Me quedé mirando a la desconocida.
La voz del bebé volvió a sonar dentro de mi cabeza.
—Mamá, no la dejes entrar.
Sentí que se me erizaba la piel.
—¿Quién eres? —pregunté.
La mujer mantuvo su sonrisa.
—Sophie Lane. Soy una vieja amiga de Alexander.
Entonces Alexander apareció detrás de mí.
Al verla, se quedó inmóvil.
—¿Sophie?
Aquello me dijo suficiente.
Se conocían.
Ella levantó la cesta.
—Me enteré de lo ocurrido. Vine a ver cómo estabas.
Alexander tardó unos segundos en responder.
—Estoy bien.
—No parece.
Sophie recorrió con la mirada nuestro pequeño apartamento.
La pintura desgastada.
Los muebles baratos.
Las cajas que todavía no habíamos desempacado.
Sentí lástima en sus ojos.
O quizá satisfacción.
—Alexander, podrías haberme llamado.
—No había motivo.
—Mi padre todavía tiene contactos. Quizá podamos ayudarte.
Alexander endureció la expresión.
—No necesito caridad.
Sophie suspiró.
—Sigues siendo demasiado orgulloso.
Luego me miró.
—¿Y ella?
—Nora vive conmigo.
Una respuesta sencilla.
Pero Sophie arqueó ligeramente una ceja.
—Ya veo.
La voz del bebé susurró:
—Miente.
No sabía si hablaba de Sophie o de Alexander.
La invité a sentarse únicamente porque quería descubrir qué buscaba.
Sophie habló durante casi veinte minutos sobre antiguos amigos, inversores y empresarios que supuestamente estaban preocupados por Alexander.
Hasta que finalmente dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Hay alguien dispuesto a comprar el terreno del sur.
Mi corazón dio un vuelco.
Alexander también cambió de expresión.
—No está en venta.
—Debería estarlo.
—He dicho que no.
Sophie sonrió.
—Te ofrecen tres veces más que hace unas semanas.
Eso era extraño.
Un terreno que hasta hacía poco nadie quería ahora tenía compradores desesperados.
La vocecita volvió.
—Porque ellos también saben lo del metro.
Bajé la mirada hacia mi vientre.
Entonces comprendí.
—¿Quién es el comprador? —pregunté.
Sophie me miró.
—Es un asunto empresarial.
—Alexander y yo compartimos gastos.
—Nora.
Alexander intentó detenerme.
Pero Sophie ya había contestado.
—Westbridge Development.
El nombre me resultaba vagamente familiar.
A Alexander no.
Su rostro se volvió completamente frío.
—Vete.
Sophie parpadeó.
—¿Qué?
—He dicho que te vayas.
—Alexander…
—Westbridge pertenece indirectamente a Marcus Hale.
El silencio cayó sobre la habitación.
Yo conocía ese nombre.
Marcus había sido vicepresidente de Reed Holdings.
El hombre que apareció frente a las cámaras cuando la empresa de Alexander colapsó y declaró que había sido víctima de “años de mala administración”.
Dos días después compró varios activos de la compañía por una fracción de su valor.
Sophie dejó de sonreír.
Alexander señaló la puerta.
—Ahora.
Ella se levantó.
Antes de marcharse, me miró.
—Ten cuidado, Nora.
—Cuando un hombre pierde todo, suele arrastrar consigo a la persona que permanece a su lado.
Cerré la puerta.
Y entonces escuché al bebé.
—Ella ya conocía a Marcus antes de que papá quebrara.

Me apoyé contra la pared.
Alexander recogió la tarjeta de la mesa.
—¿Estás bien?
—Sí.
Pero ya no estaba pensando en Sophie.
Estaba pensando en una pregunta mucho más inquietante.
¿Cómo podía mi bebé saber cosas que todavía no habían sucedido?
Durante las siguientes semanas no volvimos a verla.
Alexander empezó desde cero.
Literalmente.
Trabajaba desde nuestra mesa de cocina con un portátil antiguo.
Yo continuaba con mi empleo y pagaba el alquiler.
Por las noches revisábamos gastos juntos.
Era extraño.
Cuando Alexander era rico, jamás hablábamos realmente de dinero.
Ahora discutíamos durante diez minutos sobre si podíamos permitirnos pedir comida.
Y, de alguna manera, éramos más cercanos que antes.
Una madrugada desperté y lo encontré arrodillado junto a la cama.
Tenía la mano suspendida sobre mi vientre.
—¿Qué haces?
La retiró inmediatamente.
—Nada.
—Querías tocarlo.
—Estabas dormida.
—Puedes hacerlo.
Dudó.
Después apoyó cuidadosamente la palma.
Mi embarazo apenas comenzaba a notarse.
Alexander permaneció inmóvil.
Entonces la voz infantil rio.
