Parte 2: EL SECRETO QUE SANTIAGO NO PODÍA OCULTAR

Mariana soltó lentamente su mano.

—¿Qué tengo que saber?

Santiago miró otra vez la pantalla del teléfono.

El nombre que aparecía era Victoria Salvatierra.

—Estoy comprometido.

Mariana sintió que todo el ruido de Masaryk desaparecía.

—¿Qué?

—El compromiso fue acordado hace casi un año entre nuestras familias.

—¿Y pensaba decírmelo cuándo?

—Esta noche.

Mariana retrocedió.

De repente, aquellas semanas parecieron diferentes.

Los cafés.

Las conversaciones.

La manera cuidadosa en que Santiago había ido ganándose su confianza.

—Entonces tiene prometida y me pidió que le permitiera intentar ser “ese hombre”.

—No existe una relación sentimental entre Victoria y yo.

—Pero existe un compromiso.

Santiago guardó silencio.

Eso bastó.

Mariana recogió su bolso.

—Gracias por decírmelo antes de que cometiera un error.

—Mariana.

—No.

Lo miró directamente.

—Yo no esperé veintiocho años para terminar convirtiéndome en el secreto de un hombre comprometido.

Se marchó.

Santiago no la siguió.

A la mañana siguiente, Mariana llegó a Aurora Systems preparada para fingir que nada había ocurrido.

Duró exactamente once minutos.

Jimena apareció junto a su escritorio.

—Mana, tienes que ver esto.

Le mostró el teléfono.

Una fotografía de Mariana y Santiago caminando juntos circulaba por el chat interno.

Alguien había escrito:

“Ahora sabemos cómo una analista junior consigue reuniones privadas con el CEO.”

Mariana sintió náuseas.

Había más.

“Ascenso horizontal.”

“Qué rápido encontró patrocinador.”

“Algunas saben analizar números y otras al jefe.”

Jimena apagó la pantalla.

—Son unos imbéciles.

Mariana se levantó.

—Voy a Recursos Humanos.

No llegó.

Las puertas del elevador se abrieron.

Una mujer salió acompañada por dos asistentes.

Alta.

Elegante.

Vestido crema.

Victoria Salvatierra.

La reconoció inmediatamente por las revistas financieras.

Victoria caminó directamente hacia ella.

—Mariana Benítez.

No era una pregunta.

—Sí.

Victoria sonrió.

—¿Podemos hablar?

Entraron en una sala.

Victoria dejó su bolso sobre la mesa.

—No vine a pelear por Santiago.

—Perfecto, porque yo tampoco.

—Entonces será sencillo.

Sacó un sobre.

Dentro había fotografías.

Mariana y Santiago en restaurantes.

En Reforma.

En Chapultepec.

Incluso frente al edificio donde vivía Mariana.

Sintió un escalofrío.

—¿Mandó seguirme?

—Mi familia protege sus intereses.

—Eso no responde mi pregunta.

La sonrisa de Victoria desapareció ligeramente.

—Santiago puede sentirse fascinado por usted ahora. Pero hombres como él no construyen su vida alrededor de sentimientos.

Mariana empujó las fotografías hacia ella.

—Entonces debería decírselo a Santiago.

Se levantó.

Victoria habló antes de que llegara a la puerta.

—Sé lo que él escuchó en la cafetería.

Mariana se detuvo.

—¿Perdón?

—Su confesión.

Victoria inclinó la cabeza.

—Veintiocho años. Esperando al hombre correcto.

El rostro de Mariana ardió.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque Santiago se lo contó a alguien.

Aquello dolió más de lo que quería admitir.

Salió sin responder.

Esa tarde solicitó un traslado interno.

A las cinco, recibió la respuesta.

Rechazado.

Cinco minutos después, Santiago apareció.

—Yo no lo rechacé.

—Ya no importa.

—Victoria vino a verte.

Mariana levantó la mirada.

—También sabe lo que escuchó aquella tarde.

Santiago se quedó inmóvil.

—Yo nunca se lo conté.

—Pues alguien lo hizo.

Su expresión cambió.

—¿Qué exactamente dijo?

Mariana se lo contó.

Santiago sacó inmediatamente el teléfono.

—Aquella conversación ocurrió junto a la sala privada donde estaba negociando el acuerdo Salvatierra.

—¿Y?

—Dentro había seis personas.

Mariana entendió.

Alguien más había escuchado.

Santiago llamó a seguridad.

Dos horas después encontraron algo peor.

La cámara del pasillo mostraba a Victoria hablando con el director de Recursos Humanos la mañana anterior.

Y fue desde su cuenta desde donde se rechazó el traslado.

—Despídalo —ordenó Santiago.

—No —dijo Mariana.

Todos la miraron.

—Primero quiero saber quién publicó esas fotografías.

La investigación tardó hasta la noche.

El resultado fue devastador.

Las imágenes habían salido de una agencia privada contratada por Salvatierra Capital.

Mariana esperaba que Santiago explotara.

En cambio, se quedó extrañamente tranquilo.

—Mañana habrá una reunión extraordinaria del consejo.

