PARTE 2: CUANDO EL COMITÉ DESCUBRIÓ QUIÉN ESTABA DETRÁS DE LOS TRES MIL MILLONES, MI NOVIO INTENTÓ DEFENDER A SU DOCTORANDA… HASTA QUE APARECIÓ LA PRUEBA QUE PODÍA HUNDIR TODO SU LABORATORIO.

A las ocho de la mañana entré en la sala del comité de inversión con la misma ropa sobria que utilizaba siempre para aquellas reuniones.

Nadie mencionó mi vestido blanco.

Nadie miró mis pendientes.

Sobre la mesa había treinta y siete páginas dedicadas a ORPHEA.

Presupuesto.

Riesgos regulatorios.

Propiedad intelectual.

Gobernanza.

Y, desde aquella mañana, una nueva carpeta preparada por Rémi:

INCIDENTE DE CONDUCTA Y POSIBLE RIESGO INSTITUCIONAL.

Mi padre estaba sentado al otro extremo.

No me protegió.

Tampoco me atacó.

Hizo exactamente lo que esperaba de él.

—Aveline solicitó una pausa de setenta y dos horas. Quiero escuchar sus motivos.

Abrí la carpeta.

—No estoy solicitando retirar la inversión.

Algunos miembros parecieron relajarse.

—Estoy solicitando congelar cualquier aprobación hasta determinar si existe un problema de gobierno dentro del equipo beneficiario.

Una consejera me observó.

—¿Está relacionado con el profesor Montreux?

—Sí.

—¿Y con su relación personal con él?

—También.

No tenía sentido esconderlo.

—Por eso no votaré sobre la decisión final.

Mi padre no reaccionó, pero vi aprobación en sus ojos.

Expliqué los hechos.

Mi visita.

Los comentarios de Maud.

La intervención de Cyril.

Las publicaciones posteriores.

La identificación de una terminal vinculada a ORPHEA.

No exageré nada.

Cuando terminé, el responsable de cumplimiento cerró lentamente su bolígrafo.

—Entonces el problema no es que insultaran a la hija del inversor.

—No.

Lo miré.

—El problema es qué habría ocurrido si yo no fuera la hija del inversor.

La sala quedó en silencio.

—Si una visitante, técnica, estudiante o candidata hubiera recibido ese trato, ¿habría tenido recursos para defenderse?

Nadie respondió.

—Tres mil millones no compran únicamente máquinas. Financian una estructura. Y antes de financiarla quiero saber qué clase de estructura estamos construyendo.

La votación fue breve.

Pausa cautelar aprobada por unanimidad.

Yo me abstuve.

A las nueve y diecisiete, Valmère recibió la notificación.

A las nueve y treinta y cuatro, Cyril me llamó.

No contesté.

A las nueve y treinta y seis volvió a llamar.

A las nueve y cuarenta recibí diecisiete mensajes.

El último decía:

«¿QUÉ HAS HECHO?»

Lo miré.

Después guardé el teléfono.


Cuando llegué a la universidad aquella tarde acompañada por Rémi y dos representantes del fondo, Cyril nos esperaba frente al edificio administrativo.

Venía hacia mí con el rostro desencajado.

—Aveline.

Rémi se interpuso.

—Profesor Montreux, esta reunión es institucional.

—Ella es mi novia.

Lo miré.

—Precisamente por eso Rémi está aquí.

Cyril pareció recibir una bofetada.

—¿Tú estabas detrás de Dargent Biomedical?

—Formo parte del comité.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

Abrió la boca.

No salió nada.

Entonces entendió.

Los equipos nuevos.

Las subvenciones puente.

Las conversaciones con inversores.

Los tres mil millones que llevaba meses celebrando.

—¿Tú…?

—No.

Lo interrumpí.

—Yo no te regalé tres mil millones. Ayudé a que un proyecto científicamente prometedor llegara a evaluación. Hay una diferencia enorme.

—¿Y ahora lo destruyes porque Maud te insultó?

Aquello terminó de aclararme algo.

Incluso sabiendo todo, seguía reduciéndolo a eso.

—Gracias, Cyril.

—¿Por qué?

—Porque acabas de confirmar por qué necesitábamos revisar la gobernanza.

Su rostro se endureció.

—Estás mezclando nuestra relación con mi trabajo.

—Yo pedí una revisión.

—¡Has congelado nuestro futuro!

—Durante setenta y dos horas.

—¿Sabes lo que significa eso para nuestros socios?

—Perfectamente. He leído contratos de ORPHEA que probablemente tú no has leído completos.

Cyril palideció.

Antes de que pudiera responder, las puertas se abrieron.

Maud apareció acompañada por la directora de la facultad.

Ya no sonreía.

—¿Qué hace ella aquí?

La directora contestó:

—La señorita Dargent representa a una de las entidades del consorcio inversor.

Maud se quedó inmóvil.

Me miró.

Después miró a Cyril.

—¿Ella?

Nadie respondió.

Y entonces ocurrió algo revelador.

Maud no pidió disculpas.

No preguntó por la investigación.

Dijo:

—Así que todo esto era una trampa.

—¿Una trampa?

—Viniste vestida así deliberadamente. Querías provocarnos para tener una excusa.

Rémi levantó la vista de su carpeta.

—Le recomiendo que no continúe.

—¿Por qué? ¿Ahora también va a comprar mi silencio?

La directora cerró los ojos.

—Maud, basta.

