PARTE 2: LOS 230 MILLONES QUE DE REPENTE ME CONVIRTIERON EN FAMILIA

—¿Cuánto quieres?

La pregunta de Gabriel llegó tan rápido que casi me hizo reír.

Seis años sin preguntarme dónde vivía.

Seis años sin saber si estaba enferma, casada, sola o incluso viva.

Pero bastaron 230 millones de yuanes para que mi hermano recordara mi número.

—No he dicho que quiera nada.

—Victoria, no compliques las cosas —intervino mi madre al otro lado—. Tu hermano reconoce que pusiste dinero. Podemos arreglarlo como familia.

Aquella palabra otra vez.

Familia.

—Entonces dime una cosa, mamá. ¿Qué porcentaje de la casa es mío?

Silencio.

Gabriel carraspeó.

—Bueno… legalmente está a mi nombre.

—Ya lo sé.

—Pero podemos darte una compensación.

—¿Cuánto?

Escuché murmullos.

Luego mi madre respondió:

—Veinte millones.

Sonreí.

Exactamente lo que me habían robado seis años atrás.

Ni intereses.

Ni compensación.

Ni una sola palabra sobre el medio millón que perdí como depósito.

—Qué generosos.

—¡Victoria! —mi madre perdió la paciencia—. ¡No seas codiciosa! Tu hermano está dispuesto a devolverte todo.

—No me está devolviendo nada. Está intentando comprar mi silencio.

Colgué.

Pensé que terminaría allí.

Me equivocaba.

Dos días después recibí una llamada de un abogado de Pekín.

—Señora Shen, represento al señor Gabriel Shen. Necesitamos confirmar una declaración relacionada con el origen de los fondos utilizados para adquirir una propiedad seis años atrás.

Me incorporé lentamente.

—¿Por qué necesitan mi declaración?

El abogado guardó silencio un instante.

—La compensación por expropiación todavía no ha sido liberada.

Ahí comprendí.

Los 230 millones aún no estaban en manos de Gabriel.

—Continúe.

—Durante la revisión financiera surgieron dudas sobre los veinte millones utilizados como pago inicial. El banco conserva la transferencia desde su cuenta hacia la de su madre y, posteriormente, hacia el vendedor.

Mis dedos se cerraron alrededor del teléfono.

Durante años había pensado que aquel movimiento bancario solo demostraba que fui una ingenua.

Ahora podía convertirse en algo mucho más incómodo para ellos.

—¿Qué quiere Gabriel que declare?

—Que aquellos veinte millones fueron un regalo voluntario.

Solté una risa breve.

—No.

—Señora Shen…

—Fueron transferidos temporalmente a la cuenta de mi madre para pagar mi apartamento en Shanghái. Ella los desvió sin mi autorización.

Esta vez el silencio fue más largo.

—¿Puede demostrarlo?

Miré el lago desde mi ventana.

—Tengo los mensajes.

Nunca los había borrado.

Ni el mensaje de mi madre prometiendo:

“Mañana retiramos tu dinero. No tocaré ni un yuan.”

Ni el comprobante bancario.

Ni el contrato del apartamento que debía firmar.

Ni la penalización de 500.000 yuanes.

Ni los mensajes posteriores donde exigía la devolución.

Lo había guardado todo.

No por venganza.

Porque cuando alguien consigue convencerte de que una injusticia enorme fue simplemente “un problema familiar”, conservar las pruebas es una manera de recordarte que no estás imaginando lo ocurrido.

El abogado cambió inmediatamente de tono.

—Creo que deberíamos reunirnos.

—Envíeme primero por escrito exactamente qué necesita de mí.

Colgué.

Esa noche mi madre llamó diecisiete veces.

No contesté.

A la mañana siguiente apareció un mensaje de Marco.

“Victoria, deberíamos hablar. Esto se está poniendo serio.”

Me quedé mirando su nombre.

Seis años.

También él había desaparecido.

Respondí solamente:

“¿Quién te dio mi número?”

Su respuesta llegó enseguida.

“Tu madre.”

Bloqueé el contacto.

Tres días después, Arthur Lin, un abogado con quien trabajaba mi empresa en Asia, revisó todos los documentos conmigo por videollamada.

—Hay algo extraño —dijo.

—¿Qué?

—Tu familia no necesita tu permiso simplemente para recibir una indemnización por una propiedad registrada correctamente a nombre de Gabriel.

Me quedé quieta.

—Entonces ¿por qué están desesperados?

Arthur acercó otro documento a la cámara.

—Eso quiero averiguar.

Dos semanas después tomé mi primer vuelo a China en seis años.

No avisé a nadie.

Cuando llegué a Pekín, Arthur me esperaba con una carpeta gruesa.

—Antes de ver a tu familia, tienes que saber algo.

Sacó una copia del expediente de adquisición.

—La casa no costó veinte millones.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Costó treinta y ocho.

