PARTE 2: EL DÍA QUE EL COMANDANTE DESCUBRIÓ QUE LA ESPOSA QUE NUNCA REGISTRÓ HABÍA DEJADO DE SERVIRLE Y VOLVÍA A SER LA SOLDADO QUE TODOS RECORDABAN.

Gabriel me miró como si acabara de hablarle en otro idioma.

—Es mi madre.

—Exacto. Tu madre.

Sus subordinados seguían en la sala. Nadie decía nada.

Gabriel cerró parcialmente la puerta.

—Camila, no montes una escena delante de mis hombres.

Casi sonreí.

Cinco años cuidando a una mujer dependiente día y noche y, para él, negarme una sola vez era “montar una escena”.

Saqué de mi bolso una carpeta.

—Aquí están sus medicamentos, horarios, números de médicos y toda la información necesaria. He dejado pañales y material para varios días.

Gabriel miró mi maleta.

Por fin pareció comprender.

—¿Adónde vas?

—Me voy.

—¿Por cuánto tiempo?

—Para siempre.

Su expresión cambió.

—¿Otra vez por Sofía?

—No.

—Entonces deja de comportarte como una niña y dime qué quieres.

Lo observé durante unos segundos.

—Quiero recuperar los cinco años que desperdicié creyendo que era tu esposa.

Gabriel palideció.

Saqué el certificado.

Lo dejé sobre la cama.

—No está registrado.

Sus ojos bajaron al documento.

Por primera vez, el comandante Gabriel Cruz no tuvo una respuesta inmediata.

—Camila…

—El sello es falso. La firma del funcionario también.

Silencio.

—Puedo explicarlo.

Aquellas tres palabras terminaron de matar lo poco que quedaba dentro de mí.

—No hace falta.

Agarré la maleta.

Gabriel bloqueó la puerta.

—Escúchame.

—Apártate.

—Nuestra boda fue real para mí.

Solté una risa seca.

—Qué conveniente. Lo bastante real para que cuidara a tu madre, cocinara para tus hombres y renunciara a mi carrera. Pero no lo bastante real para registrarme como tu esposa.

—Había razones.

—¿Qué razones?

Gabriel calló.

Y su silencio me dio una respuesta que todavía no comprendía por completo.

Entonces su teléfono vibró.

En la pantalla apareció un nombre.

Sofía Vega.

Gabriel rechazó la llamada.

Demasiado tarde.

Yo ya lo había visto.

—Apártate.

Esta vez lo hizo.

Atravesé la sala bajo las miradas de sus subordinados.

Uno de ellos, un teniente mayor que me había conocido años atrás, abrió mucho los ojos.

—¿Capitana Camila Ríos?

Me detuve.

Hacía cinco años que nadie me llamaba así.

—Ya no soy capitana.

Él me observó con desconcierto.

—Usted era la mejor tiradora de la brigada.

Gabriel giró bruscamente hacia él.

—¿La conoces?

El hombre parecía todavía más sorprendido.

—Comandante… todos conocíamos a la capitana Ríos.

No miré atrás.

Salí.


Una semana después crucé nuevamente las puertas de una base militar.

El uniforme todavía no era mío.

Primero debía superar evaluaciones médicas, físicas y técnicas.

Cinco años no desaparecían simplemente.

Mi cuerpo había cambiado.

Mi resistencia también.

Pero cuando sostuve nuevamente un arma de entrenamiento, mis manos dejaron de temblar.

El capitán Ortega me observaba desde atrás.

—¿Preparada?

Respiré.

—Sí.

El primer disparo acertó.

El segundo también.

El tercero quedó casi pegado al anterior.

Ortega sonrió.

—Sabía que seguías ahí.

Yo también sonreí.

Por primera vez en mucho tiempo reconocí a la mujer del espejo.


Gabriel, mientras tanto, seguía convencido de que regresaría.

El primer día me llamó once veces.

El segundo, diecisiete.

Después llegaron los mensajes.

“Tenemos que hablar.”

“Mi madre pregunta por ti.”

“Camila, esto ya ha durado suficiente.”

Luego:

“¿Dónde estás?”

No respondí.

Hasta que dejó de ordenar.

Y empezó a pedir.

“Por favor, contesta.”

Tampoco respondí.

Su madre quedó inicialmente al cuidado de una auxiliar contratada apresuradamente.

Pero cinco años de dependencia no podían resumirse en la lista que yo había dejado.

La mujer rechazaba la comida.

Se agitaba durante los cambios.

Gabriel tuvo que cancelar reuniones.

Entonces descubrió cuánto costaba una cuidadora permanente.

Después necesitó una segunda para cubrir los turnos nocturnos.

Por primera vez calculó económicamente todo aquello que yo había hecho gratis.

Pero el verdadero golpe llegó varias semanas después.

Su madre sufrió un derrame.

La ingresaron de urgencia.

Y Gabriel no se enteró.

