PARTE 2: CUANDO REGRESÉ OCHO AÑOS DESPUÉS, MARCUS DESCUBRIÓ QUE YA NO LO ESTABA ESPERANDO.

—Marcus Jiang, nosotros terminamos aquí.

Esta vez no me detuvo una llamada, una deuda ni otra vida que él considerara más urgente que la mía.

Tomé mi pasaporte.

Marcus se interpuso frente a la puerta.

—¿Adónde vas?

—Lejos de ti.

Su mandíbula se tensó.

—Valeria, estás alterada.

Casi me reí.

Ocho años.

Le había entregado ocho años y casi un millón de dólares.

Y todavía creía que aquello era un berrinche.

—Hazte a un lado.

—Mañana hablaremos.

—No habrá mañana.

Entonces intentó sujetarme la muñeca.

Retrocedí.

—No vuelvas a tocarme como si todavía te perteneciera.

Por primera vez vi miedo en sus ojos.

—Sé buena —murmuró—. Ya no puedes irte.

Lo miré durante unos segundos.

Después señalé hacia Elena.

—Tu esposa está allí, Marcus.

Abrí la puerta.

—Ve a pedirle a ella que se quede.

Aquella noche salí de Harbour City.

No reclamé los 986.800 dólares.

No reclamé la casa.

Ni siquiera recogí el reloj.

Tomé un vuelo antes del amanecer y desaparecí de todas las redes que Marcus podía utilizar para encontrarme.

Lo que él no sabía era que durante años yo había administrado buena parte de sus negocios legales.

Sabía crear empresas.

Sabía detectar dinero sucio.

Sabía negociar con hombres que podían arruinarte mientras sonreían.

Solo había cometido un error:

usar todo ese talento para construir el imperio de otro.

En Singapur empecé de nuevo.

Los primeros meses fueron brutales.

Después llegaron los primeros clientes.

Luego fondos de inversión.

Luego hoteles.

Ocho años más tarde, Vega Capital gestionaba activos suficientes para que mi apellido ya no necesitara el de ningún hombre.

Y entonces regresé a Harbour City.


—Señora Vega, el mismo día que usted se fue, el señor Jiang se divorció.

La voz del antiguo subordinado me devolvió al presente.

Lo miré.

—¿El mismo día?

—Sí.

—Entonces pudo hacerlo.

El hombre bajó la mirada.

Aquello era lo único que necesitaba saber.

Marcus había podido divorciarse de Elena desde el principio.

Simplemente no lo hizo hasta que perderme tuvo consecuencias.

La puerta se abrió.

Marcus entró.

Nuestros ojos se encontraron.

Ocho años desaparecieron durante un segundo.

Después él caminó hacia mí.

—Valeria.

—Marcus.

—Pensé que nunca volverías.

—Yo también.

Su mirada bajó hasta mi muñeca.

Ya no llevaba aquel reloj.

—¿Estás casada?

La pregunta provocó algunas miradas incómodas.

Sonreí.

—Eso ya no es asunto tuyo.

Marcus apretó la copa.

—Necesito hablar contigo.

—Estamos hablando.

—A solas.

—No tenemos nada que decir a solas.

Su rostro permaneció sereno, pero conocía demasiado bien a aquel hombre.

Marcus estaba perdiendo el control.

—Me divorcié de Elena aquella misma noche.

—Ya me lo dijeron.

Pareció sorprendido por mi indiferencia.

—Nunca dormí con ella.

—No me importa.

—Nunca la amé.

—Tampoco me importa.

—Valeria…

Dejé la copa sobre la mesa.

—¿Sabes qué sí me importó? Que durante ocho años me dijeras que esperara. Que gastaras nuestro futuro para comprarle seguridad a otra mujer. Que la instalaras en nuestra casa y luego me llamaras irracional porque no quería compartir contigo el lugar que nunca quisiste darme.

Marcus palideció.

—Cometí un error.

—No.

Lo miré directamente.

—Tomaste una decisión. El error fue creer que yo siempre estaría allí para soportarla.

El silencio alrededor se volvió incómodo.

Entonces una voz femenina apareció detrás de nosotros.

—Qué conmovedor.

Me giré.

Elena Su estaba allí.

Ya no parecía aquella muchacha tímida que había llegado con una maleta.

Vestía de negro y varios hombres la acompañaban.

Marcus se endureció.

—¿Quién te invitó?

Elena sonrió.

—Sigo teniendo amigos aquí.

Después me miró.

—Ocho años y todavía sigue esperándote. Debo admitir que me sorprende.

—A mí no.

Su sonrisa desapareció ligeramente.

—Siempre fuiste arrogante.

—Y tú siempre supiste demasiado bien qué decir delante de Marcus.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Elena soltó una carcajada.

—¿De verdad nunca se lo contaste?

La miré fijamente.

—No había nada que contar.

—Claro que sí.