Sentí que algo se movía dentro de mí.

Mi madre siempre había dicho que mis veinte millones habían servido para comprarla y que Gabriel consiguió el resto mediante un préstamo.

—¿De dónde salieron los otros dieciocho?

Arthur me miró.

—Eso es precisamente lo interesante.

Había transferencias provenientes de tres cuentas.

Una pertenecía a mi madre.

Otra a Gabriel.

Y la tercera…

Reconocí el nombre inmediatamente.

Marco Cheng.

Me quedé mirando el papel.

—No puede ser.

—Aportó ocho millones.

Entonces recordé su reacción cuando descubrí el robo.

“Déjalo, Victoria.”

“Somos familia.”

“Cuando suba de precio, seguro compartirá.”

No estaba defendiendo a mi familia.

Estaba protegiendo su propia inversión.

—¿Figura como propietario?

—No.

—Entonces ¿por qué puso ocho millones?

Arthur pasó la página.

Allí había un acuerdo privado.

Las firmas eran inconfundibles.

Gabriel Shen.

Mi madre.

Marco Cheng.

El documento establecía que, si la propiedad era vendida o expropiada, Marco recibiría el 25% del beneficio neto.

Sentí náuseas.

Mi prometido había sabido todo porque formaba parte del negocio desde el principio.

Pero había algo todavía peor.

La fecha del contrato era de tres meses antes de que mi madre me pidiera transferir los veinte millones.

No fue una decisión improvisada.

No vieron mi dinero y sintieron tentación.

Lo habían planeado.

—Arthur…

Mi voz apenas salió.

—¿Por qué necesitaban específicamente mis veinte millones?

Él cerró la carpeta.

—Porque sin ellos no podían completar la compra.

Aquella tarde fui a la casa.

La misma propiedad que había costado mi matrimonio, diez años de ahorros y seis años lejos de mi familia.

Mi madre abrió la puerta.

Envejecida.

Más delgada.

Durante un segundo vi sorpresa en sus ojos.

Después alivio.

—Victoria.

Intentó abrazarme.

Retrocedí.

Detrás de ella estaban Gabriel y Marco.

Marco había envejecido también.

Pero seguía usando aquella expresión tranquila que antes confundía con bondad.

—Sabía que vendrías —dijo.

Puse la carpeta sobre la mesa.

—Entonces también sabes por qué.

Gabriel vio el contrato privado y palideció.

Mi madre empezó inmediatamente:

—Podemos explicarlo.

—Perfecto.

Me senté.

—Empiecen.

Nadie habló.

—Hace seis años me robaron veinte millones. Marco puso ocho. Compraron esta casa y prepararon un acuerdo para repartirse el beneficio.

Miré a mi madre.

—¿Qué parte ibas a recibir tú?

—Victoria…

—¿Qué parte?

Gabriel golpeó la mesa.

—¡Eso ya no importa!

—Claro que importa.

Lo miré.

—Porque ahora hay 230 millones sobre la mesa.

Marco intervino.

—Podemos repartirlo justamente.

—¿Justamente?

—Recuperas tus veinte millones, además de intereses. Podemos darte treinta.

Me reí.

—¿Treinta de doscientos treinta?

Su mandíbula se tensó.

—Tú nunca figuraste como propietaria.

—Entonces no necesitan mi firma.

Los tres quedaron inmóviles.

Ahí estaba.

La pregunta que ninguno quería responder.

Me incliné hacia delante.

—¿Qué está bloqueando realmente la indemnización?

Mi madre comenzó a llorar.

Gabriel apartó la mirada.

Marco fue el único que sostuvo mis ojos.

—Victoria, hay cosas que no entiendes.

—Explícamelas.

—Si empiezas a investigar, todos podemos perderlo todo.

—Yo ya perdí todo hace seis años.

Me levanté.

—Ahora os toca preocuparos a vosotros.

Cuando llegué a la puerta, Gabriel habló.

—¡Espera!

No me volví.

—Hay otra razón por la que necesitábamos tus veinte millones.

Su voz temblaba.

—La casa nunca debía comprarse a mi nombre.

Me giré lentamente.

Mi madre estaba completamente pálida.

Marco cerró los ojos.

Gabriel tragó saliva.

—El propietario original había dejado una condición especial para venderla por debajo del precio de mercado.

—¿Qué condición?

Gabriel miró a nuestra madre.

Ella empezó a negar con la cabeza.

—No se lo digas.

—Ya no podemos ocultarlo.

—¡Gabriel!

Él abrió un cajón y sacó un sobre amarillento.

Lo dejó frente a mí.

En la esquina aparecía una fecha de hacía seis años.

Y debajo…

mi nombre completo.

—Victoria —susurró mi hermano—, esos veinte millones no fueron lo único que mamá te robó.

Abrí el sobre.

Vi la primera línea del documento.

Y por primera vez desde que regresé a China, dejé de respirar.

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