PARTE 2: QUISO PAGAR EL EMBARAZO DE SU AMANTE CON MI DINERO… Y TERMINÓ HUMILLADO DELANTE DE TODOS.

El mensaje de Tran Tieu Man decía:

“Gracias por prestarnos tu tarjeta VIP. Chi Vien me contó que todavía quedaba bastante saldo. Cuando nazca el bebé, te devolveremos lo que gastemos.”

Lo leí dos veces.

Después sonreí.

¿Prestarles?

Yo jamás había aceptado prestarles nada.

No respondí.

Solo hice una captura de pantalla y la guardé.

Una semana después, exactamente a las nueve y veinte de la mañana, recibí el primer mensaje automático del Hospital Obstétrico Hoa My.

“Solicitud de pago: paquete prenatal VIP, 12.800 yuanes. ¿Autoriza la operación?”

Pulsé:

RECHAZAR.

Tres minutos después llegó otro.

“Solicitud de pago: prueba genética prenatal, 6.600 yuanes.”

RECHAZAR.

Después llegó el tercero.

Ecografía 4D premium.

Rechacé también.

Entonces sonó mi teléfono.

Chu Chi Vien.

No contesté.

Volvió a llamar.

Cinco veces.

Finalmente llegó un mensaje.

“¿Cambiaste algo en la tarjeta? La contraseña no funciona.”

Respondí únicamente:

“Estoy ocupada.”

Lo que ocurrió después me lo contó una conocida que trabajaba precisamente en el área VIP.

Chi Vien había llegado vestido como si fuera a cerrar un negocio millonario.

Tran Tieu Man llevaba un vestido de maternidad nuevo y había invitado incluso a su madre.

Cuando la enfermera anunció su número, los tres caminaron hasta el mostrador.

—Tenemos reservado el paquete completo —dijo Chi Vien, dejando mi tarjeta sobre la mesa—. Cóbrelo directamente.

La enfermera pasó la tarjeta.

La pantalla mostró una alerta.

—Señor, necesitamos autorización de la titular.

Chi Vien frunció el ceño.

—Soy su esposo.

La enfermera revisó los datos.

—La titular es la señora Lac. Necesitamos que ella confirme desde su teléfono.

Tieu Man lo miró.

—¿No dijiste que podías usarla?

—Claro que puedo.

Volvió a introducir la contraseña.

Error.

Otra vez.

Error.

Detrás de ellos comenzaba a formarse una fila.

La madre de Tieu Man preguntó:

—Chi Vien, ¿qué está pasando?

Él empezó a sudar.

Entonces la enfermera recibió una actualización en su sistema.

Miró la pantalla y su expresión cambió.

—Señor Chu, la titular rechazó todas las operaciones solicitadas esta mañana.

Tieu Man se quedó rígida.

—¿Las rechazó?

—Sí.

Chi Vien bajó la voz.

—Debe ser un error. Llámela.

La enfermera negó con la cabeza.

—Nosotros no podemos pedirle a una clienta que autorice un gasto que ya rechazó.

Entonces ocurrió lo mejor.

Por los altavoces llamaron:

—Miembro VIP número 7209, señora Lac, cualquier servicio solicitado por terceros queda suspendido hasta nueva autorización de la titular.

Varias personas volvieron la cabeza.

Tieu Man enrojeció.

—Chi Vien…

—Espera.

Sacó el teléfono y me llamó nuevamente.

Esta vez contesté.

—¿Qué quieres?

—¿Qué estás haciendo? —susurró furioso—. Estamos en el hospital.

—Lo sé.

—¡Entonces autoriza el pago!

Me quedé en silencio dos segundos.

—¿Por qué?

Pareció no entender.

—Porque ya está reservado.

—¿Y?

—¡Tieu Man necesita hacerse el control!

—Entonces págalo.

Su respiración se volvió pesada.

—Lac Anh, no hagas una escena por dinero.

Casi me reí.

—Yo estoy sentada tranquilamente en mi casa. El único que está haciendo una escena eres tú, intentando pagar el embarazo de tu novia con la tarjeta de tu exesposa.

Hubo silencio.

Escuché la voz de Tieu Man al fondo:

—¿Qué dijo?

Entonces decidí terminar con aquello.

—Chi Vien, esa tarjeta contiene dinero que deposité yo cuando estaba embarazada de An An. Tú no pusiste un solo yuan.

—Éramos matrimonio.

—Éramos.

Subrayé aquella palabra.

—Ahora estamos divorciados.

Colgué.

