PARTE 2: DIJO QUE TERMINARÍA CON ELLA… PERO IVY LLEGÓ A MI CASA CON UNA VERDAD QUE ÉL NO PODÍA OCULTAR

—¿Cuánto tiempo necesitas?

Alexander todavía me abrazaba.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba.

—Unos meses.

Me aparté lentamente.

—¿Meses?

—Hay negocios involucrados. Su hermano trabaja con nosotros. Su familia depende de algunas inversiones que hice. No puedo desaparecer de un día para otro.

Qué explicación tan perfecta.

No podía abandonar a su amante porque había construido demasiadas cosas alrededor de ella.

Pero había podido abandonarme a mí durante tres años.

—Está bien —respondí.

Alexander levantó la cabeza, sorprendido.

—¿Está bien?

—Te daré tiempo.

Vi alivio inmediato en sus ojos.

Ese fue su error.

Pensó que había ganado.

Me besó la frente.

—Sabía que entenderías.

Yo también sonreí.

—Siempre te he entendido mejor de lo que crees.


A la mañana siguiente llamé a mi abogado.

Después al contador que había trabajado para mi padre antes de que yo me casara.

Finalmente pedí una auditoría privada de Hawthorne Group.

Alexander olvidaba algo importante.

Cuando nos casamos, su familia tenía apellido.

La mía tenía capital.

Mi padre había financiado la expansión que convirtió Hawthorne Group en una compañía internacional.

Parte de aquellas acciones seguía en un fideicomiso familiar del que yo era beneficiaria.

Durante años nunca pregunté por ellas.

No necesitaba hacerlo.

Confiaba en mi esposo.

Ya no.

Lo que encontramos fue peor que una infidelidad.

La casa de los padres de Ivy había sido comprada mediante una subsidiaria de Hawthorne Group.

La empresa de su hermano recibió capital de otra sociedad vinculada al grupo.

Viajes.

Hoteles.

Vehículos.

Consultorías inexistentes.

Alexander había utilizado recursos corporativos para financiar parte de su segunda vida.

Mi abogado dejó los documentos sobre la mesa.

—Natalie, esto ya no es únicamente matrimonial.

—Lo sé.

—¿Qué quieres hacer?

Pensé en la promesa de Alexander.

“Dame un poco más de tiempo.”

Asentí.

—Dárselo.


Durante las siguientes tres semanas fui la esposa perfecta.

Desayunaba con él.

Sonreía.

No preguntaba dónde había estado.

Alexander empezó a relajarse.

Incluso dejó el teléfono sobre la mesa.

Una noche me abrazó desde atrás mientras cocinaba.

Otra vez aquella costumbre.

La de Ivy.

—Sabía que podríamos superar esto —susurró.

Apagué el fuego.

—¿Ya terminaste con ella?

Silencio.

—Estoy resolviéndolo.

Claro.

Tres días después sonó el timbre.

Alexander estaba trabajando.

Abrí.

Una joven elegantemente vestida estaba frente a mí.

No necesitó presentarse.

Reconocí el collar de Milán.

Ivy Monroe.

Pero no venía arrogante.

Estaba pálida.

—¿Natalie Hawthorne?

—Sí.

Sus dedos temblaban alrededor del bolso.

—Necesito hablar contigo sobre Alexander.

Me aparté.

—Entra.

Ivy pareció sorprendida por mi tranquilidad.

Se sentó frente a mí.

—Alexander me dijo que vuestro matrimonio había terminado hace tres años.

No respondí.

—Me dijo que solo seguíais casados porque una separación perjudicaría a la empresa.

Sacó el teléfono.

Fotografías.

Viajes.

Cenas familiares.

Alexander abrazando a sus padres.

En una fotografía había incluso un pastel.

“Bienvenido a la familia, Alexander.”

Entonces comprendí aquella palabra del informe.

Yerno.

No era una exageración.

Alexander había permitido que aquella familia lo tratara como tal.

—¿Por qué estás aquí? —pregunté.

Ivy tragó saliva.

—Porque hace tres semanas me dijo que necesitaba terminar conmigo.

Tres semanas.

La misma noche en que me prometió dejarla.

—¿Entonces cumplió?

Ivy soltó una risa amarga.

—No.

Deslizó otro documento hacia mí.

Era una reserva.

Dos boletos.