Estaba de permiso fuera de la ciudad.

Con Sofía.

Cuando regresó, asistió directamente a una cena familiar.

Su prima preguntó:

—¿Y Camila? ¿Todavía no volvió?

Gabriel respondió con irritación:

—Mi madre está enferma. Camila sabe cuáles son sus responsabilidades.

Nadie habló.

Finalmente, su tía dejó los cubiertos.

—Gabriel… tu madre está hospitalizada desde hace una semana.

Él se puso de pie.

—¿Qué?

—¿No lo sabías?

La expresión de Gabriel se descompuso.

Sacó inmediatamente el teléfono.

Tenía llamadas perdidas del hospital.

De la cuidadora.

De varios familiares.

Había estado demasiado ocupado ignorándolas durante su viaje.

Y entonces su padre preguntó:

—¿Dónde está Camila?

Gabriel apretó la mandíbula.

—Se fue.

—¿Se fue?

—Está enfadada.

Su prima lo miró fijamente.

—¿Enfadada desde hace semanas?

Sofía intentó intervenir.

—Probablemente solo necesita tiempo.

La tía de Gabriel la miró.

—¿Y tú por qué sabes tanto sobre lo que necesita la mujer de Gabriel?

El silencio se volvió insoportable.

Gabriel tomó las llaves.

—Voy al hospital.

Su padre lo siguió.

Antes de salir, preguntó:

—¿Camila sabe lo de tu madre?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

Gabriel no respondió.

Su padre lo miró como si acabara de descubrir a un desconocido.

—¿Cinco años cuidando a tu madre y ni siquiera sabes dónde está ahora?


Dos meses después recibí la certificación definitiva.

Había superado todas las pruebas.

El día que volví a vestir uniforme permanecí varios minutos frente al espejo.

Mis manos seguían ásperas.

Las ojeras todavía estaban allí.

Pero mi espalda estaba recta otra vez.

El capitán Ortega entró.

—Hay alguien preguntando por ti.

Mi sonrisa desapareció.

Gabriel esperaba fuera.

Cuando me vio, se quedó inmóvil.

No llevaba el uniforme de comandante.

Solo una camisa oscura y un sobre en la mano.

Sus ojos recorrieron el mío.

—Volviste.

—Sí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque ya no tenía que informarte de mi vida.

Gabriel tragó saliva.

—Mi madre pregunta por ti.

Aquello dolió.

Pero no cedí.

—Espero que se recupere.

—Camila…

—No voy a volver a cuidarla.

—No vine por eso.

Me tendió el sobre.

Dentro había documentos oficiales.

Los revisé.

Era una solicitud para registrar nuestro matrimonio retroactivamente.

Lo miré incrédula.

—¿Qué es esto?

—Puedo arreglarlo.

Sentí ganas de reír.

—¿Ahora?

—Cometí un error.

—Durante cinco años.

—Escúchame.

—No.

Intentó acercarse.

—Nunca quise perderte.

—Entonces no deberías haber convertido nuestra boda en una mentira.

Gabriel bajó la voz.

—El certificado falso no fue porque no quisiera casarme contigo.

Me detuve.

—¿Entonces?

Miró alrededor.

—No puedo hablar aquí.

—Puedes.

Su rostro se endureció.

—Camila, hay algo que no sabes.

—Ya no me interesa.

Me di la vuelta.

Entonces dijo:

—Sofía sabe por qué nuestro matrimonio nunca fue registrado.

Me detuve.

El pasillo quedó en silencio.

Giré lentamente.

—¿Qué tiene que ver Sofía?

Gabriel cerró los ojos.

Y antes de responder, una voz femenina llegó desde la entrada.

—Mucho más de lo que él se atreve a admitir.

Sofía estaba allí.

Pero no miraba a Gabriel.

Me miraba a mí.

Llevaba una carpeta en la mano.

—Camila, antes de que vuelvas a creer una sola palabra de este hombre, deberías ver esto.

Gabriel avanzó.

—Sofía, cállate.

Ella retrocedió.

—¿Por qué? ¿Porque finalmente tendrá que saber qué hiciste cinco años atrás?

Sentí un escalofrío.

Sofía abrió la carpeta y sacó un documento.

Había una fecha.

La fecha exacta de mi supuesta boda.

Y debajo aparecía el nombre de Gabriel.

Pero junto al suyo no estaba el mío.

Había otro nombre.

Levanté la vista.

Gabriel estaba completamente pálido.

—Camila, déjame explicarlo.

Sofía colocó el documento entre mis manos.

Entonces vi qué era.

Un registro matrimonial auténtico.

Y cuando leí el nombre de la mujer que figuraba legalmente como esposa de Gabriel Cruz desde cinco años atrás, sentí que todo el aire desaparecía del pasillo.

Porque aquel nombre no pertenecía a una desconocida.

Yo conocía perfectamente a esa mujer.

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