Mariana mantuvo la sonrisa aunque sintió que se le aflojaban las piernas.
—¿Tu prometida?
Mateo asintió sin mirar a Renata.
—Hasta hace ocho meses.
—¿Y qué pasó?
—Me engañó.
Mariana tragó saliva.
—¿Con quién?
Mateo finalmente volvió los ojos hacia Esteban.
—Eso es precisamente lo que todavía no sé.
Al otro lado del salón, Renata agarró el brazo de su recién estrenado marido.
—Esteban… ¿tú lo invitaste?
—¡Claro que no!
—Entonces ¿qué hace aquí?
Esteban miró hacia Mariana y pareció comprender.
Caminó directamente hacia ellos.
—Mariana.
—Felicidades —respondió ella.
Esteban ignoró el saludo y señaló a Mateo.
—¿Qué hace él contigo?
Mariana arqueó una ceja.
—Qué curioso. Me pediste que viniera sola, no que te entregara la lista de mis acompañantes.
Mateo extendió la mano.
—Felicidades, Esteban.
Él no la aceptó.
—¿Ustedes se conocen?
—Desde hace tres días —respondió Mariana.
Mateo sonrió.
—Pero nos estamos entendiendo bastante bien.
Esteban apretó la mandíbula.
Antes de poder responder, Renata llegó.
Su rostro había perdido completamente el color.
—Mateo…
—Hola, Renata.
—Podemos hablar en privado.
—No vine a hablar contigo.
Renata miró a Mariana.
—¿Cuánto sabes?
Aquella pregunta cambió todo.
Mariana frunció el ceño.
—¿Cuánto debería saber?
Renata comprendió demasiado tarde su error.
Mateo también.
—Buena pregunta —dijo él.
Renata retrocedió.
—No quise decir…
—Entonces explícalo.
Varias personas ya estaban observándolos.
Esteban bajó la voz.
—No hagan una escena en mi boda.
Mateo lo miró.
—Tu boda no me interesa.
—Entonces vete.
—Esteban —intervino Mariana—, él es mi invitado.
La expresión de su exmarido se volvió casi burlona.
—¿Tu invitado? Mariana, por favor. ¿De verdad creíste que traer a un desconocido iba a darme celos?
Mariana iba a responder cuando Mateo soltó una pequeña carcajada.
—¿Desconocido?
Sacó una tarjeta del bolsillo interior de su saco y se la entregó.
Esteban la leyó.
Su rostro cambió.
Mateo Luján.
Director general.
Grupo Luján Desarrollos.
—¿Luján? —murmuró Esteban.
Mariana miró a Mateo.
Aquello tampoco se lo había contado.
Esteban sí conocía el apellido.
Todo el mundo en su sector lo conocía.
Grupo Luján era propietario de hoteles, complejos residenciales y desarrollos turísticos por todo México.
Y, casualmente, la consultora donde trabajaba Esteban llevaba meses intentando conseguir uno de sus contratos.
El hombre que Mariana había contratado como acompañante no era actor.
—¿Por qué estabas registrado en una agencia? —susurró ella.
Mateo sonrió.
—Luego te explico.
Renata intervino rápidamente.
—Mateo, basta.
Él dejó de sonreír.
—¿Te preocupa que alguien descubra algo?
—No existe nada que descubrir.
Mateo sacó su teléfono.
—Entonces esto no debería molestarte.
Renata palideció.
Esteban dio un paso hacia ella.
—¿Qué está pasando?
Mateo abrió una fotografía.
Era una captura de seguridad de un hotel de Ciudad de México.
Renata aparecía entrando a un elevador junto a un hombre.
La cara del hombre no se veía.
Pero la fecha sí.
Once meses atrás.
Cuando Renata todavía estaba comprometida con Mateo.
—Encontré esto después de que desaparecieras dos noches y terminaras nuestro compromiso por mensaje —dijo Mateo—. Nunca pude identificar al hombre.
Esteban soltó aire.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Mariana observó la imagen.
Entonces sintió un escalofrío.
Amplió la fotografía.
En la muñeca del desconocido había un reloj.
Negro.
Con una pequeña línea roja en la corona.
Ella conocía ese reloj.
Se lo había regalado a Esteban por su quinto aniversario.
Mariana levantó lentamente la mirada.
—Esteban…
Él comprendió.
—No.
—Ese reloj era tuyo.