Pero Cyril intervino.

—Está alterada.

Lo miré.

Otra vez.

Otra vez estaba explicando el comportamiento de Maud en lugar de exigirle responsabilidad.

—Cyril —dije—, todavía puedes dejar de hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Convertirte en su escudo.

—Es mi doctoranda. Tengo responsabilidad sobre ella.

—Precisamente.

La reunión comenzó diez minutos después.

Valmère había recuperado registros internos.

El primer artículo provenía de una terminal común del laboratorio.

No era suficiente para identificar al autor.

Pero el segundo acceso sí utilizó credenciales individuales.

La responsable de seguridad deslizó un documento hacia el centro.

—La edición donde se añadió el nombre completo de la señorita Dargent se realizó a las 23:48.

Maud cruzó los brazos.

—Cualquiera pudo usar un ordenador abierto.

—Correcto —respondió la responsable—. Por eso comprobamos la autenticación secundaria.

Silencio.

—La sesión fue validada mediante una credencial móvil.

Maud dejó de moverse.

Cyril la miró.

—Maud…

La responsable continuó:

—La credencial pertenece a Maud Lenoir.

Nadie habló.

Maud se puso de pie.

—¡Porque el artículo decía la verdad!

La directora palideció.

Rémi no dijo una palabra.

No necesitaba hacerlo.

Maud acababa de eliminar cualquier duda sobre la autoría.

—Ella compra cosas para Cyril —continuó—. Todos lo sabemos.

—Siéntate —ordenó Cyril.

—¡No!

Me señaló.

—¿Crees que porque tu padre tiene dinero eres científica?

—Nunca he dicho que lo sea.

—Entonces no tienes derecho a decidir nuestro futuro.

—Tampoco decido si ORPHEA funciona científicamente.

Me incliné ligeramente hacia delante.

—Decido si una organización que administra capital ajeno puede recomendar invertir tres mil millones en una estructura donde una doctoranda utiliza recursos institucionales para difamar a una visitante y su supervisor lo normaliza.

Maud abrió la boca.

No respondió.

Entonces la responsable de cumplimiento del fondo hizo una pregunta inesperada.

—Profesor Montreux, ¿cuándo supo usted de las publicaciones?

Cyril dudó.

—Anoche.

—¿A qué hora?

—No recuerdo.

La mujer abrió otra carpeta.

—Tenemos un mensaje enviado desde su cuenta institucional a las 22:14.

Cyril se quedó completamente quieto.

Mi estómago se tensó.

—¿Qué mensaje? —pregunté.

La responsable no me miró.

Miró a Cyril.

—Uno dirigido a la señorita Lenoir.

Maud perdió color.

Y por primera vez sentí que el problema era mucho mayor de lo que había imaginado.

—Léalo —dijo mi padre.

La mujer obedeció.

—«Borra el post antes de que Aveline lo convierta en otro drama. Ya sabes cómo es cuando siente que alguien no la respeta».

No respiré durante varios segundos.

Cyril se levantó.

—Eso está fuera de contexto.

Lo miré.

—¿Fuera de contexto?

—Intentaba controlar la situación.

—Sabías que era Maud.

—Sospechaba.

—Y no me llamaste.

—Quería resolverlo internamente.

Sentí una calma helada.

—No. Querías evitar que yo lo descubriera.

Maud comenzó a llorar.

Cyril se volvió hacia ella automáticamente.

Y aquel pequeño movimiento terminó de destruir algo dentro de mí.

La directora suspendió a Maud de cualquier actividad presencial mientras durara la investigación.

También anunció una revisión formal de la supervisión de Cyril.

La financiación permanecería congelada.

Pensé que aquello era todo.

Me equivocaba.

Cuando salíamos, Rémi me tocó suavemente el brazo.

—Tenemos otro problema.

—¿Cuál?

Me entregó su teléfono.

En la pantalla aparecía un correo anónimo enviado al comité.

Había archivos adjuntos.

Capturas.

Facturas.

Transferencias.

Y una hoja de cálculo.

—¿Qué estoy viendo?

—Alguien afirma que parte del dinero de donaciones destinado a ORPHEA fue utilizado para gastos que no corresponden al proyecto.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Es auténtico?

—Todavía no lo sabemos.

Deslicé la pantalla.

Hoteles.

Restaurantes.

Billetes.

Una conferencia científica.

Y entonces vi dos nombres repetidos en varias reservas.

CYRIL MONTREUX.

MAUD LENOIR.

Levanté la cabeza.

Al otro lado del pasillo, Cyril estaba consolando a Maud.

Rémi bajó la voz.

—Hay algo más.

Abrió el último archivo.

Era una autorización interna.

Al pie aparecía una firma digital.

La reconocí inmediatamente.

Cyril.

Pero no fue eso lo que me dejó sin aliento.

Fue la fecha.

El primer gasto sospechoso había sido autorizado ocho meses antes.

Exactamente cuando nuestro fondo comenzó a evaluar ORPHEA.

Y en la casilla reservada para justificar aquella partida había una frase que convirtió una investigación por acoso en algo potencialmente mucho más grave:

«CUBIERTO POR FUTURA FINANCIACIÓN DARGENT».

Miré a Cyril.

Él levantó la vista.

Nuestros ojos se encontraron.

Y por la forma en que su rostro perdió todo color, comprendí algo antes de que Rémi pudiera decirlo:

Cyril sabía exactamente qué documento acababa de llegar a mis manos.

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