Elena abrió su bolso y sacó un sobre envejecido.

Lo dejó sobre la mesa.

—Quizá deberías preguntarle a Valeria por qué yo sabía exactamente cuánto dinero había en vuestra cuenta antes de pedirte que pagaras mis deudas.

Marcus se quedó inmóvil.

Yo también.

Porque aquella cifra solo la conocíamos dos personas.

Marcus y yo.

—¿Quién te la dijo? —preguntó él.

Elena sonrió.

—Tú no.

Marcus giró lentamente hacia mí.

Pero yo ya estaba mirando al hombre sentado al fondo de la sala.

Uno de sus antiguos contadores.

David Luo.

Durante años había trabajado directamente conmigo.

David se levantó.

Intentó marcharse.

Dos hombres de Marcus bloquearon la puerta.

—Siéntate —ordenó Marcus.

David palideció.

Elena soltó el sobre.

Varias copias de transferencias bancarias cayeron sobre la mesa.

Las reconocí inmediatamente.

Habían salido de nuestra cuenta conjunta.

Pero había algo que jamás había visto.

Tres semanas antes de que Marcus pagara los 600.000 dólares a la familia Su, alguien había transferido 200.000 desde una empresa vinculada a Elena hacia una cuenta controlada por David.

Marcus levantó lentamente la cabeza.

—Explícame esto.

David empezó a sudar.

—Señor Jiang…

—Ahora.

Elena dejó de sonreír.

Entonces entendí.

—Tu familia nunca debía 600.000.

Elena me miró con odio.

Marcus se volvió hacia ella.

—¿Qué?

—Debían dinero —respondió Elena rápidamente—, pero…

—¿Cuánto?

Silencio.

Marcus golpeó la mesa.

—¡¿Cuánto?!

Elena cerró los ojos.

—Ciento veinte mil.

Nadie respiró.

Marcus había retirado casi todo nuestro ahorro porque creyó estar salvándola.

Más de medio millón había desaparecido en una deuda que nunca existió.

—¿Dónde está el resto? —pregunté.

David bajó la cabeza.

Elena respondió:

—Lo usamos para comprar apoyos en la zona oeste.

Marcus parecía a punto de romper algo.

Pero entonces comprendí una pieza todavía peor.

—No querías escapar de tu familia.

Elena me miró.

—Querías convertirte en la señora Jiang porque el apellido te permitía entrar en la organización.

No respondió.

Eso bastó.

Marcus cerró los ojos.

—¿La bala?

Elena palideció.

—Marcus…

—¿También fue mentira?

—No. Esa bala fue real.

Su voz tembló.

—Yo te salvé.

—Y yo te devolví el favor cien veces.

Elena lo miró con desesperación.

—Porque me amabas.

Marcus negó lentamente.

—Nunca.

Entonces Elena sonrió de una manera extraña.

—Eso crees.

Sacó una fotografía del sobre.

La deslizó hacia mí.

Era una imagen tomada ocho años atrás.

Marcus aparecía inconsciente en una habitación del hospital.

Elena estaba junto a él.

Y detrás de ambos…

estaba yo.

Sentí un escalofrío.

No recordaba aquella fotografía.

Marcus tampoco.

—¿Qué es esto?

Elena me sostuvo la mirada.

—La noche del tiroteo no fui la primera persona que llegó hasta Marcus.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—Cállate —dijo David.

Demasiado tarde.

Elena señaló la fotografía.

—Valeria fue quien lo sacó del almacén.

Marcus giró hacia mí.

—¿Qué?

No respondí.

Porque aquel era el secreto que había enterrado durante dieciséis años.

Elena continuó:

—Ella recibió el primer golpe. Ella llamó a nuestros hombres. Y ella fue quien me pidió que dijera que había sido yo quien te había salvado.

Marcus parecía no comprender.

—¿Por qué haría eso?

Elena soltó una risa amarga.

—Pregúntaselo.

Marcus se acercó.

—Valeria.

Mis manos estaban frías.

Durante ocho años había creído que debía una vida a Elena.

Durante ocho años esa deuda había sido la razón que justificaba cada sacrificio.

Y ahora toda la sala esperaba mi respuesta.

Marcus me miró como si acabara de descubrir que nuestra historia había comenzado sobre una mentira.

—¿Por qué dejaste que creyera que ella me salvó?

Respiré profundamente.

—Porque si aquella noche hubieras descubierto la verdad…

Me detuve.

Marcus dio otro paso.

—¿Qué verdad?

Levanté los ojos.

—Habrías tenido que descubrir también quién ordenó aquel tiroteo.

El rostro de Marcus cambió.

—¿Quién?

Miré hacia la puerta.

Acababa de entrar un anciano apoyado en un bastón.

Todos los hombres de Marcus se pusieron de pie.

Y por primera vez en toda la noche, vi verdadero miedo en sus ojos.

Porque Marcus reconoció al recién llegado.

Era su padre.

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