—Papá parece tonto.
Tuve que taparme la boca para no reír.
—¿Qué pasa? —preguntó Alexander.
—Nada.
—Estás riendo.
—El bebé acaba de llamarte tonto.
Su mano se congeló.
Me arrepentí inmediatamente.
—¿El bebé?
—Era una broma.
Alexander me observó.
Demasiado tiempo.
—Nora, últimamente sabes cosas que no deberías saber.
Mi sonrisa desapareció.
—Primero el terreno.
—Ahora Sophie.
—¿Qué estás ocultándome?
No contesté.
¿Cómo podía decirle la verdad?
“Escucho a nuestro hijo que aún no ha nacido y aparentemente conoce el futuro.”
Me habría llevado directamente al hospital.
Alexander no insistió.
Pero desde aquella noche empezó a observarme diferente.
Dos meses después llegó el anuncio.
La ciudad construiría una nueva línea de metro.
Una de las estaciones quedaría a menos de quinientos metros del terreno del sur.
En cuarenta y ocho horas, su valor se multiplicó.
Alexander recibió siete ofertas.
Rechazó todas.
Después consiguió un préstamo usando el terreno como garantía.
Con ese dinero fundó una pequeña empresa.
Sin oficinas lujosas.
Sin chófer.
Sin treinta empleados.
Solo Alexander, dos antiguos ingenieros que habían permanecido leales y una oficina diminuta encima de una lavandería.
Por primera vez desde la quiebra, lo vi sonreír.
—Podemos conseguirlo.
Aquella noche compró una pequeña tarta.
—¿Qué celebramos?
—Nuestro primer contrato.
Levantó un vaso de zumo.
—Y que todavía sigues aquí.
Lo miré.
—Alexander…
Él sacó algo del bolsillo.
Una caja pequeña.
Mi corazón se detuvo.
—Antes podía comprarte cualquier anillo —dijo—. Nunca lo hice.
Abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo.
—Ahora apenas puedo comprar este.
Sus ojos estaban nerviosos.
—Pero esta vez quiero preguntártelo correctamente.
No llegó a hacerlo.
Mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Señorita Nora Bennett?
—Sí.
—Llamamos del Hospital Central. Ha habido un accidente.
Miré a Alexander.
—¿Quién?
La respuesta me dejó helada.
—Sophie Lane.
Alexander se puso de pie.
—¿Qué ocurre?
La mujer continuó hablando.
—La señorita Lane pidió específicamente que contactáramos con usted.
—Dice que tiene información relacionada con la caída de Reed Holdings.
Sentí un escalofrío.
Tres horas después entré sola en la habitación de Sophie.
Tenía el rostro pálido.
—Sabía que vendrías.
—¿Qué quieres?
Sophie miró hacia la puerta.
—Marcus intentó matarme.
Mi expresión cambió.
—¿Por qué?
—Porque guardé una copia.
Sacó una memoria USB de debajo de la almohada.
—La empresa de Alexander no quebró por malas decisiones.
Me tendió el dispositivo.
—La vaciaron desde dentro.
Mis dedos se cerraron alrededor de la memoria.
—¿Quién?
Sophie tragó saliva.
—Marcus.
Hizo una pausa.
—Y otras personas.
—¿Tú participaste?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí.
Sentí rabia.
—Entonces fuiste a nuestro apartamento para terminar el trabajo.
Sophie negó.
—Al principio sí.
—Queríamos que Alexander vendiera el terreno porque Marcus sabía lo del proyecto del metro.
—Pero después descubrí algo.
—¿Qué?
Sophie me miró.
—Marcus nunca fue quien organizó todo.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Entonces quién?
Antes de responder, la puerta se abrió.
Alexander entró.
Al verlo, Sophie perdió todo el color.
—No.
Se incorporó aterrorizada.
—¿Qué haces aquí?
Alexander frunció el ceño.
—Nora me llamó.
Sophie me agarró la muñeca.
—Escúchame.
Su voz temblaba.
—La persona que destruyó a Alexander sabía que tú estabas embarazada antes que ustedes.
Me quedé paralizada.
Eso era imposible.
Yo misma no lo sabía aquella noche.
Alexander dio un paso adelante.
—¿Qué estás diciendo?
Sophie señaló la memoria USB.
—Ahí está todo.
En ese instante, la voz de nuestro bebé gritó dentro de mi cabeza.
Nunca la había escuchado así.
Aterrorizada.
—¡Mamá, no conectes esa memoria!
Miré el dispositivo entre mis dedos.
—¿Por qué?
Alexander y Sophie me miraron confundidos.
Pero la voz respondió:
—Porque la persona que hizo quebrar a papá no quería su empresa.
Sentí que dejaba de respirar.
—Entonces ¿qué quería?
Hubo un silencio.
Y la vocecita respondió:
—A mí.