PARTE 2: ESTA VEZ, LA QUE SE QUEDARÍA SIN VOZ NO SERÍA YO.

La sala quedó en silencio.

To Niem Dao me miró como si acabara de escuchar algo que llevaba tres años intentando olvidar.

Pho Dien Chi fue el primero en reaccionar.

—Tri Du, aquello fue un malentendido.

Levanté los ojos del expediente.

—¿Un malentendido?

—Tuviste una reacción alérgica. Los médicos lo dijeron.

Sonreí.

—Los médicos dijeron que había una sustancia en mi organismo. Fuiste tú quien dijo que era una reacción alérgica.

Su expresión cambió.

Antes de que pudiera responder, la puerta volvió a abrirse.

Entraron Hoac Hanh, mi cliente, y el mediador judicial.

La reunión comenzó.

El caso parecía sencillo en apariencia.

La exesposa de Hoac Hanh reclamaba el 50% de varias participaciones empresariales, dos propiedades y una compensación enorme alegando que él había ocultado bienes durante el matrimonio.

To Niem Dao habló primero.

Segura.

Elegante.

Exactamente como aquella mañana de hacía tres años, cuando había leído mis argumentos como si fueran suyos.

—Tenemos pruebas de transferencias por valor de 480 millones realizadas durante los seis meses anteriores a la solicitud de divorcio.

Colocó varios documentos sobre la mesa.

—Solicitamos que esas cantidades sean consideradas bienes matrimoniales ocultados deliberadamente.

Pho Dien Chi sonrió.

Pensaban que habían ganado antes de empezar.

Yo hojeé tranquilamente los documentos.

—¿Han verificado quién ordenó esas transferencias?

To Niem Dao se quedó inmóvil.

—Naturalmente.

—Entonces dígame quién.

—El señor Hoac.

Saqué una carpeta negra.

—Incorrecto.

La coloqué sobre la mesa.

—Las órdenes fueron emitidas desde una cuenta corporativa administrada conjuntamente por la demandante y su hermano. Mi cliente ni siquiera tenía autorización individual para mover esos fondos.

El rostro de To Niem Dao se tensó.

Pho Dien Chi tomó rápidamente los documentos.

—Eso no demuestra…

—Página diecisiete.

Pasó las hojas.

Su voz desapareció.

Había una firma.

No era la de Hoac Hanh.

Era la de su exesposa.

El mediador levantó la vista.

—Abogado To, ¿su equipo verificó estos documentos antes de presentar la reclamación?

—Por supuesto. Nosotros…

—Entonces deberían haber visto esto.

No respondí.

No necesitaba hacerlo.

La primera grieta ya estaba abierta.

Durante los siguientes cuarenta minutos desmonté tres de sus principales argumentos.

Una propiedad que afirmaban haber sido comprada durante el matrimonio pertenecía a un fideicomiso creado seis años antes.

Las acciones que reclamaban nunca habían pertenecido personalmente a Hoac Hanh.

Y la supuesta transferencia secreta de 480 millones había sido autorizada por su propia clienta.

Cuando terminó la reunión, To Niem Dao tenía los labios blancos.

Pho Dien Chi cerró violentamente su carpeta.

—Tri Du, necesito hablar contigo.

—Si está relacionado con el caso, mi asistente puede programar una reunión.

—No hablo del caso.

Me puse de pie.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

Pasé junto a él.

Pero me sujetó del brazo.

Me detuve.

Miré su mano.

—Suéltame.

Quizá fue mi tono.

Quizá fue porque finalmente comprendió que la mujer frente a él ya no era aquella joven incapaz de defenderse.

Me soltó inmediatamente.

—¿Qué hiciste estos tres años?

Lo miré.

—Trabajar.

—Pregunté por ti. Dijeron que estabas en un pequeño despacho.

—Lo estaba.

—Entonces, ¿cómo…?

Lam Hu apareció detrás de mí y no pudo contenerse.

—¿Cómo se convirtió en la abogada S?

Pho Dien Chi quedó petrificado.

To Niem Dao, que acababa de salir, también se detuvo.

—¿Qué acabas de decir?

Lam Hu sonrió.

—La abogada que lleva cuarenta y siete casos comerciales importantes sin perder ninguno. La persona a la que ustedes llamaron “un pequeño abogado local”.

Me puse el abrigo.

—Abogada S, Tham Tri Du. Mucho gusto.

Por primera vez, vi verdadero miedo en los ojos de To Niem Dao.


Aquella misma noche recibí diecisiete llamadas de Pho Dien Chi.

No contesté ninguna.

A las once apareció frente a mi despacho.

—Tri Du.

—El edificio está cerrado.

—Solo dame cinco minutos.

—Ya te di tres años.

Su mandíbula se tensó.

