No llamé a Nathan.
Llamé a mi abogado.
—Explícame exactamente qué significa tener derecho de voto.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Significa que el señor Song probablemente firmó la compensación sin revisar una modificación reciente de los estatutos. Las acciones que te transfirió pertenecían a un paquete especial de su padre. Mientras estén a tu nombre, no eres una simple inversora. Eres accionista con voto.
Bajé la mirada hacia mi vientre.
—¿Puede recuperarlas?
—No sin tu consentimiento.
Sonreí por primera vez desde el divorcio.
No porque quisiera destruir a Nathan.
Ni siquiera pensaba entrar en su empresa.
Pero había cierta ironía en aquello.
Mi exmarido había estado tan ansioso por compensar su culpa que acababa de regalarme algo que quizá valía mucho más que el dinero.
—No hagas nada todavía —dije—. Solo confirma todos los documentos.
Colgué.
Tres días después me mudé a la villa.
Nathan había ordenado que todo estuviera preparado.
La nevera estaba llena de alimentos adecuados para una embarazada. Había contratado una empleada doméstica y dejado el número de un obstetra privado sobre la mesa.
Incluso había mandado instalar una barandilla adicional en las escaleras.
Antes, esos detalles me habrían conmovido.
Ahora solo veía culpa.
Esa tarde sonó el timbre.
Era Nathan.
Llevaba varias bolsas.
—Compré algunas cosas.
Miré dentro.
Fruta.
Vitaminas.
Galletas que solía comer cuando tenía náuseas.
—Gracias.
Cogí las bolsas.
Y cerré la puerta.
Nathan puso la mano contra ella.
—¿Eso es todo?
Lo miré confundida.
—¿Qué más debería haber?
Su rostro se endureció.
—Podrías invitarme a entrar.
—Esta es mi casa.
La frase salió naturalmente.
Nathan quedó inmóvil.
Hasta entonces quizá no había comprendido que transferirme la villa significaba que él ya no podía entrar cuando quisiera.
—Solo quiero saber cómo estás.
—Estoy bien.
—¿Y el bebé?
—También.
Su mandíbula se tensó.
—Es mi hijo.
—Nunca he dicho lo contrario.
—Entonces no me trates como a un desconocido.
Lo observé unos segundos.
—Nathan, tú pediste el divorcio.
No tuvo respuesta.
Cerré la puerta.
A través del cristal lateral lo vi permanecer allí mucho tiempo.
Pero no volví a abrir.
Dos semanas después llegó la primera llamada de su madre.
—Elena, ¿qué has hecho?
Aparté el teléfono del oído.
—Buenos días para ti también.
—¿Por qué apareces en la lista de accionistas?
Así que finalmente lo habían descubierto.
—Porque Nathan me transfirió acciones.
—Devuélvelas.
Casi me reí.
—No.
La señora Song guardó silencio.
Probablemente nadie le había respondido así en años.
—Esas acciones pertenecen a nuestra familia.
—Entonces Nathan no debería habérmelas dado.
—No sabía lo que estaba firmando.
—Eso parece un problema entre Nathan y sus abogados.
Colgué.
Nathan llegó cuarenta minutos después.
Esta vez no llevaba fruta.
Traía una carpeta.
Lo dejé entrar.
Se sentó frente a mí.
—Las acciones.
—¿Qué pasa con ellas?
—Hubo un error.
—Mi abogado dice que la transferencia es válida.
Nathan apretó los labios.
—Te compensaré por encima de su valor.
—No quiero venderlas.
Levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque son mías.
—Elena.
—Nathan.
Por primera vez, fui yo quien pronunció su nombre como una advertencia.
Algo cruzó su expresión.
—¿Estás intentando vengarte?
Negué lentamente.
—Ese es tu problema. Sigues creyendo que cada decisión que tomo gira alrededor de ti.
Me puse de pie.
—No quiero tu puesto. No quiero tu empresa. Ni siquiera quiero verte perder nada.
Apoyé una mano sobre mi vientre.
—Solo he decidido dejar de devolver las cosas que tú mismo elegiste darme.
Nathan bajó la vista.
—Te di demasiado porque pensé que…
Se detuvo.
—¿Porque pensabas qué?
No respondió.
Entonces lo comprendí.
—Porque pensabas que ibas a sentirte mejor.
Su rostro cambió.
—Me dejaste embarazada para volver con aquella mujer y quisiste pagar suficiente dinero para convencerte de que seguías siendo una buena persona.
—No fue así.
—Entonces dime cómo fue.
Nathan abrió la boca.
Pero su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Y por primera vez vi aparecer claramente un nombre.
Sophia Lin.
La mujer del Bluetooth.
Nathan rechazó la llamada.
—Contesta.
—No es importante.
Sonreí.
—Fue suficientemente importante para divorciarte.
Nathan se levantó.
—No sabes lo que pasó.
—Y ya no necesito saberlo.
Aquello pareció enfurecerlo.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Muy fácil.
Abrí la puerta.
—Ya no eres mi esposo.

Otra vez esas palabras.
Otra vez aquel silencio.
Nathan salió sin despedirse.
Pensé que sería el final de la discusión.
Pero tres días después recibí una invitación formal para asistir a una junta extraordinaria de Song Holdings.
Mi abogado me explicó la razón.
Una votación decisiva.
La empresa planeaba adquirir una compañía tecnológica y el consejo estaba dividido.
