Adrian conocía ese nombre.
Grayhaven.
Cinco años atrás, cuando nuestros padres anunciaron que yo ocuparía el lugar de Lily, había preguntado por qué lloraba mientras preparaba mis maletas.
Mi padre respondió por mí:
—Elena siempre ha sido demasiado sentimental con esa ciudad.
Nunca mencionaron a Daniel Mercer.
Y yo tampoco.
Adrian me observó durante varios segundos.
—¿Por qué quieres volver allí?
—No dije que quisiera volver.
—Pero estás pensando en hacerlo.
Sonreí.
Después de cinco años, finalmente parecía interesado en saber qué pensaba.
—Eso ya no es asunto tuyo.
Su mandíbula se tensó.
Antes de que respondiera, una voz dulce llegó desde el pasillo.
—Adrian.
Lily apareció con el anillo que él acababa de colocar en su dedo.
Mi hermana seguía siendo hermosa.
Quizá incluso más que antes.
Se acercó a Adrian y tomó su brazo con naturalidad.
—Mamá quiere hablar sobre los invitados de la boda.
Luego me miró.
—Elena, gracias.
—¿Por qué?
—Por cuidar de Adrian mientras yo no estaba.
Cuidar.
Cinco años resumidos en una palabra.
Asentí.
—No tienes que agradecérmelo.
Tomé mi bolso.
—Felicidades por la boda.
Y me marché.
En casa de los Bennett nadie me recibió con alegría.
Mi padre estaba furioso.
—¿Por qué no hiciste nada?
—¿Qué debía hacer?
—¡Convencerlo!
Solté una pequeña risa.
—¿Convencer a un hombre para que no se case con la mujer que ama?
Mi madrastra golpeó la mesa.
—¡Cinco años, Elena! Tuviste cinco años para conseguir que se enamorara de ti.
Aquello resumía perfectamente mi lugar en esa familia.
Cinco años atrás me habían enviado a sustituir a Lily.
Ahora que Lily había regresado, mi utilidad había terminado.
Subí a mi antigua habitación.
Sobre la cama estaba el viejo oso de peluche que Adrian había mencionado.
Lo tomé.
Debajo de una costura casi deshecha había algo que nadie conocía.
Una fotografía doblada.
Daniel y yo.
Ambos teníamos veintiún años.
Él llevaba el uniforme de cadete.
Yo estaba apoyada contra su hombro.
En la parte posterior había una frase escrita con su letra:
“Cuando termine mi formación, volveré a Grayhaven. Espérame.”
Pero fui yo quien no esperó.
Tres semanas después, Lily desapareció.
Mi padre me dio dos opciones.
O aceptaba el compromiso con Adrian o Daniel perdería la recomendación militar que necesitaba para continuar su carrera.
Elegí protegerlo.
Y desaparecí de su vida sin explicaciones.
Daniel nunca supo que lo abandoné para salvar su futuro.
Esa noche compré un billete.
Grayhaven.
Salida: 6:40 de la mañana.
A las cinco y veinte, alguien llamó a la puerta.
Era Adrian.
—¿Qué haces aquí?
Entró sin esperar invitación.
Sus ojos encontraron inmediatamente la maleta.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Adónde?
No respondí.
Entonces vio el billete sobre la mesa.
GRAYHAVEN.
Su expresión cambió.
—¿Por él?
Sentí un vuelco.
—¿Por quién?
Adrian sacó algo del bolsillo.
La fotografía.
Mi fotografía.
—Esto estaba dentro del oso.
Se me heló el cuerpo.
—¿Lo abriste?
—Se rompió cuando lo estaban trasladando.
Miró nuevamente la imagen.
—Daniel Mercer.
Así que también conocía ese nombre.
—Devuélvemela.
—¿Lo amabas?
—Adrian…
—Respóndeme.
Por primera vez escuché algo desconocido en su voz.
No era autoridad.
Era inquietud.
—Sí.
Una sola palabra.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Cuánto?
Lo miré directamente.

—Lo suficiente como para dejarlo sin despedirme porque mi padre amenazó con destruir su carrera si yo rechazaba nuestro compromiso.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué?
Le quité la fotografía de la mano.
—Tú perdiste a Lily y necesitabas una sustituta. Mi familia necesitaba mantener la alianza con los Pierce.
—Y tú…
—Yo necesitaba proteger a Daniel.
Adrian retrocedió.
Durante cinco años había pensado que yo había llegado a su vida esperando conquistar su corazón.
Ahora descubría que mientras él recordaba a Lily, yo también había estado intentando olvidar a otra persona.
—Entonces estos cinco años…
—Cumplí con lo que esperaban de mí.
—¿Eso fue todo?
La pregunta me sorprendió.
