PARTE 2: VOLVÍ A BUSCAR AL HOMBRE QUE ABANDONÉ CINCO AÑOS ATRÁS PARA ENTREGARLE AL HIJO QUE NUNCA SUPO QUE TENÍA, PERO SU REACCIÓN DESTROZÓ LA ÚLTIMA ESPERANZA QUE ME QUEDABA.

—No —repetí—. No he vuelto porque ahora crea que soy digna de ti.

Adrian me observó en silencio.

—Entonces ¿para qué?

Metí la mano en el bolso.

Había ensayado aquel momento durante noches enteras.

Pensaba contarle primero mi enfermedad. Después hablarle de Leo. Explicarle que nunca quise engañarlo, que simplemente había tenido miedo de que mi madre utilizara a nuestro hijo para seguir exprimiendo a la familia Lu.

Pero frente a Adrian, todas aquellas explicaciones parecían excusas.

Saqué una fotografía.

La dejé sobre la mesa.

Adrian bajó los ojos.

Y dejó de respirar.

En la fotografía, Leo estaba sentado frente a un pequeño pastel con una corona de cartón torcida sobre la cabeza.

Cuatro velas.

Una sonrisa enorme.

Y unos ojos que eran exactamente iguales a los de Adrian.

Él tomó la fotografía lentamente.

—¿Quién es?

Sentí que la garganta se me cerraba.

—Se llama Leo.

—No te he preguntado cómo se llama.

Levantó los ojos.

La frialdad había desaparecido.

Ahora había algo mucho más peligroso.

Miedo.

—¿Quién es ese niño, Mara?

Apreté las manos.

—Mi hijo.

El rostro de Adrian perdió color.

Miró nuevamente la fotografía.

Después me miró a mí.

Hizo el cálculo.

Cinco años.

Nuestra separación.

La edad del niño.

No necesitó que dijera nada más.

Se puso de pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.

—¿Es mío?

Mis labios temblaron.

—Sí.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Luego Adrian soltó una risa seca.

—No.

Se pasó una mano por el rostro.

—No puedes aparecer después de cinco años, poner una fotografía delante de mí y decirme que tengo un hijo.

—Sé que—

—¿Cinco años?

Su voz retumbó en el auditorio vacío.

—¿Me quitaste cinco años de la vida de mi hijo?

Las lágrimas llenaron mis ojos.

—No quería hacerte daño.

—Pues elegiste una forma extraordinña de demostrarlo.

Me puse de pie.

—Mi madre había ido a ver a tu familia.

Adrian se quedó inmóvil.

Por fin se lo conté todo.

Los cinco millones.

El departamento para mi hermano.

Las amenazas de mi madre con presentarse una y otra vez.

La vergüenza.

El miedo de convertirme en una puerta por la que mi familia entraría para aprovecharse de él.

—Pensé que si desaparecía, serías libre.

Adrian me miró como si no reconociera a la mujer frente a él.

—¿Libre?

Se acercó.

—Te busqué durante casi dos años.

Mi respiración se detuvo.

—¿Dos años?

—Hospitales. Estaciones. Registros. Antiguos compañeros. Cada ciudad donde alguien decía haberte visto.

Señaló la fotografía.

—Mientras tú estabas criando a mi hijo.

No pude responder.

Adrian cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, estaban rojos.

—¿Dónde está?

—En casa de una vecina.

—Quiero verlo.

—Adrian…

—Ahora.

Aquella tarde lo llevé hasta nuestro pequeño edificio.

Cuanto más nos alejábamos de la zona militar, más incómoda me sentía.

Las fachadas se volvían viejas.

Las calles, estrechas.

Adrian no dijo una palabra.

Cuando llegamos al cuarto piso, la señora Chen abrió la puerta.

Leo salió corriendo detrás de ella.

—¡Mamá!

Me abrazó las piernas.

Entonces vio a Adrian.

Se escondió parcialmente detrás de mí.

—¿Quién es?

No conseguí hablar.

Adrian tampoco.

El hombre capaz de dar órdenes frente a cientos de soldados estaba completamente paralizado.

Leo asomó la cabeza.

Lo estudió con enorme curiosidad.

Luego sus ojos se iluminaron.

Corrió hacia el dormitorio.

Regresó cargando un dibujo.

Había tres figuras.

Una pequeña.

Una mujer.

Y un hombre alto vestido de verde.

Leo levantó el papel.

—Mamá dijo que mi papá es soldado.

Adrian tomó el dibujo.

Sus dedos temblaron.

—¿Dibujaste esto tú?

Leo asintió.

—¿Conoces a mi papá?

Adrian abrió la boca.

No salió ningún sonido.

Tuve que girar la cara.

Entonces Leo señaló directamente el uniforme de Adrian.

—¿Mi papá lleva ropa como la tuya?

Adrian se agachó lentamente hasta quedar a su altura.

—Sí.

Su voz se quebró.

—Exactamente como la mía.

Leo sonrió.

Y aquella sonrisa terminó de romper algo dentro de él.

Durante las siguientes dos horas, Adrian no me dirigió casi ninguna palabra.

