PARTE 2: CLARA SOLO QUERÍA DIVORCIARSE ANTES DE MORIR… PERO CUANDO ADRIÁN DESCUBRIÓ POR QUÉ SU HIJO HABÍA MUERTO, YA ERA DEMASIADO TARDE

A la mañana siguiente, Clara salió del salón ancestral.

No podía caminar sola.

La criada que la había cuidado durante años tuvo que sostenerla hasta su habitación.

Sobre la mesa la esperaba una carpeta.

Solicitud de divorcio.

Clara firmó lentamente.

Sus dedos apenas tenían fuerza.

Después añadió una segunda petición.

Quería ser enterrada junto a su hijo, pero con su apellido de soltera.

Evans.

No Foster.

Cuando Adrián recibió los documentos aquella tarde, los arrojó sobre la mesa.

—¿Divorcio?

Clara estaba sentada junto a la ventana.

—Sí.

—¿Porque fui a Islandia con Irene?

—No.

—Entonces deja de comportarte como una niña.

Clara casi sonrió.

Incluso ahora creía que todo giraba alrededor de Irene.

—Firma, Adrián.

Él rompió los documentos frente a ella.

—No pienso divorciarme.

—Entonces mi abogado enviará otros.

Adrián se quedó mirándola.

Por primera vez sintió algo parecido al miedo.

Clara ya no discutía.

No preguntaba dónde había dormido.

No mencionaba Islandia.

Ni siquiera parecía odiarlo.

Era peor.

Parecía haberlo borrado.

Aquella noche, Adrián entró en la antigua habitación de su hijo.

Todo seguía allí.

Los juguetes.

La pequeña mochila.

Un dibujo pegado junto a la cama.

Entonces encontró un teléfono viejo dentro del cajón.

Era el que Clara había utilizado mientras él estaba fuera.

Había cuarenta y siete llamadas realizadas a su número.

Todas sin respuesta.

Después aparecían llamadas a la casa Foster.

Y varios mensajes.

“Mateo está empeorando.”

“El médico dice que necesita tratamiento urgente.”

“Por favor, necesito autorización para trasladarlo.”

El último mensaje había sido enviado a Irene.

“Sé que estás con Adrián. Dile que su hijo puede morir.”

Debajo aparecía una respuesta.

“Deja de utilizar al niño para arruinar nuestro viaje.”

Adrián dejó de respirar.

Continuó revisando.

Había una grabación.

La voz de su madre decía:

—No autorizaremos ningún traslado hasta que Clara admita que descuidó al niño.

Después escuchó a Clara llorando.

—Castíguenme después. Primero salven a Mateo.

Adrián sintió que las piernas le fallaban.

Corrió hasta la habitación de su madre.

—¿Qué ocurrió realmente con mi hijo?

La señora Foster palideció.

Irene estaba allí.

—Adrián…

Él arrojó el teléfono sobre la mesa.

—¡Pregunté qué ocurrió!

Nadie respondió.

Y aquel silencio le dio la respuesta.

Su familia había convertido una emergencia en una lucha de poder.

Clara había pedido ayuda.

Él había apagado el teléfono.

Cuando finalmente consiguieron trasladar al niño, ya era demasiado tarde.

Adrián regresó corriendo a buscarla.

Pero Clara no estaba.

Sobre su almohada había otra carpeta.

Esta vez no contenía documentos de divorcio.

Contenía informes médicos.

Resonancias.

Resultados.

Una fecha.

Diagnóstico: tumor cerebral avanzado.

Adrián leyó dos veces.

Después encontró una nota escrita con la letra temblorosa de Clara.

“No necesito que me quieras. Solo necesito dejar de ser tu esposa antes de morir.”

El papel cayó de sus manos.

Por primera vez comprendió por qué Clara ya no peleaba.

No estaba intentando castigarlo.

Estaba despidiéndose.

La encontró en el cementerio.

Clara estaba sentada frente a la tumba de Mateo.

Un trabajador esperaba cerca con unos documentos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Adrián.

Clara señaló la lápida.

Allí figuraba:

Mateo Foster.

—Quiero cambiar mi lugar de entierro —dijo—. Estaré junto a él.

Adrián tragó saliva.

—Entonces estaremos juntos.

Clara negó.

—No.

Lo miró directamente.

—Quiero que mi lápida diga Clara Evans.

Adrián cayó de rodillas frente a ella.

—Sé la verdad.

Ella no reaccionó.

—Encontré las llamadas. Los mensajes. Sé que intentaste localizarme.

Clara permaneció en silencio.

—No sabía lo que estaban haciendo.

—Pero sabías que tu teléfono estaba apagado.

Aquello lo dejó sin palabras.

—Clara…

—Nuestro hijo murió llamando a un padre que estaba mirando auroras con otra mujer.

Adrián comenzó a llorar.

—Dame una oportunidad.

Clara acarició lentamente el nombre de Mateo sobre la piedra.

—Te di años.

Después sacó otra copia del divorcio.

Esta vez Adrián no la rompió.

Firmó.

Veintisiete días después, Clara murió.

Fue enterrada junto a Mateo.

En su lápida no apareció el apellido Foster.

Solo:

Clara Evans.
Madre de Mateo.

Adrián permaneció frente a aquellas dos tumbas hasta que todos se marcharon.

Había regresado de Islandia pensando que todavía podía explicar su ausencia.

Pero algunas ausencias no se arreglan regresando.

Y Clara consiguió lo último que había deseado.

Cuando llegó el final, el hombre que la había abandonado mientras perdía a su hijo ya no tenía ningún derecho a llamarla esposa.

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