Durante unos segundos nadie habló.
La mujer seguía aferrada al brazo de Ethan como si aquel lugar le perteneciera.
Yo miré su vientre.
Después el mío.
Y finalmente a Ethan.
Seis semanas atrás había dormido conmigo.
Ahora una mujer embarazada lo llamaba padre de su bebé.
—Olivia —dijo Ethan.
—No.
Levanté una mano.
—No tienes que explicarme nada.
La mujer sonrió con una dulzura que me puso la piel de gallina.
—Así que tú eres Olivia Bennett.
La miré.
—¿Nos conocemos?
—Personalmente, no. Pero he oído muchísimo sobre ti.
Ethan retiró el brazo.
—Vanessa, basta.
Vanessa.
Conocía ese nombre.
Vanessa Hart, hija del presidente de Hart Medical y una de las mujeres con las que la prensa llevaba meses intentando relacionar a Ethan.
Ella volvió a acariciarse el vientre.
—No entiendo por qué estás molesto. Después de lo que acabas de decir en directo, tarde o temprano todos iban a enterarse.
Mi garganta se cerró.
—¿De cuántos meses estás?
Ethan giró hacia mí.
—Liv…
—Se lo pregunté a ella.
Vanessa sostuvo mi mirada.
—Cinco meses.
Cinco.
Sentí algo parecido al alivio y al dolor al mismo tiempo.
Cinco meses significaba que aquel embarazo había comenzado mucho antes de nuestra noche juntos.
—Entiendo.
Di un paso atrás.
Ethan me agarró suavemente de la muñeca.
—No entiendes absolutamente nada.
Me solté.
—Entonces explícame cómo puedes decir delante de medio millón de personas que tu esposa está embarazada mientras ella aparece cinco minutos después diciendo que espera tu hijo.
Vanessa perdió la sonrisa.
—¿Tu esposa?
Ethan no respondió.
Sus ojos seguían clavados en mí.
Y Vanessa lo comprendió.
—¿Hablabas de ella?
—Sí.
La palabra cayó como una piedra.
Vanessa palideció.
—Ethan, ella es tu exmujer.
—Legalmente sigue siendo mi esposa.
—Pero mi bebé…
—No hagas esto aquí.
Vanessa se quedó rígida.
Yo ya había escuchado suficiente.
—Tengo que volver al estudio.
Ethan bloqueó mi camino.
—Primero dime si estás embarazada.
—No es asunto tuyo.
—Si el hijo es mío, sí.
—Curioso.
Mi voz tembló pese a mis esfuerzos.
—Cuando nuestro matrimonio se estaba muriendo, nunca parecías tan interesado en hablar.
Eso consiguió apartarlo.
Regresé al estudio.
El productor casi corrió hacia mí.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
Era mentira.
Los comentarios de la transmisión se habían convertido en una avalancha.
Alguien había grabado el momento en que Ethan salió detrás de mí llamándome Olivia.
Internet ya había hecho el resto.
“¿OLIVIA BENNETT ES LA ESPOSA SECRETA DE ETHAN COLE?”
“EL MISTERIO DEL EMBARAZO DEL MULTIMILLONARIO.”
“¿QUIÉN ES LA MUJER EMBARAZADA QUE ACABA DE LLEGAR?”
Apagué la pantalla.
—Terminemos la entrevista.
—Olivia, podemos cancelarla.
—No.
Si salía corriendo otra vez, mañana yo sería la historia.
Y yo había pasado demasiados años contando historias ajenas como para permitir que la mía me devorara.
Ethan regresó solo.
Vanessa había desaparecido.
Se sentó frente a mí.
Las cámaras volvieron a encenderse.
—Continuamos —anuncié—. Señor Cole, antes de la pausa hablábamos de las motivaciones detrás de su crecimiento empresarial.
Ethan me observó.
—Correcto.
—Pasemos a la siguiente pregunta.
Durante veinte minutos fuimos dos desconocidos.
Yo preguntaba.
Él respondía.
Ni matrimonio.
Ni embarazo.
Ni Vanessa.
Cuando terminó la transmisión, recogí mis tarjetas.
Ethan se acercó.
—Ven conmigo al hospital.
Me reí sin humor.
—Ni siquiera sabes si estoy embarazada.
—Entonces lo averiguaremos.
—Yo ya lo averigüé.
Se quedó inmóvil.
Había querido guardar aquella verdad hasta entenderla yo misma.
Pero después de todo lo ocurrido, ocultarla parecía absurdo.
—Esta mañana me hice una prueba.
Su rostro cambió.
—¿Y?
Lo miré directamente.
—Positiva.
Ethan dejó de respirar.
