PARTE 2: DANIEL POR FIN SE ACERCÓ A LA CHICA QUE HABÍA AMADO EN SILENCIO DURANTE TRES AÑOS… JUSTO CUANDO OTRO HOMBRE INTENTABA QUEDARSE CON LO ÚNICO QUE SU FAMILIA TENÍA

Daniel podía soportar verla salir con otro hombre.

Lo que no podía hacer era quedarse sentado sabiendo que ese hombre planeaba engañarla.

Pero tampoco quería aparecer como un millonario desconocido diciéndole a Camila cómo debía vivir.

Así que hizo algo mucho más sencillo.

A la mañana siguiente, cuando Camila cruzó frente a la cafetería, Daniel salió.

Después de tres años observándola desde aquella ventana, finalmente se colocó frente a ella.

—Disculpa.

Camila frenó.

—¿Sí?

Daniel había negociado contratos de cientos de millones sin ponerse nervioso.

Ahora olvidó casi todo lo que había pensado decir.

—Soy Daniel.

Ella sonrió.

—Camila.

Él casi se rio.

Claro que sabía su nombre.

—¿Puedo invitarte un café?

Camila miró su reloj.

—Tengo clase en doce minutos.

—Entonces uno para llevar.

Ella dudó.

Finalmente aceptó.

Durante aquellos doce minutos Daniel no mencionó sus empresas.

Ni su fortuna.

Ni la fundación.

Hablaron de cosas pequeñas.

La universidad.

El tráfico.

Doña Mercedes.

Y cuando Camila se marchó corriendo, Daniel descubrió que estaba sonriendo como no lo hacía desde hacía años.

Pero Bruno avanzaba más rápido.

Durante las semanas siguientes comenzó a visitar a doña Mercedes.

Llevaba comida.

Medicamentos.

Flores.

Y finalmente apareció con una propuesta.

Una empresa quería comprar el viejo terreno familiar.

—No vale prácticamente nada —explicó—. Pero conseguí que os ofrecieran 900.000 pesos.

Para Camila aquello parecía una fortuna.

Podría pagar las deudas.

Los tratamientos de su abuela.

Terminar la universidad sin trabajar hasta medianoche.

Bruno colocó los documentos sobre la mesa.

—Solo falta firmar.

Camila tomó el bolígrafo.

Entonces llamaron a la puerta.

Era Daniel.

Bruno lo reconoció inmediatamente.

Su expresión cambió.

—¿Daniel Arriaga?

Camila levantó la cabeza.

—¿Lo conoces?

Daniel comprendió que ya no podía ocultarlo.

—Sí.

Bruno soltó una risa.

—Camila, tu amigo del café olvidó decirte que es uno de los empresarios más ricos de Guadalajara.

Ella dejó lentamente el bolígrafo.

Miró a Daniel.

—¿Es verdad?

—Sí.

—¿Y desde cuándo me conoces realmente?

Daniel guardó silencio un segundo demasiado largo.

Camila entendió.

—Tú pagaste la beca.

—Camila…

—¿Los medicamentos de mi abuela también?

Daniel no mintió.

—Ayudé.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Me investigaste?

—Solo cuando apareció Bruno. Descubrí que había preguntado por vuestro terreno antes de conocerte.

Bruno golpeó la mesa.

—¡Está celoso!

Daniel sacó una carpeta.

—Quizá. Pero eso no cambia estos documentos.

Los dejó delante de Camila.

Había informes públicos sobre proyectos urbanísticos, operaciones inmobiliarias cercanas y valoraciones independientes.

—No firmes nada hoy —dijo Daniel—. Contrata a tu propio abogado y a tu propio tasador. No confíes tampoco en mí.

Camila frunció el ceño.

—¿Cuánto vale?

Daniel miró a Bruno.

—Muchísimo más de novecientos mil.

Bruno palideció.

La operación se vino abajo esa misma tarde.

Semanas después, una valoración profesional confirmó que Daniel tenía razón.

El terreno tenía un valor de varios millones.

Bruno desapareció en cuanto comprendió que ya no podría comprarlo por una fracción de su precio.

Pero Camila tampoco corrió hacia Daniel.

De hecho, dejó de hablarle.

Y eso fue lo que él no había previsto.

Tres años imaginando el momento en que ella finalmente lo conocería…

y cuando ocurrió, había destruido su confianza intentando protegerla.

Pasó casi un mes.

Hasta que una mañana Camila entró en la cafetería.

Eran las 7:10.

Daniel estaba junto al ventanal.

Como siempre.

Camila se sentó enfrente.

—Tres años —dijo.

Daniel dejó el café.

—Sí.

—¿Tres años sentado aquí?

Asintió.

—Eso es un poco raro.

Daniel bajó la cabeza.

—Bastante.

Ella tuvo que contener una sonrisa.

Después se puso seria.

—Estoy agradecida por lo que hiciste. Pero no quiero que vuelvas a ayudarme sin preguntarme.

—Nunca más.

—Ni investigar a las personas que salen conmigo.

—De acuerdo.

—Ni resolver mis problemas a escondidas.

—De acuerdo.

Camila lo observó.

—¿Y sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que pudiste haber hablado conmigo desde el primer día.

Daniel sonrió con tristeza.

—Tenía miedo de que cuando supieras quién era cambiaras.

Camila miró su traje.

Luego el reloj caro.

Después sus ojos.

—Cambió algo.

Daniel quedó inmóvil.

Ella tomó su taza y bebió un sorbo.

—Ahora sé que eres bastante cobarde para ser multimillonario.

Daniel soltó una carcajada.

La primera completamente sincera en mucho tiempo.

No comenzaron una relación aquel día.

Empezaron con cafés.

Después comidas.

Luego paseos con doña Mercedes.

Camila terminó la universidad.

La familia vendió solamente una parte del terreno mediante una negociación independiente y conservó el resto.

Y Daniel cumplió su promesa.

Nunca volvió a utilizar dinero para acercarse a ella.

Un año después, ambos estaban frente a la misma cafetería donde todo había empezado.

—¿Sabes algo? —dijo Camila.

—¿Qué?

—Durante mucho tiempo pensé que eras un señor extraño que siempre tomaba café mirando por la ventana.

Daniel se quedó horrorizado.

—¿Me habías visto?

Camila comenzó a reír.

—Daniel, te vi durante tres años.

Él quedó completamente inmóvil.

—¿Entonces por qué nunca dijiste nada?

Ella se encogió de hombros.

—Pensé que si querías conocerme, algún día tendrías el valor de levantarte de esa mesa.

Daniel la miró incrédulo.

Había pasado tres años creyendo que aquella muchacha pobre jamás había reparado en él.

Pero Camila siempre lo había visto.

Simplemente no necesitaba su dinero.

Ni su apellido.

Ni sus empresas.

Esperaba algo mucho más difícil para un hombre acostumbrado a conseguir casi cualquier cosa:

que tuviera el valor de acercarse como una persona común y decir:

—Hola. Soy Daniel.

Y al final, eso fue exactamente lo que hizo que todo cambiara.

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