PARTE 2: EL DÍA QUE DEJÉ DE SER SU “HERMANA”

Adrian bloqueó la pantalla inmediatamente.

—No.

Parpadeé con inocencia.

—¿No qué?

—No voy a presentártelo.

—¿Por qué? Dijiste que eres mi hermano. No puedes esperar que me quede soltera para siempre.

Su mandíbula se tensó.

—Emma, acabas de sufrir un accidente.

—Pero sigo teniendo ojos.

Le quité suavemente el teléfono y volví a mirar la fotografía.

—¿Cómo se llama?

Adrian tardó demasiado en responder.

—Lucas Bennett.

—Pues Lucas Bennett es exactamente mi tipo.

Me levanté de la cama.

Adrian me sujetó del brazo.

—Está comprometido.

—Qué pena.

—Y vive en Boston.

—Existen los aviones.

—Emma.

Sonreí.

—¿Qué pasa, hermano?

Aquella palabra le dolió.

Lo vi claramente.

Durante los siguientes días decidí continuar con la mentira que él mismo había creado.

Si Adrian quería ser mi hermano, sería mi hermano.

Dejé de pedirle que se quedara conmigo.

Dejé de esperarlo despierta.

Dejé de preguntarle dónde había estado.

Cuando me traía desayuno, decía:

—Gracias, hermano.

Cuando intentaba acomodarme el cabello:

—Puedo hacerlo sola.

Cuando quiso besarme la frente antes de dormir, giré la cara.

Y cada pequeña distancia parecía volverlo más inquieto.

Claire, en cambio, estaba encantada.

Una tarde apareció con dos bolsas de compras.

—Emma, compré algo para ti.

Sacó un vestido.

—Adrian me dijo que antes del accidente te gustaba arreglarte.

Miré la etiqueta.

Era exactamente la marca que Adrian me regalaba en nuestros aniversarios.

—Qué bonito.

Claire sonrió.

—Él tiene buen gusto.

—¿Lo eligió Adrian?

Su sonrisa creció.

—Sí.

Lo comprendí inmediatamente.

Quería mostrarme que ahora ocupaba mi lugar.

Así que me puse el vestido aquella misma noche.

Pero no para Adrian.

Lucas Bennett había llegado al hospital.

Resultó que no estaba comprometido.

Adrian había mentido.

Y tampoco vivía en Boston.

Dirigía el departamento de cirugía de otro hospital situado a veinte minutos.

Cuando Lucas entró en mi habitación y me encontró arreglada, levantó una ceja.

—¿Emma?

—¿Nos conocemos?

Miró a Adrian.

Después volvió a mirarme.

—Muchísimo.

Adrian intervino enseguida.

—Tiene amnesia.

Lucas guardó silencio.

Entonces comprendí algo por su expresión.

Él sabía.

No sobre mi falsa amnesia.

Sobre nosotros.

—Entonces tendremos que presentarnos otra vez —dijo.

Extendió la mano.

—Lucas.

La acepté.

—Emma. Supuestamente hermana de Adrian.

Lucas casi se atragantó.

Adrian se puso rígido.

—Necesito hablar contigo afuera.

—Yo no —respondió Lucas—. Vine a ver a Emma.

Me encantó inmediatamente.

Durante media hora hablamos.

Lucas me contó historias cuidadosamente seleccionadas de nuestra amistad, evitando revelar aquello que Adrian aparentemente quería mantener oculto.

Antes de marcharse pregunté:

—¿Tengo novio?

Silencio absoluto.

Adrian respondió primero.

—No.

Lucas lo miró como si quisiera lanzarlo por la ventana.

Yo sonreí.

—Perfecto. Entonces podemos cenar algún día.

—Encantado —respondió Lucas.

Adrian esperó hasta que la puerta se cerró.

—No vas a salir con él.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo.

—Eso no parece muy fraternal.

Su control finalmente se rompió.

—¡Porque eres mi esposa!

Silencio.

Lo miré.

Adrian comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

—¿Tu qué?

Cerró los ojos.

Cinco segundos.

Después se sentó.

—Mi esposa.

—¿Y Claire?

No respondió.

—¿También es tu esposa?

—No legalmente.

Sentí una rabia tan profunda que incluso fingir se volvió difícil.

—Entonces me mentiste.

—Pensé que no recordarías nuestro matrimonio.

—Eso no responde por qué lo hiciste.

Adrian se pasó las manos por el rostro.

