PARTE 2: ADRIÁN CREYÓ QUE MI AUSENCIA ERA OTRO JUEGO PARA DARLE CELOS, HASTA QUE DESCUBRIÓ QUE YO HABÍA DEJADO EL PAÍS Y QUE LAS PRUEBAS DE SU TRAMPA YA ESTABAN EN MANOS DE UN ABOGADO.

Durante los primeros tres días en Lisboa, Adrián llamó desde números distintos.

No contesté ninguno.

Después comenzaron los mensajes por correo electrónico.

Primero fueron arrogantes.

«Ya basta, Valeria.»

«Sé que estás haciendo esto para llamar mi atención.»

«Vuelve y hablamos como adultos.»

Al cuarto día cambió el tono.

«¿Dónde estás?»

«Tus amigas no quieren decirme nada.»

«Tu padre me ha prohibido entrar en vuestra casa.»

Y finalmente:

«Valeria, contéstame aunque solo sea para decirme que estás bien.»

Leí aquel último mensaje desde la oficina de mi hermano, frente a una ventana desde la que se veía el Tajo cubierto por la luz gris de la mañana.

Luego lo eliminé.

—¿Otra vez él? —preguntó Sebastián.

Mi hermano mayor ni siquiera levantó la vista de los documentos.

—Sí.

—¿Quieres que haga algo?

—No.

—Podría bloquear sus correos de la empresa.

Sonreí.

—Eso sería demasiado fácil.

Sebastián me miró entonces.

—Me gusta más esa respuesta.

Yo también empezaba a reconocer a aquella nueva versión de mí.

Durante años, cada movimiento de Adrián había decidido mi estado de ánimo.

Una llamada suya podía salvarme el día.

Un mensaje sin responder podía arruinármelo.

Ahora llevaba cuatro días sin escuchar su voz y el mundo seguía girando.

Más importante todavía:

Yo también.

Me concentré en la expansión europea de la empresa familiar.

Revisé contratos.

Me reuní con distribuidores.

Visité locales.

Volví a usar aquella parte de mi cerebro que había mantenido dormida mientras organizaba mi vida alrededor de Adrián.

Y cuanto más ocupada estaba, más absurda me parecía la mujer que había sido.

Mientras tanto, en nuestra ciudad, Adrián comenzaba a comprender que yo no estaba jugando.

La primera señal llegó cuando fue a hablar con mi padre.

Según Sebastián, apareció en la sede central sin cita.

Mi padre lo hizo esperar cuarenta minutos.

Después lo recibió durante menos de cinco.

—Quiero saber dónde está Valeria —dijo Adrián.

Mi padre siguió firmando documentos.

—Mi hija es adulta.

—Su teléfono está desconectado.

—Entonces parece bastante evidente que no quiere hablar contigo.

Adrián apretó la mandíbula.

—Esto es entre nosotros.

Mi padre levantó finalmente la mirada.

—No.

Su voz fue tranquila.

—Dejó de ser únicamente entre vosotros cuando organizaste una situación para que mi hija terminara retenida durante horas en una comisaría.

Adrián palideció.

—Hubo un accidente.

—Tenemos las grabaciones.

Silencio.

—También tenemos los nombres de los hombres implicados.

Por primera vez, Adrián no encontró una respuesta inmediata.

Mi padre cerró la carpeta que tenía delante.

—Si has venido buscando a la muchacha que corría detrás de ti cada vez que chasqueabas los dedos, has llegado tarde.

Adrián se puso de pie.

—Valeria volverá.

Mi padre lo observó con una mezcla de lástima y desprecio.

—Eso mismo pensabas cuando decidiste encerrarla mientras te comprometías con otra.

La reunión terminó allí.

Pero el verdadero golpe llegó dos días después.

Camila recibió una notificación legal.

Yo había reclamado formalmente el valor de los objetos que había destruido durante los últimos años.

Vestidos.

Joyas.

Un reloj.

Documentos profesionales.

No era una cantidad capaz de afectar mi economía.

Pero era suficiente para dejar claro algo:

Ya no iba a protegerla por Adrián.

Camila me llamó desde cuatro números distintos.

Al final dejó un mensaje de voz.

—Valeria, esto es ridículo. Tú tienes dinero de sobra. ¿De verdad vas a hacer un escándalo por unas cosas viejas?

Lo escuché una sola vez.

Después se lo reenvié a mi abogado.

Él respondió:

«Perfecto. También guardaremos esto.»

No sentí culpa.

Sentí alivio.

Esa misma noche, Camila apareció llorando en casa de Adrián.

—¡Tu ex está intentando destruirme!

Adrián levantó la cabeza.

—Valeria no es mi ex.

