PARTE 2: EL DÍA QUE ETHAN PENSÓ QUE IBA A CONVERTIRME EN SU ESPOSA, DESCUBRIÓ QUE YO HABÍA ELEGIDO UN VUELO A CINCO MIL KILÓMETROS DE ÉL.

Durante los siguientes días, Ethan empezó a notar pequeñas cosas.

Primero desapareció mi taza favorita del armario.

Después faltaron algunos libros de la estantería.

Luego el cajón donde guardaba mis documentos quedó casi vacío.

Pero Ethan nunca preguntaba directamente.

Quizá porque estaba demasiado acostumbrado a que yo permaneciera allí.

A que yo cediera.

A que yo organizara nuestra vida mientras él respondía:

—Como quieras.

Faltaban diez días para mi vuelo cuando llegó a casa y encontró una maleta abierta sobre la cama.

Se quedó mirándola.

—¿Vas de viaje?

Doblé una camisa y la guardé.

—Sí.

—¿Por trabajo?

—Sí.

—¿Cuántos días?

Mis manos se detuvieron apenas un instante.

—Bastantes.

Ethan frunció el ceño.

—¿Y el registro civil?

Lo miré.

Era la primera vez que lo mencionaba por iniciativa propia.

—¿Qué pasa con él?

—Tenemos cita el día 15.

—Lo sé.

Pareció relajarse.

Seguía convencido de que cualquier cosa que yo hiciera terminaría acomodándose alrededor de él.

—Entonces vuelve antes.

Cerré la maleta.

—Ya veremos.

Aquella noche su teléfono sonó mientras estaba duchándose.

No tenía intención de mirarlo.

Hasta que vi el nombre.

Chloe Bennett.

La pantalla mostró parte del mensaje:

«Gracias por acompañarme hoy. Mi madre volvió a preguntar si tú y yo…»

La pantalla se apagó.

No necesité leer más.

Sentí algo extraño.

No dolor.

No rabia.

Simplemente la certeza de haber tomado la decisión correcta.

A la mañana siguiente Ethan apareció en la cocina con una bolsa.

Sacó dos cafés y colocó uno frente a mí.

—El que te gusta.

Lo miré sorprendida.

En cuatro años nunca había recordado mi pedido.

—Gracias.

Se sentó frente a mí.

—¿Estás enfadada conmigo?

—No.

—Últimamente estás rara.

—Quizá antes hacía demasiado.

Ethan guardó silencio.

Luego preguntó:

—¿Por Chloe?

Sonreí.

Por fin.

—¿Por qué tendría que ser por ella?

—Viste su mensaje, ¿verdad?

—Vi su nombre.

Ethan respiró hondo.

—Está pasando una época difícil. Acaba de regresar y prácticamente no conoce a nadie aquí.

—Entiendo.

Mi tranquilidad pareció irritarlo.

—No ocurre nada entre nosotros.

—No he dicho que ocurra.

—Entonces deja de responder así.

Lo observé.

—¿Cómo quieres que responda?

Ethan abrió la boca.

Por un instante pensé que iba a decir aquellas dos palabras.

Pero no lo hizo.

—Olvídalo.

Me levanté.

Antes de salir, dejé las llaves de repuesto sobre la encimera.

Él las vio.

—¿Por qué dejas esto aquí?

—Ya no las necesito.

Su expresión cambió.

—¿Qué significa eso?

—Que no las necesito.

—¿Emily, qué demonios está pasando?

Era curioso.

Cuatro años preguntándole qué sentía y ahora, cuando yo había dejado de hacerlo, Ethan quería respuestas.

—Tengo que trabajar.

—Emily.

Me detuve junto a la puerta.

—¿Qué?

Me miró durante varios segundos.

—Nada.

Asentí.

—Está bien.

Y salí.

Faltaban cinco días cuando Recursos Humanos anunció oficialmente mi traslado.

Mi jefe organizó una pequeña despedida.

Había pastel, flores y una tarjeta firmada por todos.

Una compañera publicó una fotografía en el grupo general de la empresa.

«¡Muchísima suerte a Emily en su nueva aventura internacional! ¡Te echaremos de menos estos próximos años!»

Ethan me llamó once segundos después.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después otra vez.

Finalmente llegó un mensaje.

«¿Qué significa “próximos años”?»

Lo dejé sin responder.

Cuando llegué al apartamento, Ethan estaba esperando junto a la puerta.

—¿Te vas varios años?

Dejé el bolso.

—Eso te dije.

—Dijiste que te habían ofrecido un traslado.

—Y tú dijiste “como quieras”.

Su rostro se endureció.

—Pensé que estabas preguntando mi opinión.

—Lo estaba haciendo.

—¡No pensé que realmente fueras a aceptar!

Aquella frase casi me hizo reír.

—Entonces ¿qué significaba “como quieras”?

Ethan permaneció callado.

Me quité el abrigo.

—Exactamente.

Intenté pasar.

Él bloqueó mi camino.

—Recházalo.

Levanté lentamente la mirada.

