PARTE 2: EL HIJO QUE CREYERON SU GARANTÍA SE CONVIRTIÓ EN SU RUINA.

Gabriel no firmó.

Miró los documentos como si fueran una amenaza absurda y después me miró a mí.

—Estás alterada por lo ocurrido. Hablaremos cuando te tranquilices.

Casi sonreí.

Incluso después de escuchar las grabaciones delante de todos, seguía creyendo que podía decidir cuándo terminaba nuestro matrimonio.

—No te estoy pidiendo permiso, Gabriel.

Mi abogado subió al escenario.

—La demanda ya fue presentada esta mañana.

El rostro de Gabriel cambió.

Su padre, don Ernesto Rivas, se levantó bruscamente de la primera fila.

—¡Esto es una vergüenza!

Daniel giró hacia él.

—No. Vergüenza es utilizar a una mujer embarazada y a su hijo como garantía de una operación empresarial.

Lucía intentó escabullirse entre los invitados.

No llegó lejos.

Dos agentes la esperaban junto a la puerta.

—¡Yo no conduje ese coche! —gritó—. ¡No pueden detenerme por una broma!

Uno de los policías respondió con calma:

—Puede explicar eso en comisaría.

—¡Gabriel!

Ella extendió una mano hacia su hermano.

Gabriel dio un paso.

—Elena, retira la denuncia.

Aquellas cuatro palabras terminaron de destruir cualquier resto de sentimiento que todavía pudiera quedarme.

No preguntó cómo estaba nuestro hijo.

No preguntó si yo seguía teniendo dolor.

Su primera preocupación fue Lucía. Otra vez.

—No.

—Es mi hermana.

Me acaricié lentamente el vientre.

—Y este es tu hijo.

Gabriel quedó mudo.


Las consecuencias empezaron antes de que terminara aquella noche.

Mi padre había suspendido toda inversión pendiente en Grupo Rivas.

Los contratos que Daniel encontró demostraban que Gabriel había presentado como prácticamente aseguradas unas acciones que todavía no le pertenecían.

Sin ellas, varias garantías financieras se derrumbaban.

A las nueve de la noche, tres bancos solicitaron explicaciones.

A medianoche, dos inversores congelaron sus desembolsos.

A la mañana siguiente, las acciones de una de las empresas vinculadas a los Rivas cayeron con fuerza.

Pero lo verdaderamente grave llegó después.

Marcos Vidal no era solamente el marido secreto de Lucía.

Daniel descubrió que Marcos y Gabriel habían creado varias sociedades para recibir dinero relacionado con la futura fusión.

Lucía figuraba como intermediaria en algunas transferencias.

Mi embarazo había sido utilizado para convencer a determinados socios de que la alianza entre nuestras familias sería permanente.

Por eso Gabriel no quería divorciarse de mí.

Pero tampoco quería celebrar la boda pública todavía.

Necesitaba mantenerme vinculada legalmente mientras esperaba el momento más rentable para presentar la operación.

Yo no era su prometida impaciente.

Era una firma que respiraba.

Cuando mi abogado me explicó todo, sentí más alivio que dolor.

Finalmente comprendía por qué cada conversación sobre nuestra boda terminaba convirtiéndose en una acusación contra mí.

Si me hacía sentir desesperada, yo seguiría cediendo.

Si me hacía creer que ninguna mujer embarazada abandonaría a su marido, seguiría esperando.

Habían calculado todo.

Excepto que yo despertara.

Tres días después, Gabriel apareció en el hospital.

Yo seguía bajo vigilancia porque el desprendimiento no había desaparecido completamente.

Daniel estaba junto a la ventana.

—Quiero hablar con mi esposa a solas —dijo Gabriel.

—Exesposa en proceso —corregí.

Su mandíbula se tensó.

—Elena, basta.

Daniel avanzó.

Le hice una señal para que se quedara.

Gabriel colocó una carpeta sobre mi cama.

—Retira la denuncia contra Lucía y detén el divorcio. A cambio, firmaré una renuncia sobre cualquier derecho relacionado con tus acciones.

Lo miré sorprendida.

—¿Eso es una negociación?

—Estoy intentando protegernos a todos.

—No. Estás intentando salvar lo que queda de tu empresa.

Gabriel bajó la voz.

—También estoy intentando proteger a nuestro hijo.

Aquello me hizo reír.

—¿Como cuando pediste que grabaran cuánto tardaba su madre embarazada en vomitar?

Palideció.

—Ya te dije que no sabía cómo conduciría ese imbécil.

—Pero sabías que habría una broma.

No respondió.

—Sabías que Lucía había contratado a alguien para hacerme enfermar y pediste el vídeo.

Silencio.