—Claire está muriendo.

—Eso tampoco responde.

—Su padre me salvó la vida que tengo, Emma. Me pagó la universidad. Me dio alojamiento. Me presentó a personas que cambiaron mi carrera. Antes de morir me pidió que cuidara de ella.

—Cuidarla no exige llamarla esposa.

Silencio.

Ahí estaba la verdad.

Adrian podía justificar las visitas.

Las llamadas.

El dinero.

Incluso esconderme su enfermedad.

Pero no podía justificar aquello.

—Ella quería saber cómo habría sido —admitió finalmente.

Sentí náuseas.

—¿Cómo habría sido qué?

—Casarnos.

Me reí.

No porque tuviera gracia.

—Así que decidiste prestarle mi marido.

—No ocurrió nada entre nosotros.

—No necesito que te acuestes con alguien para traicionarme.

Aquello lo dejó callado.

Entonces Adrian me miró directamente.

—¿Cuándo recuperaste la memoria?

Había llegado el momento.

—Nunca la perdí.

Su rostro se vació.

—¿Qué?

—Fue una broma.

Me levanté.

—Una broma estúpida que iba a durar diez minutos. Después dijiste que eras mi hermano y quise ver hasta dónde llegabas.

—Emma…

—Y llegaste bastante lejos.

Adrian se puso de pie.

—Entonces todo esto con Lucas…

—También era una broma.

Pareció aliviado.

—Gracias a Dios.

—Pero nuestro matrimonio ya no.

El alivio desapareció.

Saqué del cajón una carpeta.

Había llamado a una abogada dos días antes.

—Quiero el divorcio.

Adrian retrocedió.

—No.

—No es una pregunta.

—Emma, escucha. Claire probablemente tiene meses. Cuando todo termine podemos volver a casa y…

Lo miré incrédula.

—¿Cuando ella muera debo volver a ocupar mi puesto?

—No quise decir eso.

—Eso es exactamente lo que dijiste.

Por primera vez, Adrian perdió completamente su calma.

—¡Te amo!

—Entonces debiste comportarte como mi esposo cuando pensaste que yo no podía recordarte.

Se quedó inmóvil.

Aquella era la parte que nunca podría explicar.

Si realmente hubiera perdido la memoria, habría estado vulnerable, confundida y dependiendo de él para reconstruir mi propia vida.

Y había utilizado precisamente esa vulnerabilidad para reescribirla.

Claire apareció en la puerta.

Había escuchado suficiente.

—¿Recuerdas todo?

—Todo.

Miró a Adrian.

—Me dijiste que su matrimonio prácticamente había terminado antes del accidente.

Él palideció.

Ahora fui yo quien quedó sorprendida.

—¿Qué?

Claire comenzó a llorar.

—Me dijiste que ella ya quería dejarte.

Adrian intentó acercarse.

—Claire…

—No me toques.

Entonces comprendimos las dos.

Adrian no había creado una mentira.

Había creado dos.

A mí me presentó una esposa inexistente.

A Claire le presentó un matrimonio moribundo.

Cada una había recibido la versión necesaria para mantenerla donde él quería.

Claire se quitó lentamente una cadena que llevaba al cuello.

De ella colgaba un anillo.

Lo dejó sobre la mesa.

—No quiero morir creyendo que le robé la vida a otra mujer.

Después salió.

Adrian quiso seguirla.

Se detuvo.

Me miró.

Por primera vez no sabía a cuál de las dos elegir.

Y aquella duda fue la respuesta definitiva.

Tres meses después firmamos el divorcio.

Claire murió ese invierno.

Antes de hacerlo me envió una carta.

No pedía perdón.

Tampoco culpaba a Adrian.

Solo escribió:

“Qué lástima que dos mujeres tuvieran que descubrirse mutuamente para comprender al mismo hombre.”

Guardé aquella carta.

No por él.

Por ella.

Lucas nunca se convirtió en mi gran romance secreto.

Se convirtió en algo mejor: el amigo que estuvo presente mientras reconstruía mi vida sin intentar decidir cómo debía hacerlo.

Un año después encontré a Adrian por casualidad en una cafetería.

Me miró durante mucho tiempo.

—Emma…

Sonreí.

—Perdone, señor. ¿Nos conocemos?

Su rostro cambió.

Yo recogí mi café.

Esta vez sí estaba bromeando.

La diferencia era que ya no necesitaba quedarme para comprobar si él entendía el chiste.

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