—¿Qué quieres que diga?
—Quiero la verdad.
Respiré profundamente.
—La verdad es que llegué a quererte.
Sus ojos se levantaron inmediatamente.
—Elena…
—Pero no importa.
—¿Cómo que no importa?
—Porque ayer elegiste.
Se quedó callado.
—Y ahora yo también puedo hacerlo.
Tomé mi maleta.
Adrian bloqueó la puerta.
—No vayas.
Lo miré.
—¿Perdón?
Parecía sorprendido por sus propias palabras.
—Quiero decir… espera hasta después de la boda.
—¿Para qué?
No pudo responder.
Sonreí tristemente.
—Hace dos días me dijiste que volviera con mi familia. Ayer me dijiste que Lily tendría que aprobar cualquier arreglo sobre mi futuro. Y ahora que sabes que existe Daniel, ¿quieres que espere?
Adrian apartó lentamente el brazo.
—Solo creo que estás tomando una decisión impulsiva.
—Llevo cinco años esperando poder tomarla.
Pasé junto a él.
Esta vez no intentó detenerme.
Cuando llegué a Grayhaven estaba lloviendo.
La ciudad parecía más pequeña de lo que recordaba.
Las mismas calles.
La misma estación.
Incluso la cafetería frente a la academia seguía allí.
Pregunté por Daniel.
La mujer detrás del mostrador me reconoció.
Su sonrisa desapareció.
—Así que finalmente regresaste.
—¿Sabe dónde está?
Me estudió durante varios segundos.
—Base Norte.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—¿Sigue en el ejército?
La mujer casi rio.
—¿No sabes nada?
Negué.
—El comandante Mercer regresó hace seis meses.
Comandante.
Daniel lo había conseguido.
A pesar de mí.
Llegué a Base Norte poco antes del anochecer.
No podía entrar sin autorización, así que esperé frente al puesto de control.
Una hora.
Después dos.
Empecé a pensar que había cometido un error.
Entonces varios vehículos militares aparecieron por la carretera.
El segundo se detuvo.
La puerta se abrió.
Un hombre descendió.
Más alto.
Más serio.
Con el uniforme impecable y cinco años escritos en el rostro.
Pero lo reconocí inmediatamente.
Daniel.
Él también me vio.
Se quedó completamente inmóvil.
Durante unos segundos, ninguno pudo hablar.
Finalmente caminó hacia mí.
—Elena Bennett.
Mi garganta se cerró.
—Hola, Daniel.
Sus ojos bajaron hasta mi maleta.
—Cinco años.
—Lo sé.
—Cinco años sin una llamada.
—Lo sé.
—Sin una explicación.
—Daniel…
—¿Y ahora apareces aquí?
No había odio en su voz.
Eso habría sido más fácil.
Había dolor.
—Vine a decirte la verdad.
Él soltó una risa amarga.
—Llegas un poco tarde.
—Lo sé.
Daniel miró hacia otro lado.
—¿Por qué ahora?
Apreté el asa de mi maleta.
—Porque ya no estoy comprometida.
Su mirada regresó inmediatamente a mí.
—¿Pierce?
—Se casa con Lily dentro de dos días.
Algo atravesó su expresión.
—Entonces vuelves porque él te dejó.
—No.
Di un paso hacia él.
—Vuelvo porque durante cinco años pensé que ya no tenía derecho a buscarte.
Saqué nuestra fotografía.
—Y ahora quiero saber si todavía es demasiado tarde.
Daniel miró la foto.
Pero antes de responder, mi teléfono comenzó a sonar.
Adrian.
Lo rechacé.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
“ELENA, NO SUBAS A ESE COCHE CON MERCER. NECESITO CONTARTE ALGO SOBRE LO QUE PASÓ HACE CINCO AÑOS.”
Me quedé mirando la pantalla.
Daniel vio mi expresión.
—¿Qué ocurre?
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez había una fotografía adjunta.
Era un documento militar antiguo.
En la parte inferior aparecía la firma de mi padre.
Y junto a ella…
la firma de Adrian Pierce.
Sentí que me faltaba el aire.
El mensaje decía:
“TU PADRE NO FUE EL ÚNICO QUE HIZO QUE DANIEL DESAPARECIERA DE TU VIDA.”
Levanté lentamente la mirada hacia Daniel.
—¿Qué hizo Adrian hace cinco años?
El rostro de Daniel cambió.
Y por primera vez desde que me había visto frente a la base, toda la dureza desapareció.
—Elena…
—Dímelo.
Daniel cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, comprendí que él también había guardado un secreto.
—Adrian sabía de nosotros desde antes de que te convirtieras en su prometida.
Y justo entonces, detrás de mí, escuché el sonido de otro vehículo deteniéndose bajo la lluvia.