PARTE 2: CUANDO REGRESÓ DE ISLANDIA, LA ESPOSA QUE CREÍA SEGURA YA NO EXISTÍA.

Cuando mi avión aterrizó en París, tenía cuarenta y siete llamadas perdidas.

Treinta y nueve eran de Adrian.

Las demás pertenecían a su madre, su hermana y dos de aquellos ridículos “príncipes de Manhattan”.

No respondí ninguna.

Solo había un mensaje que me interesaba.

Julian Moreau:

“Estoy en la salida. Bienvenida a casa, L.M.”

Aquellas palabras me hicieron detenerme.

Casa.

Durante tres años había pensado que mi casa era donde estaba Adrian.

Me había equivocado.

Julian me esperaba junto a un automóvil negro. Cuando me vio aparecer con una sola maleta, abrió los brazos, pero se detuvo antes de abrazarme.

—¿Puedo?

Sonreí.

—Puedes.

—Dios mío, Emma. Pensé que jamás volverías.

—Yo también.

Mientras atravesábamos París, mi teléfono volvió a vibrar.

Adrian.

Esta vez dejó un mensaje.

“¿Dónde estás? ¿Qué significa esa carpeta? Llámame inmediatamente.”

Lo borré.

El siguiente llegó segundos después.

“Emma, sé que estás enfadada, pero esto es absurdo.”

Me reí.

Todavía pensaba que estaba enfadada.

Todavía no entendía que para enfadarse hacía falta esperar algo de la otra persona.

Y yo ya no esperaba nada.


En Nueva York, Adrian había encontrado los documentos una hora antes de abordar su vuelo.

Según Rachel me contó después, primero creyó que era una amenaza.

Llamó inmediatamente a mi abogada.

—Dígale a Emma que deje de comportarse impulsivamente.

Rachel respondió:

—La señora Foster no está actuando impulsivamente. Me contactó hace varios días.

Silencio.

—¿Varios días?

—Sí.

—Quiero hablar con ella.

—Mi clienta ha solicitado que cualquier comunicación relacionada con el divorcio pase por mí.

Aquello debió ser lo primero que realmente lo asustó.

Porque durante nuestro matrimonio Adrian siempre había contado con una certeza:

yo terminaría perdonándolo.

Chloe estaba junto a él cuando ocurrió.

—Adrian —dijo suavemente—, nuestro vuelo…

Él miró la puerta de embarque.

Después los papeles.

Y tomó una decisión.

Subió al avión con ella.

Cuando Julian me lo contó dos días después, no sentí sorpresa.

Solo confirmé que había hecho lo correcto.

Incluso después de encontrar mi anillo sobre la mesa, Adrian había vuelto a elegir a Chloe.


Mi regreso como L.M. se anunció una semana después.

La Asociación de Alta Joyería publicó únicamente una fotografía de mi nueva pieza.

Una gargantilla de platino formada por pequeñas ramas que parecían romper una jaula de diamantes negros.

La llamé:

LIBERTAD.

En veinticuatro horas, varios coleccionistas ofrecieron cifras que superaban el millón de dólares.

Pero la verdadera conmoción llegó cuando Julian anunció que, por primera vez, L.M. aparecería públicamente en la Exposición de Otoño.

Hasta entonces nadie conocía mi identidad.

Adrian tampoco.

Nunca se había interesado demasiado por mi vida anterior.

Cuando alguna vez mencionaba mis diseños, respondía:

—Emma, no tienes que demostrarle nada a nadie.

Durante años interpreté aquello como amor.

Ahora entendía que simplemente nunca había sentido curiosidad por saber quién era yo fuera de él.

Adrian regresó de Islandia cuatro días después.

Fue directamente a nuestra casa.

Vacía.

Me llamó desde otro número.

Contesté por error.

—Emma.

Su voz sonó aliviada.

—Por fin.

Permanecí callada.

—¿Dónde estás?

—París.

—Ya lo sé. Regresa. Tenemos que hablar.

Casi sonreí.

—No voy a regresar.

Silencio.

—¿Por Chloe?

—No.

Eso lo desconcertó.

—Entonces, ¿por qué?

Miré las mesas de mi estudio, cubiertas de bocetos por primera vez en tres años.

—Por mí.

—Emma, cancelé Maldivas. Fue una estupidez, lo admito. Podemos reservar otro viaje.

