PARTE 2: CUANDO LUCAS DESCUBRIÓ QUE EL NIÑO QUE HABÍA ESTADO MIRANDO ERA SU PROPIO HIJO, OLVIDÓ SU BODA Y ME EXIGIÓ SABER POR QUÉ LE HABÍA ROBADO CINCO AÑOS DE SU VIDA.

Durante varios segundos no fui capaz de responder.

Detrás del cristal, Noah seguía dormido.

Tenía una pequeña vía en la mano y el pecho subía y bajaba con tranquilidad, completamente ajeno a que el hombre que estaba fuera acababa de descubrir que era su padre.

Lucas volvió a mirarme.

—Serena.

Nunca había escuchado mi nombre pronunciado así.

No era una pregunta.

Era una advertencia.

—Dime la verdad.

Apreté las manos.

—Sí.

Lucas dejó de respirar.

—¿Sí qué?

Me obligué a mirarlo.

—Noah es tu hijo.

Su rostro se vació.

Durante cinco años había imaginado muchas veces aquella escena.

Lucas enfadado.

Lucas llorando.

Lucas abrazando a Noah.

Pero jamás imaginé aquel silencio.

Retrocedió un paso.

Después otro.

Se pasó una mano por el rostro.

—Cinco años…

Su voz apenas era audible.

—He tenido un hijo durante cinco años.

No respondí.

De pronto se giró hacia mí.

—¿Y nunca pensabas decírmelo?

—Lucas…

—¡¿Nunca?!

Una enfermera salió de la habitación.

—Por favor, el niño está descansando.

Lucas cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, su voz era baja.

Mucho peor.

—Ven conmigo.

—No quiero dejar a Noah.

—Está en observación y tú estás a diez metros.

Señaló una sala vacía al final del pasillo.

—Ahora.

Entramos.

Lucas cerró la puerta.

—Empieza desde el principio.

Le conté que había descubierto el embarazo semanas después de marcharme.

Que había estado a punto de llamarlo.

Que había visto sus anuncios buscándome.

Y que aun así había elegido desaparecer.

Su mandíbula se tensaba con cada frase.

—¿Por qué?

Bajé la mirada.

—Porque pensé que era mejor.

Lucas soltó una risa seca.

—¿Mejor para quién?

No pude responder.

—¿Para mí?

Señaló hacia el pasillo.

—¿Para ese niño que creció sin padre?

—Tu familia nunca me habría aceptado.

—No tenías derecho a decidir eso por mí.

Me estremecí.

—Tu madre habló conmigo.

Lucas se quedó quieto.

—¿Qué?

—Antes de nuestra ruptura.

Le expliqué lo de mi madre.

Los cinco millones.

La casa para mi hermano.

Las exigencias.

La conversación con su madre.

Por primera vez, la furia de Lucas pareció quebrarse.

—Mi madre sabía.

—No sabía del embarazo.

—Pero sabía por qué te fuiste.

Asentí.

Lucas permaneció inmóvil.

Después sacó el teléfono.

—¿Qué haces?

—Voy a preguntárselo.

Le agarré la muñeca.

—No.

Él bajó la mirada hacia mi mano.

—¿Todavía estás protegiendo a todo el mundo?

Aquello dolió porque era verdad.

Solté su brazo.

Lucas guardó el teléfono.

—Bien.

Su mirada regresó hacia la puerta.

—Entonces hablemos de Noah.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

Y empezó a preguntar.

Su cumpleaños.

Su comida favorita.

Si se enfermaba mucho.

A qué edad comenzó a caminar.

Qué dibujos veía.

Si sabía montar en bicicleta.

Si alguna vez había preguntado por su padre.

En esa última pregunta mi garganta se cerró.

Lucas lo notó.

—¿Preguntó?

Asentí.

—Muchas veces.

—¿Y qué le dijiste?

—Que su padre era un buen hombre.

Lucas apartó la cara.

Vi cómo se tensaba su cuello.

—Un buen hombre al que no le permitiste conocerlo.

No tenía defensa.

Entonces sus ojos bajaron hacia mi brazo.

El golpe de aquella mañana había dejado un hematoma oscuro.

Pero no estaba mirando eso.

Miraba algo más arriba.

Pequeñas manchas violáceas bajo mi piel.

—¿Qué te pasa?

Instintivamente bajé la manga.

—Nada.

Lucas me tomó del antebrazo.

—Serena.

—Estoy cansada.

—Te sangró la nariz ayer.

Mi corazón aceleró.

—Puede pasar.

—Y estas marcas.

—Lucas…

—¿Por qué dijiste que querías dejar dinero guardado?

Silencio.

Su expresión cambió lentamente.

