PARTE 2: EL HOMBRE QUE ENTRABA CADA NOCHE

Encendí la lámpara.

—¡No te muevas!

El hombre se quedó inmóvil.

Mi esposa abrió los ojos de golpe.

—Daniel, espera.

—¿Que espere?

Salté de la cama y me interpuse entre ella y el desconocido.

—¿Quién demonios es usted?

El hombre levantó lentamente las manos.

—Doctor Esteban Morales.

Miré el estuche negro abierto.

Dentro había guantes, pequeños frascos, material médico y un aparato que no reconocí.

—¿Doctor?

Mi esposa se incorporó.

—Daniel, déjame explicártelo.

—Llevas semanas preguntándome si tomé mi pastilla antes de dormir. Este hombre entra de madrugada. Nuestra hija lo ha visto. ¿Qué explicación puede haber?

Ella bajó la cabeza.

Y entonces vi algo que me inquietó todavía más.

Estaba llorando.

No parecía alguien descubierto en una aventura.

Parecía alguien cuyo secreto acababa de quedarse sin tiempo.

El doctor habló.

—Su esposa me pidió que viniera cuando usted estuviera dormido.

—Eso ya lo entendí.

—Porque usted no debía saber lo que estábamos haciendo.

Miré a Laura.

—Habla.

Ella tardó varios segundos.

—Hace tres meses encontré algo.

Señaló el pequeño aparato.

—¿Recuerdas que empezaste a despertarte agotado? ¿Los dolores de cabeza? ¿Los días en los que no recordabas conversaciones de la noche anterior?

Sí.

Los había atribuido al trabajo.

Incluso había empezado a tomar las pastillas que Laura dejaba junto a mi vaso de agua.

Entonces recordé algo.

—¿Las pastillas?

Laura negó rápidamente.

—No eran mías. Te las recetó el doctor Salvatierra.

Ese nombre me hizo callar.

El doctor Salvatierra llevaba años atendiendo a mi familia.

Había tratado a mi padre antes de morir.

—¿Qué tiene que ver él?

Laura respiró profundamente.

—Encontré cápsulas distintas mezcladas con tu medicamento habitual.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Distintas cómo?

—Por eso llamé a Esteban. Es toxicólogo y fue compañero mío en la universidad. No quería acusar a nadie sin pruebas.

Miré nuevamente al hombre.

—¿Y por qué venir aquí escondido?

Esteban cerró cuidadosamente uno de los recipientes.

—Porque necesitábamos muestras tomadas en determinados momentos y queríamos comprobar si existía un patrón relacionado con lo que usted estaba tomando.

—¿Durante semanas?

—Sí.

Me volví hacia Laura.

—Podías habérmelo contado.

—Lo intenté.

Su respuesta fue tan rápida que me dejó inmóvil.

—La primera noche que decidí hacerlo, alguien entró en la casa mientras Sonia y tú estabais fuera.

—¿Qué?

—No robaron dinero. No tocaron joyas.

Laura abrió el cajón de su mesita.

Sacó una fotografía.

Mostraba nuestro estudio completamente revuelto.

—Solo registraron el cajón donde yo guardaba tus medicamentos.

Sentí un escalofrío.

—¿Llamaste a la policía?

—Sí. Pero no había señales claras de entrada forzada.

Esteban añadió:

—Por eso empezamos a pensar que podía tratarse de alguien con acceso a la casa.

Entonces comprendí las mangas largas.

—Laura…

Ella se subió ligeramente la manga.

Tenía pequeñas marcas donde le habían extraído sangre.

—También me hice análisis —explicó—. Quería asegurarme de que Sonia y yo no estuviéramos expuestas a lo mismo.

Me senté en el borde de la cama.

Todo aquello era demasiado.

—Entonces Sonia lleva semanas viendo entrar a Esteban.

Laura asintió.

—Creíamos que dormía.

Cerré los ojos.

