Parte 2: LA PROMETIDA QUE NADIE VALORÓ

Nadie respondió.

Alejandro seguía sosteniendo mi mano.

Mi madre fue la primera en reaccionar.

—¿Prometida?

Su voz salió casi como un chillido.

Renata me miraba como si acabara de verme por primera vez.

Mi padre, en cambio, tenía los ojos clavados en Alejandro.

—Señor Montes de Oca, seguramente existe algún malentendido.

Alejandro levantó una ceja.

—¿Sobre mi propia prometida?

—No, claro que no. Yo solo…

Miró hacia mí.

Por primera vez aquella noche pareció recordar que yo era su hija.

—Mariana nunca mencionó nada.

Me quité lentamente el mandil.

—Nunca preguntaste.

Mi madre reaccionó.

—¿Cómo íbamos a preguntarte algo que estabas ocultando?

—Teresa —dijo Alejandro.

No levantó la voz.

Pero mi madre calló.

Él tomó el mandil de mis manos y lo dejó sobre la barra.

Después miró mi plato vacío.

—¿Ya cenaste?

Negué.

—No importa.

—A mí sí.

Tomó un plato limpio y comenzó a servirme.

La escena era tan absurda que nadie sabía qué hacer.

El hombre por cuya firma mi padre llevaba seis meses persiguiendo reuniones estaba sirviendo pavo a la hija que ellos habían dejado trabajando en la cocina.

Alejandro colocó el plato frente a mí.

—Siéntate.

Mi madre dio un paso adelante.

—Mariana estaba ayudando porque ella quiso.

La miré.

—Mamá.

—¿Qué?

—Me dijiste literalmente: “La familia no vino a verte sentada como invitada”.

El rostro de Teresa se puso rojo.

Bruno bajó la mirada para esconder una sonrisa.

Alejandro no sonrió.

—Entiendo.

Mi padre intervino inmediatamente.

—Son asuntos familiares. No deberíamos mezclarlos con negocios.

—Estoy completamente de acuerdo.

Alejandro sacó su teléfono.

—Por eso tampoco deberíamos mezclar los negocios con una familia que trata así a mi futura esposa.

Ramiro palideció.

—¿Qué quiere decir?

—La reunión del lunes queda cancelada.

El silencio fue absoluto.

—Alejandro…

—Y la firma preliminar del proyecto Riviera también.

Mi padre apartó la silla.

—Estamos hablando de un contrato de cientos de millones.

—Lo sé.

—Llevamos medio año negociándolo.

—También lo sé.

—No puede cancelar un acuerdo empresarial por una cena.

Alejandro lo miró con calma.

—No lo estoy cancelando por una cena.

Hizo una pausa.

—Lo estoy cancelando porque durante la auditoría descubrimos problemas que pensaba discutir con usted el lunes.

Sentí que mi padre se quedaba rígido.

Eso sí no lo esperaba.

—¿Qué problemas?

Alejandro me miró.

—Mariana, ¿quieres hablar tú?

Mi corazón dio un golpe.

Mi familia todavía no sabía cómo había conocido realmente a Alejandro.

No fue en una gala.

Ni en un restaurante.

Ni porque él hubiera quedado deslumbrado al verme.

Nos conocimos ocho meses atrás cuando yo descubrí una irregularidad en las cuentas de la constructora.

Había facturas duplicadas.

Pagos a proveedores inexistentes.

Transferencias sin respaldo.

Intenté avisar a mi padre.

Me respondió:

—No te metas en cosas que no entiendes.

Así que seguí investigando sola.

Una de aquellas transferencias estaba relacionada con un terreno que Grupo MDO estudiaba comprar.

Contacté a su departamento jurídico.

Alejandro terminó leyendo personalmente mi informe.

Aquella fue nuestra primera conversación.

No sobre amor.

Sobre fraude.

—Papá —dije—, hace ocho meses encontré movimientos irregulares en Salvatierra Construcciones.