Se quedó con Leo.

Lo vio enseñarle sus juguetes.

Escuchó sus historias.

Descubrió que le gustaban los aviones y que odiaba las zanahorias.

Cada detalle cotidiano parecía hacerle comprender todo lo que había perdido.

Cuando Leo finalmente se quedó dormido, Adrian salió conmigo al pasillo.

Cerró la puerta con cuidado.

—¿Por qué ahora?

La pregunta que llevaba temiendo desde el principio.

—¿Por qué después de cinco años decidiste buscarme precisamente ahora?

No respondí.

Adrian me estudió.

Entonces bajó la mirada.

Vio los pequeños hematomas alrededor de mi muñeca.

Las marcas de las vías.

Me cubrí instintivamente con la manga.

Demasiado tarde.

—¿Qué te pasó?

—Nada.

—Mara.

—Estoy bien.

Intenté entrar.

Adrian bloqueó la puerta.

—Mírame.

Lo hice.

Su rostro cambió.

Quizá vio entonces lo que había intentado esconder con maquillaje, ropa y mascarilla.

Mi piel demasiado pálida.

El cansancio.

El peso perdido.

—¿Estás enferma?

No pude mentirle.

Bajé los ojos.

—Leucemia.

El pasillo quedó completamente silencioso.

Adrian tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Desde cuándo?

—Me diagnosticaron hace poco.

—¿Tratamiento?

—Los médicos están intentándolo.

—¿Y viniste a entregarme a Leo?

La crudeza de aquellas palabras hizo que mis ojos ardieran.

—Vine porque si algo me ocurre, necesita a su padre.

Adrian retrocedió un paso.

Me miró durante mucho tiempo.

Entonces entendió que aquella no era una reconciliación.

Yo había regresado para despedirme.

—No.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—No vas a decidir esto también tú sola.

—Adrian…

—Primero decidiste que debía perderte. Después decidiste que debía perderme el nacimiento de mi hijo, sus primeros pasos, su primera palabra, cinco cumpleaños…

Su voz comenzó a quebrarse.

—Y ahora apareces para decirme que quizá vas a morir y esperas que simplemente acepte tu decisión.

—No tengo elección.

—Entonces la encontraremos.

—No todo se arregla porque seas Adrian Lu.

—Lo sé.

Se acercó.

—Pero esta vez no voy a permitir que desaparezcas sin luchar.

A la mañana siguiente, Adrian nos llevó al hospital militar.

Se movilizó un equipo de hematología.

Repitieron análisis.

Revisaron cada informe.

Horas después, el especialista entró con expresión grave.

Adrian estaba junto a Leo.

Yo entendí la respuesta antes de escucharla.

El tratamiento anterior no estaba funcionando como esperaban.

Necesitaba un trasplante.

Y encontrar un donante compatible podía ser difícil.

Adrian habló inmediatamente.

—Háganme las pruebas.

El médico asintió.

También analizaron a Leo.

Dos días después llegaron los resultados.

Yo estaba sentada junto a la ventana cuando Adrian entró.

Tenía un informe en la mano.

Su expresión era imposible de leer.

—¿Qué pasó?

No respondió.

Miró hacia Leo, que dormía en el sofá.

Después cerró la puerta.

—Yo no soy compatible.

Sentí que se me hundía el pecho.

—Está bien.

—Pero Leo…

Se detuvo.

—Leo podría serlo.

Me levanté de golpe.

—No.

—Mara, escucha.

—Es un niño.

—Nadie hará nada sin evaluar primero todos los riesgos.

Negué con la cabeza.

—No pienso utilizar a mi hijo para salvarme.

Adrian apretó el informe.

—También es mi hijo.

—Precisamente por eso.

Nos quedamos frente a frente.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Era el médico.

Pero no venía solo.

Detrás de él había una mujer elegantemente vestida.

Reconocí aquel rostro inmediatamente.

La madre de Adrian.

La señora Lu me miró.

Después miró a Leo.

Sus ojos se quedaron clavados en el niño durante varios segundos.

Pensé que venía a echarme.

A acusarme.

Pero lo primero que hizo fue colocar una carpeta sobre la mesa.

—Antes de hablar del trasplante —dijo— hay algo que Adrian necesita saber.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

La señora Lu me miró directamente.

—La verdadera razón por la que Mara desapareció hace cinco años.

Se me heló la sangre.

—Señora Lu…

—No.

Su voz fue firme.

—Ya has cargado tú sola con esta mentira demasiado tiempo.

Adrian giró lentamente hacia mí.

Y entonces su madre abrió la carpeta.

Dentro había un comprobante bancario fechado exactamente dos días antes de nuestra ruptura.

Adrian lo tomó.

Leyó el nombre del destinatario.

Luego levantó la mirada hacia su madre.

—¿Por qué transferiste cinco millones a la madre de Mara?

Mi corazón dejó de latir por un instante.

La señora Lu respiró hondo.

—Porque ese dinero no fue una dote.

Me miró.

—Fue el precio que ella exigió para desaparecer de la vida de mi hijo.

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