Nunca había visto aquella expresión en él.
Ni cuando perdió a su padre.
Ni durante nuestro divorcio.
Parecía felicidad.
Y miedo.
Todo mezclado.
—Liv…
—No.
Guardé mis tarjetas en el bolso.
—Antes de que empieces a imaginar una familia feliz, recuerda por qué nos separamos.
Su expresión se endureció.
—Nunca me dijiste por qué.
—Porque nunca preguntaste.
—Te encontré con los papeles sobre la mesa y me dijiste que querías terminar.
—Y tú firmaste.
—Porque pensé que eso querías.
Solté una risa amarga.
—Exactamente.
Dos años enteros reducidos a aquella estupidez.
Yo esperando que luchara.
Él creyendo que respetaba mi decisión.
Pero había algo que no encajaba.
—¿Por qué el divorcio nunca se completó?
Ethan guardó silencio.
—Ethan.
—Detuve el trámite.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hiciste?
—Al día siguiente fui al tribunal.
—¿Por qué?
Sus ojos se oscurecieron.
—Porque descubrí algo.
Antes de que pudiera preguntar, mi teléfono vibró.
Mensaje desconocido.
Abrí.
Era una fotografía.
Vanessa saliendo de una clínica.
Debajo había un archivo adjunto.
PRUEBA DE PATERNIDAD PRENATAL.
Mi corazón empezó a golpear.
Abrí el documento.
Nombre de la madre:
Vanessa Hart.
Nombre del presunto padre:
Ethan Alexander Cole.
Resultado:
Probabilidad de paternidad: 99,98%.

Levanté lentamente los ojos.
Ethan vio el documento.
Y, en lugar de parecer culpable, frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—Aquí está tu nombre.
—Nunca me hice esa prueba.
En ese instante Vanessa llamó.
No quería contestar.
Ethan tomó mi teléfono y activó el altavoz.
—Vanessa.
Ella guardó silencio.
—¿Por qué enviaste ese documento a Olivia?
—Porque tiene derecho a saber.
—¿Saber qué?
—Que mi hijo es tuyo.
Ethan apretó la mandíbula.
—¿Dónde hicimos esa supuesta prueba?
Silencio.
—Vanessa.
La voz de ella cambió.
—No importa.
—Claro que importa.
—¡Porque tú ya habías dado una muestra!
Ethan se congeló.
Yo también.
—¿Cuándo?
Vanessa respiró agitadamente.
—Hace años.
Ethan levantó lentamente la mirada hacia mí.
Algo parecido al horror apareció en su rostro.
—¿Qué muestra?
Vanessa comenzó a llorar.
—La clínica de fertilidad.
Sentí que el mundo se detenía.
Yo conocía aquella clínica.
Ethan y yo habíamos acudido allí durante nuestro matrimonio.
Un año antes del divorcio.
Habíamos intentado tener un hijo.
Sin éxito.
O eso creía.
—Vanessa —dije—, ¿cómo conseguiste material genético de una clínica a la que Ethan fue conmigo?
Ella no respondió.
Ethan tomó su teléfono.
—Llama a seguridad de Cole Medical. Quiero todos los registros de acceso del banco reproductivo de los últimos tres años.
Colgó.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Ethan me miró.
—La razón por la que detuve nuestro divorcio.
Sentí frío.
—Dímela.
—La mañana después de que firmaras encontré un correo enviado desde tu antigua cuenta.
—¿Qué correo?
Su voz bajó.
—Una autorización para destruir nuestros embriones almacenados.
Me quedé completamente inmóvil.
—Yo nunca envié eso.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
Ethan tardó varios segundos en responder.
—Porque cuando fui personalmente a detener la destrucción…
Se acercó.
—Los embriones ya no estaban.
Mi mano fue instintivamente hacia mi vientre.
—¿Dónde estaban?
—Eso llevo dos años intentando descubrir.
Entonces su teléfono sonó.
Ethan contestó.
Escuchó apenas diez segundos.
Su rostro perdió todo el color.
—Repítelo.
La voz del hombre era suficientemente alta para que yo también la oyera.
—Señor Cole, encontramos el registro original. Hubo una transferencia no autorizada del material almacenado.
Ethan cerró los ojos.
—¿Quién la autorizó?
Una pausa.
—Una empleada de la clínica recibió la solicitud de una cuenta perteneciente a Hart Medical.
Miré hacia la puerta por donde Vanessa había desaparecido.
Pero el hombre todavía no había terminado.
—Y hay otra cosa, señor Cole.
—¿Qué?
—No desapareció un solo embrión.
Sentí que Ethan buscaba mi mano.
—Desaparecieron dos.