—Sé que estás resentida.

—No.

—Entonces, ¿por qué aceptaste precisamente este caso?

Sonreí.

—Porque Hoac Hanh me contrató.

—¿No fue para vengarte?

Me acerqué un paso.

—Dien Chi, sigues creyendo que eres demasiado importante.

Eso le dolió.

Lo vi claramente.

—Aquello de hace tres años… —comenzó.

—Lo hiciste para salvar la carrera de Niem Dao.

Bajó la mirada.

—Ella iba a ser despedida.

—Así que destruiste la mía.

—Pensé que podrías recuperarte.

Me reí.

—Me drogaste la noche anterior al juicio, robaste mis documentos, mentiste al bufete y después huiste al extranjero con ella. ¿Y pensaste que podría recuperarme?

—Me arrepiento.

—No. Te arrepientes ahora porque descubriste quién soy.

No pudo responder.

Entonces saqué el teléfono.

—¿Quieres saber algo interesante?

Le mostré una fotografía.

Era un informe toxicológico.

Su rostro cambió.

—¿Qué es eso?

—La prueba que todos pensaron que no tenía.

Pho Dien Chi dejó de respirar.

Tres años atrás, el hospital había conservado una muestra de sangre.

Cuando recuperé la voz, pedí un análisis independiente.

Había rastros de un compuesto sedante y de otra sustancia que podía provocar inflamación temporal severa de las cuerdas vocales.

Pero aquello no era lo más importante.

Dos meses atrás encontré al camarero del restaurante donde cenamos aquella noche.

Pho Dien Chi retrocedió.

—No puede ser.

—Recuerda perfectamente que tú llevaste una pequeña botella y le pediste que la mezclara con mi vino.

—Está mintiendo.

—También existe una cámara de seguridad.

Su rostro quedó completamente blanco.

—Tri Du…

—Tranquilo. Todavía no he presentado la denuncia.

Sus hombros se relajaron apenas.

Entonces terminé:

—La presentaré después de ganar este caso.


A la mañana siguiente ocurrió algo inesperado.

Hoac Hanh llegó personalmente a mi oficina.

Dejó una memoria USB sobre mi escritorio.

—Abogada Tham, anoche encontramos esto.

—¿Qué contiene?

—Grabaciones de mi exesposa hablando con sus abogados.

Fruncí el ceño.

—¿Obtenidas legalmente?

—La grabación pertenece a ella. Estaba almacenada en un dispositivo incluido entre los documentos entregados durante el descubrimiento.

Conectamos la memoria.

Primero escuchamos conversaciones relacionadas con el divorcio.

Hasta que apareció una grabación fechada tres semanas atrás.

La voz de To Niem Dao llenó mi despacho.

—No importa si la prueba es débil. Primero obligaremos a Hoac Hanh a negociar.

Después habló Pho Dien Chi.

—¿Y si su abogado descubre el origen del dinero?

Hubo silencio.

Entonces Niem Dao respondió:

—Lo resolveremos como aquella vez.

Sentí frío en las manos.

Pho Dien Chi preguntó:

—¿A qué te refieres?

Ella se rio.

—Tri Du tampoco pudo entrar al tribunal después de beber una copa.

Lam Hu me miró.

La grabación continuó.

Y entonces llegó una frase que hizo que todo mi cuerpo se quedara inmóvil.

—Además —dijo Niem Dao—, todavía conservo el medicamento que usamos hace tres años.

Cerré lentamente el portátil.

Durante tres años había intentado demostrar que me habían destruido deliberadamente.

Durante tres años ellos habían confiado en que jamás encontraría una prueba directa.

Ahora la tenía.

Pero Hoac Hanh no había terminado.

Empujó hacia mí una segunda carpeta.

—Hay algo más.

La abrí.

Dentro había registros bancarios.

Una transferencia realizada tres años atrás.

Fecha: la mañana posterior al juicio que me robaron.

Ordenante: To Niem Dao.

Beneficiario: Pho Dien Chi.

Concepto:

“Gracias por cumplir tu promesa.”

Sentí que algo dentro de mí se volvía completamente frío.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Pho Dien Chi.

“Tri Du, tenemos que hablar inmediatamente. Descubrí algo sobre Niem Dao. Tú nunca supiste toda la verdad de aquella noche.”

Debajo llegó una fotografía.

La abrí.

Y por primera vez en tres años, mi mano tembló.

Porque en aquella imagen aparecía To Niem Dao entregándole un pequeño frasco a alguien antes de nuestra cena.

Pero la persona que lo recibía no era Pho Dien Chi.

Era alguien a quien yo conocía.

Alguien que había estado a mi lado desde el comienzo de mi carrera.

Y alguien que, hasta ese instante, yo jamás había considerado mi enemigo.

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