PARTE 2: ÉL TAMBIÉN HABÍA ESTADO ESPERANDO DURANTE OCHO AÑOS.

Amelia lo miró como si acabara de hablar en otro idioma.

—¿Qué acabas de decir?

Nathaniel soltó su pierna inmediatamente y se apartó.

La distancia entre ambos regresó.

Y, con ella, también la realidad de lo que Amelia había hecho.

—Dije que lo sabía —respondió él—. Desde hace años.

—Eso es imposible.

—¿De verdad?

Nathaniel se levantó y caminó hasta el escritorio. Abrió un cajón y sacó algo que Amelia reconoció enseguida.

Una pequeña caja azul.

Ella palideció.

—¿Dónde encontraste eso?

Dentro estaba el regalo que Amelia había comprado para su cumpleaños cinco años atrás y que nunca se atrevió a entregarle.

Unos gemelos con sus iniciales.

—Lo dejaste en mi coche —dijo Nathaniel—. Había una tarjeta.

Amelia cerró los ojos.

Había escrito aquella tarjeta durante una noche de debilidad.

“Para el hombre al que nunca podré querer como hermano.”

Creía haberla perdido.

Nathaniel la había conservado durante cinco años.

—Entonces… ¿por qué nunca dijiste nada?

La expresión de él se endureció.

—Porque tenías diecinueve años cuando lo descubrí. Nuestras familias acababan de unir sus vidas y tú parecías convencida de que sentir algo por mí te convertía en una mala persona. ¿Qué querías que hiciera? ¿Arrastrarte a una relación que ni siquiera estabas preparada para aceptar?

Amelia sintió que las lágrimas regresaban.

—Podrías haber dejado de llamarme hermanita.

Nathaniel soltó una risa amarga.

—Y tú podrías haber dejado de huir cada vez que me acercaba.

Aquello la hizo callar.

Después recordó a Victoria.

—Entonces te casarás con ella.

—Nunca dije eso.

—Aceptaste una cita matrimonial.

—Acepté una cena.

—Dijiste que volverías a verla.

—Porque estoy negociando la compra de una participación en su empresa.

Amelia parpadeó.

Todo aquello que durante semanas había interpretado como el comienzo de una relación…

Ni siquiera había sido una relación.

Pero el alivio duró apenas un instante.

Miró el vaso sobre la mesa y sintió vergüenza.

—Eso no cambia lo que hice.

Nathaniel tampoco intentó suavizarlo.

—No.

Una sola palabra.

Mucho más dolorosa que cualquier reproche.

Amelia bajó la cabeza.

—Lo siento.

—No quiero una disculpa pronunciada porque tienes miedo de perderme.

—Entonces dime qué quieres.

Nathaniel permaneció en silencio.

—Quiero que entiendas que lo de esta noche fue grave. Si yo realmente hubiera bebido aquello, me habrías quitado la posibilidad de decidir por mí mismo.

Amelia empezó a llorar.

—Lo sé.

—No, Amelia. Lo comprendiste cuando te detuviste. Hay una diferencia.

Ella levantó la mirada.

Nathaniel continuó:

—Te vi arrepentirte cuando creías que nadie estaba observándote. Por eso estoy hablando contigo ahora y no pidiéndote que salgas inmediatamente de mi vida.

Aquellas palabras no eran perdón.

Pero tampoco eran desprecio.

—¿Puedes perdonarme?

—Hoy no.

Amelia asintió lentamente.

Por primera vez comprendió que amar a alguien no le daba derecho a exigir su absolución.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, Nathaniel habló otra vez.

—Amelia.

Ella se giró.

—No vuelvas a decidir por mí lo que siento.

—¿Qué quieres decir?

Nathaniel sostuvo su mirada.

—Si algún día quiero estar contigo, quiero que sea porque ambos lo elegimos con plena libertad. No porque me hayas atrapado. No porque nuestras familias lo quieran. Y tampoco porque llevemos ocho años sufriendo en silencio.

Amelia tragó saliva.

—¿Algún día?

Nathaniel no respondió.


A la mañana siguiente, Amelia se marchó.