Mi paquete accionarial podía inclinar el resultado.
—¿Tengo obligación de asistir?
—No.
Miré la invitación.
—Entonces enviaré mi voto por representación.
No quería entrar en su mundo.
Pero esa misma tarde recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Elena Ye?
Era una mujer.
Reconocí inmediatamente la voz.
La misma que había escuchado por Bluetooth.
Sophia.
—Quiero hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Su voz se volvió más fría.
—Devuelve las acciones de Nathan.
Me reí suavemente.
—Así que llamabas por eso.
—No entiendes lo que estás haciendo.
—Probablemente.
Hice una pausa.
—Pero tampoco me interesa.
Estaba a punto de colgar cuando Sophia dijo:
—Nathan se divorció de ti por mí.
Mis dedos se quedaron quietos.
—Lo sé.
—Entonces deberías saber cuándo retirarte.
Aquello sí me hizo sonreír.
—Sophia, ya me retiré.
Miré alrededor de la villa.
—Firmé el divorcio sin pedir explicaciones. Dejé a Nathan libre. No lo llamo. No lo busco. No interfiero en vuestra relación.
Mi voz se enfrió.
—La única persona que parece incapaz de aceptar que me retiré eres tú.
Colgué.
La junta se celebró el lunes.
No asistí.
Envié mi voto.
A las once y veinte de la mañana Nathan me llamó.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
«Tenemos que hablar.»
Lo ignoré.
Otro.
«Tu voto bloqueó la adquisición.»
Me quedé mirando la pantalla.
Yo había votado siguiendo el informe financiero independiente que mi abogado había solicitado.
Nada más.
Media hora después apareció un tercer mensaje.
«¿Lo hiciste por mí?»
Respondí por primera vez.
«No. Lo hice porque ahora también es mi dinero.»
Nathan no volvió a escribir.
Pero aquella tarde ocurrió algo inesperado.
Las acciones de la compañía tecnológica que Song Holdings pretendía comprar se desplomaron después de conocerse una investigación contable.
La adquisición que mi voto había ayudado a detener habría provocado pérdidas enormes.
Los periódicos financieros empezaron a hablar de la misteriosa accionista que había bloqueado la operación.
El consejo quería conocerme.
Y el padre de Nathan también.
Esa noche Nathan apareció otra vez en mi puerta.
Parecía agotado.
—Tenías razón.
—¿Sobre qué?
—La adquisición.
—Solo leí los informes.
Nathan me observó de una manera extraña.
—El consejo quiere ofrecerte un asiento como representante accionarial.
Me quedé inmóvil.
—No me interesa.
—Mi padre insistirá.
—Entonces dile que estoy embarazada y quiero tranquilidad.
Nathan bajó la mirada hacia mi vientre.
Por un instante desaparecieron el director, el heredero y el hombre frío que siempre parecía controlar cada habitación.
Solo quedó mi exmarido.
—Elena…
Su voz era distinta.
—¿Qué?
—Sophia y yo no estamos juntos.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Eso ya no es asunto mío.
Nathan cerró los ojos un instante.
Y esa indiferencia pareció dolerle más que el divorcio.
—Cometí un error.
—Sí.
—Creí que cuando ella regresara…
Se detuvo.
—¿Volverías con ella?
Nathan negó lentamente.
—Creí que todavía la quería.
Lo miré sin decir nada.
—Pero cuando firmaste tan fácilmente…
Su voz se quebró apenas.
—Cuando dejaste nuestra casa, cuando dejaste de llamarme, cuando empezaste a tratarme como si realmente pudiera desaparecer de tu vida…
Dio un paso hacia mí.
—Me di cuenta de que algo estaba mal.
—Nathan, eso se llama arrepentimiento.
—No.
Me miró fijamente.
—Creo que todavía te amo.
Antes, habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.
Ahora no sentí nada parecido a felicidad.
Solo cansancio.
—Llegaste tarde.
Su rostro perdió color.
En ese momento mi teléfono vibró.
Era mi abogado.
Abrí el mensaje.
Y mi expresión cambió.
«Elena, hemos terminado de revisar el origen del paquete accionarial.»
Debajo había otro mensaje.
«Hay una cláusula vinculada al nacimiento de tu hijo.»
Sentí que el corazón me golpeaba contra el pecho.
Nathan vio mi rostro.
—¿Qué ocurre?
No respondí.
Llegó el tercer mensaje.
Lo leí dos veces.
«Si el bebé nace mientras esas acciones siguen registradas a tu nombre, tu porcentaje de voto aumenta automáticamente.»
Y luego apareció la última línea.
«Lo suficiente para convertirte en la segunda persona con más poder de voto de Song Holdings, justo después del padre de Nathan.»
Levanté lentamente los ojos.
Nathan seguía frente a mí.
Pero detrás de él, al otro lado de la verja, acababa de detenerse un coche negro.
La puerta trasera se abrió.
Una mujer descendió.
Nathan se giró.
Su rostro se endureció.
Yo reconocí aquella voz antes incluso de que ella llegara a la puerta.
Sophia Lin.
Pero no venía sola.
A su lado caminaba el padre de Nathan, sosteniendo otra carpeta.
Y cuando el señor Song levantó la vista hacia mí, comprendí que ellos también acababan de descubrir la cláusula.
Solo que, por la expresión de Nathan, había algo en aquella carpeta que ni siquiera él conocía.