Maldivas.

Salida programada para la semana siguiente.

—Ayer me dijo que después de este viaje hablaría contigo y finalmente se divorciaría.

Me quedé mirando el papel.

Alexander nos había prometido exactamente lo contrario a las dos.

Entonces Ivy dijo:

—Hay algo más.

Sacó una carpeta.

—Encontré esto en su apartamento de Milán.

Dentro había documentos financieros.

Los mismos nombres de sociedades que mi auditor había identificado.

Alexander no solo había mentido a dos mujeres.

También había empezado a mover activos.

Ivy me miró.

—Creo que está preparándose para proteger dinero antes de elegir a cualquiera de nosotras.

Negué lentamente.

—No.

—¿No?

Cerré la carpeta.

—No piensa elegir.

Por fin lo entendí.

Alexander no quería una esposa y una amante.

Quería dos mujeres esperando mientras él protegía lo único que verdaderamente amaba.

Su imperio.


La junta extraordinaria de Hawthorne Group fue convocada cuatro días después.

Alexander entró pensando que discutirían la expansión europea.

Me encontró sentada al otro extremo de la mesa.

Su rostro cambió.

—Natalie, ¿qué haces aquí?

El presidente de la junta respondió:

—La señora Hawthorne representa hoy el fideicomiso Whitmore.

Alexander se quedó inmóvil.

Hacía años que nadie pronunciaba el apellido de mi padre en aquella sala.

Mi abogado colocó las carpetas delante de los directores.

—Hemos detectado operaciones que requieren explicación.

La casa.

La empresa del hermano de Ivy.

Los gastos.

Las transferencias.

Una tras otra.

Alexander dejó de mirarlos.

Solo me miraba a mí.

—Tú hiciste esto.

—No.

Abrí mi carpeta.

—Tú lo hiciste. Yo simplemente dejé de protegerte de las consecuencias.

Entonces se abrió la puerta.

Ivy entró acompañada por su abogado.

Por primera vez vi auténtico miedo en Alexander.

—¿Qué hace ella aquí?

Ivy dejó su teléfono sobre la mesa.

—Aprendiendo quién eres.

La reunión duró casi cuatro horas.

Al terminar, Alexander fue apartado temporalmente de sus funciones mientras se revisaban las operaciones cuestionadas.

Yo salí sin esperarlo.

Me alcanzó en el estacionamiento.

—¡Natalie!

Seguí caminando.

—¡Dijiste que me darías tiempo!

Me detuve.

—Te lo di.

—¡Me dijiste que eligiera!

Giré hacia él.

—Y elegiste.

Alexander abrió la boca.

—Elegiste mentirme.

Di otro paso.

—Elegiste mentirle a ella.

Otro.

—Y cuando pensaste que podías perdernos, elegiste proteger tu dinero.

Sus ojos se humedecieron.

—Yo te amo.

Aquellas palabras, años atrás, habrían podido destruirme.

Ahora solo me cansaban.

—Quizá.

Lo miré por última vez.

—Pero tu forma de amar exige que todos los demás aceptemos perder algo para que tú nunca pierdas nada.


El divorcio terminó ocho meses después.

Ivy regresó a Europa.

Nunca nos hicimos amigas.

No hacía falta.

Ella había sido parte de mi dolor, pero también había descubierto que Alexander le había construido una mentira diferente.

Hawthorne Group sobrevivió.

Alexander perdió el control ejecutivo durante la investigación y tuvo que responder ante la junta por las operaciones que había autorizado.

Yo recuperé el control de mis inversiones y reconstruí una vida que durante demasiado tiempo había organizado alrededor de sus regresos.

La primera noche en mi nuevo apartamento ocurrió algo extraño.

Desperté a las tres de la mañana.

Nadie me abrazaba por la cintura.

Durante unos segundos sentí aquel espacio vacío detrás de mí.

Después recordé de quién había aprendido Alexander aquella costumbre.

Y comprendí algo.

No extrañaba sus brazos.

Extrañaba al hombre que había creído que estaba dentro de ellos.

Me acomodé entre las sábanas y volví a dormir.

Sola.

Tranquila.

Porque Alexander había pasado tres años aprendiendo a abrazar a otra mujer.

Y yo solo necesité unos meses para aprender algo mucho más importante: dejar de abrazar una mentira.

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