Seguí abriendo las capturas.
Cada una dolía menos que la anterior.
Quizá porque, después de cierto punto, ya no quedaba nada intacto que romper.
Laura había escrito:
“¿Ella duerme ya?”
Daniel respondió:
“Sí.”
“Entonces dime lo que no puedes decir cuando está despierta.”
Después había un mensaje de voz transcrito.
“A veces pienso que me casé demasiado pronto.”
Me quedé mirando aquella frase durante varios minutos.
Seis años de matrimonio reducidos a una duda enviada después de medianoche.
Pero continué.
Laura:
“Si estuvieras soltero, ¿me elegirías?”
Daniel tardó diecisiete minutos en responder.
“No me hagas esa pregunta.”
Ella insistió:
“Eso no es un no.”
Y Daniel escribió:
“Precisamente por eso no deberías preguntarlo.”
Cerré la computadora.
No grité.
No rompí nada.
Simplemente fui al dormitorio, saqué una maleta y luego me detuve.
En aquel momento todavía lo amaba demasiado para marcharme.
Así que hice algo peor.
Me quedé.
Pero desde aquella noche dejé de ser su esposa en todo aquello que no aparecía escrito en un registro oficial.
Dormí en el estudio.
Dejé de esperarlo para cenar.
No pregunté dónde estaba.
No revisé más su teléfono.
Y cuando intentaba tocarme, retrocedía.
Daniel creyó que seguía enfadada por las rosas.
Nunca imaginó que yo ya había leído tres meses de conversaciones.
Durante seis meses esperé una sola cosa.
Que me dijera la verdad por voluntad propia.
Nunca lo hizo.
Hasta aquella noche en que lloró.
A la mañana siguiente Daniel seguía sentado en la sala cuando salí del estudio.
No parecía haber dormido.
—Clara.
Seguí caminando hacia la cocina.
—Tenemos que hablar.
—Tengo servicio a las ocho.
—Pedí que nos cubrieran.
Me detuve.
—¿Usaste tu rango para modificar mi turno?
—No. Pedí un favor.
—Pues deshazlo.
Daniel se levantó.
—¡No puedo seguir viviendo así!
Lo miré.
Era la primera vez en meses que elevaba la voz.
—Entonces no lo hagas.
Su rostro cambió.
—¿Qué significa eso?
Entré en el estudio.
Cuando regresé llevaba una carpeta azul.
La puse sobre la mesa.
Daniel la observó.
—¿Qué es?
—La razón.
Abrí la carpeta.
Primera captura.
Segunda.
Tercera.
Daniel dejó de respirar con normalidad.
—Clara…
Seguí colocando páginas.
“Anoche soñé contigo.”
“¿Ella duerme ya?”
“Si estuvieras soltero, ¿me elegirías?”
Y finalmente:
“A veces pienso que me casé demasiado pronto.”
Daniel se sentó como si las piernas hubieran dejado de sostenerlo.
—¿Desde cuándo tienes esto?
—Desde el 8 de noviembre.
Levantó la cabeza bruscamente.
—¿Seis meses?
—Ciento ochenta y tres días.
—¿Lo sabías todo este tiempo?
—Sí.
—¿Por qué no dijiste nada?
Sonreí.
—Quería comprobar cuánto tardabas tú en hacerlo.
Daniel bajó la mirada.
—No pasó nada físico.
—No me importa.
—Clara, tienes que creerme.
—Te creo.
Eso lo desconcertó.
—Entonces…
—Creo que no te acostaste con ella.
Empujé una captura hacia él.
—También creo que esperabas a que yo durmiera para decirle cosas que jamás tuviste valor de decirme despierta.

Su rostro se contrajo.
—Estaba confundido.
—Lo sé. Te escuché decirlo en el balcón.
Daniel cerró los ojos.
—Dios…
—También escuché “creo que sospecha algo” y “no me busques por ahora”.
—Yo estaba intentando terminar aquello.
—No.
Negué lentamente.
—Estabas intentando esconderlo mejor.
No respondió.
Porque ambos sabíamos que era verdad.
Daniel pidió hablar con Laura aquel mismo día.
Ella llegó a su despacho creyendo que se trataba de trabajo.
—Cierra la puerta —dijo él.
Laura obedeció.