Renata cerró los ojos.
Mateo no necesitó ninguna explicación más.
—Fuiste tú.
Esteban agarró a Renata del brazo.
—Dile que no.
Ella permaneció callada.
—¡Renata!
—Sí.
Una sola palabra.
Pero destruyó la fiesta.
—Fue Esteban.
Mariana sintió una calma extraña.
Las fechas encajaron inmediatamente.
Esteban había comenzado su relación con Renata meses antes del divorcio.
Pero ahora aparecía una verdad todavía peor.
Renata había engañado a Mateo con Esteban mientras Esteban engañaba a Mariana con Renata.
Mateo miró a Mariana.
—Parece que ambos fuimos los últimos en enterarnos.
Ella soltó una risa amarga.
—Qué pareja tan eficiente.
Renata comenzó a llorar.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue? —preguntó Mateo.
Esteban la interrumpió.
—No tienes que explicarle nada.
—Sí tengo.
Renata se volvió hacia él.
—Porque tú tampoco sabes todo.
Esteban se quedó quieto.
—¿Qué significa eso?
Renata respiró profundamente.
—Cuando conocí a Esteban, Mateo y yo estábamos atravesando problemas.
—Estábamos organizando nuestra boda —respondió Mateo.
—¡Tu familia controlaba todo!
—Eso no responde nada.
Renata apretó los puños.
—Esteban me hacía sentir importante.
Mariana casi rio.
Aquella era exactamente la clase de frase que Esteban utilizaba.
Entonces Renata soltó la segunda bomba.
—Pero yo no dejé a Mateo por amor a Esteban.
Esteban la miró.
—¿Qué?
—Lo hice porque creí que tu consultora iba a convertirte en socio.
El salón quedó completamente silencioso.
—Renata… —murmuró él.
—Tú me dijiste que ibas a manejar cuentas internacionales. Que ganarías millones.
—¿Te casaste conmigo por dinero?
Ella lo miró con lágrimas.
—¿Y tú te casaste conmigo por amor?
Esteban no respondió.
Renata rio con amargura.
—Pregúntale por qué insistió tanto en invitar a Mariana.
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso?
Renata miró directamente a Esteban.
—Díselo.
—Cállate.
—Díselo tú o lo hago yo.
—Renata.
—Esteban te invitó porque quería que lo vieras triunfar.
Mariana permaneció inmóvil.
—Eso ya lo sabía.
—No. Hay más.
Renata señaló las mesas, las flores, el viñedo.
—La boda costó muchísimo más de lo que podemos pagar. Él quería fotografías, ejecutivos, clientes… y especialmente quería que tú vinieras sola.
Esteban parecía querer desaparecer.
—¿Por qué? —preguntó Mariana.
Renata respondió:
—Porque lleva meses preguntando por ti.
Aquello sí la sorprendió.
—Descubrió que estás trabajando en proyectos grandes otra vez. Que varios clientes importantes te buscan.
Esteban intentó acercarse.
—Mariana, escucha…
Ella retrocedió.
—No me toques.
Renata continuó:
—Necesitaba demostrar que había tomado la decisión correcta al dejarte.
Mateo soltó una risa seca.
—Así que organizaste una boda para convencer a tu exesposa de que eres feliz.
Varias personas desviaron la mirada para ocultar sus sonrisas.
Esteban explotó.
—¡Ya basta!
La música se había detenido.
Prácticamente todos escuchaban.
Esteban señaló a Mariana.
—¡Ella vino con un hombre contratado para humillarme!
Mariana abrió la boca.
Pero Mateo habló primero.
—Eso sí es verdad.
Todos se quedaron quietos.
Mariana lo miró horrorizada.
—Mateo…
—Me contrató como acompañante.
Esteban soltó una carcajada triunfal.

—¡Lo sabía!
Mateo continuó:
—Aunque hay un pequeño detalle.
Sacó el teléfono.
—La agencia pertenece a mi hermana.
Su hermana, recién divorciada, había fundado meses atrás un servicio privado de acompañamiento para ejecutivos y eventos.
Mateo se había registrado como una broma para apoyarla.
Mariana había sido su primera solicitud.
—Cuando vi el nombre de Esteban Rivas en la invitación —explicó— acepté porque recordaba que Renata había mencionado ese apellido antes de abandonarme.
Miró a Mariana.
—Quería saber si era coincidencia.
