Elias no apartó la mirada del muelle.
—¿Por qué Damiano Moretti se arrodilló ante Serena?
Marcus tardó demasiado en responder.
—Creo que deberíamos averiguarlo antes de que el señor Voss llegue.
Abajo, Damiano se puso de pie.
Durante siete años yo había evitado aquel mundo.
No porque me hubieran expulsado.
Porque había elegido marcharme.
—Tu padre está esperando —dijo Damiano.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Sigue enfadado?
Damiano casi sonrió.
—Serena, ha mantenido tu habitación exactamente como la dejaste.
Detrás de nosotros bajaron varios hombres del Sovereign.
Después apareció una mujer de cabello gris.
Mi tía Alessandra.
Al verme, olvidó toda ceremonia y me abrazó.
—Siete años —susurró—. Siete malditos años.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde el divorcio, estuve a punto de llorar.
Pero entonces escuché una voz detrás de mí.
—Serena.
Elias.
Había bajado desde su oficina.
Claudia venía con él.
Damiano se colocó inmediatamente entre nosotros.
—¿Quién es?
—Mi exesposo.
Damiano volvió lentamente la cabeza hacia Elias.
La expresión de este cambió.
—¿Exesposo?
—El divorcio terminó hace tres días.
Claudia cruzó los brazos.
—Elias, no tenemos por qué participar en este espectáculo.
Alessandra la miró.
—¿Es ella?
No respondí.
No hacía falta.
Elias dio un paso hacia mí.
—Necesito entender qué está pasando.
—Durante cuatro años tuviste oportunidad de entender quién era tu esposa.
—Nunca me dijiste que conocías a los Moretti.
Damiano soltó una risa seca.
—¿Conocer?
Lo miré.
—Damiano.
Calló inmediatamente.
Elias vio aquello.
Y entonces comprendió que el hombre al que temían empresarios, políticos y competidores no me estaba protegiendo porque yo fuera una conocida.
Me obedecía.
—¿Quién eres? —preguntó Elias.
Antes de que pudiera contestar, Marcus apareció corriendo desde el edificio.
Llevaba el teléfono en la mano.
—Señor Mercer, tenemos un problema.
—Ahora no.
—Es sobre Moretti Maritime.
Elias se giró.
Marcus tragó saliva.
—Acaban de suspender las negociaciones con Mercer Group.
Claudia perdió la sonrisa.
El contrato con Moretti Maritime era precisamente el acuerdo que Leonard Voss había prometido conseguir después del divorcio.
Valía cientos de millones.
—¿Por qué? —preguntó Elias.
Damiano respondió:
—Porque nunca hubo una negociación con Leonard Voss.
Marcus miró su pantalla.
—Entonces ¿quién autorizó las conversaciones?
Damiano me miró.
—Serena.
Elias quedó inmóvil.
Cuatro años atrás, cuando Mercer Group todavía luchaba por conseguir acceso a ciertas rutas internacionales, yo había hecho una llamada.
Después otra.
Nunca pedí acciones.
Nunca pedí reconocimiento.
Solo quise ayudar al hombre con quien pensaba pasar mi vida.
Elias creyó que su crecimiento había ocurrido porque finalmente el mundo reconocía su talento.
Yo nunca le quité esa ilusión.
—¿Tú hiciste eso? —preguntó.
—Abrí una puerta. Tú hiciste el resto.
Claudia negó con la cabeza.
—Esto es absurdo. Si realmente fueras importante, tu apellido sería Moretti.
La miré.
—Lo era.
El rostro de Damiano se endureció.
—Serena Moretti es la única hija de Vittorio Moretti.
El silencio pareció extenderse por todo el muelle.
Elias conocía ese nombre.
Todos allí lo conocían.
—Cuando cumplí veinticinco —continué— renuncié públicamente a utilizar el apellido y me fui. Quería saber quién sería yo sin él.
Miré a Elias.
—Después te conocí.
—¿Y nunca confiaste en mí?
Aquella pregunta casi consiguió hacerme reír.
—Vivimos cuatro años juntos. Nunca preguntaste por qué no hablaba de mi familia.
—Dijiste que estabais distanciados.
—Lo estábamos.
—¡Eso no es lo mismo que ocultarme esto!
Lo observé unos segundos.
—¿Habrías firmado el divorcio si hubieras sabido quién era mi padre?
Elias abrió la boca.
No respondió.
Y su silencio contestó por él.

Entonces sonó mi teléfono.
Damiano miró la pantalla y me lo entregó.
—Es tu padre.
Contesté.
—Papá.
La voz al otro lado envejeció siete años en una sola palabra.
—Serena.
Tuve que mirar hacia el agua.
—Estoy aquí.
—Entonces vuelve a casa.
Cuando terminó la llamada, Damiano señaló el Sovereign.
Pero antes de marcharme, Elias me detuvo.
—Espera.
Lo miré.
—Cometí un error.
—Sí.
—Podemos hablar.
—Ya hablamos durante cuatro años.
—Serena, yo no sabía…
—Exactamente.
Me acerqué lo suficiente para que solamente él pudiera escucharme.
—Me quisiste mientras creíste que yo no tenía nada que pudiera competir con tu importancia.
Su rostro se endureció.
—Eso no es justo.
—Entonces dime una cosa.
Lo miré directamente.
—Si Damiano no se hubiera arrodillado hoy, ¿estarías aquí intentando recuperarme?
Elias no respondió.
Claudia tampoco.
Subí a la pasarela.
Entonces Marcus volvió a llamar a Elias.
Esta vez su voz era urgente.
—Señor Mercer…
Elias se giró.
—¿Qué?
—Leonard Voss acaba de cancelar la reunión.
—¿Por qué?
Marcus miró primero a Claudia.
Después a mí.
—Porque aparentemente el señor Voss sabía desde hace meses quién era Serena.
Claudia palideció.
Me detuve.
Aquello sí era nuevo para mí.
—¿Qué dijiste?
Marcus levantó el teléfono.
—Encontramos correos entre Leonard Voss y un investigador privado. Estuvieron investigando a la señora Mercer antes del divorcio.
Damiano se acercó.
—¿Desde cuándo?
—Seis meses.
Claudia retrocedió.
Y entonces comprendí algo.
Leonard no había convencido a Elias de divorciarse de mí porque creyera que yo era insignificante.
Lo había hecho después de descubrir exactamente quién era.
—Damiano —dije.
—¿Sí?
—Consigue esos correos.
Elias me miró.
—Serena…
Pero ya no estaba mirándolo a él.
Miraba a Claudia.
Porque el divorcio que yo había considerado el final de mi matrimonio acababa de convertirse en otra cosa.
Alguien había querido sacarme de Mercer Group antes de que mi familia regresara.
Y Claudia Voss sabía por qué.