Bruno dejó de sonreír.

—¿Qué movimientos?

Miré a mi hermano.

—Pagos realizados a empresas vinculadas contigo.

Su rostro cambió.

—Eso es mentira.

—Tengo las transferencias.

Mi madre golpeó la mesa.

—¡Hoy es Acción de Gracias!

La miré incrédula.

—¿Ese es tu problema?

—No vas a destruir a tu hermano delante de todos.

Alejandro murmuró:

—Curioso.

Teresa se volvió.

—¿Qué?

—Cuando humillaban a Mariana delante de todos no parecía preocuparle demasiado la armonía familiar.

Mi madre se quedó callada.

Mi padre se acercó.

—Mariana, ven al despacho.

—No.

—Soy tu padre.

—Y yo tengo treinta y dos años.

Aquella frase pareció sorprenderlo.

Quizá porque llevaba media vida tratándome como si siguiera teniendo diecisiete.

Renata se levantó.

—¿Desde cuándo estás con Alejandro?

—Siete meses.

—¿Y te vas a casar?

—Sí.

Me miró de arriba abajo.

—No entiendo.

Alejandro la escuchó.

—¿Qué parte?

Renata se puso incómoda.

—No quise decir…

—Sí quiso.

Su voz seguía tranquila.

—Solo que probablemente nunca se preguntó qué podía ver alguien en Mariana porque ustedes decidieron hace años que ella era la hija que debía servir mientras los demás brillaban.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Porque era exactamente eso.

Y nadie lo había dicho nunca.

Mi padre respiró profundamente.

—Mariana, si tienes documentos, podemos revisarlos en familia.

—Ya fueron revisados.

—¿Por quién?

—Auditores externos.

Bruno se levantó de golpe.

—¡¿Entregaste información de nuestra empresa a extraños?!

—De una empresa donde trabajé trece años sin sueldo acorde a mis responsabilidades.

—¡Eres una traidora!

—No.

Saqué el teléfono.

—Una traidora habría ocultado lo que encontré.

Bruno avanzó hacia mí.

Alejandro se colocó inmediatamente entre ambos.

—Ni un paso más.

Bruno se detuvo.

Mi padre cerró los ojos.

—¿Qué quieres, Mariana?

La pregunta me sorprendió.

—¿Qué?

—Dinero. Acciones. Un cargo.

Sonreí tristemente.

Incluso ahora creía que aquello era una negociación.

—Quiero renunciar.

Mi madre palideció.

—No seas ridícula.

—Mi renuncia entra en vigor el lunes.

—¿Y quién llevará administración? —preguntó mi padre.

Nadie habló.

Porque todos conocíamos la respuesta.

Yo.

Siempre yo.

Las nóminas.

Los proveedores.

Los impuestos.

Los permisos.

Las renovaciones.

Las cuentas que Bruno nunca entendió.

Los problemas que mi padre ni siquiera sabía que existían porque yo los solucionaba antes de que llegaran a su escritorio.

—Contrata a alguien —respondí.

Mi madre soltó una risa nerviosa.

—Después de todo lo que hicimos por ti.

Entonces abrí mi bolso.

Saqué un sobre.

Lo llevaba preparado desde hacía semanas.

—Precisamente por eso hice cuentas.

Dejé sobre la mesa trece años de registros.

Salarios incompletos.

Bonificaciones que nunca recibí.

Préstamos personales que hice a la compañía durante las crisis.

Gastos de mi abuela pagados por mí.

—No me deben una vida —dije—. Pero tampoco vuelvan a decir que yo les debo la mía.

Mi padre abrió la primera página.

Su expresión fue cambiando.

De pronto Bruno se lanzó hacia la carpeta.

—¡Dame eso!

Alejandro lo detuvo.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Mi cuñado, el esposo de Renata, habló desde el otro extremo de la mesa.

—Ramiro.

Todos lo miraron.