Daniel dejó impresas sus conversaciones sobre la mesa.
El rostro de ella perdió el color.
—¿Clara las encontró?
—Hace seis meses.
Laura guardó silencio.
—¿Y recién te lo dijo?
Daniel la miró.
—Porque durante seis meses esperó que yo tuviera suficiente dignidad para confesárselo.
Laura se acercó.
—Daniel, nosotros nunca hicimos nada.
—Eso ya no importa.
—Claro que importa.
—Para mi matrimonio, no.
Laura tragó saliva.
—¿Qué vas a hacer?
Daniel respondió sin vacilar:
—Solicitaré que te reasignen.
La expresión de Laura cambió.
—¿Me estás culpando?
—No.
Daniel negó con la cabeza.
—Me estoy culpando a mí.
Aquella misma tarde presentó un informe sobre el conflicto de interés y pidió que otro oficial asumiera la supervisión directa de Laura.
Por primera vez hizo todo aquello que debería haber hecho meses antes.
Solo había un problema.
Yo ya no estaba esperando que lo hiciera.
Cuando regresó a casa encontró dos maletas junto a la puerta.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué haces?
—Me voy.
—Hablé con Laura.
—Lo sé.
—Pedí su traslado.
—Bien.
—Entregué un informe sobre nuestra comunicación fuera del trabajo.
—También está bien.
Daniel se acercó.
—Entonces podemos arreglarlo.
Aquellas palabras me hicieron sentir una tristeza inmensa.
—Sigues sin entenderlo.
—¿Qué más quieres que haga?
—Nada.
—¡Dime qué necesitas!
—Necesitaba todo eso hace seis meses.
Su voz se quebró.
—Puedo cambiar.
—Ya cambiaste.
Lo miré.
—Solo que cambiaste cuando las consecuencias llegaron hasta ti.
Daniel comenzó a llorar otra vez.
Esta vez no aparté la mirada.
—Te amo.
—Yo también te amaba cuando encontré esos mensajes.
—Todavía me amas.
No respondí inmediatamente.
Eso pareció darle esperanza.
Entonces saqué otro documento de mi bolso.
Lo dejé sobre la mesa.
Daniel lo tomó.
Su rostro quedó blanco.
Era una solicitud de traslado.
La había presentado cuatro meses antes.
Y había sido aprobada.
—¿Te vas de la base?
—Sí.
—¿Adónde?
—A otra región.
—¿Cuándo?
—El lunes.
Daniel levantó la vista.
—¿Llevas cuatro meses preparando esto?
—Sí.
Pareció recibir un golpe invisible.
—Mientras yo pensaba que estábamos atravesando una crisis…
—Yo estaba aprendiendo a salir de ella.
Daniel dejó caer el documento.
—Clara, por favor.
Me acerqué a las maletas.
Entonces él dijo algo que me hizo detenerme.
—Hay algo que no sabes sobre Laura.
Me giré.
—Ya no quiero saber nada.
—Necesitas saber esto.
Su tono había cambiado.
Ya no era súplica.
Era miedo.
—La noche anterior a que encontraras esos mensajes, Laura me confesó por qué se había acercado realmente a mí.
Fruncí el ceño.
Daniel abrió el cajón del escritorio y sacó un sobre oficial que yo nunca había visto.
—Y no tenía nada que ver únicamente conmigo.
Dejó el sobre frente a mí.
En la esquina superior aparecía el sello de Inteligencia Militar.
Debajo estaba escrito mi nombre completo.
CAPITANA CLARA ZHOU.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Por qué hay un expediente mío en tu escritorio?
Daniel no respondió inmediatamente.
—Porque Laura no llegó a nuestra unidad por casualidad.
Abrí el sobre.
Dentro había fotografías.
Informes.
Registros de acceso.
Y una imagen tomada seis meses atrás desde el otro lado de la calle.
En ella aparecía yo.
Dentro de mi coche.
Observando a Daniel y Laura salir juntos del edificio.
Alguien me había fotografiado exactamente el día en que todo comenzó.
Levanté lentamente la mirada.
—Daniel… ¿quién tomó esto?
Él palideció.
Y cuando respondió, comprendí que los mensajes con Laura quizá solo habían sido la primera mentira.
—La persona que lleva casi un año investigándote.