Camila se quedó inmóvil.

Aquellas cinco palabras cambiaron la habitación.

—¿Qué?

Adrián pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.

—Me refiero a que nunca fuimos oficialmente pareja.

Camila lo observó.

—Pero acabas de corregirme.

Él tomó su teléfono.

—No quiero discutir.

Ella se acercó.

—Estamos comprometidos, Adrián.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué llevas una semana buscando a Valeria?

Él no respondió.

Camila empezó a llorar.

Una semana antes, esas lágrimas habrían bastado para que Adrián abrazara a aquella mujer y culpase de todo a mí.

Esta vez, según Marcos, ocurrió algo distinto.

Adrián simplemente dijo:

—Porque desapareció sin decirme nada.

Camila soltó una risa incrédula.

—¿Y qué esperabas después de comprometerte conmigo?

—Esperaba que viniera.

La frase quedó suspendida.

Camila dejó de llorar.

—¿A hacer qué?

Adrián se quedó callado.

Pero por primera vez tuvo que enfrentarse a la respuesta.

Había organizado toda aquella trampa porque estaba convencido de que yo intentaría detener su compromiso.

Esperaba una escena.

Esperaba mis lágrimas.

Esperaba demostrar delante de todos que él era quien tenía el poder de rechazarme.

Mi ausencia le había robado incluso esa victoria.

—¿Querías que apareciera? —preguntó Camila.

—No.

—Entonces ¿por qué la buscaste esa misma noche?

—Porque…

No pudo terminar.

Camila lo miró durante varios segundos.

—Tú no querías que Valeria desapareciera.

Adrián endureció la expresión.

—No digas tonterías.

—Querías mantenerla detrás de ti.

Él golpeó la mesa.

—¡Basta!

Fue la primera vez que Camila vio esa parte de él.

La parte que yo conocía demasiado bien.

La puerta se cerró de golpe cuando ella se marchó.

Pero aquella discusión apenas fue el principio.

A la mañana siguiente, Marcos llamó a Adrián.

—Tenemos un problema.

—¿Qué?

—Uno de los hombres del accidente está hablando.

Adrián quedó en silencio.

—¿Qué quieres decir?

—Dice que alguien le pagó.

La voz de Marcos bajó.

—Y no solo está diciendo que recibió dinero. Tiene mensajes.

Aquella tarde, mi abogado me llamó a Lisboa.

—Valeria, hemos conseguido algo importante.

Me levanté de mi escritorio.

—¿Qué?

—El conductor del otro vehículo ha aceptado declarar.

Miré por la ventana.

—¿Contra Adrián?

—Contra quien lo contrató.

Hizo una pausa.

—El pago no salió directamente de una cuenta de Adrián.

Algo en su voz me puso alerta.

—Entonces ¿de quién?

—De una empresa vinculada a la familia Duarte.

Me quedé inmóvil.

—¿Camila?

—Todavía no podemos afirmarlo.

Mi abogado pasó una página.

—Pero hay algo más extraño.

—¿Qué?

—El conductor asegura que el objetivo original no era mantenerte unas horas en la comisaría.

Sentí que se me enfriaban las manos.

—¿Qué quieres decir?

—Según él, las instrucciones cambiaron esa misma mañana.

—¿Cuáles eran las primeras?

Silencio.

Demasiado largo.

—Eso estamos verificándolo.

Cerré los ojos.

Hasta aquel momento había pensado que entendía todo.

Adrián quería comprometerse sin que yo apareciera.

Había contratado a unos hombres.

Me habían provocado.

Fin de la historia.

Pero de repente había otra pieza.

Y no encajaba.

Esa noche recibí un correo desde una dirección desconocida.

Sin asunto.

Dentro había únicamente una fotografía.

Era una captura de una conversación.

Reconocí el nombre de Camila.

Debajo aparecía un número que no conocía.

El primer mensaje decía:

«Rivas solo quiere mantenerla lejos hasta después de la ceremonia.»

La respuesta era mucho peor.

«Eso no será suficiente. Si Valeria vuelve esta noche, lo arruinará todo.»

Debajo aparecía un tercer mensaje.

«Entonces asegúrate de que no vuelva.»

Sentí que se me detenía el corazón.

Y justo cuando amplié la imagen para comprobar la fecha, mi teléfono sonó.

Era mi abogado.

Contesté.

—Valeria, encontramos al hombre que dio la segunda orden.

—¿Quién?

Hubo un breve silencio.

Después pronunció un nombre.

Y por primera vez desde que llegué a Lisboa, sentí auténtico miedo.

Porque no era Adrián.

Tampoco era Camila.

Era alguien de mi propia familia.

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