Él tenía uno de los documentos entre las manos.

—Esta empresa…

Señaló uno de los proveedores relacionados con Bruno.

—La conozco.

Bruno se quedó blanco.

—Cállate.

Mi cuñado levantó lentamente la vista.

—Figura en una investigación financiera que revisamos hace dos meses.

Mi padre dejó caer el tenedor.

—¿Qué investigación?

Bruno retrocedió.

Yo sentí un escalofrío.

Eso no aparecía en mi informe.

—¿De cuánto dinero estamos hablando? —preguntó Alejandro.

Mi cuñado miró a Bruno.

—Muchísimo más de lo que aparece aquí.

La cena terminó en ese instante.

Dos horas después, los invitados se habían marchado.

Alejandro y yo estábamos a punto de irnos cuando mi padre salió del despacho.

Parecía haber envejecido diez años.

—Mariana.

Me detuve.

Llevaba una carpeta vieja.

—Encontré esto en la caja fuerte.

—¿Qué es?

No respondió.

Me la entregó.

En la portada aparecía mi nombre completo.

Dentro había documentos societarios fechados diecisiete años atrás.

Yo tenía quince entonces.

Leí la primera página.

Después la segunda.

No entendía.

—Papá…

Alejandro se acercó.

Su expresión cambió al ver una cifra.

Treinta y cuatro por ciento.

—Ramiro —dijo—, ¿qué significa esto?

Mi padre se sentó.

—La constructora no era originalmente solo mía.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿De quién más?

Mi padre me miró.

—De tu abuelo.

—Eso ya lo sé.

—No.

Negó lentamente.

—Antes de morir dejó parte de sus acciones directamente a uno de sus nietos.

Miré otra vez el documento.

Mi nombre estaba allí.

—¿A mí?

Mi padre cerró los ojos.

—Sí.

La casa quedó en absoluto silencio.

—Entonces ¿por qué nunca me lo dijiste?

Mi madre apareció detrás de él.

Y al verla comprendí que ella ya lo sabía.

—Mamá.

Teresa empezó a llorar.

—Era demasiado para una niña.

—Ahora tengo treinta y dos.

No respondió.

Alejandro tomó otro documento.

—Mariana…

Su voz cambió.

—Hay transferencias contra estas acciones.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué transferencias?

Alejandro levantó la vista hacia mi padre.

—Durante años alguien utilizó la participación de Mariana como garantía para financiar la empresa.

Bruno apareció al final del pasillo.

Cuando escuchó aquello, se quedó inmóvil.

Y entonces lo entendí.

No me habían mantenido trabajando allí porque fuera “la fuerte”.

No me habían negado estudios porque la familia necesitara sacrificios.

Me habían mantenido cerca porque mi nombre sostenía una parte de la compañía.

Mi padre comenzó a hablar.

—Mariana, puedo explicarlo.

Pero Alejandro acababa de llegar a la última página.

Su rostro se endureció.

—No.

Me entregó el documento.

—Esto no puede explicarse así.

Miré la firma situada al pie.

Supuestamente era mía.

Autorizaba una operación realizada hacía apenas seis meses.

Pero yo jamás había firmado aquel papel.

—Esa firma es falsa.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

Mi padre miró a Bruno.

Y Bruno retrocedió.

Entonces Alejandro dijo las palabras que hicieron que toda mi familia volviera a quedarse helada:

—Ramiro, el contrato que llevas seis meses intentando cerrar conmigo no depende de tus terrenos.

Me tomó de la mano.

—Depende de las acciones de Mariana.

Miré a mi padre.

—¿Qué significa eso?

Alejandro apretó suavemente mis dedos.

—Que mañana, cuando nuestros abogados terminen de revisar estos documentos, podríamos descubrir que tu familia nunca tuvo autoridad para negociar conmigo.

Hizo una pausa.

—Porque la persona que realmente controla Salvatierra Construcciones podrías ser tú.

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