Los primeros veinte días después del divorcio, Gabriel me escribió exactamente diecisiete veces.
Nunca preguntó si estaba bien.
Sus mensajes eran prácticos.
“Mi abuelo salió de la operación.”
“Clara se mudará temporalmente a la casa familiar.”
“Faltan 83 días.”
“Recuerda mantener libre el día 100.”
Al mensaje número diecisiete respondí:
—Ese día ya tengo planes.
La respuesta llegó inmediatamente.
—Cancélalos.
Me quedé mirando aquella palabra.
Cancélalos.
Ni siquiera preguntó qué eran.
Apagué el teléfono y entré en la sala de rehabilitación.
Mi antiguo entrenador, Esteban, me esperaba junto a la barra.
—Otra vez.
—Me duele.
—Lo sé.
—Creo que no puedo.
Esteban me observó en el espejo.
—Eso dijiste hace cuatro años. ¿Era verdad o simplemente alguien te convenció de que dejaras de intentarlo?
Aquella frase dolió más que mi pierna.
Volví a colocar la mano sobre la barra.
Y repetí el movimiento.
Una vez.
Diez.
Cincuenta.
Durante semanas, mi mundo dejó de medirse por los mensajes de Gabriel.
Empezó a medirse por centímetros.
Por segundos de equilibrio.
Por cuánto podía levantar la pierna sin que temblara.
Por todo aquello que mi cuerpo todavía podía recuperar.
El día cuarenta y dos conseguí completar una secuencia que llevaba años sin hacer.
Me desplomé llorando.
Esteban se arrodilló frente a mí.
—¿Te duele?
Negué con la cabeza.
—Entonces ¿por qué lloras?
Miré mi reflejo.
—Porque pensé que esta mujer había desaparecido.
Él sonrió.
—No desapareció. La dejaste esperando.
Mientras yo regresaba lentamente a los escenarios, Gabriel seguía contando hacia atrás.
Día 60.
Día 70.
Día 81.
Su compromiso con Clara aparecía constantemente en reuniones y fotografías.
Pero había algo extraño.
Cuanto más se acercaba el día cien, más inquieto parecía.
Una noche llegó a mi apartamento sin avisar.
Cuando abrí, llevaba una carpeta bajo el brazo.
—¿Qué haces aquí?
—Faltan doce días.
—Sé contar.
Entró antes de que pudiera impedírselo.
Entonces vio mis zapatillas de ballet.
Su mirada se detuvo.
—¿Estás bailando otra vez?
—Intentándolo.
Frunció el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Desde que dejamos de estar casados.
Aquello pareció herirlo.
—Alba, yo nunca te prohibí bailar.
Lo miré.
—No.
Y añadí:
—Solo me repetiste tantas veces que no necesitaba hacerlo que terminé creyéndolo.
—Porque no quería verte sufrir.
—Y yo confundí que me protegieras con que decidieras por mí.
Gabriel guardó silencio.
Después dejó la carpeta sobre la mesa.
—Los documentos con Clara estarán resueltos el día noventa y nueve.
Lo entendí inmediatamente.
—¿Vas a divorciarte?
—Como prometí.
Sacó unos papeles.
—Ya preparé también nuestros documentos.
Sentí algo parecido a incredulidad.
Había preparado nuestro segundo matrimonio sin preguntarme.
—Gabriel…
—La cita está reservada para las dos.
Me reí.
—Claro que sí.
—¿Qué significa eso?
—Que después de todo todavía no entiendes nada.
Su mandíbula se tensó.
—Alba, cumplí exactamente lo que te prometí.
—Ese es el problema.
—¿Cuál?
—Que crees que esto era un contrato entre tú y tú.

Se quedó inmóvil.
—Nunca acepté volver a casarme contigo.
Por primera vez vi verdadero miedo en sus ojos.
—¿Hay otra persona?
La pregunta me hizo sonreír.
—Siempre pensáis eso.
—¿Quiénes?
—Los hombres que creen que una mujer solo puede marcharse porque encontró otro hombre.
Me acerqué a la puerta.
—No hay nadie, Gabriel.
—Entonces podemos arreglarlo.
—No.
—¿Por qué?
Lo miré directamente.
—Porque me encontré a mí.
El día cien llegó.
A las 13:40, Gabriel estaba frente al Registro Civil.
Llevaba el traje azul oscuro que había usado en nuestro primer aniversario.
En el bolsillo llevaba nuestros documentos.
A las 13:55 me escribió:
“Estoy aquí.”
14:00.
“¿Dónde estás?”
14:07.
“Alba.”
14:16.
“Contesta.”
Por primera vez en cuatro años, fui yo quien dejó esperando a Gabriel Fuentes.
A las 14:23 llamó a Esteban.
No sé cómo consiguió su número.
—¿Dónde está Alba?
Esteban miró hacia el escenario.
Yo estaba detrás del telón, esperando mi turno.