Habíamos intentado protegerla mientras, sin saberlo, la estábamos obligando a guardar un secreto aterrador.

—¿Qué encontraron?

Esteban y Laura intercambiaron una mirada.

Aquello no me gustó.

—Díganmelo.

Esteban sacó una carpeta del estuche.

—Encontramos suficientes irregularidades para recomendar que deje de tomar esas cápsulas hasta que un médico independiente revise el tratamiento.

—¿Y quién tenía acceso a ellas?

Laura respondió:

—Yo pensaba que solamente nosotros.

—¿Pensabas?

Se levantó y caminó hasta el armario.

De detrás de una caja sacó una pequeña cámara.

—La instalé hace seis noches frente al gabinete donde guardamos los medicamentos.

Mi corazón empezó a acelerarse.

—¿Grabaste a alguien?

—Sí.

Abrió su teléfono.

En la pantalla apareció nuestra cocina.

3:26 de la madrugada.

Una figura entró.

No era Laura.

No era Esteban.

El hombre llevaba gorra y mantenía la cara parcialmente apartada de la cámara.

Abrió nuestro gabinete usando una llave.

Sacó mi frasco.

Lo manipuló durante unos segundos.

Luego volvió a colocarlo exactamente donde estaba.

—¿Quién es? —pregunté.

Laura adelantó el video.

Antes de salir, el desconocido levantó accidentalmente el rostro.

Lo reconocí.

Sentí que toda la habitación se inclinaba.

—No puede ser.

Era Martín.

Mi hermano mayor.

El hombre que tenía una copia de las llaves de nuestra casa desde hacía doce años.

El mismo hombre que, después de la muerte de nuestro padre, se había encargado de administrar temporalmente parte del negocio familiar conmigo.

—Hay algo más —dijo Laura.

—¿Qué?

Sacó otra carpeta.

—Hace cuatro meses tu padre modificó el fideicomiso familiar antes de morir.

La miré confundido.

—Martín dijo que papá no había cambiado nada.

—Martín mintió.

Laura abrió el documento.

Mi nombre aparecía varias veces.

También el de Sonia.

Pero había una cláusula que nunca había visto.

Si yo quedaba legalmente incapacitado para dirigir la empresa, el control provisional pasaría a mi hermano.

De repente recordé mis lagunas de memoria.

Las reuniones que Martín insistía en dirigir por mí.

Las veces que me decía delante del consejo:

“Daniel últimamente no está bien”.

No estaba ayudándome.

Estaba construyendo una historia.

—Necesitamos llamar a la policía —dije.

—Ya lo hice —respondió Laura.

La miré.

Entonces comprendí por qué había aceptado que Esteban viniera aquella noche.

No estaban realizando otra prueba.

Estaban esperando.

—¿Esperando qué?

Laura miró el reloj.

1:21.

—A Martín.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Por qué vendría hoy?

Antes de que pudiera responder, escuchamos un ruido abajo.

Una llave entrando lentamente en la cerradura principal.

Esteban cerró el estuche.

Laura apagó la lámpara.

Y desde el pasillo apareció Sonia abrazando su oso de peluche.

—Papá…

Me agaché inmediatamente frente a ella.

—¿Qué haces despierta?

La niña señaló hacia las escaleras.

—Ese es el otro hombre.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué otro hombre?

Sonia frunció el ceño.

—El que entra después del doctor.

Laura y yo nos miramos.

Habíamos entendido mal desde el principio.

Sonia nunca había estado hablando únicamente de Esteban.

Abajo, la puerta terminó de abrirse.

Y entonces escuché la voz de mi hermano:

—Daniel…

Silencio.

—¿Ya estás dormido?

Miré a mi hija.

Después a mi esposa.

Y finalmente entendí por qué Sonia había sido la primera en descubrir la verdad.

Los adultos habíamos estado buscando respuestas complicadas.

Ella simplemente había observado quién entraba en nuestra casa cuando todos creían que estaba dormida.

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