—¿Qué va a hacer?

Santiago la miró.

—Terminar algo que debí terminar antes de acercarme a usted.

A las diez de la mañana siguiente, Victoria llegó acompañada por su padre.

Mariana no debía estar allí.

Pero Santiago pidió expresamente su presencia.

Frente al consejo completo, colocó el contrato de compromiso sobre la mesa.

—El acuerdo matrimonial queda cancelado.

El padre de Victoria soltó una carcajada.

—Si haces eso, Salvatierra Capital retira la inversión.

—Hágalo.

—Son ochocientos millones.

—Lo sé.

—Las acciones de Aurora caerán.

—Probablemente.

Victoria palideció.

—¿Vas a arriesgar todo por ella?

Santiago negó.

—No.

Miró al consejo.

—Lo hago porque ninguna compañía que necesite controlar mi vida privada merece controlar Aurora.

Después miró a Mariana.

—Y porque no puedo pedirle a alguien que confíe en mí mientras sigo viviendo según un acuerdo que contradice cada palabra que le dije.

El padre de Victoria se levantó furioso.

—Te arrepentirás.

—Es posible.

—Cuando Aurora necesite capital, no vuelvas.

Salió.

Victoria permaneció unos segundos.

Al pasar junto a Mariana, susurró:

—Todavía no sabes por qué Santiago se interesó realmente en ti.

Mariana sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué significa eso?

Victoria sonrió.

—Pregúntale por tu padre.

Y se marchó.

Mariana se volvió lentamente hacia Santiago.

El rostro de él había cambiado.

—¿Qué tiene que ver mi padre contigo?

—Mariana…

—Mi padre murió hace doce años.

Santiago cerró la puerta.

—Lo sé.

Aquella respuesta le heló la sangre.

—¿Cómo?

Santiago caminó hacia una caja fuerte.

Sacó una carpeta antigua.

En la portada decía:

DANIEL BENÍTEZ — PROYECTO AURORA

Mariana dejó de respirar.

—¿Qué es eso?

—Antes de ser profesor, tu padre era matemático aplicado.

Abrió la carpeta.

Había ecuaciones.

Diseños.

Documentos legales.

—Él creó el algoritmo original sobre el que se construyó la primera versión de Aurora.

Mariana lo miró incrédula.

—Eso es imposible.

—Mi padre y él trabajaron juntos.

—¿Por qué nunca me contó nada?

Santiago bajó la mirada.

—Porque discutieron.

—¿Por qué?

Silencio.

—Santiago.

—Mi padre registró parte del trabajo sin incluir correctamente a Daniel.

Mariana sintió que algo se rompía dentro de ella.

—¿Tu familia robó el trabajo de mi padre?

—Yo tenía diecisiete años. Descubrí la verdad mucho después.

—¿Y sabías quién era yo cuando me contrataste?

—No.

—¿Cuándo lo descubriste?

Santiago tardó demasiado.

—Hace tres años.

Mariana palideció.

—Cuando entré en Aurora.

—Sí.

—Entonces sabías perfectamente quién era.

—Sí.

Las últimas semanas se derrumbaron dentro de su cabeza.

—¿Por eso me buscaste?

—Al principio quería saber cuánto conocías.

Mariana dio un paso atrás.

—Dios mío.

—Después cambió.

—¿Cuándo?

—Mucho antes de aquella conversación en la cafetería.

Pero Mariana ya no sabía qué creer.

Tomó su bolso.

—No me sigas.

—Mariana.

—Necesito pensar si alguna vez me miraste como Mariana…

Su voz se quebró.

—o si siempre fui la hija del hombre al que tu familia perjudicó.

Salió.

Aquella noche encontró a su madre esperándola en su departamento.

Sobre la mesa había una caja que Mariana nunca había visto.

—Mamá, ¿qué es eso?

Su madre tenía los ojos rojos.

—Santiago Cárdenas me llamó.

Mariana se quedó inmóvil.

—Entonces ya sabes.

—Sé que te mostró los documentos de tu padre.

Abrió la caja.

—Pero Santiago tampoco conoce toda la verdad.

Sacó una carta cerrada.

En el frente estaba escrito el nombre de Mariana.

Reconoció inmediatamente la letra de su padre.

—La escribió semanas antes de morir —dijo su madre.

Mariana abrió el sobre con manos temblorosas.

La primera línea hizo que tuviera que sentarse.

“Mariana: si algún día terminas trabajando en Aurora Systems, significa que Santiago finalmente cumplió la promesa que me hizo.”

Mariana levantó la cabeza.

—¿Qué promesa?

Su madre comenzó a llorar.

—Tu padre conocía a Santiago.

—Eso ya lo sé.

—No, hija.

Le tomó la mano.

—Lo conocía mucho mejor de lo que Santiago acaba de confesarte.

Sacó una fotografía del fondo de la caja.

Daniel Benítez aparecía en una cama de hospital.

Junto a él había un Santiago adolescente.

Y en la parte posterior, su padre había escrito una fecha.

El día anterior a su muerte.

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