PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DE LA MUJER QUE NUNCA EXISTIÓ.

La puerta del despacho se cerró detrás de nosotros.

Natalia se sentó en un extremo de la mesa.

Yo permanecí de pie.

Adrián dejó el teléfono frente a nosotros y miró a su secretario.

—Quiero todos los registros relacionados con Natalia Lozano y Elena Martín. Universidad, becas, incidentes disciplinarios y cualquier denuncia de los últimos cuatro años.

Sentí un nudo en el estómago.

—No tiene derecho a investigar mi vida.

Adrián levantó los ojos.

—Tienes razón.

Aquella respuesta me sorprendió.

—Entonces no lo haga.

—Puedo investigar lo ocurrido dentro de mi empresa. Y puedo entregar a las autoridades lo relacionado con mi identidad, mi dinero y la cuenta falsa.

Me quedé callada.

No intentaba amenazarme.

Eso resultaba peor.

Porque tenía razón.

Natalia cruzó los brazos.

—Espero que la denuncie. Me robó fotografías durante tres años.

La miré.

—Una fotografía.

—¡Usaste mi nombre!

—Sí.

No tenía sentido justificarme.

Había cometido algo terrible.

Adrián se apoyó contra el escritorio.

—¿Por qué ella?

El silencio cayó sobre mí.

Natalia respondió antes.

—Porque está obsesionada conmigo.

Solté una risa seca.

—Claro.

—Siempre me tuvo envidia.

Adrián no apartó los ojos de mí.

—Elena.

Cerré los puños.

—Porque la odiaba.

Natalia sonrió triunfante.

—¿Ve?

—No he terminado.

La miré por primera vez sin bajar la cabeza.

—La elegí porque llevaba tres años humillándome.

Su sonrisa desapareció.

Entonces hablé.

Conté lo de los apuntes.

Los trabajos rotos.

El almuerzo arrojado a la basura.

Los comentarios sobre mi ropa.

Las fotografías que había compartido en grupos privados para burlarse de mí.

—¡Está mintiendo!

—No.

Saqué mi viejo teléfono.

Nunca había tenido valor para borrar ciertas cosas.

Abrí una carpeta.

Capturas.

Mensajes.

Fotografías.

Una mostraba mi proyecto final destrozado sobre un lavabo.

Otra contenía un mensaje de Natalia:

“Si vuelves a acusarme, todos dirán que eres una resentida.”

Adrián fue pasando las imágenes sin decir nada.

Su expresión se volvió cada vez más fría.

Natalia se levantó.

—Eso está fuera de contexto.

—¿Cuál es el contexto adecuado para esto? —preguntó él.

No respondió.

Adrián dejó el teléfono.

—Puedes marcharte, Natalia.

Ella parpadeó.

—¿Y ella?

—He dicho que puedes marcharte.

—¡Ella cometió un delito!

—Y responderá por lo que hizo.

La voz de Adrián no cambió.

—Pero eso no convierte lo que tú hiciste en aceptable.

Natalia me lanzó una mirada cargada de odio antes de salir.

Cuando la puerta se cerró, el despacho pareció hacerse demasiado pequeño.

Adrián y yo nos quedamos solos.

—Ahora nosotros.

Sentí frío.

—¿Cuánto?

Frunció el ceño.

—¿Cuánto qué?

—El dinero. Dígame cuánto le debo exactamente.

—No quiero hablar del dinero.

—Yo sí.

Saqué una libreta del bolso.

Llevaba meses calculándolo.

—El portátil, las matrículas, el tratamiento de mi madre…

—Elena.

—Puedo devolvérselo por cuotas.

Adrián golpeó suavemente la mesa con la palma.

—Deja de hablar como si lo único que hubieras tomado de mí fuera dinero.

Lo miré.

Por primera vez vi dolor detrás de su enfado.

—Durante tres años —continuó— fuiste la primera persona a la que escribía por la mañana y la última voz que escuchaba por la noche.

No pude respirar con normalidad.

—Sé que mentí.

—Me contaste que tenías miedo de perder a tu madre.

—Eso era verdad.

—Me hablaste de querer terminar la carrera.

—También.

—¿La historia sobre quemar pasta porque te quedaste dormida estudiando?

Bajé los ojos.

—Verdad.

—¿Que odias las rosas porque te recuerdan los funerales?

—Verdad.

Dio un paso hacia mí.

—¿Las noches en las que decías que me extrañabas?

No contesté.

—Elena.

—No haga esto.

—Respóndeme.

Mis ojos ardieron.

—También eran verdad.

Adrián cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, su rabia parecía haber cambiado de forma.

—Entonces explícame qué parte de ti era falsa.

—El nombre.

—¿Nada más?

—El rostro.

—¿Nada más?