—No quiero otro viaje.

—Entonces dime qué quieres.

Mi respuesta salió tranquila.

—El divorcio.

Su respiración cambió.

—No.

—No necesitas estar de acuerdo para que yo quiera terminar nuestro matrimonio.

—¿Vas a tirar tres años por un viaje?

Cerré los ojos.

Ahí estaba.

La prueba de que todavía no comprendía nada.

—No me fui porque llevaras a Chloe a Islandia.

—Entonces explícame.

—Me fui porque durante tres años me enseñaste cuál era mi lugar. Islandia fue simplemente la primera vez que decidí creerte.

Colgué.


Dos meses después, llegó la Exposición de Otoño.

El salón principal estaba lleno de compradores, periodistas y representantes de las casas de joyería más importantes del mundo.

Yo llevaba un vestido negro sencillo.

Nada más.

Julian apareció a mi lado.

—¿Preparada?

—Sí.

—Hay algo que deberías saber.

Lo miré.

—¿Qué?

Me entregó la lista de invitados.

Vi un nombre.

Adrian Foster.

Mi corazón dio un único golpe fuerte.

—¿Quién lo invitó?

—Uno de los patrocinadores. Su empresa está negociando una colaboración con Maison Beaumont.

Respiré profundamente.

—No importa.

Y por primera vez era cierto.

A las ocho, Julian subió al escenario.

—Durante siete años, el mundo de la alta joyería ha conocido unas iniciales. Esta noche conocerá finalmente a la mujer detrás de ellas.

Adrian estaba entre los invitados.

Lo vi.

Y él me vio.

Julian sonrió.

—Señoras y señores, L.M., Emma Laurent.

El rostro de Adrian cambió.

Primero incredulidad.

Después desconcierto.

Finalmente, algo parecido al horror.

Porque reconoció aquel apellido.

Laurent.

Mi apellido de nacimiento.

Las pantallas mostraron las ventas históricas de mis piezas.

1,4 millones.

1,8 millones.

2,3 millones.

Y después apareció la valoración inicial de mi nueva colección.

Adrian permaneció inmóvil.

Probablemente recordando todas las veces que me había dicho que no necesitaba trabajar.

Todas las veces que había supuesto que dependía de él.

Cuando bajé del escenario, intentó acercarse.

—Emma.

Julian se interpuso.

Levanté una mano.

—Está bien.

Adrian me miró como si acabara de conocerme.

—Tú eres L.M.

—Sí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Aquella pregunta casi resultó cómica.

—Sí te lo dije.

Frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Cuando empezamos a salir. Te hablé de mis diseños. De París. De Julian. Tú simplemente nunca escuchaste.

Adrian palideció.

—Emma, tenemos que arreglar esto.

—Mis abogados ya están arreglándolo.

—No hablo del divorcio.

Me tomó suavemente del brazo.

Me aparté.

—No vuelvas a tocarme.

Entonces una voz femenina sonó detrás de nosotros.

—Adrian.

Chloe.

Había llegado.

Pero no estaba sola.

Junto a ella había un hombre mayor que reconocí inmediatamente: Richard Bennett, su padre.

Parecía furioso.

—Señor Foster —dijo—, creo que antes de perseguir a su esposa debería preguntarle a mi hija por qué necesitaba realmente llevarlo a Islandia.

Adrian se quedó inmóvil.

Chloe perdió el color.

—Papá, cállate.

Richard sacó un sobre del interior de su chaqueta.

—No.

Miró a Adrian.

—Mi hija no quería un último viaje como solteros.

Chloe dio un paso hacia él.

—¡Papá!

Pero Richard continuó:

—Quería mantenerte lejos de Nueva York durante cuatro días.

Adrian frunció el ceño.

—¿Para qué?

Richard dejó el sobre sobre una mesa.

Dentro había documentos.

Reservas.

Transferencias.

Y la copia de un contrato.

Adrian tomó la primera página.

Su expresión cambió.

—¿Qué demonios es esto?

Richard miró a su hija.

—Pregúntale qué hizo con tu firma mientras estabas en Islandia.

El salón pareció quedarse sin aire.

Chloe retrocedió.

Adrian levantó lentamente los ojos hacia ella.

Y entonces comprendí que aquel viaje que había destruido nuestro matrimonio escondía una traición mucho mayor de la que ninguno de nosotros había imaginado.

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