—¿Entonces me utilizaste?
Mateo negó lentamente.
—Al principio vine buscando respuestas.
Guardó el teléfono.
—Pero desde que te conocí en aquella cafetería dejé de pensar en Renata.
Mariana no respondió.
No era el momento.
Esteban, desesperado por recuperar algo de control, se acercó a Mateo.
—Esto no cambia nada. Tu empresa necesita consultoría para el desarrollo de Los Cabos. Mi firma está entre las finalistas.
Mateo lo observó con calma.
—Estaba.
—¿Qué?
—Revisé personalmente las propuestas esta mañana.
Esteban palideció.
—No puedes eliminar nuestra candidatura por asuntos personales.
—No lo hice.
Mateo sacó otra carpeta.
—La eliminamos porque detectamos costos inflados y proveedores relacionados con un directivo de tu empresa.
Esteban dejó de respirar.
—¿Qué estás diciendo?
—Que habrá una auditoría.
Renata se llevó una mano a la boca.
Mariana miró a su exmarido.
Por primera vez no vio al hombre poderoso que la había hecho sentirse insuficiente.
Vio a alguien aterrorizado porque todas las apariencias que había construido comenzaban a caer.
Y sorprendentemente, no sintió satisfacción.
Solo alivio.
Ya no pertenecía a aquella historia.
Tomó su bolso.
—Mateo, vámonos.
Esteban la llamó.
—Mariana.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
Su voz se quebró.
—¿De verdad no significaron nada nuestros seis años?
Mariana lo miró durante varios segundos.
—Significaron muchísimo.
Esteban pareció recuperar esperanza.
Entonces ella terminó:
—Me enseñaron exactamente lo que nunca volveré a aceptar.
Y salió.
Dos meses después, Mariana estaba supervisando la remodelación de un hotel boutique en San Miguel de Allende cuando alguien apareció detrás de ella.
—Arquitecta Solís.
Reconoció la voz.
—Soy diseñadora, señor Luján.
Mateo levantó dos cafés.
—Traje soborno.
Mariana sonrió.
Después de aquella boda no habían comenzado inmediatamente ninguna relación.
Ella necesitaba tiempo.
Y Mateo también.
Renata había solicitado la anulación civil apenas semanas después de la ceremonia. Esteban terminó suspendido mientras su firma investigaba irregularidades en varios contratos.
Mateo, por su parte, había cerrado definitivamente el capítulo de Renata.
—¿Todavía aceptas acompañantes contratados? —preguntó él.
—Depende.
—¿Cuánto pagarías por una cena?
Mariana fingió pensarlo.
—La última vez contraté uno y terminó destruyendo una boda.
—Mal servicio.
—Terrible.
Mateo le entregó el café.
—Entonces esta vez invito yo.
—¿Como acompañante?
—No.
La miró directamente.
—Como hombre que quiere conocerte sin exesposos, exnovias ni planes de venganza alrededor.
Mariana sonrió.
—Eso suena bastante menos dramático.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo.
Seis meses después, regresaron juntos al mismo viñedo de Querétaro.
No había boda.
Solo una degustación pequeña organizada por unos clientes de Mariana.
Al caminar entre las vides, Mateo le ofreció el brazo.
—¿Sabes qué pensé cuando te vi por primera vez?
—Que necesitaba desesperadamente un acompañante atractivo.
—Que estabas intentando demostrarle algo a un hombre que ya no te merecía.
Mariana bajó la mirada.
—Probablemente tenías razón.
—¿Y ahora?
Ella entrelazó los dedos con los suyos.
—Ahora ya no necesito demostrar nada.
Mateo sonrió.
A lo lejos comenzaban a encenderse las luces del viñedo.
Mariana recordó aquella invitación escrita a mano.
“Espero que puedas venir sola.”
Esteban había querido verla entrar sin nadie porque pensó que la soledad demostraría que él había ganado.
Pero se había equivocado en algo mucho más importante.
Mariana no ganó aquella noche porque llegó del brazo de Mateo.
Ganó porque salió de allí sin necesitar la aprobación de Esteban nunca más.
Y Mateo no fue el hombre que la salvó de la humillación.
Fue simplemente el hombre que apareció cuando ella ya había aprendido a salvarse sola.
Esta vez, cuando él tomó su mano, Mariana no necesitó fingir que era feliz.
Lo era.