Como si las piezas empezaran a encajar.

—¿Por eso regresaste?

No respondí.

Lucas palideció.

—No volviste porque quisieras verme.

—Lucas…

—Volviste porque te está pasando algo.

Aparté la mirada.

Él me soltó y abrió la puerta.

—¿Dónde vas?

—A buscar a un médico.

Me interpuse.

—¡No!

Lucas se detuvo.

—Entonces dímelo tú.

Mis labios temblaron.

No quería hacerlo allí.

No después de revelarle a su hijo.

No quería ver cómo la compasión reemplazaba el resentimiento.

Pero Lucas ya había entendido demasiado.

—Estoy enferma.

Su rostro cambió.

—¿De qué?

No pude decirlo.

Él dio un paso.

—Serena, ¿de qué estás enferma?

Respiré hondo.

—Leucemia.

El silencio fue absoluto.

Lucas me miró como si hubiera hablado en otro idioma.

—No.

—Me la diagnosticaron hace poco.

—No.

Su negativa salió más fuerte.

—Voy a empezar tratamiento.

—¿Qué tipo?

—Lucas…

—¿Qué tipo?

—Aguda. De alto riesgo.

Él retrocedió.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía completamente perdido.

—Por eso…

Miró hacia la habitación de Noah.

—Por eso me trajiste al niño.

Asentí lentamente.

—Si algo me ocurre, necesito saber que él tendrá a alguien.

Lucas apretó los puños.

—Así que pensabas aparecer, entregarme a mi hijo y desaparecer otra vez.

—No quería destruir tu vida.

Se volvió hacia mí con los ojos rojos.

—¡Ya dejaste de decidir qué destruye mi vida!

Me quedé inmóvil.

—Cinco años, Serena.

Su voz se quebró.

—Cinco años buscando a una mujer que decidió que podía borrarme.

Señaló hacia Noah.

—Y mientras yo pensaba que me habías abandonado… mi hijo estaba creciendo.

Bajé la cabeza.

Entonces la puerta se abrió.

La enfermera asomó.

—El pequeño se despertó. Está preguntando por su madre.

Entré enseguida.

Noah abrió los brazos.

—Mamá.

Lo abracé con cuidado.

Lucas permaneció en la puerta.

Noah lo miró por encima de mi hombro.

—¿Quién es?

Sentí cómo Lucas dejaba de respirar.

No sabía qué decir.

Pero él entró lentamente.

Se agachó junto a la cama.

Su expresión, tan dura minutos antes, cambió por completo.

—Soy…

Se detuvo.

Me miró.

Por primera vez, me estaba pidiendo permiso.

Asentí.

—Es tu papá, Noah.

Mi hijo abrió mucho los ojos.

—¿Mi papá?

Lucas tragó saliva.

—Sí.

Noah lo estudió durante varios segundos.

Después preguntó con una inocencia que nos rompió a los dos:

—¿Por qué tardaste tanto?

Lucas cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos estaban húmedos.

—Porque no sabía dónde estabas.

Noah extendió una mano.

Lucas la tomó.

Y durante unos segundos pensé que quizá, pese a todo, aún podía arreglarse algo.

Hasta que escuchamos unos tacones acercándose por el pasillo.

Una mujer apareció en la puerta.

Alta.

Elegante.

Con un abrigo claro.

En la mano llevaba una bolsa con comida.

—Lucas, tu asistente me dijo que estabas aquí. Me preocupé…

Se interrumpió.

Miró a Lucas.

Después a Noah.

Finalmente a mí.

Reconocí inmediatamente quién era.

La mujer con la que Lucas acababa de decirme que iba a casarse.

—¿Quiénes son? —preguntó.

Lucas no soltó la mano de Noah.

—Claire…

Su voz era extrañamente grave.

—Tenemos que hablar.

Ella miró al niño otra vez.

Después reparó en nuestros rostros.

—¿Hablar de qué?

Antes de que Lucas pudiera responder, Noah sonrió tímidamente y señaló hacia él.

—Él es mi papá.

La bolsa cayó de las manos de Claire.

Pero el verdadero golpe llegó un segundo después.

Porque detrás de ella apareció otra mujer.

Una mujer mayor que se quedó completamente petrificada al verme.

La madre de Lucas.

Sus labios perdieron el color.

Miró a Noah.

Luego calculó su edad con una sola mirada.

Y antes de que Lucas pudiera decir nada, ella susurró:

—Serena…

Se llevó una mano al pecho.

—Tú prometiste que él jamás sabría que ese niño existía.

Lucas giró lentamente la cabeza hacia su madre.

Y en ese instante comprendí que acababa de salir a la luz un secreto que ni siquiera yo conocía por completo.

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