—Así que deja de utilizar a mi hijo como argumento. Perdiste ese derecho el día que convertiste su seguridad en entretenimiento.

Gabriel apretó los puños.

—También es mi hijo.

—Biológicamente, sí.

Algo extraño cruzó su rostro.

Fue apenas un segundo.

Pero Daniel también lo vio.

—¿Qué significa esa cara? —preguntó mi hermano.

Gabriel se volvió hacia él.

—Nada.

Demasiado rápido.

Daniel y yo intercambiamos una mirada.

Después Gabriel recogió la carpeta.

Antes de marcharse, dijo:

—Te arrepentirás de convertir esto en una guerra.

Daniel esperó a que la puerta se cerrara.

Entonces tomó su teléfono.

—Voy a comprobar algo.

—¿Qué?

—No lo sé todavía.


Esa misma tarde llegó el resultado de otra investigación.

Y por primera vez desde el accidente, vi a Daniel realmente desconcertado.

Entró en mi habitación llevando un sobre.

—Elena, necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿Gabriel alguna vez insistió en acompañarte personalmente a tus controles prenatales?

Pensé.

—Al principio sí. Después empezó a enviar a su asistente.

—¿Y los análisis genéticos?

—Los organizó su médico privado.

Daniel dejó el sobre sobre la cama.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué encontraste?

—Una transferencia desde una sociedad vinculada a Marcos hacia la clínica donde te hicieron las primeras pruebas.

—¿Para qué?

—Todavía no sabemos.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—Daniel…

—Quiero repetir todos tus análisis en un hospital que ellos nunca hayan utilizado.

Lo observé.

—¿Crees que manipularon mis resultados?

—Creo que ya mintieron sobre contratos, matrimonio, dinero y el accidente.

Se sentó frente a mí.

—No pienso asumir que existe una línea que no cruzarían.

Acepté.

Dos días después me extrajeron sangre.

También revisaron todos mis informes anteriores.

Mientras esperábamos los resultados, Gabriel volvió a llamarme.

Esta vez contesté.

—¿Qué quieres?

No respondió inmediatamente.

Después preguntó:

—¿Daniel está investigando la clínica?

Mi sangre se enfrió.

—¿Cómo lo sabes?

Silencio.

—Elena, dile que se detenga.

Me incorporé en la cama.

—¿Por qué?

—Porque está interpretando cosas que no entiende.

—Entonces explícamelas tú.

—No puedo por teléfono.

—Perfecto. Ven con mi abogado presente.

—No.

Su respiración se volvió irregular.

Era la primera vez que escuchaba miedo verdadero en su voz.

—Escúchame. Hay cosas que se hicieron para protegerte.

—¿Protegerme de qué?

—De tomar decisiones equivocadas.

Se me helaron las manos.

—¿Qué decisiones?

Gabriel guardó silencio.

Entonces alguien llamó a la puerta de mi habitación.

Era Daniel.

Estaba completamente pálido.

Llevaba los resultados nuevos en una mano y mi expediente prenatal original en la otra.

—Tengo que colgar —dije.

—¡Elena, espera!

Corté.

Daniel cerró la puerta.

—Encontramos la razón de los pagos a la clínica.

Mi corazón golpeó contra mis costillas.

—¿Qué hicieron?

Daniel dejó ambos informes delante de mí.

Había dos resultados diferentes para una misma prueba.

Uno era el documento que Gabriel me había entregado meses atrás.

El otro acababa de ser recuperado del archivo interno de la clínica.

No coincidían.

—Daniel…

Mi voz apenas salió.

—¿Qué significa esto?

Mi hermano levantó los ojos hacia mí.

—Significa que Gabriel recibió información sobre tu embarazo que tú nunca viste.

—¿Qué información?

Daniel tardó varios segundos en responder.

Y aquel silencio me dio más miedo que cualquier palabra.

Finalmente señaló una línea del documento original.

—Elena, antes de hacer nada necesito que un especialista confirme esto.

—Dímelo.

—No quiero equivocarme.

—¡Dímelo!

Daniel respiró profundamente.

Entonces mi teléfono volvió a sonar.

Gabriel.

Al mismo tiempo, una enfermera entró apresuradamente.

—Señora Navarro, su obstetra necesita verla inmediatamente.

Me llevé una mano al vientre.

—¿Ha pasado algo con el bebé?

La enfermera negó.

—No exactamente.

Miró el informe que Daniel sostenía.

Después me miró a mí.

—Pero acabamos de descubrir algo en su expediente que cambia por completo lo que usted cree que ocurrió al comienzo de este embarazo.

Y en ese instante comprendí que la verdadera traición de Gabriel quizá no había empezado con una boda aplazada veintinueve veces.

Había empezado mucho antes.

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