PARTE 2: CUANDO MI MADRE ATACÓ A MI BEBÉ PARA QUE MI HERMANA TUVIERA EL PRIMER NIETO, JAMÁS IMAGINÓ QUIÉN CRUZARÍA LA PUERTA Y ESCUCHARÍA SU CONFESIÓN.

—¡Whitney!

Ben llegó hasta mí antes de que mi cabeza tocara el suelo.

Me sostuvo mientras yo seguía abrazándome el vientre, aterrada, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera nuestro bebé de once semanas.

—Llama a emergencias —gritó.

Paul ya tenía el teléfono en la mano.

Chelsea estaba paralizada junto a la mesa.

Mi padre sujetó a mi madre por los hombros.

—¿Qué demonios acabas de hacer?

Pero ella seguía mirándome.

Y lo peor no era su expresión.

Era que no parecía arrepentida.

—No debería haber venido hoy con esa noticia —dijo—. Chelsea acaba de perder otra oportunidad.

Chelsea abrió los ojos.

—Mamá…

—¡Todo lo hemos hecho por ti!

—¡Yo nunca te pedí esto!

La voz de mi hermana se quebró.

Mi madre intentó acercarse otra vez, pero mi padre la retuvo.

—Chelsea merece ser madre primero —insistió—. Whitney siempre tiene que quitarle algo.

Aquellas palabras dolieron de una manera distinta.

Porque de repente comprendí que aquello no había empezado esa noche.

Había empezado durante nuestra infancia.

Chelsea recibía la habitación más grande porque era la mayor.

Chelsea elegía primero porque era más sensible.

Si ganaba un premio, mis padres celebraban durante días.

Si yo conseguía algo mejor, mi madre encontraba inmediatamente alguna razón para minimizarlo.

Durante años pensé que Chelsea era la favorita.

Aquella noche comprendí que también había sido prisionera de esa preferencia.

Chelsea se arrodilló cerca de mí.

—Whit, mírame.

Tenía lágrimas corriendo por el rostro.

—Lo siento muchísimo.

—No eres tú —logré decir.

Mi madre soltó una risa amarga.

—Claro que es ella. Siempre se trató de ella.

Entonces ocurrió.

La puerta principal se abrió.

Nadie había oído el coche llegar.

Primero escuchamos una voz desde el vestíbulo.

—¿Margaret?

Mi madre dejó de forcejear.

Todo el color desapareció de su rostro.

Mi padre giró lentamente la cabeza.

Ben también.

Y cuando el hombre apareció en la entrada del comedor, mi madre comenzó literalmente a temblar.

Yo lo conocía.

Todos lo conocíamos.

Era el doctor Samuel Reeves, el especialista en fertilidad de Chelsea.

Pero no venía solo.

A su lado estaba una mujer de unos sesenta años con un maletín oscuro.

El doctor Reeves miró la silla caída.

Luego me vio en el suelo.

Después miró a mi madre.

—¿Qué ha pasado?

Nadie respondió.

Paul fue el primero en reaccionar.

—Margaret golpeó a Whitney. Está embarazada.

El rostro del médico cambió.

—¿La golpeó dónde?

Ben respondió:

—En el abdomen.

El doctor Reeves sacó inmediatamente su teléfono.

—La ambulancia está en camino —dijo Paul.

Reeves se agachó a cierta distancia de mí.

—Whitney, no intentes levantarte. Quédate quieta.

Mi madre retrocedió.

—Samuel, esto no es asunto tuyo.

Él levantó la mirada.

—Me pediste que viniera.

Aquella frase hizo que Chelsea se pusiera de pie.

—¿Mamá te pidió que vinieras?

El médico guardó silencio un instante.

Después miró a la mujer que lo acompañaba.

—Margaret organizó una reunión para esta noche.

—¿Qué reunión?

Mi madre habló rápidamente.

—No es importante.

Reeves frunció el ceño.

—Me dijiste que querías hablar con Chelsea y Paul sobre otra posibilidad para tener un hijo.

Chelsea palideció.

—Mi cuarta FIV acaba de fracasar.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué posibilidad?

Mi madre dio un paso hacia ellos.

—Samuel, cállate.

Nunca había escuchado a mi madre hablarle así a un médico al que prácticamente veneraba.

Reeves la miró con incredulidad.

—Margaret, me dijiste que toda la familia estaba informada.

—¿Informada de qué? —preguntó mi padre.

La mujer del maletín finalmente habló.

—Creo que deberíamos posponer esta conversación.

Mi madre asintió frenéticamente.

—Sí.

Pero Chelsea bloqueó el camino.

—No.

Miró directamente al doctor Reeves.

—Quiero saberlo ahora.

Él respiró hondo.

—Tu madre contactó conmigo hace dos semanas preguntando por gestación subrogada.

Chelsea pareció confundida.

—Pero nosotros nunca decidimos hacer eso.

—Lo sé.

Entonces Reeves miró a mi madre.

—Por eso le dije que no podía iniciar absolutamente ningún procedimiento sin vuestro consentimiento y sin una candidata que aceptara voluntariamente.

Sentí que Ben se tensaba a mi lado.

Mi padre preguntó:

—¿Candidata?

Mi madre cerró los ojos.

Y entonces comprendí por qué estaba tan aterrada.

Chelsea también lo entendió.

—Mamá… ¿a quién pensabas pedirle que llevara mi bebé?

Nadie respiró.

La mirada de mi madre descendió lentamente.

Hasta mí.