Pero diez minutos después llegó otro mensaje del hospital.

Esta vez no era una solicitud de pago.

Era una notificación:

“Se ha intentado reservar una habitación posparto premium utilizando su cuenta VIP.”

9.800 yuanes diarios.

Llamé inmediatamente al hospital.

—Cancelen también esa reserva.

—Por supuesto, señora Lac.

—Y quiero algo más. Retiren de mi perfil a cualquier persona autorizada anteriormente.

La empleada comprobó los datos.

—Aquí aparece el señor Chu Chi Vien como contacto familiar.

—Ya no lo es.

Hubo unos segundos de teclado.

—Eliminado.

Sentí una tranquilidad que llevaba años sin experimentar.

Mientras tanto, en el hospital, la situación empeoraba.

Tieu Man había descubierto por fin que aquella supuesta generosidad de su novio tenía otro nombre.

Mi dinero.

—¿Entonces tú no pagaste nada? —le preguntó delante de su madre.

—Claro que puedo pagarlo.

—¡Dijiste que habías preparado ochenta mil yuanes para el bebé!

Chi Vien miró alrededor.

—Habla más bajo.

—¿Por qué? ¿Te da vergüenza?

La madre de Tieu Man también perdió la sonrisa.

—¿La sala de posparto tampoco está pagada?

La enfermera respondió antes que él:

—La reserva acaba de ser cancelada por la titular de la cuenta.

Aquello fue suficiente.

Tieu Man comenzó a llorar.

Y Chi Vien terminó sacando su propia tarjeta bancaria.

—Cóbrelo aquí.

La empleada introdujo el importe.

Esperaron.

OPERACIÓN RECHAZADA.

Probó otra tarjeta.

También rechazada.

El rostro de Chi Vien pasó del rojo al blanco.

Finalmente tuvo que eliminar la prueba genética premium, cancelar la ecografía especial y cambiar el paquete VIP por uno básico.

Pero la verdadera humillación llegó aquella noche.

Su publicación presumiendo de la “mejor atención” desapareció.

Yo pensé que todo había terminado.

Me equivocaba.

A las diez y media, alguien llamó violentamente a mi puerta.

Era Chu Chi Vien.

—¡Lac Anh, abre!

No quería que An An escuchara, así que salí y cerré detrás de mí.

—¿Qué quieres?

Él tenía los ojos rojos de rabia.

—Devuélveme el acceso a la tarjeta.

Lo miré incrédula.

—¿Perdón?

—Queda mucho dinero dentro. Tieu Man está embarazada. No puedes dejarlo bloqueado solo para vengarte.

Entonces comprendí que aquel hombre realmente creía tener derecho a mi dinero.

—Ese saldo pertenece a An An y a mí.

—¡An An también es mi hija!

—Curioso. Cuando había que pagar 480 yuanes por su uniforme, no parecías recordarlo.

Su expresión se endureció.

—No mezcles las cosas.

—Precisamente voy a mezclarlas.

Saqué el teléfono.

—Desde nuestro divorcio tienes siete meses de gastos escolares, seguro médico y actividades de An An pendientes. Tengo todos los recibos.

Chi Vien palideció.

—¿Qué pretendes?

—Nada complicado. Que seas tan generoso con tu hija como presumes serlo con la hija o el hijo que esperas con Tieu Man.

Me di la vuelta.

Entonces dijo algo que me hizo detenerme.

—No deberías provocarme, Lac Anh. Esa tarjeta no es el único asunto económico que todavía tenemos pendiente.

Giré lentamente.

Chi Vien sonreía.

—Mañana recibirás noticias de mi abogado.

Entré sin responder.

A la mañana siguiente, a las ocho y doce, recibí un sobre certificado.

Lo abrí.

Dentro había una solicitud judicial.

Pero no reclamaba la tarjeta.

Chu Chi Vien estaba solicitando modificar la custodia de An An.

Y entre los documentos había una declaración firmada por Tran Tieu Man afirmando que yo utilizaba a nuestra hija para “castigar económicamente” a su padre.

Seguí leyendo hasta llegar a la última página.

Entonces mis manos se quedaron inmóviles.

Porque Chi Vien había adjuntado como prueba un documento bancario que jamás debería haber estado en sus manos.

Un documento que revelaba cuánto dinero había realmente en la cuenta vinculada a aquella tarjeta VIP.

Y, por primera vez desde nuestro divorcio, comprendí que él no había venido por ochenta mil yuanes.

Había descubierto algo mucho más grande.

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