta dentro del bolso.

El jefe de seguridad detuvo la imagen.

—Doctor, hay algo más.

Cambió de cámara.

Vanessa apareció entrando en el estacionamiento.

Un sedán negro esperaba junto a la salida.

Ella abrió la puerta del copiloto.

Antes de subir, se giró.

La cámara captó parcialmente al conductor.

Nathan dejó de respirar.

Yo también reconocí al hombre.

Dr. Richard Coleman.

Director médico de St. Catherine.

Superior directo de Nathan.

Y su amigo desde hacía casi quince años.

—¿Richard? —susurré.

Nathan se levantó.

—Apaga eso.

El jefe de seguridad lo miró sorprendido.

—Doctor…

—Ahora.

Salimos de la sala.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

Nathan caminó hasta una sala de reuniones vacía.

Cerró la puerta.

—Lauren Monroe llegó a urgencias con una complicación grave. La operé esa misma noche.

—Y murió.

—Sí.

—¿Hubo negligencia?

Nathan tardó demasiado en responder.

—Hubo un error.

Mi estómago se contrajo.

—¿Tuyo?

—Eso creí durante meses.

Aquellas palabras cambiaron todo.

—¿Qué significa “eso creí”?

Nathan se sentó.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente asustado.

—Durante la revisión interna descubrí inconsistencias. Medicamentos registrados a horas imposibles. Una autorización modificada después de la cirugía. Datos eliminados del sistema.

—¿Quién podía hacerlo?

—Alguien con acceso administrativo.

Pensé inmediatamente en Richard.

—¿El archivo contenía las pruebas?

Nathan asintió.

—Copias.

—Entonces Vanessa no vino a descubrir qué pasó con su hermana.

—No.

—Vino a llevarse las pruebas.

Nathan me miró.

—O alguien la convenció de que debía hacerlo.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Había recibido una fotografía.

Era Nathan entrando en un hotel.

La fecha, visible en la esquina, correspondía a seis meses atrás.

Segunda fotografía.

Nathan sentado frente a Vanessa.

Tercera.

Ella llorando mientras él sostenía sus manos.

Miré a mi marido.

—Dijiste que no habías tenido una relación con ella.

—Y no la tuve.

Le mostré las fotografías.

Su rostro cambió.

—¿Quién te envió esto?

Llegó otro mensaje.

“Tu marido lleva meses mintiéndote.”

Después otro.

“Pregúntale qué prometió a Vanessa.”

Levanté los ojos.

—¿Qué le prometiste?

Nathan cerró los párpados.

—Que descubriría quién mató a su hermana.

—¿Y por eso se reunían a escondidas?

—Sí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque alguien estaba alterando pruebas dentro del hospital. Cuantas menos personas supieran, mejor.

Entonces llegó un tercer mensaje.

Esta vez contenía un documento.

Lo abrí.

Era una transferencia bancaria.

Doscientos cincuenta mil dólares.

Remitente: Nathaniel Pierce.

Destinataria: Vanessa Monroe.

Fecha: tres semanas atrás.

Sentí que las manos me temblaban.

—Explícame esto.

Nathan observó la pantalla.

—Yo no hice esa transferencia.

—Está a tu nombre.

—Claire, mírame.

Lo hice.

—Alguien está construyendo una historia.

—¿Qué historia?

—Que tuve una relación con Vanessa. Que pagué por su silencio después de matar a Lauren.

Antes de que pudiera responder, las puertas del pasillo se abrieron violentamente.

Dos agentes de policía entraron acompañados por Richard Coleman.

Richard parecía devastado.

—Nathan…

Mi esposo se puso de pie.

Uno de los agentes mostró su identificación.

—Dr. Pierce, necesitamos hablar con usted sobre la muerte de Lauren Monroe.

Richard bajó la mirada.

—Encontraron algo.

—¿Qué? —pregunté.

Nadie respondió inmediatamente.

Finalmente Richard habló.

—El archivo desaparecido apareció hace diez minutos.

Nathan palideció.

—¿Dónde?

Richard me miró antes de responder.

—En el maletero de tu coche.

El mundo pareció detenerse.

—Eso es imposible —dijo Nathan.

El agente continuó:

—Dentro también encontramos un teléfono desechable y registros de transferencias realizadas a Vanessa Monroe.

—Me están incriminando.

Richard dio un paso atrás.

Y entonces entendí algo.

No parecía sorprendido.

Parecía culpable.

Los agentes escoltaron a Nathan hacia la puerta.

Él se giró hacia mí.

—Claire, escucha. No confíes en nadie de este hospital.

Richard protestó:

—Nathan, basta.

Pero mi marido mantuvo los ojos clavados en mí.

—Busca el expediente original.

—¿Dónde?

Los agentes comenzaron a llevárselo.

Nathan consiguió pronunciar cuatro palabras antes de desaparecer por el pasillo:

—Está dentro de nuestra casa.

Aquella noche regresé sola.

Revisé su despacho.

Nada.

El dormitorio.

Nada.

Hasta que recordé algo extraño.

Nathan había instalado una caja fuerte detrás de una fotografía de nuestra boda años atrás.

Introduje nuestro aniversario.

La cerradura se abrió.

Dentro había un expediente grueso.

“LAUREN MONROE.”

Y encima, un sobre con mi nombre.

CLAIRE — SOLO ÁBRELO SI VIENEN POR MÍ.

Lo abrí.

Dentro había una memoria USB y una carta.

Pero antes de leerla escuché un ruido abajo.

La puerta principal acababa de abrirse.

Yo no había dejado entrar a nadie.

Guardé rápidamente la memoria USB.

Pasos lentos comenzaron a subir las escaleras.

Uno.

Dos.

Tres.

Entonces escuché una voz que conocía perfectamente.

—Claire, soy Richard.

Mi sangre se heló.

—Sé que Nathan te dijo dónde encontrar el expediente.

Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta.

Y Richard añadió en voz baja:

—Pero antes de entregármelo, hay algo que deberías saber sobre tu marido… porque Lauren Monroe no fue la primera paciente que murió.

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