—Está exactamente donde decidió estar.
—Necesito hablar con ella.
—Ahora no puede.
—¿Por qué?
Esteban sonrió.
—Porque está a punto de bailar.
Hubo silencio.
Gabriel colgó.
Veintisiete minutos después, las puertas del teatro se abrieron.
Yo estaba terminando mi variación cuando lo vi.
De pie al fondo.
Sin aliento.
Había corrido.
Pero por primera vez, Gabriel había llegado tarde a una decisión importante de mi vida.
La música terminó.
Hubo un segundo de silencio.
Después llegaron los aplausos.
No había sido perfecto.
Mi pierna todavía tenía limitaciones.
Pero había terminado.
Había vuelto.
Cuando salí, Gabriel estaba esperándome en el pasillo.
—Elegiste esto.
—Sí.
Miró el reloj.
—Nuestra cita ya pasó.
—Era tu cita.
—Alba…
Entonces apareció Esteban.
Tenía un sobre en la mano.
—Han decidido.
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
Abrí el sobre.
Leí una vez.
Después otra.
SELECCIONADA.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Entré?
Esteban sonrió.
—Entraste.
Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.
La Compañía Nacional me ofrecía seis meses de preparación antes de incorporarme a una nueva producción.
Seis meses.
Otra ciudad.
Otra vida.
Gabriel leyó por encima de mi hombro.
Su rostro cambió.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La próxima semana.
Pareció recibir un golpe.
—Pero yo hice todo esto por cien días.
—Lo sé.
—Me divorcié de Clara ayer.
—Lo sé.
—Cumplí mi promesa.
Lo miré.
—Pero mientras tú cumplías tu promesa, yo dejé de esperarla.
Por primera vez, Gabriel perdió aquella serenidad que siempre parecía indestructible.
—Te amo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Quizá.
—No digas “quizá”.
—Entonces sí. Me amas.
Di un paso hacia él.
—Pero me amabas como si yo fuera una certeza.
Su respiración tembló.
—Dime qué tengo que hacer.
Negué lentamente.
—Eso también quieres organizarlo.
—Alba…
—No hay un calendario para esto.
Pasé junto a él.
Pero Gabriel me sujetó suavemente la mano.
Esta vez no con autoridad.
Con desesperación.
—Solo dime una cosa.
Me detuve.
—¿Qué?
—Si no hubiera ocurrido lo de Clara… ¿habrías vuelto a bailar?
No pude responder inmediatamente.
Porque aquella pregunta también me había perseguido.
Finalmente dije:
—No lo sé.
Y esa era la parte más triste.
Tal vez habría pasado otros diez años creyendo que estaba feliz.
Tal vez nunca habría descubierto cuánto de mí había abandonado para encajar en nuestra vida.
Solté lentamente su mano.
—Adiós, Gabriel.
Creí que aquella sería la última vez que lo vería.
Me equivocaba.
Tres días antes de mi partida, recibí una llamada del hospital.
El abuelo de Gabriel quería verme.
Fui.
El anciano parecía mucho más débil después de la cirugía.
Cuando entré, pidió que cerraran la puerta.
—Alba, necesito pedirte perdón.
Me senté junto a su cama.
—¿Por qué?
Sus ojos se llenaron de vergüenza.
—Porque Gabriel te dijo que todo esto era por mí.
Mi cuerpo se tensó.
—¿No lo era?
El anciano negó lentamente.
—Yo nunca le pedí que se casara con Clara.
Sentí un escalofrío.
—Pero el compromiso entre las familias…
—Existió.
Respiró con dificultad.
—Hace treinta años.
Después abrió el cajón de la mesita.
Sacó un sobre amarillento.
—Pero fue cancelado oficialmente hace más de cinco años.
Me quedé inmóvil.
Cinco años.
Gabriel y yo nos habíamos casado hacía cuatro.
—Entonces… ¿por qué?
El abuelo cerró los ojos.
—Eso es lo que Gabriel todavía no sabe.
Me entregó el sobre.
Dentro había documentos.
Cartas.
Y una transferencia bancaria.
Una cantidad enorme.
Firmada por alguien cuyo nombre reconocí inmediatamente.
La madre de Gabriel.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
El anciano apenas alcanzó a responder:
—Significa que Clara nunca necesitó cien días para cumplir una promesa familiar.
Mi teléfono vibró.
Era Gabriel.
Pero antes de responder, el anciano apretó mi muñeca.
—Alba, escucha primero.
Su voz se convirtió en un susurro.
—Esos cien días no eran para que Clara se convirtiera en su esposa. Eran para impedir que tú descubrieras lo que la familia Fuentes hizo con tu accidente hace cuatro años.
Sentí que el mundo entero se detenía.
Miré los documentos.
Después miré mi pierna.
Y por primera vez desde el divorcio comprendí que quizá mi lesión nunca había sido simplemente un accidente.