Cuatro años.

Había necesitado cuatro años para escuchar esa palabra.

No.

Solo que llegaba demasiado tarde.

—No.

Ethan pareció no reconocerme.

—¿Qué?

—Ya firmé el contrato.

—Puedes cancelarlo.

—No quiero.

—Emily, tenemos planes.

—Tú tienes planes.

—¡Vamos a casarnos!

Lo miré fijamente.

—¿Quieres casarte conmigo?

—Claro que sí.

—Entonces dime por qué.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una sencilla.

Me acerqué un paso.

—Dime por qué quieres casarte conmigo.

Ethan abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Esperé.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Finalmente dijo:

—Llevamos cuatro años juntos.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de apagarse.

—Esa no es una razón para casarse.

—Emily…

—Buenas noches.

Faltaban dos días.

Ethan comenzó a hacer cosas que nunca había hecho.

Llegaba temprano.

Compraba comida.

Me preguntaba a qué hora terminaba.

Incluso apareció con un ramo de flores.

Pero ya no podía emocionarme.

Porque cada gesto parecía provocado por el miedo a perder algo que jamás había valorado mientras lo tenía asegurado.

La noche del día 14 encontré una caja sobre la mesa.

Dentro había un anillo.

Ethan salió del dormitorio vestido con una camisa blanca.

—Mañana iremos al registro civil.

Cerré la caja.

—Mañana tengo otros planes.

—Cancélalos.

—No puedo.

—Emily, deja de jugar conmigo.

Lo miré.

—Nunca he estado jugando.

Entonces llamaron a la puerta.

Ethan abrió.

Era un mensajero.

Me entregó un sobre.

Documentación de viaje.

Ethan vio el billete.

Su mirada quedó clavada en la fecha.

15.

Luego en la hora.

09:40.

—¿Mañana?

—Sí.

—Nuestra cita es a las diez.

—Lo sé.

Su rostro perdió color.

—¿Reservaste un vuelo exactamente el día en que íbamos a casarnos?

—Recursos Humanos me preguntó si esa fecha servía.

Hice una pausa.

—Y dije que sí.

—¿Por qué?

Aquella pregunta contenía más emoción que casi todas las que me había hecho durante cuatro años.

—Porque finalmente aprendí de ti.

—¿Qué significa eso?

Lo miré a los ojos.

—Que cuando alguien me pregunta qué quiero hacer con mi vida…

Cogí el billete.

—puedo hacer lo que quiera.

Ethan no durmió aquella noche.

Yo tampoco.

A las seis de la mañana cerré mi última maleta.

Cuando salí del dormitorio, él estaba sentado en el sofá.

—Te llevo al aeropuerto.

—No hace falta.

—Emily.

Su voz se quebró ligeramente.

—No te vayas.

Me detuve.

Aquellas tres palabras habían llegado cuatro años tarde.

—¿Por qué nunca me dijiste eso antes?

Ethan se levantó.

—Porque pensé que nunca te irías.

Ahí estaba.

La verdad.

No había confiado en nuestro amor.

Había confiado en mi paciencia.

Cogí la maleta.

—Adiós, Ethan.

Él sujetó el asa.

—No.

—Suéltala.

—No voy a dejar que desaparezcas durante años.

—¿Y qué vas a hacer?

Sus ojos estaban enrojecidos.

—Voy a ir contigo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Renunciaré si hace falta.

Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró sobre la mesa.

La pantalla se iluminó.

CHLOE BENNETT.

Ethan no miró el teléfono.

Yo sí.

El mensaje podía leerse entero.

«Ethan, estoy abajo. Dijiste que hoy me acompañarías a hablar con mis padres.»

Levanté lentamente la vista hacia él.

El silencio fue absoluto.

—Emily, puedo explicarlo.

Sonreí.

Abrí sus dedos uno por uno y recuperé el asa de mi maleta.

—No hace falta.

—Espera.

Caminé hacia la puerta.

Ethan vino detrás.

—Emily, por favor.

Abrí.

Y entonces vi a Chloe salir del ascensor.

Llevaba un vestido elegante y sostenía una pequeña caja roja entre las manos.

Al verme con la maleta, se quedó completamente quieta.

Después miró a Ethan.

—¿Ella todavía no lo sabe?

Ethan palideció.

Me detuve.

—¿Saber qué?

Chloe apretó la caja contra el pecho.

—Ethan…

—Cállate —dijo él.

Era la primera vez que lo escuchaba hablarle así.

Chloe lo miró sorprendida.

Luego volvió los ojos hacia mí.

Y dijo algo que convirtió mis últimos minutos en aquel apartamento en algo mucho más complicado de lo que había imaginado.

—Emily, antes de subir a ese avión, deberías preguntarle por qué aceptó casarse contigo justo después de que yo me marchara del país.

Mi mano quedó inmóvil sobre la maleta.

Ethan cerró los ojos.

Y en ese instante comprendí que aquellos cuatro años escondían una verdad que ninguno de los dos había pensado contarme.

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