No desapareció dramáticamente.

No dejó una carta romántica.

Simplemente pidió disculpas nuevamente, habló con un profesional sobre sus ataques de ansiedad y se mudó al apartamento que llevaba meses posponiendo alquilar.

Nathaniel tampoco fue tras ella.

Pasaron semanas.

Después meses.

La familia notó que algo había cambiado, pero ninguno explicó qué había sucedido.

Amelia necesitaba asumir las consecuencias de aquella noche sin convertir a Nathaniel en la persona encargada de reparar su culpa.

Y Nathaniel necesitaba descubrir si aquello que había sentido durante años era amor verdadero o simplemente una obsesión alimentada por la distancia.

Durante seis meses no estuvieron juntos.

Entonces llegó la boda de la madre de Nathaniel y el padre de Amelia por su décimo aniversario.

Amelia estuvo a punto de no asistir.

Pero finalmente apareció.

Vestía de azul oscuro.

Nathaniel la vio desde el otro extremo del jardín.

Por primera vez en años, Amelia no bajó la mirada.

Tampoco se escondió.

Simplemente sonrió.

Más tarde, cuando la celebración estaba terminando, Nathaniel se acercó.

—Ya no pareces una pequeña sombra.

—Quizá porque dejé de vivir escondida.

Él asintió.

—Victoria preguntó por ti.

Amelia arqueó una ceja.

—¿Victoria?

—Se comprometió el mes pasado.

Amelia soltó una carcajada.

Nathaniel también sonrió.

Después quedaron en silencio.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Mucho mejor.

—¿Y aquello?

Amelia entendió.

—Estoy recibiendo ayuda. Y no volveré a hacer algo semejante.

Nathaniel asintió.

Eso era lo único que necesitaba escuchar.

Entonces sacó del bolsillo la pequeña caja azul.

Los gemelos.

—Creo que llevo demasiado tiempo guardándolos.

Amelia sintió un nudo en la garganta.

—Puedes tirarlos.

—No quiero.

—Entonces quédatelos.

—Eso pensaba hacer.

Ella sonrió.

Nathaniel extendió la caja hacia ella.

—Pero primero quiero devolverte algo.

Debajo de los gemelos estaba aquella vieja tarjeta.

Amelia reconoció inmediatamente su letra.

“Para el hombre al que nunca podré querer como hermano.”

Nathaniel había añadido una frase debajo.

“Entonces deja de hacerlo.”

Amelia levantó los ojos.

—Nathaniel…

Él no la tocó.

No se acercó.

Simplemente esperó.

Y aquello significó más que cualquier declaración.

Porque esta vez no había engaños.

No había culpa.

No había obligación.

Solo una pregunta silenciosa que Amelia era completamente libre de rechazar.

Ella respiró profundamente.

—¿Quieres cenar conmigo mañana?

Nathaniel sonrió.

—Pensé que nunca lo preguntarías.


No se casaron inmediatamente.

Ni siquiera comenzaron una relación formal aquella noche.

Empezaron con una cena.

Después otra.

Tuvieron conversaciones incómodas sobre los años perdidos, sobre los límites que jamás debían volver a cruzarse y sobre todo aquello que ambos habían confundido con amor.

Un año después, Nathaniel le entregó nuevamente aquella tarjeta.

Esta vez había escrito una segunda frase.

“Ninguno de los dos necesita esconderse más.”

Amelia finalmente entendió que había pasado ocho años intentando conseguir algo que jamás podría obtener mediante una trampa.

Porque el amor de Nathaniel no necesitaba ser provocado.

Ya existía.

Solo necesitaba tiempo, honestidad y la libertad de ser elegido.

Y cuando años después construyeron una vida juntos, Amelia conservó aquella tarjeta en un cajón.

No como recuerdo de una historia romántica perfecta.

Sino como recordatorio de la noche en que estuvo a punto de destruir precisamente aquello que más deseaba.

Porque Nathaniel había estado esperando durante ocho años.

Pero antes de poder encontrarse de verdad, Amelia tuvo que aprender que ser amada nunca significaba tener derecho a decidir por la otra persona.

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