Mi voz se quebró.

—La posibilidad de que aquello terminara bien.

Adrián guardó silencio.

Entonces comprendí algo que me aterrorizó.

No estaba buscando a Natalia.

Nunca había estado enamorado realmente de aquella fotografía.

Había estado enamorado de la persona que existía detrás de ella.

De mí.

Y eso no borraba mi engaño.

Lo hacía todavía más doloroso.

—Voy a renunciar —dije.

—No.

—No puede obligarme a trabajar aquí.

—Tampoco voy a hacerlo.

—Entonces mañana entregaré mi renuncia.

Tomé mi bolso.

—Y después hablaré con un abogado. Aceptaré las consecuencias.

Caminé hacia la puerta.

—Elena.

Me detuve.

—Hay algo que no encaja.

Giré lentamente.

Adrián sostenía su teléfono.

—Dijiste que cerraste la cuenta hace dos meses.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Por supuesto.

Giró la pantalla hacia mí.

Había un mensaje recibido la noche anterior.

De aquella cuenta.

La cuenta de Natalia.

Sentí que el estómago se me hundía.

—Eso es imposible.

Adrián abrió el mensaje.

“Cariño, perdóname por desaparecer. Tenía miedo. Ahora estoy preparada para verte.”

Negué con la cabeza.

—Yo no envié eso.

—Lo sé.

—¿Cómo puede saberlo?

Me miró fijamente.

—Porque después de tres años sé cómo escribes.

Había más mensajes.

Fotografías nuevas de Natalia.

Una dirección.

Incluso una invitación para encontrarse aquella noche.

—Alguien reactivó la cuenta —murmuré.

Entonces recordé la expresión de Natalia cuando vio la fotografía en el ascensor.

La sorpresa había parecido auténtica.

Pero después…

Había cambiado.

Demasiado rápido.

Adrián pulsó el intercomunicador.

—Que seguridad detenga a Natalia antes de que abandone el edificio.

Silencio.

Después respondió su secretario:

—Señor Fuentes…

—¿Qué?

—La señorita Lozano ya salió.

Adrián miró la hora.

Yo miré otra vez la dirección del mensaje.

Y la reconocí.

—No…

—¿Qué ocurre?

Cogí el teléfono con manos temblorosas.

Era una dirección que yo jamás había dado a Adrián.

La residencia de mi madre.

Salí corriendo.

Adrián me alcanzó en el pasillo.

—Elena.

—¡Mi madre está allí!

Su expresión cambió inmediatamente.

Veinte minutos después llegamos.

La puerta estaba abierta.

Entré llamándola.

—¡Mamá!

No hubo respuesta.

Encontré su teléfono sobre la mesa.

Al lado había un sobre.

Mi nombre estaba escrito en él.

Lo abrí.

Dentro había copias de transferencias bancarias realizadas por Adrián durante los últimos tres años.

Y una fotografía.

Natalia entrando en aquella casa una semana antes.

En el reverso había una frase:

“Pregúntale a tu madre quién me dio tus datos desde el principio.”

Sentí que el mundo se inclinaba.

Adrián tomó la fotografía.

—Elena…

Entonces escuchamos una llave en la puerta.

Mi madre entró cargando una bolsa del supermercado.

Al verme, se quedó inmóvil.

Después vio a Adrián.

La bolsa cayó al suelo.

—Mamá —susurré—. ¿Conoces a Natalia?

Su rostro perdió el color.

—Elena, puedo explicarlo.

Mi corazón empezó a golpear con violencia.

—¿Qué tienes que explicar?

Mi madre miró a Adrián.

Y entonces dijo algo que ninguno de los dos esperaba.

—Que Natalia descubrió quién era Adrián mucho antes que tú.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

Mi madre comenzó a llorar.

—Y cuando descubrió que estabas usando su rostro… no intentó detenerte.

Adrián dio un paso adelante.

—¿Por qué?

Mi madre me miró.

—Porque quería que siguieras hablando con él.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene.

Negó lentamente, aterrorizada.

—Elena, aquella cuenta falsa nunca fue solo tu venganza.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Qué estás diciendo?

Mi madre abrió la boca.

Pero antes de poder responder, el teléfono de Adrián sonó.

Era su secretario.

Adrián contestó.

Escuchó durante diez segundos.

Después levantó lentamente los ojos hacia mí.

Nunca olvidaré su expresión.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Adrián bajó el teléfono.

—Acaban de revisar quién recibió realmente una parte del dinero que envié para tus estudios.

Mi madre dejó escapar un sollozo.

—¿Quién? —pregunté.

Adrián me miró fijamente.

—Natalia.

Y entonces comprendí que la mentira que yo había creado tres años atrás quizá nunca había estado completamente bajo mi control.

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