Hasta mi vientre.

Ben se levantó de golpe.

—No.

Mi madre empezó a hablar atropelladamente.

—Whitney es joven. Está sana. Siempre dijo que quería ayudar a su hermana.

—¡Nunca dije eso! —grité.

—¡Somos una familia!

—¿Querías que mi hermana fuera mi gestante? —preguntó Chelsea, horrorizada.

—Solo temporalmente. Después tendría sus propios hijos.

Entonces Paul vio algo sobre el aparador.

Un sobre.

Lo tomó.

Mi madre se lanzó hacia él.

—¡Dámelo!

Mi padre la detuvo.

Paul abrió el sobre.

Dentro había formularios médicos.

Su expresión cambió mientras leía.

—¿Qué demonios es esto?

Reeves se levantó.

—¿Puedo verlo?

Paul se lo entregó.

El médico pasó las páginas.

Su rostro se endureció.

—Yo nunca preparé estos documentos.

—¿Qué documentos? —preguntó Chelsea.

Reeves levantó una hoja.

—Un supuesto consentimiento de Whitney para someterse a pruebas como posible gestante.

Ben se quedó completamente inmóvil.

—Whitney nunca ha firmado nada.

—Lo sé —dijo Reeves.

Miré a mi madre.

Y entonces recordé algo.

Dos meses antes me había pedido que firmara unos documentos relacionados con el seguro familiar.

No los había leído completos.

Confiaba en ella.

—Mamá…

Ella apartó la mirada.

Sentí un frío mucho peor que el dolor.

—¿Usaste mi firma?

—Solo estaba intentando ayudar a Chelsea.

Chelsea soltó un sonido ahogado.

—No me metas en esto.

—¡Lo hice por ti!

—¡Golpeaste a mi hermana embarazada por mí!

La sirena de la ambulancia comenzó a escucharse a lo lejos.

Mi madre perdió definitivamente el control.

—¡Porque esto lo arruina todo!

Todos la miramos.

—¿Qué arruina? —preguntó mi padre.

Mi madre señaló mi vientre.

—¡Eso!

Chelsea estaba llorando.

—Mi bebé no existe, mamá. El suyo sí.

—¡Todavía podemos arreglarlo!

El silencio que siguió fue aterrador.

Ben dio un paso hacia ella.

—¿Qué significa “arreglarlo”?

Mi madre comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

Entonces llamaron a la puerta.

Paramédicos.

Y detrás de ellos aparecieron dos policías.

Paul había informado durante la llamada de que una mujer embarazada había sido atacada deliberadamente.

Mi madre miró a los agentes.

Por primera vez pareció comprender que aquello no iba a quedarse dentro de nuestra familia.

Mientras los paramédicos me preparaban para trasladarme, un policía comenzó a hacer preguntas.

Chelsea se acercó a mí.

—Voy contigo.

—Chelsea…

Me apretó la mano.

—No vuelvo a dejarte sola con ella.

Entonces el doctor Reeves se aproximó.

Tenía todavía los documentos en la mano.

Su expresión me hizo olvidar durante un instante incluso la llegada de la policía.

—Whitney, necesito preguntarte algo.

—¿Qué?

Miró primero a mi madre.

Después volvió a mirarme.

—¿Alguna vez te hicieron análisis de sangre en mi clínica?

Parpadeé.

—No.

—¿Estás segura?

—Nunca he estado en su clínica.

Reeves palideció.

Abrió el expediente y sacó otra página.

—Entonces tenemos un problema mucho más grave.

Ben se acercó.

—¿Qué problema?

El médico giró la hoja hacia nosotros.

En la parte superior estaba escrito mi nombre completo.

WHITNEY PARKER.

Debajo aparecían resultados médicos fechados seis semanas atrás.

Mi madre dejó escapar un susurro.

—Samuel, por favor.

El médico ni siquiera la miró.

—Si Whitney nunca estuvo en mi clínica, alguien entregó muestras utilizando su identidad.

Chelsea se llevó una mano a la boca.

Yo miré a mi madre.

—¿Qué hiciste?

Ella comenzó a negar con la cabeza.

Pero entonces Reeves pasó a la última página.

Se quedó inmóvil.

Su expresión cambió por completo.

—Esto no tiene sentido.

—¿Qué? —preguntó Ben.

Reeves levantó lentamente los ojos.

—Estos análisis no se solicitaron únicamente para comprobar si Whitney podía ser gestante.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho.

—Entonces ¿para qué eran?

El médico miró a Chelsea.

Luego a mí.

Finalmente clavó los ojos en mi madre.

—Margaret pidió también una prueba de compatibilidad genética entre las dos hermanas.

Chelsea dejó de llorar.

—¿Por qué?

Reeves apretó los documentos.

—Eso es precisamente lo que quiero saber.

Mi madre retrocedió hacia la pared.

Y entonces Chelsea susurró:

—Mamá… ¿qué has estado ocultándonos?

Mi madre abrió la boca.

Pero antes de que pudiera responder, el doctor Reeves sacó una última hoja del expediente.

La leyó.

Y su rostro perdió todo el color.

—Dios mío…

Ben se volvió hacia él.

—¿Qué dice?

Reeves levantó la vista hacia Chelsea y hacia mí.

—Dice que, genéticamente, hay algo sobre vosotras dos que vuestra madre lleva veintinueve años ocultando.

Y por la expresión de terror de mi madre, supe que aquello era mucho más grande que el ataque de esa noche.

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